Una corte de hielo y estrellas
Capítulo 6. Morrigan
—Y te lleva dos horas vestirte —bromeó Mor a través de la puerta—. Y no estoy hablando de Feyre.
Rhys se rio, refunfuñando, y posó su frente contra la mía. Cerré los ojos, aspirando su olor, aun cuando mis dedos se desprendieron de él.
—Esto no está terminado —me prometió, con voz ronca, mientras besaba el hueco de mi garganta y se separaba—. Vete a aterrorizar a algún otro —le dijo a Mor, girando el cuello mientras sus alas desaparecían y él se dirigía al cuarto de baño—. Necesito acicalarme.
Mor se rio, y sus leves pasos pronto se alejaron.
Me dejé caer sobre las almohadas y respiré hondo, enfriando la necesidad que recorría mi interior. El agua burbujeaba en el cuarto de baño, seguida por un suave gañido.
Por lo que parecía, yo no era la única que necesitaba enfriarme.
De hecho, cuando entré en el cuarto de baño, pocos minutos más tarde, Rhys todavía se encogía mientras se lavaba en la bañadera.
Sumergí los dedos en el agua jabonosa y confirmé mi sospecha: estaba helada.
CAPÍTULO
6
Morrigan
No había luz en este sitio.
Nunca había habido.
Ni siquiera las guirnaldas de siemprevivas, las coronas de acebo y las crujientes fogatas de abedul en honor del Solsticio podían penetrar la eterna oscuridad que moraba en la Ciudad Tallada.
No era la clase de Oscuridad que Mor había llegado a amar en Velaris, la clase de oscuridad que era tanto una parte de Rhys como su sangre.
Era la oscuridad de las cosas putrefactas, de la decadencia. La oscuridad que todo lo ahogaba, que marchitaba la vida.
Y el varón de pelo dorado, de pie ante ella, en la habitación del trono, entre las altas columnas talladas de bestias serpenteantes, escamosas… él había sido creado de ella, florecía en ella.
—Me disculpo si interrumpimos tus festividades —arrulló Rhysand. A Keir.
Y al varón junto a él.
Eris.
La habitación del trono estaba vacía ahora. Una palabra de Feyre y la ralea que usualmente cenaba y bailaba y complotaba aquí había desaparecido, dejando solo a Keir y al hijo mayor del Alta lord del Otoño.
Keir habló primero, arreglándose las solapas de su chaqueta negra.
—¿A qué debemos este placer?
El tono era burlón. Ella todavía podía escuchar los insultos siseados, susurrados mucho tiempo atrás en el departamento privado de su familia, susurrado en cada reunión y cada encuentro cuando su primo no estaba presente. Monstruosidad mestiza. Una desgracia para el linaje de sangre .
—Alto Señor.
Las palabras salieron de ella sin pensarlas. Y su voz, la voz que usaba aquí…
no era la suya.
Nunca era la suya, nunca aquí, con ellos en la oscuridad. Mor mantuvo su voz tan fría e implacable mientras corregía.
—A qué debemos este placer, Alta lord .
No se molestó en impedir que sus dientes centellearan.
Keir la ignoró.
Su método preferido de insultar: actuar como si una persona no valiera el aliento que consumiría hablar con ella.
Intenta algo nuevo, tú bastardo miserable .
Rhys se interpuso antes de que Mor pudiera contemplar decir precisamente eso, su oscuro poder llenaba la habitación, la montaña.
—Vinimos, por supuesto, para desearles buenaventura a ti y a los tuyos en este Solsticio. Pero parece que ya tienes un invitado para entretener.
La información de Az había sido impecable, como siempre. Cuando él la había encontrado leyendo sobre las costumbres de la Corte del Invierno en la Biblioteca de la Casa del Viento esta mañana, no le había preguntado cómo se había enterado de que Eris iría esta noche. Hacía mucho que sabía que era probable que Az no le dijera nada.
Pero el varón de la Corte del Otoño, de pie junto a Keir… Mor se obligó a mirar a Eris. A sus ojos color ámbar.
Más frío que cualquier sala de la corte de Kallias. Habían sido así desde el momento en que ella lo conoció, cinco siglos atrás.
Eris apoyó una mano pálida en el pecho de su chaqueta de color peltre, el retrato de la galantería de la Corte del Otoño.
—Pensé que manifestaría algunos saludos del Solsticio por mi cuenta.
