Una corte de hielo y estrellas
Capítulo 12. Feyre
Y la noche que habíamos vuelto a Velaris, después de la batalla final contra Hybern. Cuando ella había usado solamente esos gemelos.
Meneé la cabeza, y le dije a la delgada y etérea hada detrás del mostrador:
—Bellos como son, Neve, no creo que la dama quiera joyas para el Solsticio.
Encogió los hombros sin desilusión. Yo era un cliente suficientemente habitual y Neve sabía que volvería.
Deslizó la bandeja debajo del mostrador y extrajo otra, sus manos veladas por la noche se movían con agilidad.
No un espectro, sino algo similar, su alta y delgada figura envuelta en sombras permanentes, solo sus ojos —como ascuas ardientes— visibles. El resto tendía a aparecer y desaparecer de la vista, como si las sombras se separaran para revelar una mano oscura, un hombro, un pie. Su gente eran todos orfebres magistrales, que moraban en las minas más profundas de las montañas de nuestra corte. Casi todas las reliquias de nuestra casa habían sido fabricadas por Tartera, incluyendo los gemelos y las coronas de Feyre.
Neve agitó una mano sombría sobre la bandeja que había expuesto.
—Había elegido estas antes, si no son demasiado presuntuosas para que Lady Amren las considerara.
De hecho, todas ellas cantaban el nombre de Amren. Grandes piedras, delicados engarces. Joyas poderosas, para mi poderosa amiga. Que había hecho tanto por mí, mi pareja… nuestra gente. El mundo.
Observé las tres piezas. Suspiré.
—Las llevo todas.
Los ojos de Neve resplandecieron como una forja viva.
CAPÍTULO
12
Feyre
—¿Qué diablos es eso?
Cassian sonreía mientras señalaba con la mano una pila de ramas de pino arrojadas sobre la ornamentada alfombra roja del centro del foyer.
—Decoraciones del Solsticio. Derecho del mercado.
La nieve pendía de sus anchos hombros y de su pelo oscuro, y sus mejillas bronceadas estaban sonrojadas por el frío.
—¿A eso le llamas decoración?
Sonrió con suficiencia.
—Una pila de pino en medio del suelo es la tradición de la Corte de la Noche.
Crucé los brazos.
—Divertido.
—Lo digo en serio —lo fulminé con la mirada y él se rio—. Es para las chimeneas, las balaustradas o lo que fuere, sabelotodo. ¿Quieres ayudar?
Se quitó el pesado abrigo, revelando una chaqueta negra y una camisa debajo, y lo colgó en el armario del vestíbulo. Permanecí donde estaba y taconeé con el pie.
—¿Qué? —dijo él, enarcando las cejas. Era raro ver a Cassian en otra cosa que no fueran sus cueros ilirios, pero las ropas, aunque no eran tan finas como las que podían usar Rhys o Mor, le sentaban bien.
—¿Arrojar un puñado de árboles a mis pies es la manera en que dices hola en estos días? Pasas un tiempito en ese campamento ilirio y te olvidas de todos tus modales.
Cassian estuvo sobre mí en un segundo, levantándome del suelo para retorcerme hasta que estuve a punto de vomitar. Golpeé su pecho, maldiciéndolo.
Cassian me dejó en el suelo por fin.
—¿Qué tienes para mí para el Solsticio?
Le golpeé el brazo.
—Una gran pila de cállate la boca.
Él volvió a reír y yo le guiñé un ojo.
—¿Cocoa caliente o vino?
Cassian curvó un ala a mi alrededor, volviéndonos hacia la puerta del sótano.
—¿Cuántas buenas botellas ha dejado el pequeño Rhisie?
Bebimos dos de ellas antes de que llegara Azriel, que echó un vistazo a nuestros intentos ebrios de decorar y se dispuso a arreglar todo antes de que cualquiera pudiera ver el lío que habíamos hecho.
Echados sobre un diván ante el fuego de abetos de la sala, sonreímos como diablos mientras el cantasombras enderezaba las tiaras y guirnaldas que
habíamos lanzado sobre las cosas y barría las agujas de pino que habíamos desparramado sobre las alfombras. Mientras lo hacía meneaba la cabeza.
