Una corte de hielo y estrellas

Sarah J Maas · Capítulo 18 de 28

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Una corte de hielo y estrellas

Capítulo 18. Feyre

Elain me miró a su vez, mientras yo terminaba la tarta y buscaba otra.

—¿Has tenido alguna noticia de ella?

Sabía a quién se refería. Mientras abría la boca para decirle que no, un golpe sonó en la puerta del frente.

Elain se movió tan rápido que yo apenas pude seguirla. Abrió la puerta cancel de vidrio arenado del vestíbulo, y después el pestillo de la pesada puerta de roble del frente.

Pero no era Nesta la que estaba en el peldaño de entrada con las mejillas sonrojadas de frío.

No, cuando Elain dio un paso atrás y su mano se alejó del picaporte, reveló a Lucien sonriéndonos tensamente a las dos.

—Feliz Solsticio —fue todo lo que dijo.

CAPÍTULO

18

Feyre

—Te ves bien —le dije a Lucien cuando nos sentamos en los sillones ante el fuego; Elain se encontraba reclinada silenciosamente en el diván contiguo.

Lucien se calentó las manos en el resplandor del fuego de abedul, mientras la luz teñía su rostro de rojos y dorados… dorados que combinaban con su ojo mecánico.

—Tú también —lanzó una mirada de soslayo hacia Elain, ágil y fugaz—.

Las dos.

Elain no dijo nada, pero al menos inclinó la cabeza para agradecer. En el comedor, Nuala y Cerridwen seguían agregando comida a la mesa, su presencia era ahora poco más que sombras gemelas mientras caminaban a través de las paredes.

—Trajiste regalos —dije inútilmente, señalando con la cabeza la pequeña pila que había puesto junto a la ventana.

—Es la tradición del Solsticio aquí, ¿no es cierto?

Refrené mi gesto de dolor. El último Solsticio que había experimentado había sido en la Corte de Primavera. Con Ianthe. Y Tamlin.

—Eres bienvenido si quieres pasar la noche aquí —dije, ya que Elain por cierto no lo diría.

Lucien bajó las manos hasta su regazo y se recostó en el sillón.

—Gracias, pero tengo otros planes.

Rogué que no percibiera la ligera expresión de alivio del rostro de Elain.

—¿Dónde vas? —le pregunté, en cambio, esperando que siguiera concentrado en mí. Y sabiendo que era una tarea imposible.

—Yo… —Lucien buscó las palabras. No una mentira o excusa, advertí un momento más tarde.

Lo confirmé cuando dijo—: He estado en la Corte de Primavera de tanto en tanto. Pero si no estoy aquí en Velaris, he estado mayormente con Jurian. Y

Vassa.

Me incorporé.

—¿De veras? ¿Dónde?

—Hay una antigua casa señorial en el sudeste, en el territorio de los humanos. A Jurian y Vassa se la… obsequiaron.

Por las líneas que encerraba su boca, supe quién era probablemente el que había arreglado que la propiedad cayera en manos de ellos. Graysen… o su padre. No me atreví a mirar a Elain.

—Rhys mencionó que aún estaban en Prythian. No sabía que era una base tan permanente.

Un breve gesto de asentimiento.

—Por ahora. Mientras se arreglan las cosas.

Como el mundo sin un muro. Como las cuatro reinas humanas que aún ocupaban el continente.

Pero ahora no era el momento de hablar de eso.

—¿Cómo están ellos… Jurian y Vassa? —Por Rhys me había enterado bastante de cómo le iba a Tamlin. No me interesaba escuchar más sobre eso.

—Jurian… —Lucien exhaló un suspiro, examinando la madera tallada del cielorraso—. Gracias al Caldero por él. Nunca creí que diría eso, pero es cierto. —Se pasó una mano a través de su sedoso cabello rojo—. Está manteniendo todo en funcionamiento. Creo que para este momento ya hubiera sido coronado rey si no fuera por Vassa. —Percibí un gesto en los labios, un brillo en el ojo rojizo—.

A ella le va bien. Saborea cada segundo de su libertad temporal.

Yo no había olvidado su súplica aquella noche, después de la última batalla con Hybern. Romper la maldición que la mantenía humana por la noche y pájaro de fuego durante el día. Antes había sido una reina orgullosa…

todavía orgullosa, sí, pero desesperada por reclamar su libertad. Su cuerpo humano. Su reino.

