Una corte de hielo y estrellas

Sarah J Maas · Capítulo 4 de 28

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Una corte de hielo y estrellas

Capítulo 4. Feyre

Rhys lo quería en casa para el Solsticio, y él obedecería.

Aun si Nesta…

Nesta.

Incluso en sus pensamientos, el nombre resonaba a través de él, hueco y frío.

Ahora no era el momento para pensar en ella. No aquí.

Rara vez se permitía pensar en ella, de todas maneras. Usualmente eso no terminaba bien para quien fuera que estuviese en el ruedo de entrenamiento con él.

Extendiendo las alas, Cassian echó una mirada final alrededor del campamento que había arrasado hasta los cimientos. Otro recordatorio, también: de lo que era capaz cuando lo presionaban demasiado.

Ser cuidadoso, aun cuando Devlon y los otros lo hicieran desear bramar. Él y Az eran los ilirios más poderosos en su larga historia sangrienta. Cada uno de ellos usaba siete Sifones, algo sin precedente, solo para manejar la marea brutal de poder asesino que poseían. Era un obsequio y una carga que él nunca había tomado con liviandad.

Tres días. Tenía tres días hasta regresar a Velaris.

Trataría de que sirvieran.

CAPÍTULO

4

Feyre

El Arcoíris era un zumbido de actividad, incluso con los flotantes velos de la nieve.

Tantos los Altos Fae y las hadas entraban y salían de las diversas tiendas y estudios, algunos trepados de escaleras para colgar guirnaldas de pino y acebo entre las lámparas de luz, algunos barrían terrones de nieve de sus umbrales, otros —sin duda artistas— simplemente de pie sobre los pálidos adoquines, giraban en el sitio, con las caras alzadas hacia el cielo gris, el pelo y la piel y la ropa cubiertos de fino polvo.

Esquivando a una de esas personas en el medio de la calle —un hada con piel como ónix reluciente y ojos como racimos arremolinados de estrellas—

me dirigí al frente de una pequeña y bonita galería, cuya vidriera mostraba una variedad de pinturas y cerámica. El lugar perfecto para hacer algunas compras del Solsticio. Una guirnalda de siemprevivas colgaba sobre la puerta azul, recién pintada, con campanitas de bronce pendientes de su centro.

La puerta: nueva. La vidriera: nueva.

Ambas habían sido destruidas y manchadas de sangre meses atrás. Toda la calle había sufrido lo mismo.

Era un esfuerzo no mirar las polvorientas piedras de la calle, que ascendía empinadamente desde la base, donde corría el tortuoso río Sidra. Desde la pasarela junto al río, llena de clientes y artistas, donde yo había estado meses atrás y había llamado a los lobos aletargados en el agua. La sangre había fluido sobre esos adoquines entonces, y no había habido canciones y risas en las calles, sino gritos y ruegos.

Respiré hondo, el aire helado me cosquilleó en la nariz. Lentamente lo solté en una larga exhalación, viendo cómo se formaba una nube frente a mí. Me observé en el reflejo de la vidriera: apenas reconocible en mi pesado abrigo

gris, cubierto con una bufanda roja y gris que había extraído del armario de Mor; mis ojos amplios y distantes.

Un latido más tarde, advertí que no era la única que miraba mi imagen.

Dentro de la galería, no menos de cinco personas hacían lo posible por no mirarme asombrados mientras estudiaban la colección de pinturas y cerámica.

Mis mejillas se caldearon, mi corazón era un ritmo de staccato, y ofrecí una apretada sonrisa antes de seguir camino.

No importaba que había visto una pieza que me había llamado la atención.

No importaba que hubiera deseado entrar.

Mantuve mis manos enguantadas en los bolsillos de mi abrigo, mientras bajaba por la calle empinada, cuidando mis pasos sobre los adoquines resbaladizos. Aunque Velaris tenía muchos hechizos para mantener los palacios y los cafés y las plazas cálidas durante el invierno, parecía que para esta primera nieve, muchos de ellos habían sido anulados, como si todo el mundo quisiera sentir su beso helado.

De hecho, había enfrentado la caminata desde la casa de la ciudad, no solo porque quisiera respirar el aire crujiente y nevado, sino también para absorber la restallante excitación de los que se aprestaban para el Solsticio, en vez de simplemente esquivarlos o volar por encima de ellos.

Aunque Rhys y Azriel me instruían siempre que podían, aunque verdaderamente me encantaba volar, la idea de exponer las alas sensibles al frío me hacía estremecer.