—Az, relájate un minuto —dijo Cassian lentamente, alzando una mano—.
Bebe un poco de vino.
Galletas.
—Quítate el abrigo —agregué, apuntando la botella hacia el cantasombras, que ni siquiera se había molestado en hacerlo antes de arreglar nuestro desastre.
Azriel enderezó una parte de la guirnalda sobre el alféizar:
—Es casi como si ustedes hubieran tratado de hacer todo tan feo como era posible.
Cassian se aferró el corazón.
—Eso nos ofende.
Azriel suspiró mirando el cielorraso.
—Pobre Az —dije, sirviéndome otra copa—. El vino te hará sentir mejor.
Me fulminó con la mirada, después a la botella, después a Cassian… y finalmente se precipitó por el cuarto, tomó la botella de mi mano y engulló lo que quedaba. Cassian sonrió con deleite.
En especial porque Rhys dijo desde la puerta:
—Bien, al menos ahora sé quién se está tomando todo mi buen vino.
¿Quieres otro, Az?
Azriel casi escupió el vino en el fuego, pero se obligó a tragarlo y se volvió, con el rostro rojo, hacia Rhys:
—Me gustaría explicar…
Rhys se rio, el rico sonido rebotó en las molduras de roble tallado de la habitación.
—Cinco siglos, y crees que no sé que cuando mi vino desaparece usualmente Cassian es el responsable.
Cassian alzó su copa en saludo.
Rhys observó la habitación y soltó una risita.
—Puedo decirles exactamente cuáles fueron las que ustedes dos liquidaron, y cuáles Azriel trató de arreglar antes de que yo llegara aquí. —De hecho, Azriel ahora se frotaba la sien. Rhys enarcó una ceja en mi dirección—.
Esperaba algo mejor de un artista.
Le saqué la lengua.
Un latido más tarde, él dijo en mi mente: Ahorra esa lengua para después.
Tengo ideas para ella .
Los dedos se arquearon dentro de los gruesos calcetines altos.
—¡Hace un frío del demonio! —gritó Mor desde el vestíbulo del frente, sobresaltándome de mi cálida posición interior—. ¿Y quién diablos dejó que Cassian y Feyre decoraran?
Azriel se ahogó con lo que, hubiera jurado, era una risa. Su rostro normalmente sombrío se iluminó cuando Mor entró, rosada de frío y soplándose aire en las manos. Sin embargo, nos puso mala cara.
—¿Ustedes dos no hubieran podido esperar hasta que yo llegara para empezar el buen vino?
Sonreí mientras Cassian decía:
—Apenas si estábamos empezando con la colección de Rhys.
Rhys se rascó la cabeza.
—Está allí para que cualquiera lo beba, ya saben. Sírvanse lo que deseen.
—Peligrosas palabras, Rhysand —advirtió Amren, pavoneándose al trasponer la puerta, casi engullida por el enorme abrigo de piel blanca que llevaba puesto. Solo su pelo oscuro, largo hasta el mentón, y sus sólidos ojos plateados eran visibles por encima del cuello. Se veía…
—Pareces una furiosa bola de nieve —dijo Cassian.
Cerré con fuerza los labios para evitar la carcajada. Reírse de Amren no era un gesto sabio.
Incluso ahora, cuando sus poderes prácticamente habían desaparecido y se encontraba permanentemente en un cuerpo de Hada Suprema.
La furiosa bola de nieve estrechó los ojos para mirarlo.
—Cuidado, muchacho. No querría que empezaras una guerra que no puedes ganar. —Se desabotonó el cuello para que todos la escucháramos claramente cuando ronroneó—. Especialmente con Nesta Archeron que vendrá para el Solsticio, dentro de dos días.
Sentí la onda que pasó entre ellos… entre Cassian y Mor y Azriel. Sentí el puro temperamento que retumbaba en Cassian, toda la alegría semiebria repentinamente desaparecida. Dijo en voz baja:
—Ya basta, Amren.
