Una corte de hielo y estrellas
Capítulo 11. Rhysand
No quería hacerlo.
Podría dejarla aquí para que se secara toda la noche y volver mañana, con seguridad encontraría algún armario en la Casa del Viento donde pudiera ocultarla después.
Mañana, entonces. Regresaría mañana para reclamarla.
CAPÍTULO
11
Rhysand
Era primavera, y sin embargo, no lo era.
No era la tierra por la que había vagado durante los siglos pasados, ni siquiera la que había visitado casi un año atrás.
El sol era tibio, el día era claro, las distantes bayas silvestres y las lilas eternamente florecidas.
Distantes… porque en el estado, nada en absoluto florecía.
Las rosas rosadas que alguna vez habían trepado los muros de piedra pálida de la gran casa solariega no eran más que enmarañadas redes de espinas. Las fuentes se habían secado, los setos estaban sin cortar e informes.
La casa misma se había visto mejor el día después que los compinches de Amarantha la habían arruinado.
No por ningún signo visible de destrucción, sino por el silencio general. La falta de vida.
Las grandes puertas de roble se veían innegablemente peores. Marcas profundas y largas de garras estaban marcadas de arriba abajo.
De pie en el último escalón de la escalera de mármol que conducía a esas puertas del frente, examiné los brutales tajos. Apostaba que Tamlin los había infligido después de que Feyre lo había engañado.
Pero el temperamento de Tamlin siempre había sido su perdición. Cualquier mal día podría haber producido esas marcas como heridas.
Tal vez hoy produciría más de ellas.
Fue fácil convocar la risa de suficiencia. Igual que la postura casual, con una mano en el bolsillo de mi chaqueta negra, sin alas ni cueros ilirios a la vista, cuando golpeé las puertas arruinadas.
Silencio.
Después…
El propio Tamlin respondió a la puerta.
No supe bien en qué fijarme: si en el varón demacrado que estaba ante mí o en la oscura casa detrás de él.
Una marca fácil. Una marca demasiado fácil, burlarse de las ropas antes refinadas, desesperadas por un lavado. Desgreñado y necesitaba un corte. La vacía casa solariega, sin un criado a la vista, sin ninguna decoración por el Solsticio.
Los ojos verdes que se cruzaron con los míos tampoco eran aquellos a los que estaba acostumbrado. Hostigados y sombríos. Sin una chispa.
Sería cuestión de minutos estudiarlo, en cuerpo y alma. Terminar lo que indudablemente empezó aquel día en que Feyre había llegado silenciosamente a su boda, y yo también había ido.
Pero… paz. Nuestra perspectiva era la paz.
Yo podría destruirlo después de que la alcanzáramos.
—Lucien dijo que vendrías —dijo Tamlin a manera de saludo, con la voz tan chata y sin vida como sus ojos, y una mano aún aferrada a la puerta.
—Raro, creí que su pareja era la vidente.
Tamlin solo me miró fijo, ignorando mi sentido del humor o sin entenderlo.
—¿Qué quieres?
Ni un susurro ni un sonido a sus espaldas. Ni en ningún acre de su propiedad. Ni siquiera el canto de un pájaro.
—He venido a tener una pequeña charla —le expliqué, con una media sonrisa que, sabía, lo haría ver todo rojo—. ¿Puedo molestarte con una taza de té?
Las alas estaban sombrías, las cortinas bordadas corridas.
Una tumba.
Este lugar era una tumba.
Con cada paso hacia lo que una vez había sido la biblioteca, el polvo y el silencio se apiñaban.
Tamlin no habló, no dio ninguna explicación por la casa vacía. Por las habitaciones que pasábamos, algunas de las puertas talladas suficientemente rotas para que yo pudiera ver la destrucción.
Muebles destruidos, pinturas despedazadas, paredes agrietadas.
Lucien no había venido acá para reconciliarse durante el Solsticio, advertí cuando Tamlin abrió la puerta de la biblioteca a oscuras.
Lucien había venido aquí por lástima. Por piedad.
Mi vista se ajustó a la oscuridad antes de que Tamlin agitara una mano, encendiendo las luces Fae en sus cuencos de cristal.