—¿Ella y Jurian se entienden?

Yo no los había visto interactuar, solo podía imaginar qué podían hacer ellos dos juntos en la misma habitación. Ambos tratando de conducir a los humanos que ocupaban la banda de territorio en el extremo sur de Prythian.

Dejado sin gobierno durante tanto tiempo. Demasiado tiempo.

Ningún rey o reina quedaba en esas tierras. Ningún recuerdo de su nombre, de su linaje.

Al menos entre los humanos. Los Fae podrían saberlo. Rhys podría saberlo.

Pero todo lo que quedaba de quien fuera que hubiera gobernado el extremo sur de Prythian era un heterogéneo surtido de damas y señores. Nada más.

Ni duques ni condes ni ninguno de los títulos que alguna vez había oído mencionar a mis hermanas cuando hablaban de los humanos del continente.

No existían esos títulos en los territorios de los Fae. Ni en Prythian.

No, solo había Supremos Señores y señores. Y ahora una Suprema Dama.

Me pregunté si los humanos se habían habituado a usar solamente señor como título gracias a los Altos Fae que merodeaban encima del muro.

Merodeaban… pero ya no.

Lucien consideró mi pregunta.

—Vassa y Jurian son dos caras de la misma moneda. Por suerte, su visión del futuro de los territorios humanos en general coincide. Pero los métodos para conseguirlo… —Elain frunció el ceño y luego hizo un gesto de dolor hacia mí—. Esta no es una charla muy apropiada para el Solsticio.

Definitivamente no, pero no me importaba. Y en cuanto a Elain…

Mi hermana se puso de pie.

—Debo ir a buscar algún refrigerio.

Lucien también se incorporó.

—No hay necesidad de que te molestes. Yo…

Pero ella ya había salido de la habitación.

Cuando sus pasos ya no fueron audibles, Lucien se derrumbó en su sofá y exhaló un largo suspiro.

—¿Cómo está?

—Mejor. No menciona sus capacidades. Si es que le quedan.

—Bien. Pero sigue… —un músculo tembló en su mandíbula—. ¿Sigue llorando por él?

Las palabras eran poco más que un gruñido.

Me mordí el labio, considerando cuánta verdad revelar. Finalmente, opté por decirlo todo:

—Estaba profundamente enamorada de él, Lucien.

Su ojo rojizo centelleó con rabia acumulada. Un instinto incontrolable… el de una pareja que elimina cualquier amenaza. Pero permaneció sentado.

Aunque sus dedos se clavaron en los brazos del sillón.

Continué:

—Solo han pasado unos pocos meses. Graysen dejó claro que el compromiso terminó, pero a ella tal vez le lleve un poco más de tiempo superarlo.

Otra vez esa rabia. No por celos o por una amenaza, sino…

—Él es el tarado más grande que cualquiera haya conocido.

Lucien lo había conocido, advertí. De alguna manera, al vivir con Jurian y Vassa en esa casa señorial se había topado con el exprometido de Elain. Y

se las había arreglado para dejar al señor humano con vida.

—Coincidiría contigo en eso —admití—. Pero recuerda que estaban comprometidos. Dale a ella tiempo para aceptarlo.

—¿Para aceptar una vida encadenada a mí?

Respiré con furia.

—No quise decir eso.

—No quiere tener nada que ver conmigo.

—¿Acaso lo querrías tú, si estuvieras en su lugar?

Él no respondió.

Intenté:

—Cuando acabe el Solsticio, ¿por qué no vienes a quedarte una o dos semanas? No en tu departamento, quiero decir. Aquí, en la casa de la ciudad.

—¿Para hacer qué?

—Pasar tiempo con ella.

—No creo que ella tolere dos minutos a solas conmigo, así que ni hablemos de dos semanas. —

Su mandíbula tembló mientras miraba el fuego.

El fuego. El don de su madre.

No el de su padre.

Sí, era el don de Beron. El don del padre, que el mundo creía que lo había engendrado. Pero no el don de Helion. Su verdadero padre.

Yo aún no lo había mencionado. Solamente a Rhys.

Este tampoco era el momento para eso.