Mor nos observaba tan de cerca que era difícil prestarle atención. Sin embargo, miré a Rhys, una actitud contemplativa había invadido su rostro.
Amren meramente sonrió, con esos labios rojos suficientemente abiertos para mostrar casi todos sus dientes blancos mientras caminaba hacia el closet del vestíbulo y decía sobre un hombro:
—Voy a disfrutar de verla destruirte. Eso si aparece sobria.
Y eso bastó. Rhys pareció llegar a la misma idea, pero antes de que pudiera decir algo, yo intervine.
—Deja a Nesta fuera del asunto, Amren.
Amren me lanzó lo que podría haberse considerado una mirada de disculpa.
Pero añadió mientras guardaba su enorme abrigo en el closet:
—Viene Varian, así que arréglense con eso.
Elain estaba en la cocina, ayudando a Nuala y a Cerridwen a preparar la comida de la noche. Aun cuando faltaban dos noches para el Solsticio, todo el mundo había llegado a la casa de la ciudad.
Salvo una.
—¿Algún mensaje de Nesta? —le dije a mi hermana como saludo.
Elain se enderezó de las hogazas de pan ardientes que había sacado del horno. Tenía el pelo semirecogido, un delantal empolvado de harina sobre su vestido rosado. Guiñó, con sus grandes ojos pardo claro.
—No. Le dije que se nos uniera esta noche, y que me hiciera saber cuándo lo había decidido. No me respondió nada.
Agitó un trapo de cocina sobre el pan para enfriarlo un poco, después levantó una hogaza para golpear la base. Un sonido hueco respondió, una buena respuesta para ella.
—¿Crees que vale la pena ir a buscarla?
Elain colgó el trapo de cocina sobre su delgado hombro, arremangándose hasta el codo. Su piel había ganado color estos meses… al menos, antes de que el clima frío se instalara. Su rostro se había llenado, también.
—¿Me lo estás preguntando como su hermana o como vidente?
Mantuve mi rostro calmo, agradable, y me recosté sobre la mesa de trabajo.
Elain no había mencionado ninguna otra visión. Y nosotros no le habíamos pedido que usara sus dones. Si es que aún existían, con la destrucción del Caldero y su nueva formación, yo no lo sabía. No quería preguntarlo.
—Conoces mejor a Nesta —respondí con cuidado—. Pensé que te gustaría ayudar.
—Si Nesta no quiere estar aquí esta noche, entonces traerá más un problema que una suerte.
La voz de Elain era más fría que la habitual. Miré a Nuala y a Cerridwen, y esta última me indicó con una inclinación de cabeza: No es un buen día para ella .
Como el resto de nosotros, la recuperación de Elain estaba en curso. Había llorado durante horas el día en que la llevé a una colina cubierta de flores silvestres en las afueras de la ciudad… a la lápida de mármol que yo había colocado allí en honor a nuestro padre.
Había convertido su cuerpo en cenizas después de que el Rey de Hybern lo había matado, pero aun así merecía un lugar de descanso. Por todo lo que había hecho al final, merecía la bella piedra en la que yo había tallado su nombre. Y Elain había merecido un lugar para visitarlo, para hablar con él.
Iba al menos una vez al mes.
Nesta no había ido nunca. Había ignorado mi invitación de venir con nosotros aquel primer día.
Y todas las otras veces después.
Ocupé un lugar junto a Elain, y agarré un cuchillo para empezar a cortar el pan. Desde el vestíbulo, los sonidos de mi familia retumbaban hacia nosotros, la risa brillante de Mor tintineaba por encima del grave murmullo de Cassian.
Esperé hasta tener una pila de rebanadas calientes antes de decir:
—Nesta es aún parte de esta familia.
—¿Lo es? —Elain cortó profundamente la siguiente hogaza—. Por cierto, no actúa como si lo fuera.
Oculté mi ceño fruncido.
—¿Ocurrió algo cuando la viste hoy?
Elain no contestó. Tan solo siguió rebanando el pan.
