Una corte de hielo y estrellas

Sarah J Maas · Capítulo 16 de 28

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Una corte de hielo y estrellas

Capítulo 16. Rhysand

—Elain tiene sus propios problemas de que ocuparse.

—¿Como por ejemplo?

Amren me lanzó una mirada. Yo la ignoré.

—Si Nesta se digna a visitarte —dije y la antigua silla gruñó mientras la empujaba hacia atrás para levantarme y tomar mi abrigo—, dile que significaría muchísimo si viniera para el Solsticio.

Amren no se molestó en levantar la vista del rompecabezas.

—No te haré promesas, chica.

Era lo mejor que podía esperar.

CAPÍTULO

16

Rhysand

Esa tarde, Cassian arrojó su bolsa de cuero sobre la estrecha cama del dormitorio de la casa de la ciudad, haciendo sonar el contenido.

—¿Trajiste armas para el Solsticio? —le pregunté, apoyándome contra el marco de la puerta.

Azriel, acomodando su propia bolsa sobre la cama frente a la de Cassian, le lanzó a nuestro hermano una vaga mirada de alarma. Después de dormirse en los divanes de la sala la noche anterior, y de un probable sueño incómodo, finalmente se habían molestado en acomodarse en el dormitorio que les estaba destinado.

Cassian se encogió de hombros y se arrojó sobre la cama, más adecuada para un niño que para un guerrero ilirio.

—Algunos podrían ser regalos.

—¿Y el resto?

Cassian se sacó las botas y se recostó contra la cabecera, plegando los brazos detrás de la cabeza mientras sus alas se extendían sobre el suelo.

—Las damas traen sus joyas. Yo traigo mis armas.

—Conozco unas cuantas damas en esta casa que podrían ofenderse ante eso.

Como respuesta, Cassian me ofreció una mueca perversa. La misma que le había mostrado a Devlon y a los comandantes en nuestra reunión una hora atrás. Todo estaba listo para la tormenta; todas las patrullas declaradas. Una reunión estándar, y otra a la que no necesitaba asistir, aunque era bueno recordarles mi presencia. Especialmente antes de que se reunieran para el Solsticio.

Azriel caminó hacia la solitaria ventana del extremo de la habitación y escrutó el jardín de abajo.

—Nunca me albergué en esta habitación. —Su voz de medianoche llenó el espacio.

—Eso es porque tú y yo hemos sido empujados al pie de la escalera, hermano —le respondió Cassian, sus alas se plegaron sobre la cama y el suelo de madera—. Mor tiene el dormitorio bueno, Elain el otro, y a nosotros nos toca este. —No mencionó que el último dormitorio vacío, la

vieja habitación de Nesta, permanecería abierto. Para su crédito, Azriel tampoco lo mencionó.

—Mejor que el ático —aventuré.

—Pobre Lucien —dijo Cassian, sonriendo.

—Si es que Lucien aparece —lo corregí. Ni una palabra sobre si se uniría a nosotros. O si permanecería en ese mausoleo que Tamlin llamaba hogar.

—Apuesto a que sí —dijo Cassian—. ¿Quieren apostar?

—No —dijo Azriel, sin volverse de la ventana.

Cassian se incorporó, el vivo retrato de la indignación.

—¿No?

Azriel plegó sus alas.

—¿Tú quieres que la gente apueste por ti?

—Ustedes, idiotas, apuestan sobre mí todo el tiempo. Recuerdo que la última vez que lo hicieron… tú y Mor, apostaron si mis alas se curarían.

Bufé. Era cierto.

Azriel permaneció en la ventana.

—¿Nesta se quedará aquí si viene?

Cassian de repente encontró que el Sifón de su mano izquierda necesitaba una lustrada.

Decidí pasarlo por alto y le dije a Azriel:

—Nuestra reunión con los comandantes anduvo tan bien como se podía esperar. En realidad, Devlon tenía un horario preparado para el

entrenamiento de las chicas, cuando esta próxima tormenta sople. No creo que fuera una actuación.

—Lo mismo me sorprendería si lo recuerda una vez que se aclare la tormenta —dijo Azriel, volviéndose finalmente de la ventana del jardín.

Cassian gruñó en señal de asentimiento.

—¿Algo nuevo sobre los rezongos en los campamentos?