—Yo habría esperado —me aventuré a decir—. Cuando rentaste el departamento, eso significaba que vendrías a trabajar aquí. Con nosotros.

Que serías nuestro emisario humano.

—¿Y no estoy haciendo eso ahora? —Enarcó una ceja—. ¿Acaso no le estoy mandando dos informes semanales a tu jefe de espías?

—Podrías venir a vivir aquí, eso es todo lo que digo —repetí—. A vivir de veras aquí, a quedarte en Velaris más tiempo que unos pocos días cada vez.

Podríamos prepararte un alojamiento más hermoso…

Lucien se puso de pie.

—No necesito tu caridad.

Yo también me puse de pie.

—¿Pero la de Jurian y Vassa está bien?

—Te sorprendería saber cómo nos llevamos nosotros tres.

Amigos, advertí. De alguna manera se habían convertido en sus amigos .

—¿Entonces prefieres quedarte con ellos?

—No me estoy quedando con ellos. La propiedad es nuestra .

—Interesante.

Su ojo dorado zumbó.

—¿Qué cosa?

Como no me sentía para nada festiva, dije ásperamente:

—Que ahora te sientas más cómodo con humanos que con Altos Fae. Si me preguntas…

—No te pregunto.

—Parece que has decidido quedarte con dos personas que tampoco tienen un hogar propio.

Lucien me miró larga y duramente. Cuando habló, su voz era áspera.

—Que tengas un feliz Solsticio, Feyre.

Se volvió hacia el vestíbulo, pero lo aferré del brazo para detenerlo. El poderoso músculo de su antebrazo se movió bajo la fina seda de su chaqueta de color zafiro, pero él no hizo ningún movimiento para soltarse de mí.

—No quise decir eso —dije—. Tienes un hogar aquí, si quieres.

Lucien estudió la sala, el vestíbulo que estaba más allá y el comedor al otro lado.

—La Banda de Exiliados.

—¿La qué?

—Así nos llamamos a nosotros mismos. La Banda de Exiliados.

—Tienen un nombre para ustedes. —Luché contra mi tono incrédulo. Él asintió.

—Jurian no es un exiliado —dije. Vassa sí. Lucien ya lo era dos veces.

—El reino de Jurian no es más que polvo y memoria casi olvidada, su pueblo está disperso y absorbido por otros territorios. Puede llamarse a sí mismo como se le antoje.

Sí, después de la batalla con Hybern, después de la ayuda de Jurian, supongo que era así.

—¿Y qué es exactamente lo que esta Banda de Exiliados planea hacer?

¿Organizar eventos?

¿Organizar comités de planificación?

El ojo metálico de Lucien hizo un leve clic y se entrecerró.

—Tú puedes ser una idiota tan grande como esa pareja tuya, ¿lo sabes?

Cierto. Volví a suspirar.

—Lo siento. Tan solo…

—No tengo otro sitio donde ir. —Antes de que pudiera objetar, él dijo—: Ustedes arruinaron cualquier posibilidad que tuviera de volver a Primavera.

No a Tamlin, sino a la corte más allá de su casa. Todo el mundo cree las mentiras que tramaron o me creen cómplice de su engaño. Y en cuanto a venir aquí… —Se soltó de mi brazo y se encaminó hacia la puerta—. No puedo estar en la misma habitación que ella por más de dos minutos. No soporto estar en esta corte y permitir que tu pareja pague por las ropas que me cubren.

Estudié la chaqueta que tenía puesta. La había visto antes. Allá en…

—Tamlin la envió a nuestra casa ayer —siseó Lucien—. Mis ropas. Mis pertenencias. Todo. Las hizo enviar desde la Corte de Primavera y las dejaron en el umbral.

Bastardo. Todavía un bastardo, pese a lo que había hecho por Rhys y por mí durante la última batalla. Pero la culpa de esa conducta no era solamente de Tamlin. Yo había creado esa ruptura. La había abierto con mis propias manos.

No me sentía suficientemente culpable como para disculparme por ella.

Todavía no.

Posiblemente nunca.

—¿Por qué? —fue la única pregunta que se me ocurrió hacer.

—Tal vez tiene algo que ver con la visita de tu pareja el otro día.

Mi espalda se envaró.