Yo también seguí haciéndolo. No me gustaba cuando otra gente me presionaba para hablar. Por eso no dije nada.
En silencio, trabajamos, luego colocamos en las bandejas la comida que Nuala y Cerridwen nos indicaron que estaba lista; sus sombras las velaban más de lo usual, para concedernos algún sentimiento de intimidad. Les lancé una mirada de gratitud, pero las dos menearon las cabezas. No era necesario agradecer. Habían pasado más tiempo con Elain del que había pasado yo.
Entendían su temperamento, lo que a veces necesitaba.
Fue solo cuando Elain y yo estábamos transportando la primera bandeja por el vestíbulo hacia el comedor que ella habló.
—Nesta dijo que no quería venir para el Solsticio.
—Eso está bien —dije, aunque algo se me retorció en el pecho.
—Dijo que no quería venir a nada . Nunca.
Hice una pausa, observando el dolor y el miedo que ahora brillaban en los ojos de Elain.
—¿Dijo por qué?
—No. —Furia… había furia en el rostro de Elain, también—. Tan solo dijo… dijo que tenemos nuestras vidas y ella tiene la de ella.
Decirme eso a mí, bueno. ¿Pero a Elain ?
Respiré hondo, mi estómago hacía ruidos ante la bandeja de pollo lentamente asado que llevaba en las manos, el aroma de salvia y limón llenaban mi nariz.
—Hablaré con ella.
—No lo hagas —dijo inexpresivamente Elain, volviendo una vez más a caminar, los velos de vapor que salían desde las papas asadas con romero que llevaba en las manos envolvían sus hombros, como si fueran las sombras de Azriel—. No te escuchará.
Como el diablo no me escucharía.
—¿Y tú? —me obligué a decir—. ¿Tú estás… bien?
Elain me miró por encima de un hombro cuando entramos en el foyer, después doblamos a la izquierda… hacia el comedor. En la sala que estaba en el camino, todas las conversaciones se detuvieron ante el olor de la comida.
—¿Por qué no estaría bien? —preguntó, mientras una sonrisa le iluminaba el rostro.
Ya había visto esas sonrisas antes. Sobre mi propia maldita cara.
Pero los otros vinieron rápidamente desde la sala. Cassian besó la mejilla de Elain como saludo antes de que casi la levantara para sacarla del medio y llegar a la mesa de la cena. Amren llegó luego, saludó a mi hermana con una inclinación de cabeza, su collar de rubí centelleaba bajo las luces hadas repartidas en las guirnaldas del vestíbulo. Después llegó Mor, que la saludó con un beso en cada mejilla. Después Rhys, hizo un gesto con la cabeza a Cassian, que empezó a servirse de las bandejas que Nuala y Cerridwen trajeron volando. Como Elain vivía allí, mi pareja la saludó solamente con una sonrisa de bienvenida antes de ocupar su asiento a la derecha de Cassian.
Azriel emergió de la sala, una copa de vino en la mano, y las alas plegadas para revelar su fina aunque simple chaqueta y los pantalones negros.
Sentí, más que vi, que mi hermana se aquietaba cuando él se aproximó. Su garganta se estremeció.
—¿Vas a retener ese pollo toda la noche? —me preguntó Cassian desde la mesa.
Enojado, me acerqué a él y puse la bandeja sobre la superficie de madera.
—Escupí en él —dije, dulcemente.
—Eso lo hace más delicioso —canturreó Cassian, devolviéndome una sonrisa. Rhys se rio por lo bajo, bebiendo un gran sorbo de vino.
Pero yo marché hacia mi lugar —anidado entre Amren y Mor— a tiempo para ver a Elain que le decía a Azriel:
—Hola.
Az no dijo nada.
No, tan solo se movió hacia ella.
Mor se tensó a mi lado.
Pero Azriel solo tomó el pesado plato de papas de las manos de Elain y con su voz suave como la noche le dijo:
—Siéntate. Yo me ocupo de esto.
Las manos de Elain permanecieron en el aire, como si el espectro del plato siguiera entre ellos.