Todavía no había destruido esta habitación. Probablemente me había llevado al único cuarto de la casa que tenía muebles utilizables.
Mantuve la boca cerrada mientras caminamos hacia un gran escritorio en el centro del espacio.
Tamlin ocupó una ornamentada silla acolchada en un extremo. Lo único que tenía en este momento que se parecía a un trono. Yo me acomodé en el sillón que hacía juego y que estaba frente a él, la madera pálida emitió un gruñido de protesta. El conjunto probablemente estaba destinado a acomodar cortesanos superficiales, no a dos guerreros de gran tamaño.
Cayó el silencio, tan denso como la vacuidad de esta casa.
—Si has venido a regodearte, puedes ahorrarte el esfuerzo.
Me llevé una mano al pecho.
—¿Por qué me molestaría?
Nada de sentido del humor.
—¿De qué querías hablar?
Di un buen espectáculo revisando los libros, el cielorraso abovedado, pintado.
—¿Dónde está mi querido amigo Lucien?
—Salió a cazar para la cena.
—¿Ya no tienes gusto por esas cosas?
Los ojos de Tamlin permanecieron opacos.
—Se marchó antes de que me despertara.
Cazar para la cena… porque aquí no había criados para preparar la comida.
O para comprarla.
No podría decir que me sentí mal por él.
Solo por Lucien, que una vez más padecía por ser su camarada.
Crucé el tobillo sobre la rodilla y me recosté en la silla.
—¿Qué es esto que me han dicho sobre que no estás reforzando tus fronteras?
Un instante de silencio. Después Tamlin hizo un gesto hacia la puerta.
—¿Ves algún centinela que pueda hacerlo?
Hasta ellos lo habían abandonado. Interesante.
—Feyre hizo meticulosamente su trabajo, ¿no es cierto?
Vi un resplandor de dientes blancos, un centelleo de luz en sus ojos.
—Con tus instrucciones, no tengo dudas.
Sonreí.
—Oh, no. Fueron todas cosas de ella. Es lista, ¿verdad?
Tamlin aferró el apoyabrazos curvado de su silla.
—Pensé que el Alta lord de la Corte de la Noche no se molestaría en alardear.
No sonreí cuando repliqué:
—Supongo que crees que debería agradecerte por dedicarte a asistirme y revivirme.
—No tengo ilusiones de que el día que me agradezcas algo, Rhysand, será el día que los fuegos ardientes del infierno se enfríen.
—Poético.
Se oyó un grave gruñido.
Demasiado fácil. Era demasiado fácil provocarlo, irritarlo. Y aunque recordaba el muro, la paz que necesitábamos, dije:
—Salvaste la vida de mi pareja en varias ocasiones. Siempre te agradeceré eso.
Sé que las palabras dieron en el blanco. Mi pareja .
Bajo. Era un golpe bajo. Yo lo tenía todo… todo lo que había anhelado, lo que había soñado, lo que había rogado a las estrellas que me concedieran.
Él no tenía nada. Le habían dado todo y lo había malgastado. No merecía mi lástima, mi compasión.
No, Tamlin merecía lo que se había conseguido, esta cáscara de una vida, merecía cada habitación vacía, cada maraña de espinas, cada comida que debía cazar por sí mismo.
—¿Ella sabe que estás aquí?
—Oh, por cierto que sabe. —Una mirada al rostro de Feyre ayer cuando la había invitado a que me acompañara me había dado su respuesta antes de que la enunciara: no tenía ningún interés en volver a ver nunca al hombre que estaba frente a mí—. Y —proseguí—, quedó tan perturbada como yo al enterarse de que tus fronteras no estaban reforzadas como esperábamos.
—Sin la muralla, necesitaría un ejército para vigilar las fronteras.
—Eso puede arreglarse. —Tamlin gruñó, y un atisbo de garras centelleó en sus nudillos.
—No permito que la gente de tu ralea venga a mis tierras.
—Mi ralea , como dices, luchó casi toda la guerra que tú ayudaste a provocar. Si necesitas patrullas, yo proporcionaré los guerreros.
