Una corte de hielo y estrellas
Capítulo 22. Feyre
Hasta que se llevó las rodillas contra el pecho y miró en la penumbra.
El silencio rugía y resonaba a su alrededor.
Aún no sentía nada.
CAPÍTULO
22
Feyre
Eran las tres cuando los demás se fueron a la cama. La hora en que Cassian volvió, silencioso y taciturno. Se tomó una copa de licor y se fue en silencio arriba. Mor lo siguió, con la preocupación danzando en sus ojos.
Azriel y Elain permanecieron en la sala, mi hermana mostrándole los planes que había bocetado para ampliar el jardín en la parte trasera de la casa de la ciudad, usando las semillas y las herramientas que mi familia le había regalado. Si a él le importaban o no esas cosas, yo no tenía idea, pero le envié una silenciosa plegaria de agradecimiento por su amabilidad antes de que Rhys y yo nos escurriéramos arriba.
Extendí la mano para quitarme los gemelos de diamante cuando Rhys me detuvo, sus manos envueltas alrededor de mis muñecas.
—Todavía no —dijo suavemente.
Fruncí el ceño.
Él solo sonrió.
—Espera un poco.
La oscuridad y el viento entraban y me aferré a él mientras volaba…
—Luz de vela y fuego crepitante y colores…
—¿La cabaña?
Debe haber alterado el rumbo para permitirnos volar directamente hasta adentro.
Rhys sonrió, soltándome para encaminarse al diván ante la chimenea y dejarse caer con sus alas plegándose sobre el suelo.
—Un poco de paz y silencio, amiga.
Una promesa oscura y sensual se veía en sus ojos moteados de estrellas.
Me mordí el labio mientras me acercaba al brazo del diván y me senté en él, mi vestido centelleaba como un río a la luz del fuego.
—Te ves bella esta noche —dijo con palabras bajas y roncas.
Me pasé una mano por el regazo de mi vestido, la tela brillaba bajo mis dedos.
—Dices eso cada noche.
—Y lo digo en serio.
Me sonrojé.
—Sinvergüenza.
Él inclinó la cabeza.
—Sé que probablemente las Supremas Damas, según se supone, usan un nuevo vestido cada día
—cavilé, sonriendo a mi vestido—, pero estoy muy apegada a este.
Él pasó la mano por mi muslo.
—Me alegra.
—Nunca me dijiste dónde lo conseguiste… dónde conseguiste todos mis vestidos favoritos.
Rhys arqueó una ceja oscura.
—¿Nunca te lo imaginaste?
Meneé la cabeza.
Sin decir nada, estudió con la cabeza baja el vestido.
—Mi madre los hizo.
Hice silencio.
Rhys sonrió con tristeza mirando al vestido centelleante.
—Era modista, allá en el campamento donde la criaron. No hacía el trabajo solamente porque se lo ordenaban. Lo hacía porque lo amaba. Y cuando fue pareja de mi padre, continuó haciéndolo.
Rocé la manga con una mano reverente.
—Yo… no tenía idea.
Sus ojos eran brillantes como estrellas.
—Mucho tiempo atrás, cuando aún era un muchacho, ella los hizo… todos tus vestidos. Un ajuar para mi futura novia —tragó con dificultad—. Cada pieza… cada pieza que te he dado para que uses, las hizo ella. Para ti.
Me ardían los ojos mientras suspiré.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Él se encogió de hombros.
—Pensé que podrías estar… perturbada por usar vestidos hechos por una hembra que murió siglos atrás.
Me puse una mano sobre el corazón.
—Estoy honrada, Rhys. Más allá de las palabras.
Su boca tembló un poco.
—Ella te hubiera amado.
Era el obsequio más grande que me habían dado. Me agaché, hasta que nuestras frentes se tocaron. Yo la hubiera amado .
Sentí su gratitud, sin que él hablara mientras permanecimos allí, respirándonos mutuamente durante largos minutos.
Finalmente dije:
—He estado pensando.
—¿Debo preocuparme?
Golpeé sus botas, y él se rio, una risa profunda y áspera, un sonido que envolvió mi centro.
Le mostré mis palmas, el ojo en ambas.
—Quiero cambiar esto.
—¿Oh?
—Como tú ya no los usas para espiarme, me pareció que podían ser otra cosa.