Esa voz. Esa voz sedosa, arrogante. No se había alterado, ni en tono ni en timbre, en todos los siglos pasados. No había cambiado desde aquel día.
Una luz del sol cálida y suave a través de las hojas, que las hacía relucir como rubíes y cuarzo. El aroma húmedo, terroso de las cosas pudriéndose bajo las hojas y las raíces sobre las que yacía ella.
Sobre las que la habían arrojado y la habían dejado .
Todo dolía. Todo. No se podía mover. No podía hacer nada más que mirar el sol que derivaba a través del rico dosel muy arriba, escuchar el viento entre los troncos plateados .
Y el centro de ese dolor, irradiando hacia afuera como fuego vivo, con cada respiración despareja, áspera …
Leves pasos firmes que crujían sobre las hojas. Seis pares. Una guardia fronteriza, una patrulla .
Ayuda. Alguien que ayude…
Una voz masculina, extranjera y profunda, insultó. Después, silencio .
Silencio mientras se acercaba un par de pasos. Ella no podía girar la cabeza, no soportaba el dolor.
No podía hacer nada más que inhalar cada respiración húmeda, trémula .
— No la toquen .
Esos pasos se detuvieron .
No era una advertencia para protegerla. Para defenderla .
Conocía la voz que había hablado. Había temido escucharla .
Sintió que él se acercaba ahora. Sintió cada reverberación de las hojas, el musgo, las raíces. Como si la tierra misma se estremeciera ante él .
— Nadie la toque —dijo Eris—. En el momento en que lo hagamos, será nuestra responsabilidad .
Palabras frías, insensibles .
— Pero… pero clavaron un…
— Nadie la toque .
Clavaron .
Le habían puesto clavos en su interior .
La habían pinchado, inmovilizándola mientras gritaba, la habían inmovilizado mientras ella rugía, luego les suplicaba. Y después habían traído esos largos y brutales clavos de hierro. Y el martillo .
Tres de ellos .
Tres golpes del martillo, ahogados por sus gritos, por el dolor .
Ella empezó a temblar, odiándolo tanto como había odiado sus súplicas. Su cuerpo bramó en agonía, esos clavos en su abdomen implacables .
Un rostro pálido, bello, apareció sobre ella, bloqueando las hojas como joyas de arriba. Frío.
Impasible .
— Entiendo que no quieres vivir aquí, Morrigan .
Ella prefería morir aquí, desangrarse aquí. Preferiría morir y volver…
volver como algo perverso y cruel, y destrozarlos a todos .
Él debe haberlo leído en sus ojos. Una pequeña sonrisa curvó sus labios .
— Eso pensé .
Eris se incorporó, volviéndose. Sus dedos se enredaron en las hojas y en el suelo arcilloso .
Deseó poder hacer crecer garras —garras como las que podía hacer crecer Rhys— y desgarrar esa pálida garganta. Pero ese no era su don. Su don…
su don la había dejado aquí. Rota y sangrante .
Eris se alejó un paso .
Alguien detrás de él espetó:
— No podemos dejarla aquí …
— Podemos, y lo haremos —dijo Eris simplemente, con paso firme mientras se alejaba—. Ella eligió mancillarse; su familia eligió tratarla como basura.
Ya les dije mi decisión en este asunto. —Una larga pausa, más cruel que el resto—. Y no estoy acostumbrado a recoger sobras ilirias .
Ella no pudo detenerlas, entonces. Las lágrimas que manaban, calientes y quemantes .
Sola. La dejarían aquí sola. Sus amigos no sabían dónde estaba. Ella misma apenas si sabía dónde estaba .
— Pero …
La voz que disentía volvió a irrumpir .
— Vete .
No hubo discusión después de eso .
Y cuando los pasos se esfumaron, y después desaparecieron, el silencio volvió .
El sol y el viento y las hojas .
La sangre y el hierro y el polvo bajo sus uñas .
El dolor .
Un sutil roce de la mano de Feyre contra la suya la sacó de allí, lejos de ese sangriento claro en la frontera de la Corte del Otoño.
Mor lanzó a su Suprema Dama una mirada agradecida, que Feyre ignoró sabiamente, volviendo a atender la conversación. En ningún momento había dejado de concentrarse en ella.
Feyre había caído en el rol de señora de esta horrible ciudad, con mucha más facilidad que ella misma. Ataviada con un centelleante manto de ónix, la diadema de cuarto creciente sobre su cabeza, su amiga se veía en todo como la imperiosa regente. Una parte de este sitio, tanto como las bestias serpentinas enroscadas, talladas y grabadas en todas partes. Que Kair, tal vez, había pintado un día para la propia Mor.