—¿Para proteger a los humanos de nosotros?
Mostró una sonrisa burlona.
Mis manos se morían por rodearle la garganta. De hecho, las sombras se enrollaban en la punta de mis dedos, heraldos de las garras que acechaban justo abajo.
Esta casa… yo odiaba esta casa. La había odiado desde el momento en que había puesto un pie en ella aquella noche, cuando la sangre de la Corte de la Primavera había fluido en pago de una deuda que nunca podría ser saldada.
El pago de dos pares de alas colgadas en el estudio.
Tamlin las había quemado tiempo atrás, me había dicho Feyre. No había ninguna diferencia. Él había estado allí aquel día.
Le había dado a su padre y hermano la información sobre dónde mi hermana y mi madre esperaban encontrarse conmigo. Y no había hecho nada por ayudarlas cuando las masacraron.
Todavía veía sus cabezas en esas canastas, sus rostros marcados por el miedo y el dolor. Y volví a verlas cuando contemplé al Alta lord de la Primavera, los dos coronados la misma noche empapada de sangre.
—Para proteger a los humanos de nosotros, sí —dije, mi voz peligrosamente calma—. Para mantener la paz.
—¿Qué paz? —Las garras se desplazaron bajo su piel cuando cruzó los brazos, menos musculosos que la última vez que los había visto en el campo de batalla—. Nada es diferente. La muralla no está, eso es todo.
—Podemos hacer otra diferente. Mejor. Pero solo si empezamos de la manera adecuada.
—No voy a permitir una Corte de la Noche brutal en mis tierras.
Parecía que su gente lo despreciaba lo suficiente.
Y de esa palabra — brutal — yo tenía bastante. Territorio peligroso. Al menos para mí. Para permitir que mi propio temperamento me ganara. Al menos, cerca de él.
Me levanté de la silla, sin que Tamlin se molestara en ponerse de pie.
—Tú hiciste que todo esto cayera sobre ti —dije, con voz aún suave. No necesitaba gritar para expresar mi furia. Nunca me había hecho falta.
—Ganaste —escupió, sentándose hacia delante—. Tienes tu pareja . ¿Eso no es suficiente?
—No.
La palabra tuvo eco en la biblioteca.
—Casi la destruiste. De todas las maneras posibles.
Tamlin desnudó los dientes. Yo desnudé los míos en respuesta, maldito sea el temperamento.
Dejé que algo de mi poder retumbara a través de la habitación, de la casa, de las tierras.
—Ella sobrevivió, sin embargo. Te sobrevivió. Y todavía sientes la necesidad de humillarla, de disminuirla. Si quisieras volver a ganarla, viejo, ese no es el camino más sabio.
—Vete.
Yo no había terminado. En lo más mínimo.
—Mereces todo lo que te ha ocurrido. Mereces esta patética casa vacía, tus tierras devastadas.
No me importa si ofrecieras esa cáscara de vida para salvarme, no me importa que aún ames a mi pareja. No me importa que la hayas salvado de Hybern, o de mil enemigos antes —las palabras fluyeron, frías y firmes—.
Espero que vivas el resto de tu miserable vida solo aquí. Es un fin mucho más satisfactorio que matarte. —Una vez Feyre había llegado a la misma conclusión. Estuve de acuerdo con ella entonces, pero ahora lo entendía verdaderamente.
Los ojos verdes de Tamlin se hicieron salvajes.
Me preparé, me alisté, lo deseé … Que explotara desde esa silla y se lanzara sobre mí, que sus garras empezaran a cortar.
La sangre martillaba en mis venas, mi poder se enredaba en mi interior.
Podíamos destruir esta casa en nuestra pelea. Convertirla en escombros. Y
después yo podría convertir las piedras y las maderas tan solo en polvo negro.
Pero Tamlin solo me miraba. Y después de un latido, sus ojos bajaron al escritorio.
—Vete.
Parpadeé, como único signo de sorpresa.
—¿No estás de humor para una riña, Tamlin?
Él no se molestó en volver a mirarme.
—Vete —fue todo lo que dijo.
Un varón roto.
Roto por sus propias acciones, sus propias elecciones.