Él puso una mano sobre su ancho pecho.
—Nunca espío.
—Eres el mayor entrometido que he conocido nunca.
Otra risa.
—¿Y qué es exactamente lo que quieres en tus palmas?
Sonreí a las pinturas que había hecho sobre las paredes, la chimenea, las mesas. Pensé en los tapices que había comprado.
—Quiero una montaña… con tres estrellas. —La insignia de la Corte de la Noche—. Lo mismo que tienes en las rodillas.
Rhys permaneció en silencio durante largo tiempo, su rostro ilegible.
Cuando habló, su voz era grave.
—Esas son marcas que jamás pueden alterarse.
—Entonces es bueno que yo planee estar aquí durante un tiempo.
Rhys lentamente se incorporó, desabotonando lo alto de su ajustada chaqueta negra.
—¿Estás segura?
Asentí lentamente.
Él se movió para sentarse a mi lado, tomando suavemente mis manos en las suyas, poniendo la palma hacia arriba. Hacia los ojos de gato que nos observaban.
—Nunca espié, sabes.
—Por cierto, lo hiciste.
—Bien, lo hice. ¿Puedes perdonarme?
Lo decía en serio… la preocupación de que yo considerara sus atisbos como una violación. Me puse en puntas de pie y lo besé suavemente.
—Supongo que podría encontrarlo en mí.
—Hmmm —frotó un pulgar sobre el ojo de tinta pintado en mis dos palmas
—. ¿Alguna última palabra antes de que te marque para siempre?
Mi corazón atronaba, pero dije:
—Tengo un último regalo de Solsticio para ti.
Rhys quedó en silencio ante mi voz suave, había temblor en ella.
—Oh…
Nuestras manos se entrelazaron, acaricié las firmes paredes de su mente.
Las barreras cayeron de inmediato, dejándome entrar. Permitiéndome mostrarle ese último obsequio.
Lo que había esperado que él también considerara un obsequio.
Sus manos empezaron a temblar alrededor de las mías, pero no dijo nada hasta que yo me retiré de su mente. Hasta que estuvimos nuevamente mirándonos en silencio.
Su respiración se hizo irregular, sus ojos dibujados de plata.
—¿Estás segura? —repitió.
Sí. Más que nada. Me había dado cuenta, lo había sentido, en la galería de la tejedora.
—¿Sería… sería sin duda un regalo para ti? —me atreví a preguntar.
Sus dedos se apretaron sobre los míos.
—Un regalo inconmensurable.
Como en respuesta, la luz brilló y crepitó en mis palmas, y miré hacia abajo para ver mis manos alteradas. La montaña y las tres estrellas agraciando el corazón de cada palma.
Rhys seguía mirándome, con respiración despareja.
—Podemos esperar —dijo suavemente, como si tuviera miedo de que la nieve que caía afuera escuchara nuestros susurros.
—No quiero —dije, y lo decía en serio. También la tejedora me había hecho advertir eso. O tal vez solo me había hecho ver claramente lo que en silencio había querido ya desde hace tiempo.
—Podría tomar años —murmuró él.
—Puedo ser paciente —enarcó una ceja ante eso, y sonreí, corrigiendo—.
Puedo tratar de ser paciente.
Su sonrisa de respuesta me hizo sonreír.
Rhys se inclinó, depositando un beso en mi nuca, justo debajo de mi oreja.
—¿Empezamos esta noche, compañera?
Se doblaron los dedos de mis pies.
—Ese era el plan.
—Hmm. ¿Sabes cuál era mi plan? —Otro beso, esta vez en el hueco de mi garganta, mientras sus manos se deslizaban sobre mi espalda, y empezaban a desprender los botones ocultos de mi vestido.
De ese vestido precioso, bello. Arqueé la nuca para darle mejor acceso, y él aceptó, su lengua lamiendo el lugar que acababa de besar.
—Mi plan —siguió él, mientras el vestido se deslizaba y caía sobre la alfombra—, incluía esta cabaña, y una pared.
Mis ojos se abrieron justo cuando sus manos empezaban a trazar largas líneas a lo largo de mi espalda desnuda. Más bajas.