Poca gente me reconoció cuando pasé a su lado, mi poder estaba firmemente refrenado en mi interior. De todos modos, la mayoría estaba demasiado preocupada con la decoración o con disfrutar la primera nieve para advertir a la gente que los rodeaba.

Un pequeño alivio, aunque sin dudas no me importaba que se me acercaran.

Como Suprema Dama, era anfitriona de audiencias semanales abiertas con Rhys en la Casa del Viento. Los pedidos oscilaban desde algunos pequeños

—se había roto un poste de luz hada— hasta otros complicados, como si podíamos dejar de importar bienes de otras cortes porque eso ejercía un impacto sobre los artesanos locales.

Algunos eran temas que Rhys había tratado durante siglos, pero nunca actuaba como si lo hubiera hecho.

No, escuchaba cada pedido, planteaba preguntas detalladas, y después los despedía con la promesa de enviarles una respuesta pronto. Me había llevado unas cuantas sesiones entenderlo… las preguntas que formulaba, la manera en que escuchaba. No me había obligado a intervenir, a menos que fuera necesario, me había dado el espacio suficiente para interpretar el ritmo y el estilo de estas audiencias y para empezar a hacer preguntas por mi cuenta. Y

después empecé también a escribir respuestas a los solicitantes. Rhys en persona respondía a cada uno de ellos. Y ahora yo también lo hacía.

De allí las pilas de papeles cada vez más altas en tantas habitaciones de la casa de la ciudad.

Cómo se las había arreglado tanto tiempo sin un equipo de secretarias que lo ayudaran, era un misterio.

Pero mientras bajaba la empinada cuesta de la calle, vi los coloridos edificios del Arcoíris brillando a mi alrededor como un centelleante recuerdo del verano y otra vez volví a pensar en eso.

Velaris no era en absoluto pobre, su gente en general estaba bien cuidada, los edificios y las calles bien mantenidos. Mi hermana, según parecía, se las había arreglado para encontrar lo único relativamente semejante a un barrio pobre. E insistía en vivir allí, en un edificio que era más viejo que Rhys y que estaba absolutamente necesitado de arreglos.

Solo había unas pocas manzanas así en la ciudad. Cuando le había preguntado a Rhys sobre ellas, por qué no las habían mejorado, él dijo tan solo que lo había intentado. Pero desplazar a la gente mientras sus hogares eran derrumbados y vueltos a construir… era delicado.

No me había sorprendido, dos días atrás, cuando Rhys me había entregado una hoja de papel y me había preguntado si quería añadir algo. Sobre la hoja había una lista de obras de caridad que había realizado alrededor del momento del Solsticio, desde ayudar a los pobres, a los enfermos y a los ancianos hasta subsidios para las madres jóvenes para que iniciaran sus propios comercios. Yo había agregado tan solo dos puntos, ambos sobre sociedades de las que había oído hablar a través de mi propio voluntariado: donaciones a los humanos desplazados por la guerra con Hybern, así como donaciones para las viudas de la guerra iliria y sus familias. Las sumas asignadas eran considerables, más dinero del que yo había soñado poseer alguna vez.

Una vez, todo lo que había querido era suficiente comida, dinero y tiempo para pintar. Nada más. Hubiera estado satisfecha con permitir que mis hermanas se casaran, con quedarme y cuidar a mi padre.

Pero más allá de mi pareja, de mi familia, más allá de ser Suprema Dama…

el simple hecho de que ahora viviera aquí, de que pudiera caminar a través de todo un barrio de artistas cada vez que se me antojaba…

Otra avenida dividía en dos la calle a mitad de camino de la cuesta, y tomé por ella, las ordenadas filas de casas y galerías y estudios que se alejaban, curvándose en la nieve. Pero aun entre los colores brillantes había tramos de gris, de vacío.

Me aproximé a uno de esos lugares huecos, un edificio semiderruido. Su pintura verde menta se había vuelto grisácea, como si la propia luz hubiera perdido el color cuando el edificio se destrozó.

De hecho, los pocos edificios que lo rodeaban también estaban desteñidos y agrietados, una galería al otro lado de la calle estaba clausurada.

Pocos meses atrás, había empezado a donar una parte de mi salario mensual

—la idea de recibir algo así todavía me resultaba absolutamente ridícula—

para reconstruir el Arcoíris y ayudar a sus artistas, pero las cicatrices permanecían, tanto en estos edificios como en sus residentes.

Y el montículo de basura empolvada de nieve que había ante mí: ¿quién había vivido aquí, trabajado aquí? ¿Vivían o habían sido asesinados en el ataque?