Mantuve mi rostro neutral. Az y yo habíamos acordado esperar hasta después de la fiesta para decirle a Cassian todo lo que sabíamos, de quién sospechábamos o sabíamos que era responsable. Le habíamos contado lo básico, no obstante. Lo suficiente para paliar cualquier clase de culpa.

Pero yo conocía a Cassian… tanto como a mí misma. Tal vez más. Sería capaz de interferir si se enteraba ahora. Y después de todo lo que había estado soportando estos meses, y mucho tiempo antes, mi hermano merecía un descanso. Al menos por unos días.

Por supuesto, ese descanso ya había incluido la reunión con Devlon y una agotadora sesión de entrenamiento en las alturas de la Casa del Viento esta mañana. Para Cassian el concepto de relajarse era desconocido.

Azriel se recostó contra la piecera de madera tallada de su cama.

—Poco para agregar a lo que ya sabes —un mentiroso tranquilo, fácil.

Mucho mejor que yo—.

Pero perciben que está creciendo. El mejor momento para evaluarlo es después del Solsticio, cuando todos hayan vuelto a casa. Ver quién difunde la discordia, entonces. Si ha crecido mientras todos celebraban juntos o si nevó con esta tormenta.

La manera perfecta para revelar después el verdadero alcance de lo que sabíamos.

Si los ilirios se sublevaban… No quería adelantarme. Lo que me costaría.

Lo que le costaría a Cassian, luchar contra el pueblo del que todavía

deseaba tan desesperadamente formar parte.

Matarlos. Sería muy diferente a lo que le habíamos hecho a los ilirios, que con tanto gusto habían servido a Amarantha, y que habían hecho cosas tan terribles en su nombre. Muy diferente.

Eliminé el pensamiento. Más tarde. Después del Solsticio. Entonces nos ocuparíamos de eso.

Cassian, por suerte, parecía inclinado a hacer lo mismo. Y yo no lo culpaba, dada la hora de postura de mierda que había soportado antes de que nos trasladáramos aquí. Incluso ahora, siglos más tarde, los señores y comandantes del campamento aún lo desafiaban. Lo escupían.

Cassian tocó con los pies su propia piecera, sin estirar del todo las piernas.

—¿Quién usaba esta cama, de todos modos? Es del tamaño de Amren.

Solté un bufido.

—Cuidado como te quejas. Feyre nos llama bebés ilirios con suficiente frecuencia.

Azriel soltó una risita.

—Su vuelo ha mejorado lo suficiente que creo que tiene derecho a hacerlo.

El orgullo me invadió. Tal vez ella no tenía la habilidad natural, pero lo había compensado con absoluta determinación y concentración. Yo había perdido la cuenta de las horas que pasamos en el aire… el precioso tiempo que habíamos logrado robar para nosotras.

Le dije a Cassian:

—Puedo ver si les encuentro dos camas más largas.

Con la víspera del Solsticio, eso implicaría un milagro menor. Tendría que revolver todo Velaris.

Él hizo un gesto con la mano.

—No hay necesidad. Mejor que el sofá.

—Estaban demasiado borrachos para subir las escaleras anoche, además —

dije irónicamente, ganándome un gesto vulgar como respuesta—, el espacio en esta casa por cierto parece ser un problema. Podrían quedarse allá, en la Casa, si prefieren. Puedo llevarlos.

—La Casa es aburrida —Cassian bostezó, para darle más énfasis—. Az se escurrió en las sombras y me quedé completamente solo.

Azriel me lanzó una mirada que decía: Bebé ilirio, sin dudas .

Escondí mi sonrisa y le dije a Cassian:

—Tal vez deberían conseguirse un lugar propio, entonces.

—Tengo uno en Iliria.

—Me refería aquí.

Cassian enarcó una ceja.

—No necesito una casa aquí. Necesito un cuarto . —Pateó la piecera, sacudiendo el panel de madera—. Este estaría bien si no tuviera una cama de muñeca.

Volví a soltar una risita, pero contuve mi respuesta. Mi sugerencia de que él podría desear un lugar propio. Pronto. No porque estuviera ocurriendo algo en ese frente. No tan pronto. Nesta había dejado en claro que no tenía interés en Cassian… ni siquiera en estar en la misma habitación que él.

Yo sabía por qué. Lo había visto ocurrir, había sentido muchas veces de ese modo.

—Tal vez ese sea tu regalo de Solsticio, Cassian —respondí en cambio—.

Una nueva cama aquí.

—Mejor que los regalos de Mor —masculló Az.