Descubrí que Rhys me sonreía desde arriba, sus ojos de pesados párpados mientras contemplaba mi cuerpo desnudo. Desnudo, salvo por los gemelos de diamante en mis muñecas. Iba a quitármelos, pero él murmuró:
—Déjalos.
Mi estómago se endureció por la expectativa, mis pechos se volvieron dolorosamente pesados.
Desabotoné el resto de su chaqueta, con dedos temblorosos, y se la quité, junto con la camisa. Y
sus pantalones. Entonces estuvo de pie, desnudo ante mí, las alas levemente desplegadas, el pecho musculoso jadeante, mostrándome la plena evidencia de hasta qué punto estaba listo.
—¿Quieres empezar en la pared o terminar allí? —sus palabras eran guturales, apenas reconocibles, y el brillo en sus ojos se convirtió en algo predatorio. Deslizó una mano por el frente de mi torso con descarada posesividad—. ¿O quieres la pared todo el tiempo?
Mis rodillas temblaron, y descubrí que ya no tenía palabras. Estaba más allá de todo, salvo de él.
Rhys no esperó mi respuesta y se arrodilló ante mí, sus alas estaban desplegadas sobre la alfombra. Oprimió un beso en mi abdomen, en reverencia y bendición. Después puso un beso más abajo.
Más abajo.
Mi mano se deslizó en su pelo, justo mientras él aferraba uno de mis muslos y levantaba mi pierna sobre su hombro. Justo mientras me encontraba de algún modo apoyándome contra la pared cerca del marco de la puerta, como
si él nos hubiera levantado. Mi cabeza golpeó la madera con un suave golpe mientras Rhys bajaba su boca hacia mí.
Se tomó su tiempo.
Me lamió y me acarició hasta que me deshice, después se rio contra mí, oscuro y rico. Se incorporó en toda su altura, con mis piernas envolviendo su cintura, y me apoyó contra la pared.
Un brazo contra la pared, el otro manteniéndome lejos. Rhys me buscó los ojos:
—¿Cómo será, compañera?
En su mirada, yo podría haber jurado que las galaxias se arremolinaban. En las sombras entre sus alas, moraban las gloriosas profundidades de la noche.
—Suficientemente difícil hacer que los cuadros se caigan —le recordé, sin aliento.
Él volvió a reír, bajo y perverso.
—Agárrate fuerte, entonces.
Que la madre del cielo y el Caldero me salven.
Mis manos se deslizaron en sus hombros, hundiéndose en los duros músculos.
Y él, lentamente, tan lentamente , empujó dentro de mí.
Entonces sentí cada centímetro de él, cada lugar en el que estábamos unidos. Volví a echar la cabeza hacia atrás, mientras un gemido salía de mí.
—Cada vez —dejó salir—, cada vez se te siente exquisita .
Apreté los dientes, jadeando a través de la nariz. Él entró, empujando con pequeños movimientos, permitiéndome ajustarme a cada ancha pulgada de él.
Y cuando estaba dentro de mí, cuando su mano apretó mi cadera, tan solo…
se detuvo.
Moví las caderas, desesperada por alguna fricción. Él se movió conmigo, negándomela.
Rhys lamió su camino, subiendo por mi garganta.
—Pienso en ti, sobre esto, cada condenada hora —ronroneó contra mi piel
—. Sobre la manera en que sabes.
Otra pequeña retirada… después una zambullida. Jadeé y jadeé, inclinando mi cabeza en la dura pared detrás de mí.
Rhys soltó un sonido de aprobación, y se retiró un poco. Después volvió a empujar. Duramente.
Un bajo tamborileo sonó en la pared a mi izquierda.
Ya no me importó. No me importó si de hecho hacíamos que los cuadros cayeran de la pared mientras Rhys se detenía una vez más.
—Pero, en general, pienso en esto. Cómo te siento a mi alrededor, Feyre —
entró en mí, exquisito e implacable—. Qué gusto tienes en mi lengua —mis uñas se clavaron en sus anchos hombros—. Cómo, aunque tengamos mil años juntos, nunca me cansaré de esto .
La liberación empezó a reunirse a lo largo de mi espalda, cerrando todo sonido y sensación más allá del sitio donde él me encontraba, me tocaba.
Otro empujón, más largo y más duro. La madera gruñó bajo su mano.
Bajó su boca a mi pecho y mordisqueó el pezón… mordisqueó y después lamió la herida que envió el placer como una chispa a través de mi sangre.