Con un guiño, bajó las manos y advirtió su delantal.
—Eh… enseguida vuelvo —murmuró, y se apresuró por el vestíbulo antes de que pudiera explicarle que a nadie le importaba si llegaba a la cena cubierta de harina y que tan solo debía sentarse .
Azriel puso las papas en el centro de la mesa, y Cassian intentó zambullirse en ellas. Al menos, lo intentó.
En un momento, su mano se lanzó sobre la cuchara para servir. Al siguiente, lo habían detenido: los dedos de Azriel llenos de cicatrices se envolvieron sobre su muñeca.
—Espera —dijo Azriel, con un claro tono de orden.
Mor abrió tanto la boca que estuve segura de que las arvejas verdes semimasticadas en su boca iban a caerse sobre su plato. Amren tan solo esbozó una sonrisa de burla sobre el borde de su copa de vino.
Cassian lo miró boquiabierto.
—¿Que espere qué ? ¿La salsa?
Azriel no lo soltó.
—Espera hasta que todos estén sentados a la mesa.
—Cerdo —contribuyó Mor.
Cassian lanzó una mirada aguda al plato de arvejas, pollo, pan y jamón comidos a media en el plato de Mor. Pero aflojó la mano, recostándose en su silla.
—Nunca supe que eras un fanático de los modales, Az.
Azriel liberó la mano de Cassian y miró fijo a su copa de vino.
Elain entró, ya sin el delantal y con el pelo vuelto a trenzar.
—Por favor, no esperen por mí —dijo, ocupando el asiento de la cabecera de la mesa.
Cassian fulminó a Azriel. Az deliberadamente lo ignoró.
Pero Cassian esperó hasta que Elain hubo llenado su plato antes de servirse una cucharada de cualquier otra cosa. Al igual que los otros.
Cambié una mirada con Rhys a través de la mesa. ¿Qué fue eso?
Rhys cortó su jamón glaseado con movimientos tersos y hábiles. No tenía nada que ver con Cassian .
¿Oh?
Rhys mordió un bocado, haciéndome un gesto con el cuchillo para que comiera. Digamos tan solo que estuvo cerca de dar en el blanco . Ante mi confusión, agregó: Hay algunas cicatrices en lo referido a la manera en que fue tratada su madre. Muchas cicatrices .
Su madre había sido una criada —casi esclava— cuando él nació. Y
después. Ninguno de nosotros se molesta en esperar que todos se sienten, mucho menos Cassian .
Le puede ocurrir en algunos momentos .
Hice lo posible para no mirar al cantasombras. Ya veo .
Volviéndome hacia Amren, estudié su plato. Pequeñas porciones de todo.
—¿Todavía acostumbrándote?
Amren gruñó, revolviendo sus zanahorias asadas y glaseadas.
—La sangre sabe mejor.
Mor y Cassian se ahogaron.
—Y no demora tanto tiempo consumirla —gruñó Amren, levantando el más pequeño bocado de pollo asado hasta sus labios pintados de rojo.
Comidas lentas y pequeñas para Amren. La primera comida que había ingerido tras regresar —
un cuenco de sopa de lentejas— le había provocado vómitos durante una hora. Así que había sido una adaptación gradual. Todavía no podía zambullirse en una comida como todos tendíamos a hacer.
Si era algo completamente físico, o tal vez alguna clase de periodo de adaptación personal, ninguno de nosotros lo sabía.
—Y después están los resultados desagradables de comer —continuó Amren, cortando sus zanahorias en diminutas tajadas.
Azriel y Cassian intercambiaron una mirada, después ambos parecieron encontrar sus platos muy interesantes. Incluso mientras las sonrisas se esbozaron en sus rostros.
Elain preguntó:
—¿Qué clase de resultados?
—No respondas —dijo Rhys rápidamente, señalando a Amren con su tenedor.
Amren le respondió entre dientes, su pelo oscuro balanceándose como una cortina de noche líquida:
—¿Sabes qué inconveniente es necesitar un lugar para aliviarme adonde quiera que vaya?
