Una corte de hielo y estrellas

Sarah J Maas · Capítulo 19 de 28

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Una corte de hielo y estrellas

Capítulo 19. Feyre

—Hay más alcohol en la cabaña.

De hecho, ninguno de los varones pareció habernos advertido siquiera. No mientras Azriel se asomaba, lanzaba dos bolas de nieve al cielo y desaparecía otra vez detrás de su muro de nieve.

Un momento más tarde, la violenta maldición de Rhys llegó como un ladrido hasta nosotras.

— Pendejo .

La risa adornaba cada sílaba.

Mor volvió a entrelazar su brazo con el mío.

—No creo que tu pareja vaya a ser el ganador este año, amiga mía.

Me recosté contra su calidez y vadeamos a través de la nieve alta hasta las rodillas, hacia la cabaña. La chimenea humeaba contra el claro cielo azul.

Bebés ilirios, por cierto.

CAPÍTULO

19

Feyre

Ganó Azriel.

Aparentemente su victoria número ciento noventa y nueve.

Los tres habían entrado en la cabaña una hora más tarde, chorreando nieve, con la piel llena de manchas rojas, sonriendo de oreja a oreja.

Mor y yo, acurrucadas juntas bajo una manta sobre el diván, solo pusimos los ojos en blanco al verlos.

Rhys tan solo dejó caer un beso sobre mi cabeza, declaró que los tres iban a tomar un baño de vapor en la choza de cedro contigua a la casa, y después se fueron.

Le hice un guiño a Mor cuando desaparecieron, dejando que la imagen se asentara.

—Otra tradición —me dijo ella, la botella de alcohol de color ámbar estaba casi terminada. Y mi cabeza daba vueltas con ella—. En realidad una costumbre iliria… la choza caliente. Los azotes con ramas de abeto. Un grupo de guerreros desnudos, sentados juntos en el vapor, sudando.

Volví a parpadear.

Los labios de Mor se movieron.

—Casi la única buena costumbre que se les ocurrió a los ilirios, para ser honesta.

Bufé.

—Entonces los tres están allí. Desnudos. Sudando.

Madre del cielo.

¿Te gustaría echar un vistazo? El oscuro ronroneo resonó en mi mente.

Lujurioso. Vuelve a tu sudor .

Hay lugar para uno más aquí .

Creí que las parejas eran territoriales .

Pude sentir que sonreía como si estuviera haciendo el gesto contra mi cuello. Estoy siempre ansioso por enterarme lo que enciende tu interés, querida Feyre .

Examiné la cabaña que me rodeaba, las superficies que había pintado casi un año atrás. Se me prometió una pared, Rhys .

Una pausa. Una larga pausa. Te he llevado contra una pared antes .

Estas paredes .

Otra larga, larga pausa. Es mala educación estar alerta cuando se está en el vapor .

Mis labios se curvaron mientras le enviaba una imagen. Un recuerdo.

Yo en la mesa de la cocina, a unos pocos pies de distancia. Él arrodillado ante mí. Mis piernas envolviendo su cabeza.

Cosa cruel, perversa .

Escuché un portazo en alguna parte de la casa seguido por un aullido claramente masculino.

Después un golpe… como si alguien estuviera tratando de volver a entrar.

Los ojos de Mor centellearon.

—¿Lo sacaste a patadas, no es cierto?

Mi sonrisa de respuesta la hizo rugir de risa.

El sol se hundía hacia el distante mar más allá de Velaris cuando Rhys se hallaba de pie junto al mármol negro de la sala de la casa de la ciudad y alzaba su copa de vino.

Todos nosotros —vestidos por una vez con nuestra ropa más elegante—

alzamos nuestras copas a continuación.

Yo había optado por usar mi vestido de Caída de las Estrellas, evitando mi corona pero usando los gemelos de diamante en las muñecas. Centelleaban y brillaban en mi línea de visión mientras permanecía junto a Rhys, observando cada plano de su bella cara mientras decía:

—A la bendita oscuridad de la que nacemos, y a la cual volvemos.

Nuestras copas se alzaron, y bebimos.

Lo miré… mi pareja, con su mejor chaqueta negra, el bordado de plata brillando en la luz hada.

¿Eso es todo?

Enarcó una ceja. ¿Quieres que siga mascullando o quieres empezar a celebrar?

Mis labios se movieron. Verdaderamente mantienes las cosas informales .