—Rhys no te mezcló en eso.

—Como si lo hubiera hecho. Sea lo que fuere que haya dicho o hecho, Tamlin decidió que quiere permanecer en soledad. —Su ojo rojizo se oscureció—. Tu pareja tendría que haber sabido hacer otra cosa y no patear a un varón caído.

—No puedo decir que lamento particularmente que lo haya hecho.

—Necesitarán a Tamlin como aliado antes de que se asiente el polvo.

Tienen que avanzar con cuidado.

Yo no quería pensar en eso, evaluarlo, hoy. Y ningún día.

—Mis asuntos con él están terminados.

—Tal vez los tuyos, pero no los de Rhys. Y harías bien en recordarle ese hecho a tu pareja.

Un pulso llegó por el vínculo, como si fuera una respuesta. ¿Todo está bien?

Dejé que Rhys viera y escuchara todo lo que se había dicho; la conversación expresada en el tiempo le tomaba un parpadeo. Lamento haberle causado problemas , dijo Rhys. ¿Necesitas que vuelva a casa?

Yo lo manejaré .

Hazme saber si necesitas algo , dijo Rhys y el vínculo quedó en silencio.

—¿En contacto? —preguntó tranquilamente Lucien.

—No sé de qué hablas —dije y mi cara era el verdadero retrato del aburrimiento. Me lanzó una mirada sagaz, continuó su camino hacia la puerta y tomó su pesado abrigo y bufanda de los ganchos montados junto a la puerta—. La caja más grande es para ti. La más pequeña es para ella.

Me llevó un latido de mi corazón advertir que se refería a los regalos. Miré sobre mi hombro el cuidadoso envoltorio plateado, los moños azules sobre ambas cajas.

Cuando miré hacia atrás, Lucien se había ido.

Encontré a mi hermana en la cocina, mirando la pava que chillaba.

—Él no se queda para el té —le dije.

Ni un signo de Nuala o de Cerridwen.

Elain simplemente quitó la pava del calor.

Sabía que no estaba verdaderamente enojada con ella, que no estaba enojada con nadie más que conmigo misma, pero dije:

—¿No podías decirle ni una sola palabra? ¿Un saludo agradable?

Elain solo miró la pava que hervía mientras la dejaba sobre la mesada de piedra.

—Te trajo un regalo.

Esos ojos pardos, de cierva, se volvieron hacia mí. Más agudos de lo que nunca los había visto.

—¿Y eso lo autoriza a mi tiempo, a mi afecto?

—No —parpadeé—. Pero es un buen varón. —Pese a nuestras palabras duras. Pese a su basura de la Banda de Exiliados—. A él le importas.

—Él no me conoce.

—No le das la oportunidad de intentarlo siquiera.

Su boca se puso tensa, el único singo de furia en su semblante lleno de gracia.

—No quiero una pareja. No quiero un varón .

Ella quería un hombre humano.

Solsticio. Hoy era el Solsticio, y se suponía que todo el mundo debía estar alegre y feliz. Por cierto, no peleando a derecha e izquierda.

—Sé que no quieres —solté un largo suspiro—. Pero…

No tenía idea cómo terminar esa oración. Solo porque Lucien era su pareja eso no significaba que tuviera derecho a su tiempo. A su afecto. Ella era su propia persona, capaz de tomar sus propias decisiones. De evaluar sus propias necesidades.

—Es un buen varón —repetí—. Y… simplemente… —luché por encontrar las palabras—. No me gusta ver a ninguno de los dos infelices.

Elain miró la mesa de trabajo, sobre cuya superficie se disponían las cosas horneadas y las que estaban a medias, mientras la pava se enfriaba sobre la mesada.

—Ya sé que no.

No había nada más que decir. Así que le toqué el hombro y salí.

Elain no dijo una palabra.

Encontré a Mor sentada en los últimos peldaños de la escalera, vestía unos pantalones sueltos color durazno y un pesado suéter blanco. Una combinación del estilo usual de Amren y el mío.

Mientras sus aros de oro centelleaban, Mor me ofreció una sonrisa sombría.

—¿Un trago? —Un botellón y un par de copas aparecieron en sus manos.

—Madre del cielo, sí.