Había muchos sitios así en Velaris. Los había visto en mi trabajo, mientras entregaba abrigos de invierno y me encontraba con familias en su hogar.

Exhalé nuevamente. Sé que con frecuencia me demoraba demasiado en estos sitios. Sé que debía seguir adelante, sonriendo como si nada me molestara, como si todo estuviera bien. Y sin embargo…

—Salieron a tiempo —dijo una voz femenina a mis espaldas.

Me volví y mis botas patinaron en los adoquines resbalosos. Extendiendo una mano para recuperar el equilibrio, me aferré a lo primero con lo que hice contacto: un pedazo de roca caído de la casa en ruinas.

Pero fue ver quién estaba exactamente detrás de mí, mirando los escombros, lo que me hizo abandonar cualquier mortificación.

No la había olvidado durante los meses transcurridos desde el ataque.

No había olvidado aquella visión de ella, de pie fuera de la puerta de la tienda, una tubería oxidada alzada sobre un hombro, cuadrándose ante los soldados reunidos de Hybern, lista para bajar balanceándose en busca de la gente aterrada apiñada allí adentro.

Un leve matiz rosado resplandecía hermosamente sobre su piel verde pálida, su pelo negro azabache cayendo sobre su pecho. Se protegía del frío con un abrigo marrón, una bufanda rosada que le envolvía el cuello y la parte inferior de su rostro, pero sus dedos largos y delicados no tenían guantes.

Estaba cruzada de brazos.

Hada… y no de una clase que yo hubiera visto con mucha frecuencia. Su rostro y su cuerpo me recordaban a la Suprema Fae, aunque sus orejas eran más delgadas, más largas que las mías. Su forma delgada, impecable, aun con el pesado abrigo.

La miré a los ojos, un ocre vibrante que me hizo preguntar qué pinturas tendría que mezclar para capturar su semejanza, y le ofrecí una pequeña sonrisa.

—Me alegra escucharlo.

Cayó el silencio, interrumpido por el alegre canto de unas pocas personas en la calle y las ráfagas de viento que llegaban del Sidra.

El hada solo inclinó su cabeza.

—Señora.

Busqué palabras, algo propio de una Suprema Dama y a la vez accesible, y me quedé vacía. Me quedé tan vacía que solté:

—Está nevando.

Como si los flotantes velos blancos pudieran ser otra cosa.

El hada volvió a inclinar la cabeza.

—Así es. —Sonrió hacia el cielo, mientras la nieve se enredaba en su pelo negro—. Y una hermosa primera nieve.

Observé la ruina a sus espaldas.

—Tú… tú ¿conoces a la gente que vivía aquí?

—La conocía. Ahora están viviendo en la granja de un pariente de las tierras bajas.

Agitó una mano hacia el distante mar, la chata extensión de tierra entre Velaris y la costa.

—Ah —conseguí decir, después hice un gesto con el mentón hacia la tienda clausurada al otro lado de la calle—. ¿Y qué paso con esta?

El hada miró hacia donde le había indicado. Su boca —de rosa cereza— se tensó.

—Nada de un final feliz, me temo.

Mis palmas sudaron dentro de los guantes de lana.

—Ya veo.

Ella volvió a mirarme, el pelo sedoso enmarcaba su rostro.

—Su nombre era Polina. Esa era su galería. Por siglos.

Ahora era un oscuro murmullo quieto.

—Lo siento —dije, sin saber qué otra cosa decir.

Las delgadas y oscuras cejas del hada se entrecerraron.

—¿Por qué lo sentiría, señora mía? —agregó.

Me mordí el labio. Discutir esas cosas con desconocidos… tal vez no era una buena idea. Así que ignoré su pregunta y dije:

—¿Tiene familia?

Esperaba que al menos hubieran sobrevivido.

—También viven en las tierras bajas. Su hermana y sus sobrinas y sobrinos.

—El hada volvió a estudiar el frente cerrado—. Ahora está en venta.

Parpadeé, captando el ofrecimiento implícito.

—Oh… oh, no lo preguntaba por esa razón. —Ni si quiera se me había ocurrido.

—¿Por qué no?

Una pregunta franca y fácil. Tal vez más directa de lo que casi toda la gente, sin duda extranjeros, se atrevían a plantearme.

—Yo… ¿de qué me podría servir?

Hizo un gesto hacia mí con la mano, un movimiento naturalmente gracioso.

—Los rumores dicen que eres una buena artista. Se me ocurre que ese espacio puede tener muchos usos.