No era cosa mía. No merecía mi lástima.
Pero mientras me alejaba volando, el viento oscuro rasgando a mi alrededor, una extraña clase de vacío se instaló en mi estómago.
Tamlin no tenía escudos alrededor de la casa. Nada para impedirle a cualquiera entrar por aire, para protegerse de enemigos que aparecieran en su dormitorio a cortarle la garganta.
Era casi como si estuviera esperando que alguien lo hiciera.
Encontré a Feyre caminando a casa presumiblemente después de hacer algunas compras, había algunas bolsas colgando de sus manos enguantadas.
Su sonrisa cuando aterricé a su lado, mientras la nieve caía a nuestro alrededor, fue como un puño en mi corazón.
Sin embargo, se disipó inmediatamente cuando ella leyó mi rostro.
Incluso en medio de una ajetreada calle de la ciudad, llevó una mano a mi mejilla.
—¿Tan malo?
Asentí, sintiendo su roce. Lo máximo que pude hacer.
Ella apoyó un beso sobre mi boca, sus labios estaban lo suficientemente cálidos como para que yo advirtiera que me había helado.
—Camina a casa conmigo —me dijo, entrelazando su brazo con el mío y apretándome fuerte.
Obedecí y tomé las bolsas de su mano. Le conté todo lo que le había dicho a Tamlin mientras caminábamos, sobre el Sidra helado y subíamos las empinadas colinas.
—Tras haber escuchado tu ataque contra Cassian, diría que estuviste bastante tranquilo —
observó cuando terminé.
Bufé.
—Las blasfemias no eran necesarias en este caso.
Ella consideró mis palabras.
—¿Fuiste porque estabas preocupado por la muralla o simplemente porque querías decirle esas cosas?
—Por las dos cosas —no pude obligarme a mentirle—. Y tal vez para aniquilarlo.
La alarma ardió en sus ojos.
—¿De dónde sale esto?
No lo sabía.
—Yo simplemente… —las palabras me fallaron.
Su brazo se apretó alrededor del mío y me volví para estudiar su rostro.
Abierto, comprensivo.
—Las cosas que dijiste… no estaban mal —ofreció. Sin juicio, sin furia.
El hueco en mi interior se llenó levemente.
—Tendría que haber sido el varón más grande.
—Casi todos los días eres el varón más grande. Tienes derecho a un traspié.
—Sonrió de oreja a oreja. Brillante como la luna llena, más adorable que cualquier estrella.
Todavía no le había comprado un regalo de Solsticio. Y un presente de cumpleaños.
Torció la cabeza al ver mi ceño fruncido, su trenza cayó sobre un hombro.
Pasé una mano por ella, saboreando los sedosos mechones contra mis dedos
helados.
—Te encuentro en casa —dije, entregándole las bolsas nuevamente.
Fue su turno de fruncir el ceño.
—¿Adónde vas?
Besé su mejilla, aspirando su aroma a lilas y peras.
—Debo atender algunos asuntos —dije, mirándola. Mientras caminábamos, hice muy poco para enfriar la furia que aún ardía en mí. No cuando esa bella sonrisa me hizo desear volver volando a la Corte de la Primavera y hundir mi espada iliria en el vientre de Tamlin.
El varón más grande, por cierto.
—Ve a pintar mi retrato desnudo —le dije, con un guiño, y despegué hacia el cielo amargamente frío.
El sonido de su risa bailó conmigo todo el camino hasta el Palacio de Hilos y Joyas.
Estudié la exhibición que mi joyera preferida había dispuesto sobre el terciopelo negro encima del mostrador de vidrio. Bajo la luz de su cálida tienda al borde del Palacio, las joyas titilaban con un fuego interior, llamando.
Zafiros, esmeraldas, rubíes… Feyre tenía todo eso. Bien, en cantidades moderadas. Salvo por esos gemelos de diamante sólido que yo le había obsequiado para la Caída de las Estrellas.
Solo los había usado dos veces.
Esa noche había bailado con ella hasta el amanecer. Casi sin animarme a esperar que ella pudiera empezar a devolverme una fracción de lo que yo sentía por ella.