—Cómo me dejas hacerte estas cosas obscenas, terribles.
Su voz era una caricia que hizo mover mis caderas, suplicándole que fuera más rápido.
Rhys solo se rio, suave, cruelmente, mientras retiraba esa unión completa y desbocada que yo anhelaba.
Abrió los ojos el tiempo suficiente para atisbar hacia abajo, hacia donde podía verlo unido a mí, moviéndose tan dolorosa y lentamente dentro y fuera de mí.
—¿Te gusta mirar? —suspiró él—. ¿Te gusta verme moverme en ti?
En respuesta, más allá de las palabras, mandé mi mente hacia el puente entre nosotros, frotándome contra sus inflexibles escudos.
Él me dejó entrar instantáneamente, mente a mente y alma a alma, y entonces estuve mirando a través de sus ojos… mirándome a mí hacia abajo, mientras él aferraba mi cadera y empujaba.
Ronroneó, Mira cómo te cojo, Feyre .
Dios , fue mi única respuesta.
Manos mentales corrían por mi mente, mi alma. Mira cuán perfectamente encajamos .
Mi cuerpo ardiente estaba arqueado contra la pared… perfecto por cierto para recibirlo, para tomar cada centímetro de él.
¿Ves por qué no puedo dejar de pensar en esto… en ti?
Una vez más, se retiró y volvió a entrar, liberando el refrenamiento sobre su poder.
Las estrellas titilaban a nuestro alrededor, dejando entrar la dulce oscuridad.
Como si fuéramos las únicas almas en una galaxia. Y Rhys todavía seguía ante mí, con mis piernas envueltas alrededor de su cintura.
Froté mis propias manos mentales sobre él, y suspiré: ¿Puedes cogerme también aquí?
Ese perverso deleite flaqueó. Cayó en silencio.
También las estrellas y la oscuridad hicieron una pausa.
Entonces un predador absoluto, sin diluir, respondió: Será mi placer .
Y entonces no tuve palabras para lo que ocurrió.
Me dio todo lo que yo quería: desató su golpe dentro de mi cuerpo… el inflexible embate y la completud y el golpe de piel contra piel, el golpe de nuestros cuerpos contra la madera. La noche cantaba a nuestro alrededor, las estrellas girando como nieve.
Y después estábamos nosotros. Mente a mente, tendidos sobre ese puente entre nuestras almas.
No teníamos cuerpos aquí, pero lo sentí mientras me seducía, su oscuro poder envuelto en torno al mío, lamiendo mis llamas, chupando mi hielo, garras que raspaban contra las mías.
Lo sentí mientras su poder se mezclaba con el mío, fluyendo y retirándose, adentro y afuera, hasta que mi magia se desató, cerrándose sobre él, los dos rugiendo y ardiendo juntos.
Todo el tiempo él se movió en mí, implacable y torrencial como el mar. Una y otra vez, poder y carne y alma, hasta que creo que yo gritaba, hasta que creo que él rugía, y mi cuerpo mortal se ató a su alrededor, rompiéndose.
Después yo me rompí, todo lo que era rompiéndose en estrellas y galaxias y cometas, nada más que puro y brillante gozo. Rhys me sostuvo, me envolvió, su oscuridad absorbió la luz que chispeaba y estallaba, manteniéndome entera, manteniéndome unida.
Y cuando mi mente pudo formar palabras, cuando otra vez pude sentir su esencia alrededor de mí, su cuerpo aún moviéndose en el mío, le envié esa imagen por última vez, a la oscuridad y las estrellas… mi regalo.
Tal vez nuestro regalo, algún día.
Rhys se derramó en mí con un rugido, sus alas se extendieron ampliamente.
Y en nuestras mentes, en ese vínculo, su magia entró en erupción, su alma cayendo sobre la mía, llenando cada grieta y hoyo hasta que no hubo una sola parte de mí que no estuviera llena de él, desbordando con su oscura, gloriosa esencia y su inextinguible amor.
Permaneció enterrado en mí, apoyado duramente contra la pared mientras jadeaba contra mi cuello, Feyre, Feyre, Feyre .
Estaba temblando. Los dos temblábamos.
Conseguí la presencia mental suficiente para abrir apenas mis ojos.