Desvié la mirada, odiándome un poco por ello.

—No estoy en el mercado, me temo.

El hada encogió un hombro.

—Bien, estés o no estés no tienes necesidad de andar merodeando por aquí.

Como ya sabes, todas las puertas están abiertas para ti.

—¿Como Suprema Dama? —me atreví a preguntar.

—Como una de nosotras —dijo simplemente.

Las palabras cayeron raras y, sin embargo, como una pieza que no sabía que faltaba. Una mano ofrecida que no había advertido hasta qué punto deseaba apretar.

—Soy Feyre —dije, quitándome el guante y extendiendo el brazo.

El hada apretó mis dedos con fuerza pese a su complexión delicada.

—Ressina.

No era alguien que tendiera a sonreír demasiado pero aun así estaba llena de una práctica clase de calidez.

Las campanas del mediodía doblaron en una torre al borde del Arcoíris, y el sonido fue prontamente repetido por el eco en toda la ciudad de las otras torres hermanas.

—Debería irme —dije, soltando la mano Ressina y retrocediendo un paso—.

Fue agradable conocerte.

Volví a ponerme el guante, mis dedos ya me quemaban por el frío. Tal vez este invierno me tomaría más tiempo para dominar con mayor precisión mis dotes para el fuego. Aprender cómo calentar la ropa y la piel sin quemarme sería muy útil.

Ressina señaló un edificio en la misma calle… en la intersección por la que acababa de pasar. El mismo edificio que ella había defendido, con paredes pintadas de rosado frambuesa y puertas y ventanas de un brillante turquesa, como el agua alrededor de Adriata.

—Soy una de las artistas que usa ese espacio para estudio. Si alguna vez necesitas una guía, o incluso alguna compañía, estoy allí casi todos los días.

Vivo arriba del estudio. Hizo un elegante gesto hacia las diminutas ventanas redondas del segundo nivel.

Me llevé la mano al pecho.

—Gracias.

Otra vez ese silencio, y observé la tienda, el umbral ante el cual había estado Ressina, protegiendo su hogar y el de otros.

—Lo recordamos, como sabrás… —dijo Ressina suavemente, distrayendo mi mirada. Pero su atención se había centrado en los escombros que estaban a nuestras espaldas en el estudio tapiado, en la calle, como si ella también pudiera ver a través de la nieve la sangre que había corrido entre los adoquines— que ese día viniste a defendernos.

No supe qué hacer con mi cuerpo, mis manos, así que opté por quedarme quieta. Finalmente, Ressina miró mis ojos con los suyos, ocre, brillantes.

—Nos mantuvimos lejos, para dejar que tuvieras intimidad, pero no pienses por un momento que hay alguno de nosotros que no sabe y recuerda, que no está agradecido de que hayas venido a luchar por nosotros.

Ni siquiera así había bastado. El ruinoso edificio a mi espalda era prueba de ello. La gente había muerto.

Ressina dio unos pocos pasos sin apuro hacia su estudio, después se detuvo.

—Algunas de nosotros nos juntamos en mi estudio una noche a la semana.

Nos encontramos dentro de dos días. Sería un honor que vinieras.

—¿Qué clase de cosas pintan? —mi pregunta fue suave como la nieve que caía a nuestro alrededor.

Ressina sonrió levemente.

—Las cosas que necesitan contarse.

A pesar de que la helada noche pronto descendería sobre Velaris, la gente atestaba las calles, cargada con bolsos y cajas, algunos arrastrando enormes canastos de frutas de alguno de los muchos puestos que ahora ocupaban ambos Palacios.

Con mi capucha forrada de piel protegiéndome del frío, miré los carros de vendedores y escaparates del Palacio de Hilos y Joyas, examinando con atención los últimos.

Alguna de las áreas públicas estaban calefaccionadas, pero buena parte de Velaris había quedado temporalmente expuesta al cortante viento y deseé haber optado por un abrigo más grueso.

Aprender a caldearme sin convocar una llama sería de hecho muy útil. Si alguna vez tenía el tiempo necesario para hacerlo.

Estaba regresando para observar un exhibidor de una de las tiendas construidas bajo altos cuando un brazo se enredó en el mío y Mor me dijo:

—Amren te amará por siempre si le compras un zafiro así de grande.

Me reí, quitándome la capucha lo suficiente como para poder verla. Las mejillas de Mor estaban sonrojadas por el frío, su pelo dorado trenzado y cayendo sobre el forro blanco de su manto.