Aun después de todo este tiempo, todavía no me cree . Su mano se desplazó detrás de mí, y pellizcó. Me mordí el labio para no reírme. Espero que me hayas traído un buen regalo de Solsticio .

Era mi turno de pellizcarlo, y Rhys se rio, besando mi frente antes de salir de la habitación, sin duda para buscar vino. Más allá de las ventanas, había caído la oscuridad. La noche más larga del año.

Encontré a Elain estudiándola, bella en su vestido de color amatista. Hice un movimiento hacia ella, pero alguien me ganó.

El cantasombras estaba vestido con una chaqueta negra y pantalones semejantes a los de Rhysand… la tela inmaculadamente cosida y cortada para que calzaran sus alas. Aun usaba sus Sifones sobre cada mano, y las sombras seguían sus pasos, enroscadas como ascuas arremolinadas, pero por lo demás no había más signos del guerrero. Especialmente mientras le dijo suavemente a mi hermana:

—Feliz Solsticio.

Elain se volvió de la nieve que caía en la oscuridad de afuera y sonrió levemente.

—Nunca he participado en uno de estos.

Amren contribuyó desde el otro lado de la habitación, con Varian a su lado, resplandeciente en sus ropajes principescos.

—Se los sobreestima demasiado.

Mor sonrió con suficiencia.

—Dice la mujer que sale ganando cada año. No sé cómo no te roban cuando te vas a casa con tantas joyas en tus bolsillos.

Amren hizo centellear sus dientes demasiado blancos.

—Cuidado, Morrigan, o devolveré la linda cosita que te traje.

Para mi sorpresa, Mor se calló la boca.

Y lo mismo hicieron los demás, cuando Rhys volvió con…

—No lo hiciste —me atropellé con las palabras.

Él me sonrió sobre la gigantesca torta en capas que llevaba en brazos… con las veintiún velas encendidas que iluminaban su rostro.

Cassian me tocó en el hombro.

—¿Creíste que podías pasarla a nuestras espaldas, no es cierto?

Gruñí.

—Todos son insufribles.

Elain flotó a mi lado.

—Feliz cumpleaños, Feyre.

Mis amigos —mi familia— repitieron las palabras mientras Rhys dejaba la torta en la mesa baja frente al fuego. Miré a mi hermana.

—¿Tú…?

Un gesto de asentimiento de Elain.

—Nuala hizo la decoración, sin embargo.

Fue entonces que advertí que las tres capas habían sido pintadas diferente.

Arriba: flores. En el medio: llamas.

Y en la capa de la base, la más ancha… estrellas.

El mismo diseño de la cómoda que una vez había pintado en aquella casa ruinosa. Una para cada una de nosotros… una para cada hermana. Esas estrellas y lunas que me había enviado, a mi mente, mi pareja mucho antes de que nos conociéramos.

—Le pedí a Nuala que lo hiciera en ese orden —dijo Elain, mientras los otros se reunían alrededor—. Porque tú eres el cimiento, la que nos levanta.

Siempre lo has sido.

Se me hizo un nudo insoportable en la garganta, y como respuesta le pellizqué la mano.

Mor, que el Caldero la bendiga, gritó:

—¡Pide un deseo y vamos ya a los regalos!

Al menos una tradición no cambió de ningún lado del muro.

Encontré la mirada de Rhys por encima de las velas encendidas. Su sonrisa bastaba para que el nudo en mi garganta se convirtiera en un ardor en mis ojos.

¿Qué deseo vas a pedir?

Una pregunta simple, honesta.

Y mirándolo, ese rostro bello y esa sonrisa cómoda, tantas de esas sombras se desvanecieron, nuestra familia reunida a nuestro alrededor, la eternidad un camino hacia delante… lo supe.

Verdaderamente supe el deseo que quería pedir, como si fuera una pieza del rompecabezas de Amren que encajaba en su sitio con un clic, como si los hilos del tapiz de la tejedora finalmente revelaran el diseño que habían formado.

No se lo dije, sin embargo. No mientras contenía el aliento y soplaba.

La torta antes de la cena era absolutamente aceptable en el Solsticio, me informó Rhys mientras dejábamos a un lado nuestros platos en cualquier superficie que estuviera cerca. Especialmente antes de los regalos.

—¿Qué regalos? —pregunté, examinando la habitación vacía de ellos, salvo por las dos cajas de Lucien.