Su rostro estaba destruido. Atónito. Su boca permanecía parcialmente abierta mientras me miraba boquiabierto, el brillo aún irradiando de mi piel, brillante contra sus sombras besadas por las estrellas.
Durante largos momentos, solo nos miramos. Respiramos.
Y después Rhys miró de soslayo hacia el resto de la habitación.
Hacia lo que habíamos hecho.
Una sonrisa astuta se formó sobre sus labios mientras miramos los cuadros que, por cierto, habían caído de la pared, los marcos agrietados en el suelo.
Un jarrón sobre una mesa cercana había sido estrellado contra el suelo, destruido en pequeños pedazos azules.
Rhys me besó bajo la oreja.
—Eso se descontará de tu salario, ya sabes.
Acerqué mi cabeza a él y solté sus hombros para sacudir su nariz. Él se rio, frotando sus labios contra mi sien.
Pero yo miré las marcas que le había dejado sobre la piel, que ya desaparecían. Miré los tatuajes sobre su pecho, sus brazos. Incluso toda la vida de pintura de un inmortal no bastaría para captar cada faceta de él. De nosotros.
Otra vez alcé los ojos hasta los de él y encontré estrellas y oscuridad esperando. Encontré el hogar esperando.
Nunca suficiente. No para pintarlo, conocerlo. Los eones nunca bastarían para todo lo que yo quería hacer, ver con él. Para todo lo que deseaba amarlo.
La pintura brilló ante mí: Noche triunfante… y las estrellas eternas .
—Hazlo de nuevo —suspiré, con voz ronca.
Rhys sabía lo que yo quería decir.
Y nunca me ha alegrado tanto una pareja Fae como cuando él se endureció otra vez un latido más tarde, me bajó al suelo, me dio vuelta sobre el estómago y se hundió profundamente en mí, con un ronroneo y un gruñido.
Y aun cuando finalmente caímos sobre la alfombra, evitando apenas los cuadros rotos y las astillas del jarrón, incapaces de movernos durante largo tiempo, esa imagen de mi regalo permaneció entre los dos, luciendo tan brillante como cualquier estrella.
Aquel bello muchacho de ojos azules y pelo oscuro que el Tallador de Huesos me había mostrado una vez.
Esa promesa del futuro.
Velaris aún dormía cuando Rhys y yo volvimos la mañana siguiente.
Sin embargo, él no nos llevó a la casa de la ciudad, sino a una propiedad junto al río, un edificio en ruinas con los jardines enmarañados.
La niebla pendía sobre gran parte de la ciudad antes del alba.
Las palabras que intercambiamos anoche, lo que habíamos hecho, fluía entre nosotros, tan invisible y sólido como nuestro vínculo de pareja. Él no había tomado su tónico anticonceptivo con el desayuno. No estaría tomándolo de nuevo.
—Nunca preguntaste sobre tu regalo del Solsticio —dijo Rhys al cabo de un rato, nuestros pasos crujían en la grava escarchada de los jardines a lo largo del Sidra.
Levanté la cabeza de su hombro mientras ambos caminábamos.
—Supongo que estabas esperando para hacer una revelación dramática.
—Supongo que sí. —Se detuvo y yo hice una pausa junto a él, mientras se volvía hacia la casa que estaba a nuestras espaldas—. Esto.
Lo miré y parpadeé. Miré los escombros de la propiedad.
—¿Esto?
—Considéralo como un regalo de Solsticio y de cumpleaños en uno solo.
—Hizo un gesto hacia la casa, los jardines, el terreno que fluía hasta el borde del río. Con una perfecta vista del Arcoíris a la noche, gracias a la curva de la tierra—. Es tuyo. Nuestro. Lo compré en la víspera del Solsticio. En dos días llegan los obreros para empezar a retirar los escombros y demoler el resto de la casa.
Volví a parpadear, larga y lentamente.
—Me compraste una propiedad .
—Técnicamente, será nuestra propiedad, pero la casa es tuya. Constrúyela como se te antoje.
Todo lo que quieras, todo lo que necesites… constrúyela.
El costo solamente, el enorme tamaño de este regalo debía ser más que astronómico.
—Rhys.
Él caminó unos pasos, pasándose las manos por su pelo azul negro, sus alas apretadamente plegadas.