—Por desgracia, no creo que nuestros cofres vayan a sentir lo mismo.

Mor esbozó una sonrisa de satisfacción.

—Sabes que estamos bien, ¿no es cierto? Podríamos llenar una bañera con esas cosas… —

Señaló con el mentón el zafiro del tamaño de un huevo del escaparate de la joyería—. Y eso casi no haría mella en nuestras finanzas.

Lo sabía. Había visto las listas de valores. Mi mente todavía no alcanzaba a abarcar la enormidad de la fortuna de Rhys. Mi riqueza. No parecían reales esos números y cifras. Como cuando los niños juegan con dinero. Yo solo compraba lo que necesitaba.

Pero ahora…

—Estoy buscando algo que comprarle para el Solsticio.

Mor examinó la exhibición de joyas, tanto sin cortar como engarzadas, que se veían en el escaparate. Algunas relucían como estrellas caídas. Otras humeaban, como si hubieran sido excavadas del ardiente corazón de la Tierra.

—Amren merece un obsequio digno este año, ¿no es cierto?

Después de lo que Amren había hecho durante esa batalla final para destruir los ejércitos de Hybern, su elección de quedarse aquí…

—Todos lo merecemos.

Mor me tocó con el codo, aunque sus ojos pardos relucían.

—¿Y crees que Varian se unirá a nosotras?

Solté un bufido.

—Cuando le pregunté ayer, ella dio rodeos.

—Creo que eso significa que sí. O que al menos la visitará a ella .

Sonreí ante la idea y arrastré a Mor al siguiente escaparate, apretando su costado en busca de calor. Amren y el príncipe de Adriata no habían

declarado nada oficialmente, pero a veces yo también lo soñaba… el momento en que ella se despojaba de su piel inmortal y Varian caía de rodillas.

Una criatura de fuego y azufre, construida en otro mundo para infligir un cruel juicio de Dios, para ser su ejecutor sobre las masas de indefensos mortales. Ella había estado atascada en este mundo durante mil quinientos años.

Y no había amado, no de la manera que podía alterar la historia, alterar el destino, hasta ese príncipe de Adriata de pelo plateado. O al menos no había amado a la manera en que Amren era capaz de amar algo.

Entonces, sí: nada se había declarado entre ellos. Pero yo sabía que él la visitaba secretamente en esta ciudad. En especial porque algunas mañanas Amren solía pavonearse por la casa de la ciudad sonriendo con suficiencia como un gato.

Pero aquello de lo que había querido alejarse para que nosotros pudiéramos salvarnos…

Mor y yo vimos la pieza en el escaparate en el mismo momento.

—Esa —declaró ella.

Yo ya me dirigía a la puerta de entrada de cristal, una campanilla de plata tintineó alegremente cuando entramos.

La dueña estaba asombrada pero exultante cuando señalamos la pieza, y rápidamente la colocó sobre un panel de terciopelo negro. Nos dio una amable excusa diciendo que iba a buscar algo de la trastienda, dándonos intimidad para examinar la joya ante el mostrador de madera lustrada.

—Es perfecta —susurró Mor; las piedras fracturaban la luz y ardían con su propio fuego interior.

Pasé un dedo sobre el fresco engarce de plata.

—¿Qué es lo que tú quieres como regalo?

Mor se encogió de hombros, su grueso abrigo marrón combinaba con el rico suelo de sus ojos.

—Tengo todo lo que necesito.

—Intenta decirle eso a Rhys. Dice que el Solsticio no es para recibir regalos que una necesita , sino esos que tú nunca te comprarías. —Mor miró hacia arriba. Aunque yo también me inclinaba a esa misma actitud de prescindencia, insistí—: Entonces, ¿qué es lo que quieres?

Ella pasó un dedo sobre una piedra cortada.

—Nada. Yo… no hay nada que quiera.

Fuera de las cosas que no estaba dispuesta a pedir, ni a buscar.

Otra vez examiné la pieza y pregunté casualmente:

—Has estado mucho en lo de Rita últimamente. ¿Hay alguien que te gustaría llevar a la cena del Solsticio?

Los ojos de Mor se clavaron en los míos.

—No.

Era cosa de ella cuándo y cómo informarles a los demás lo que me había dicho durante la guerra.

Cuándo y cómo contárselo especialmente a Azriel.

Mi único papel en eso era estar de su lado… respaldarla cuando lo necesitara.

Así que, proseguí:

—¿Qué vas a llevarle a los otros?

Frunció el ceño.