Un ruido burbujeante se escuchó procedente del lado de la mesa de Cassian, pero yo apreté los labios. Mor aferró mi rodilla bajo la mesa, su cuerpo sacudiéndose con el esfuerzo de mantener la risa refrenada.
Rhys le dijo lentamente a Amren:
—¿Debemos empezar a construir baños públicos para ti en todo Velaris, Amren?
—Lo digo en serio, Rhysand —lo espetó Amren.
No me atreví a cruzar la mirada con Mor. O con Cassian. Una sola mirada y me desarmaría.
Amren hizo un gesto con la mano.
—Debería haber elegido una forma masculina. Al menos ustedes pueden sacarla rápidamente e ir adonde quieran sin tener que preocuparse por derramar…
Cassian se soltó. Después Mor. Después yo. E incluso Az, con una débil risita.
—¿De veras no sabes cómo hacer pis? —rugió Mor—. ¿Después de todo este tiempo?
Amren dijo indignada:
—He visto animales.
—Dime que sabes cómo funciona un inodoro —estalló Cassian, golpeando una mano ancha sobre la mesa—. Dime que al menos sabes eso.
Me tapé la boca con la mano, como para impedir que la risa saliera. Al otro lado de la mesa, los ojos de Rhys eran más brillantes que estrellas, su boca una línea temblorosa mientras trataba de permanecer serio sin conseguirlo.
—Sé cómo sentarme en un induro —gruñó Amren.
Mor abrió la boca, la risa bailando sobre su rostro, pero Elain preguntó:
—¿Podrías haber hecho eso? ¿Podrías haber decidido adoptar una forma masculina?
La pregunta atravesó la risa, como una flecha disparada entre nosotros.
Amren estudió a mi hermana, las mejillas de Elain rojas por nuestra desembozada charla ante la mesa.
—Sí —dijo simplemente—. Antes, en mi otra forma, no era nada.
Simplemente era.
—¿Entonces por qué elegiste este cuerpo? —preguntó Elain, la luz hada de la araña resplandecía en las ondas de su trenza marrón dorada.
—Me sentía más atraída hacia la forma de mujer —respondió Amren simplemente—. Pensé que era más simétrica. Me gustaba.
Mor frunció el ceño al observar su propia forma, mirando con gusto sus considerables atributos.
—Cierto.
Cassian se rio.
Elain preguntó.
—¿Y una vez que estabas en este cuerpo, ya no podías cambiar?
Los ojos de Amren se achicaron un poco. Yo me enderecé, mirando entre ellos. Inusual, sí, que Elain hablara tanto, la verdad es que había estado mejorando. La mayoría de los días era lúcida… tal vez silenciosa y propensa a la melancolía, pero atenta.
Elain, para mi sorpresa, sostuvo la mirada de Amren.
Tras un momento, Amren dijo:
—¿Estás preguntando por curiosidad por mi pasado o por tu propio futuro?
La pregunta me dejó demasiado asombrada incluso para reprimir a Amren.
A los otros también.
La frente de Elain se arrugó antes de que yo pudiera intervenir.
—¿Qué quieres decir?
—No hay retorno de ser humana, muchacha —dijo Amren, tal vez con algo de amabilidad.
—Amren —advertí.
El rostro de Elain se enrojeció aún más, su espalda se enderezó. Pero no retrocedió.
—No sé de qué estás hablando. —Nunca había oído la voz de Elain tan fría.
Miré a los otros. Rhys frunció el ceño. Cassian y Mor esbozaban una mueca de dolor, y Azriel…
había lástima en su bello rostro. Lástima y pena mientras observaba a mi hermana.
Elain nunca había mencionado haber sido Hecha, o el Caldero, o Graysen durante meses. Yo había supuesto que se estaba acostumbrando a ser Alta Fae, que tal vez empezaba a deshacerse de esa vida mortal.
—Amren, tienes un don espectacular para arruinar las conversaciones en la mesa —dijo Rhys, agitando su vino—. Me pregunto si no podrías convertir eso en una verdadera carrera.