Los otros me sonrieron, mientras Rhys castañeteaba los dedos y…

—Oh.

Cajas y bolsas, todas brillantemente envueltas y adornadas, llenaban las ventanas.

Pilas y montañas y torres de ellas. Mor soltó un chillido de deleite.

Giré hacia el vestíbulo. Había dejado el mío en un armario de escobas del tercer nivel…

No. Allí estaban. Envueltos y atrás de todo.

Rhys me hizo un guiño.

—Me ocupé de agregar tus regalos al tesoro comunitario.

Enarqué las cejas.

—¿Todo el mundo te dio sus regalos?

—Él es el único en quien se puede confiar para que no espíe —explicó Mor.

Yo miré a Azriel.

—Ni siquiera él —dijo Amren.

Azriel me lanzó un gesto culpable.

—¿Jefe de espías, recuerdas?

—Empezamos a hacerlo hace dos siglos —prosiguió Mor—. Después de que Rhys pescó a Amren literalmente sacudiendo una caja para adivinar qué había adentro.

Amren chasqueó la lengua, mientras yo me reía.

—Lo que no vieron fue a Cassian hace diez minutos oliendo cada caja.

Cassian le lanzó una sonrisa perezosa.

—Yo no fui el que pescaron.

Me volví hacia Rhys.

—¿Y de alguna manera tú eres el más confiable?

Rhys se mostró directamente ofendido.

—Soy Alta lord, querida Feyre. El honor inquebrantable está dentro de mis huesos.

Mor y yo bufamos.

Amren caminó hacia la pila más próxima de regalos.

—Yo empezaré.

—Por supuesto que sí —masculló Varian, ganándose una sonrisa mía y de Mor.

Amren le sonrió dulcemente antes de agacharse para levantar un regalo.

Varian tuvo el buen tino de estremecerse solo cuando ella le volvió la espalda.

Pero ella eligió un regalo envuelto en rosa, leyó la tarjeta y la rompió.

Todo el mundo trató de ocultar su gesto de dolor y fracasó.

Yo había visto algunos animales romper carcasas con menos ferocidad.

Pero ella sonrió, mientras se volvía a Azriel, un conjunto de exquisitos aros de perlas y diamantes balanceándose de sus pequeñas manos.

—Gracias, Cantasombras —dijo, inclinando la cabeza.

Azriel solo inclinó su cabeza como respuesta.

—Me alegra que pasen tu inspección.

Cassian se abrió paso más allá de Amren, ganándose un siseo de advertencia, y empezó a repartir regalos. Mor tomó el de ella fácilmente y rompió el papel con tanto entusiasmo como Amren.

Le sonrió al general.

—Gracias, querido.

Cassian esbozó una sonrisa.

—Sé lo que te gusta.

Mor se detuvo…

Yo me ahogué. Azriel también y giró hacia Cassian mientras lo hacía.

Cassian le guiñó un ojo mientras el negligé rojo se balanceaba entre las manos de Mor.

Antes de que Azriel pudiera sin duda preguntar lo que todos estábamos pensando, Mor tarareó para sí, y dijo:

—No dejen que los engañe: no podía pensar ni una condenada cosa para darme, entonces abandonó y me preguntó directamente. Le di órdenes precisas. Por una vez en su vida las obedeció.

—El perfecto guerrero, de arriba abajo —dijo Rhys.

Cassian se recostó en el diván, estirando sus largas piernas ante sí.

—No te preocupes, Rhysie. También tengo uno para ti.

—¿Quieres que lo pase como modelo?

Me reí, sorprendida al oír el sonido de la voz de Elain resonar a través de la habitación.

Su regalo… me apresuré a la pila de regalos antes de que Cassian pudiera arrojarlo a través de la habitación. Busqué el paquete que había envuelto ayer con tanto cuidado. Espié detrás de una caja grande cuando oí el golpe en la puerta.

Solo una vez. Rápido y duro.

Yo sabía. Lo supe, incluso antes de que Rhys me mirara, quién estaba de pie ante la puerta.

Todo el mundo lo sabía.

Cayó el silencio, interrumpido solamente por el crepitar del fuego.

Un latido, y después ya me movía, mi vestido murmuraba a mi alrededor mientras cruzaba el vestíbulo, abría la puerta de vitral emplomado y la de roble que estaba más allá. Me preparé contra el ataque del frío.