—Después de siglos de regalos, es un terrible incordio encontrar algo nuevo para todos ellos.

Estoy casi segura de que Azriel tiene un cajón lleno de las dagas que le he comprado durante siglos, y es demasiado cortés para tirarlas, aunque no las usará nunca.

—¿De veras crees que alguna vez haya descartado al que Dice la Verdad?

—Se lo dio a Elain —dijo Mor, admirando un collar de piedra lunar en la vitrina del mostrador.

—Ella se lo devolvió —la corregí, sin poder bloquear la imagen de la hoja negra atravesando la garganta del rey de Hybern. Pero Elain sí se la había devuelto… la había puesto en las manos de Azriel después de la batalla, igual que él la había puesto en las manos de ella antes de la batalla. Y

después se había alejado sin mirar atrás.

Mor tarareó para sí. La joyera volvió un momento más tarde, y yo cargué la compra a mi cuenta de crédito personal, tratando de no horrorizarme ante la enorme suma de dinero que acababa de desaparecer con el trazo de una lapicera de oro.

—Hablando de guerreros ilirios… —dije mientras entrábamos en la atestada plaza del palacio y rodeábamos un carro pintado de rojo que vendía tazas de chocolate fundido—. ¿Qué demonios les compro a ellos?

No tenía el coraje de preguntar qué debía comprarle a Rhys, ya que aunque adoraba a Mor parecía que estaba mal pedirle consejo a otra persona sobre qué comprarle a mi pareja.

—Honestamente podrías darle a Cassian un nuevo cuchillo y él te besaría por eso. Pero Az probablemente prefiera no recibir regalos, simplemente para evitar la tensión del momento de abrirlos.

Me reí.

—Es verdad.

Tomadas del brazo, seguimos adelante, los aromas de las avellanas asadas, los conos de piña y el chocolate reemplazando el usual aroma de sal y limón y verbena que colmaba la ciudad.

—¿Piensas visitar a Viviane durante el Solsticio?

En los meses desde que había terminado la guerra, Mor había permanecido en contacto con la Dama de la Corte del Invierno, que tal vez pronto sería Alta lady, si Viviane tenía algo que ver con eso. Habían sido amigas durante siglos, hasta que el reino de Amarantha había cortado el contacto, y aunque la guerra con Hybern había sido brutal, una de las cosas buenas que había resultado de ella había sido el renacimiento de su amistad. Rhys y Kallias tenían aún una alianza tibia, pero parecía que la relación de Mor con la pareja del Alta lord del Invierno sería el puente entre nuestras dos cortes.

Mi amiga sonrió con calidez.

—Tal vez uno o dos días después. La celebración de ellos dura toda una semana.

—¿Has estado antes?

Meneó la cabeza, y su pelo dorado brilló bajo la luz hada.

—No. Usualmente mantienen sus fronteras cerradas, incluso para los amigos. Pero ahora que Kallias está en el poder, y especialmente con Viviane a su lado, están empezando a abrirse nuevamente.

—Solo puedo imaginar sus celebraciones.

Los ojos de ella brillaron.

—Viviane me contó una vez sobre ellas. A su lado, las nuestras son positivamente aburridas.

Danzas y bebida, banquetes y regalos. Rugientes fogatas hechas con troncos enteros y calderos llenos de ponche, el canto de mil trovadores fluyendo a través del palacio, al que responden las campanas que repican en los grandes trineos arrastrados por esos hermosos osos blancos —suspiró. Yo me hice

eco de la imagen que ella había armado, flotando en el aire helado entre nosotras.

Aquí, en Velaris, celebraríamos la noche más larga del año. Parecía que en el territorio de Kallias celebrarían el invierno mismo.

La sonrisa de Mor desapareció.

—Te busqué por una razón, debo decirte.

—¿No solo para ir de compras?

Ella me empujó con el codo.

—Esta noche iremos a la Ciudad Tallada.

Me acobardé.

—¿ Iremos todos nosotros?

—Por lo menos tú, yo y Rhys.

Refrené un gruñido.

—¿Por qué?

Mor se detuvo ante un vendedor para examinar las bufandas cuidadosamente dobladas.

—Es la tradición. Alrededor del Solsticio hacemos una pequeña visita a la Corte de las Pesadillas para dejarles nuestros buenos deseos.

—¿De veras?

Mor hizo una mueca, asintiendo al vendedor antes de seguir caminando.

—Como ya dije, es la tradición. Para estimular la buena voluntad. O al menos la que tenemos. Y

después de las batallas de este verano, no viene mal.