Cassian se rio, el sonido rebotó contra las paredes.

Pero yo miré en dirección al Sidra y enarqué una ceja.

Ella se veía radiante.

La víspera del Solsticio ya había caído sobre Velaris, aquietando el zumbido que había pulsado en la ciudad durante las semanas pasadas, como si todo el mundo hubiera hecho una pausa para escuchar la nieve que caía.

Una caída suave, sin duda, comparada con la tormenta salvaje desatada sobre las montañas ilirias.

Nos habíamos reunido en la sala, el fuego crujiendo, el vino abierto y fluyendo. Aunque ni Lucien ni Nesta habían aparecido, el ambiente no era para nada sombrío.

De hecho, cuando Feyre emergió del vestíbulo de la cocina, me tomé un momento simplemente para incorporarla desde donde estaba sentado, en un sillón próximo al fuego.

Ella fue directamente a Mor… tal vez porque Mor sostenía el vino, ya fuera de su alcance.

Admiré la vista desde atrás, mientras llenaban la copa de Feyre.

Era un esfuerzo para desatar todo instinto de furia en esa visión en particular. En las curvas y los huecos de mi pareja, en su color… tan vibrante, aun en este cuarto con tantas personalidades. Su vestido de terciopelo azul medianoche la abrazaba perfectamente, dejando poco para la imaginación antes de caer al suelo. Se había dejado el cabello suelto, ligeramente ondulado en sus extremos…

pelo que sabía que más tarde yo desearía revolver con mis manos, desparramando las peinetas de plata que sostenían los costados. Y después le quitaría ese vestido. Lentamente.

—Me das ganas de vomitar —siseó Amren, pateándome con su zapato de seda plateada desde donde estaba sentada, en el sillón contiguo al mío—.

Refrena ese aroma tuyo, muchacho.

Le lancé una mirada incrédula.

—Disculpas. —Eché un vistazo a Varian, de pie al costado del sillón de ella, y silenciosamente le ofrecí mis condolencias.

Varian, ataviado con el azul y el oro de la Corte de Verano, solo sonrió e inclinó la cabeza hacia mí.

Raro… tan raro ver al Príncipe de Adriata aquí. En mi casa de la ciudad.

Sonriendo. Bebiendo mi licor.

Hasta…

—¿Alguna vez celebran el Solsticio en la Corte de Verano?

Hasta que Cassian decidió abrir la boca.

Varian volvió la cabeza hacia Cassian y Azriel, su pelo plateado centelleaba a la luz del fuego.

—En el verano, obviamente. Ya que hay dos Solsticios.

Azriel ocultó su sonrisa bebiendo un sorbo de su vino.

Cassian colgó un brazo de la espalda del sofá.

—¿De veras hay dos?

Madre del cielo. Entonces iba a ser esta clase de noche.

—No te molestes en contestarle —le dijo Amren a Varian, sorbiendo de su vino—. Cassian es precisamente tan estúpido como parece. Y tal como suena —agregó con una mirada filosa.

Cassian alzó su copa en saludo antes de beber.

—Supongo que en teoría tu Solsticio de verano es igual que el nuestro —le dije a Varian, aunque conocía la respuesta. Había visto muchos de ellos…

mucho tiempo atrás—. Las familias se reúnen, comen, comparten regalos.

Varian me concedió algo que, hubiera jurado, era un gesto de agradecimiento.

—Por cierto.

Feyre apareció junto a mi asiento, su aroma me invadió. Tiré de ella hacia abajo para que se sentara en el brazo de mi sillón. Ella lo hizo con una familiaridad que entibió algo profundo en mí. Sin siquiera molestarme en mirar dónde iba, su brazo se deslizó alrededor de mis hombros.

Simplemente descansando allí… solo porque podía.

Pareja. Mi pareja.

—¿Entonces Tarquin no celebra para nada el Solsticio de invierno? —le preguntó ella a Varian.

Él meneó la cabeza.

—Tal vez deberíamos haberlo invitado —caviló Feyre.

—Todavía hay tiempo —ofrecí. El Caldero sabía que necesitábamos alianzas más que nunca—.

La decisión es suya, príncipe.

Varian miró a Amren, quien parecía totalmente concentrada en su copa de vino.

—Lo pensaré.

Yo asentí. Tarquin era su Alta lord. Si viniera aquí, Varian se concentraría en otra cosa. Lejos de donde deseaba concentrarse… por los pocos días que había tenido con Amren.