No el vestido rojo que usaba Mor, brillante y audaz, o las joyas de oro de sus muñecas, de sus orejas, centelleando como el sol aquí en la oscuridad.
—Si querías que esta pequeña reunión fuera privada —dijo Rhys con calma letal—, tal vez una junta pública no era el lugar más adecuado para ello.
Por cierto.
El Administrador de la Ciudad Tallada hizo un gesto con la mano.
—¿Por qué tendríamos que tener algo que ocultar? Después de la guerra, todos somos tan buenos amigos.
Ella con frecuencia soñaba con destriparlo. A veces con un cuchillo, a veces con sus propias manos desnudas.
—¿Y cómo le va a la Corte de tu padre, Eris? —una pregunta suave, aburrida de Feyre.
Sus ojos de color ámbar solo mostraban disgusto.
Un rugido llenó la cabeza de Mor ante esa mirada. Apenas si pudo escuchar la respuesta lenta.
Ni la réplica de Rhys.
Alguna vez la había deleitado burlarse de Keir y esta corte, mantenerlos sobre ascuas.
Demonios, incluso había quebrado unos pocos huesos del Administrador esta primavera… después de que Rhys hubiera dejado inútiles sus brazos. Le había gustado hacerlo, después de lo que Keir le había dicho a Feyre, y después le había encantado cuando su madre la había echado de sus habitaciones privadas. Una orden todavía válida. Pero desde el momento en que Eris había entrado en esa cámara del concejo, tantos meses atrás…
Tienes más de quinientos años , solía recordarse con frecuencia. Podía enfrentarlo, podía manejarlo mejor que esto.
No estoy acostumbrado a recoger sobras ilirias .
Incluso ahora, incluso después de que Azriel la hubiera encontrado en esos bosques, después de que Madja la había curado hasta que ningún rastro de esos clavos marcara su estómago… No tendría que haber venido aquí esta noche.
Su piel se puso tensa, su estómago se agitó. Cobarde .
Había enfrentado enemigos, luchado en muchas guerras, y sin embargo esto, estos dos varones juntos…
Mor sintió a Feyre ponerse tensa a su lado por algo que había dicho Eris.
Su Suprema Dama respondió a Eris:
—Tu padre tiene prohibido cruzar a las tierras humanas. —Ningún lugar para la concesión en ese tono, en el acero de los ojos de Feyre.
Eris solo se encogió de hombros.
—No creo que sea tu decisión.
Rhys deslizó las manos en sus bolsillos, el retrato de la gracia casual. Las sombras y la oscuridad punteada de estrellas que irradiaba hacía temblar la
montaña bajo cada uno de sus pasos… esa era el verdadero rostro del Alta lord de la Corte de la Noche. El Alta lord más poderoso de la historia.
—Sugeriría recordarle a Beron que la expansión territorial no está en discusión. Para ninguna corte.
Eris no se alteró. Nada lo había perturbado nunca, nada lo había molestado.
Mor lo había odiado desde el momento en que lo conoció… esa distancia, esa frialdad. Esa falta de interés o de sentimiento por el mundo.
—Entonces te sugeriría, Alta lord, que hables con tu querido amigo Tamlin al respecto.
—¿Por qué? —la pregunta de Feyre fue filosa como una espada.
La boca de Eris se curvó en una sonrisa de víbora.
—Porque el territorio de Tamlin es el único que limita con las tierras humanas. Creo que cualquiera que quiera expandirse tendría que pasar primero por la Corte de la Primavera. O al menos obtener su permiso.
Otra persona que mataría algún día. Si Feyre y Rhys no lo hacían primero.
No importaba lo que Tamlin había hecho en la guerra, si había llevado con él a Beron y las fuerzas humanas. Si había usado a Hybern.
Era otro día, otra mujer yaciendo en la tierra, que Mor no podía olvidar, que no podía perdonar.
Sin embargo, el rostro frío de Rhys se volvió contemplativo. Ella podía leer fácilmente la reticencia en sus ojos, el fastidio de que Eris le diera un dato, pero la información era información.
Mor miró a Keir y encontró que él la estaba mirando.
Salvo por su orden inicial al Administrador, ella no había dicho una sola palabra. Había contribuido a la reunión. Ayudado.
Podía verlo en los ojos de Keir. La satisfacción.