Esperó hasta que me senté junto a ella sobre los peldaños de roble y tragué un sorbo de líquido ámbar, que quemó mi garganta y entibió mi vientre, antes de preguntar:

—¿Quieres mi consejo?

No. Sí.

Asentí.

Mor bebió un buen sorbo de su copa.

—No te metas. Ella no está lista, y él tampoco, pese a los regalos que haya traído.

Enarqué una ceja.

—Fisgona.

Mor se reclinó contra los peldaños, para nada arrepentida.

—Déjalo vivir con su Banda de Exiliados. Déjalo que trate con Tamlin a su manera. Déjalo que descubra dónde quiere estar. Quién quiere ser. Lo mismo vale para ella.

Tenía razón.

—Sé que todavía te culpas porque tus hermanas hayan sido Hechas. —Mor me rozó la rodilla con la suya—. Y por eso quieres arreglar todo para ellas ahora que están aquí.

—Siempre quise hacer eso —dije con desaliento.

Mor sonrió irónicamente.

—Por eso te amamos. Por eso te aman ellas.

En el caso de Nesta, yo no estaba tan segura.

Mor continuó:

—Tan solo sé paciente. Se arreglará solo. Siempre es así.

Otra gran verdad.

Volví a llenar mi copa, dejé el botellón de cristal sobre el peldaño de atrás y volví a beber.

—Quiero que sean felices. Todas ellas.

—Lo serán.

Dijo esas simples palabras con tanta convicción que le creí.

Arqueé una ceja.

—Y tú, ¿eres feliz?

Mor supo lo que quería decir. Pero simplemente sonrió, mezclando el licor en su copa.

—Es el Solsticio. Estoy con mi familia. Estoy bebiendo. Soy muy feliz.

Una hábil evasión. Pero me gustaba compartirla. Choqué mi pesada copa contra la de ella.

—Hablando de nuestras familias… ¿dónde diablos están?

Los ojos pardos de Mor se encendieron.

—Oh… oh, él no te dijo, ¿verdad?

Mi sonrisa desapareció.

—Decirme qué.

—Lo que ellos tres hacen cada mañana del Solsticio.

—Empiezo a estar nerviosa.

Mor dejó su copa y me aferró del brazo.

—Ven conmigo.

Antes de que pudiera objetar, las dos estábamos afuera.

La luz cegadora y el frío me golpearon. Un frío duro, brutal. Demasiado frío para los suéteres y pantalones que usábamos.

Nieve. Y sol. Y viento.

Y montañas.

Y… una cabaña.

La cabaña.

Mor señaló al interminable campo en la cumbre de la montaña. Cubierto de nieve, tal como lo había visto la última vez. Pero en vez de una expansión plana, ininterrumpida…

—¿Esos son fuertes de nieve ?

Un gesto de asentimiento.

Algo blanco se disparó a través del campo, blanco y duro y centelleante, y después…

El aullido de Cassian resonó en las montañas que nos rodeaban. Seguido por:

—¡Bastardo!

La carcajada de respuesta de Rhys fue tan brillante como el sol sobre la nieve.

Observé los tres muros de nieve —las barricadas— que bordeaban el campo mientras Mor erigía un escudo invisible contra el penetrante viento. Sin embargo, no sirvió para evitar el frío.

—Tienen una lucha con bolas de nieve.

Otro gesto de asentimiento.

—Tres guerreros ilirios —dije—. Los más grandes guerreros ilirios. Y

tienen un combate con bolas de nieve.

Los ojos de Mor prácticamente centelleaban con perverso deleite:

—Desde que eran niños.

—Tienen más de quinientos años.

—¿Quieres que te cuente las victorias hasta el momento?

La miré absorta. Después miré el campo que estaba más allá. Las bolas de nieve que volaban con brutal y ágil precisión, mientras las cabezas oscuras se asomaban por encima de los muros que habían construido.

—Nada de magia —recitó Mor—, nada de alas, nada de descansos.

—Han estado ahí afuera desde el mediodía. —Eran casi las tres. Mis dientes empezaron a castañetear.

—Yo siempre me quedo adentro a beber —me dijo Mor, como si esa fuera una respuesta.

—¿Cómo hacen para decidir quién gana?

—¿El que no se congela?

Volví a mirarla por encima del castañeteo.

—Esto es ridículo.