Su Segunda le lanzó una mirada fulminante. Pero Rhys la sostuvo, mientras en su rostro el silencio era una advertencia.
Gracias , dije a través del vínculo. Como respuesta me llegó una cálida caricia.
—Enfréntate con alguien de tu tamaño —le dijo Cassian a Amren, llenándose la boca de pollo asado.
—Me sentiría mal por los ratones —masculló Azriel.
Mor y Cassian aullaron, ganándose un sonrojo de Azriel y una agradecida sonrisa de Elain… y Amren no les ahorró una mirada furibunda.
Pero algo en mí se relajó ante esa risa, ante la luz que había vuelto a los ojos de Elain.
Una luz que no vería más sombría.
Necesito salir después de la comida , le dije a Rhys mientras volvía a dedicarme a mi plato. ¿Te gustaría un vuelo a través de la ciudad?
Nesta no abrió su puerta.
Llamé durante unos buenos dos minutos, frunciendo el ceño ante el sombrío vestíbulo de madera del ruinoso edificio que ella había elegido para vivir, después envié una soga de magia a través del departamento que estaba más allá.
Rhys había erguido guardas alrededor de toda la casa, y con nuestra magia, el vínculo de nuestras almas, no había resistencia al hilo de poder que
desenrollé a través de la puerta y dentro del departamento mismo.
Nada. Ningún signo de vida… o nada peor más allá.
Ella no estaba en casa.
Yo tenía una buena idea de dónde podía estar.
Flotando en la calle congelada, hice girar los brazos para mantenerme erguida mientras mis botas patinaban en el hielo que recubría las piedras.
Recostado contra una columna de luz, la luz hada dorando las garras sobre sus alas, Rhys se rio.
Y no se movió ni un centímetro.
—Tarado —mascullé—. Casi todos los varones ayudarían a su pareja si estuvieran a punto de romperse la crisma sobre el hielo.
Empujó la columna de luz y se dirigió hacia mí, cada movimiento terso y sin apuro. Incluso ahora, con gusto pasaría horas tan solo mirándolo.
Tengo la sensación de que si hubiera entrado, me hubieras cortado la cabeza por ser una dominante madre gallina, como me has llamado.
Gruñí una respuesta que él prefirió no escuchar.
—¿No está en casa, entonces?
Volví a gruñir.
—Bien, eso deja precisamente unos diez lugares donde podría estar.
Hice una mueca de disgusto.
Rhys preguntó:
—¿Quieres que vaya a ver?
No físicamente, pero sí que usara su poder para encontrar a Nesta. No había querido que lo hiciera antes, ya que parecía una suerte de violación de la intimidad, pero dado el condenado frío que hacía…
—De acuerdo.
Rhys me envolvió con sus brazos, después con sus alas, abrigándome en su calor, mientras murmuraba en mi pelo:
—Espera.
La oscuridad y el viento nos envolvieron, y sepulté mi rostro en su pecho, aspirando su perfume.
Después risa y canciones, música estridente, el penetrante olor de la cerveza rancia, el mordisco del frío…
Gruñí mientras contemplaba adónde nos había llevado, dónde había detectado a mi hermana.
—Hay salones de vino en esta ciudad —dijo Rhys, atajándose—. Hay salas de concierto.
Hermosos restaurantes. Clubes de placer. Y, sin embargo, tu hermana…
Y, sin embargo, mi hermana conseguía encontrar las más sórdidas y miserables tabernas de Velaris. No había muchas. Pero ella era cliente de todas. Y esta —La Guarida del Lobo— era por lejos la peor.
—Espera aquí —dije por encima de los violines y tambores que brotaban de la taberna, mientras me liberaba de su abrazo. En la calle, unos pocos juerguistas borrachos nos vieron y quedaron en silencio. Sintieron el poder de Rhys, tal vez también el mío, y buscaron algún otro sitio para estar un rato.
No tenía dudas de que lo mismo ocurriría en la taberna, y tampoco tenía dudas de que Nesta se enfadaría con nosotros por arruinarle la noche. Al menos podía deslizarme adentro sin ser advertida.