Una corte de hielo y estrellas

Sarah J Maas · Capítulo 13 de 28

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Una corte de hielo y estrellas

Capítulo 13. Feyre

Si íbamos los dos, sabía que mi hermana lo consideraría un ataque.

Entonces iría yo. Sola.

Rhys me besó la frente.

—Si alguien te hace proposiciones, dile que los dos estaremos libres en una hora.

—Oh. —Le hice un gesto de despedida, reduciendo mis poderes casi a un susurro en mi interior.

Él me sopló un beso.

Yo lo alejé también, y me deslicé a través de la puerta de la taberna.

CAPÍTULO

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13

Feyre

Mi hermana no tenía compañeros de bebida. Por lo que sabía, ella siempre salía sola, y los conseguía a medida que la noche avanzaba. Y de tanto en tanto, alguno de ellos iba a casa con ella.

Yo no había preguntado. Ni siquiera estaba segura cuándo había sido la primera vez.

Tampoco me había atrevido a preguntarle a Cassian si lo sabía.

Ambos habían cambiado unas pocas palabras desde la guerra.

Cuando entré a la luz y a la música que retumbaba en La Guarida del Lobo, inmediatamente localicé a mi hermana sentada con tres varones a una mesa redonda en el fondo en sombras, y pude casi ver el espectro de aquel día contra Hybern que se erguía detrás de ella.

Parecía que Nesta había perdido cada kilo de peso que Elain había ganado.

Su rostro, que ya era angular y orgulloso, se había acentuado aún más, sus pómulos, suficientemente filosos como para cortar. Su pelo seguía peinado en su usual corona de trenzas, usaba su manto gris preferido y, como siempre, estaba inmaculadamente limpia pese al tugurio que había elegido frecuentar. A pesar de la maloliente taberna caliente que había visto mejores siglos.

Una reina sin trono . Ese fue el título de la pintura que se me cruzó por la mente.

Los ojos de Nesta, del mismo azul grisáceo que los míos, se alzaron en el momento en que cerré la puerta de madera detrás de mí. Nada pasó por su rostro, más allá de un vago desdén. Los tres Altos Fae varones sentados a su mesa estaban aceptablemente vestidos, teniendo en cuenta el lugar que frecuentaban.

Probablemente ricos machos jóvenes que habían salido a pasar la noche .

Refrené mi furia mientras la voz de Rhys colmaba mi cabeza. Ocúpate de tus cosas. Con toda facilidad, tu hermana les está ganando a las cartas .

Fisgón .

Te encanta .

Apreté los labios, enviando un gesto vulgar por el vínculo, mientras me acercaba a la mesa de mi hermana. La risa de Rhys retumbó contra mis escudos como respuesta, como truenos moteados de estrellas.

Nesta simplemente volvió a mirar el abanico de cartas que tenía, su postura era el epítome de un glorioso aburrimiento. Pero sus compañeros me miraron cuando me detuve junto al borde de la mesa de madera manchada y marcada. Copas semiconsumidas de un líquido ambarino sudaban humedad y se mantenían helados por medio de alguna magia de la taberna.

El varón que estaba al otro lado de la mesa —un Alto Fae apuesto y seductor con cabello como oro tejido— cruzó mi mirada.

Su mano de cartas cayó sobre la mesa cuando él inclinó la cabeza. Los otros lo siguieron.

Solo mi hermana, aún estudiando sus cartas, siguió desinteresada.

—Señora mía —dijo un varón delgado y de pelo negro, lanzándole una mirada cautelosa a mi hermana—. ¿Cómo podemos ayudar?

Nesta ni siquiera levantó los ojos mientras acomodaba una de sus cartas.

Muy bien.

Sonreí dulcemente a sus compañeros.

—Odio interrumpir su noche de salida, caballeros. —Machos, supuse. Un remanente de mi vida humana… que el tercer varón notó con una ceja

gruesa enarcada—. Pero me gustaría intercambiar unas palabras con mi hermana.

La despedida era suficientemente clara.

Se levantaron al unísono, abandonando las cartas, y engulleron sus tragos antes de irse.

—Buscaremos otra copa —declaró el de pelo dorado.

Esperé hasta que estuvieron en el bar, deliberadamente sin mirar a sus espaldas, antes de ocupar el ruinoso asiento que había desocupado el de pelo oscuro.

Lentamente, los ojos de Nesta se alzaron hacia los míos.

Me recosté en la silla y la madera gruñó.

—Entonces, ¿cuál de ellos se va contigo a casa esta noche?

Nesta lanzó sus cartas juntas, dejándolas cara abajo sobre la mesa.

—No decidí.

Palabras heladas, chatas. El perfecto acompañamiento a la expresión de su rostro.

Yo simplemente esperé.

Nesta también esperó.

Inmóvil como un animal. Inmóvil como la muerte.

Una vez me había preguntado si ese era su poder. La maldición concedida por el Caldero.

Nada de lo que había visto, atisbado en aquellos momentos contra Hybern, había parecido como la muerte. Tan solo poder bruto. Pero el Tallador de

Huesos había susurrado algo. Y yo lo había visto reluciendo frío y brillante en sus ojos.

Pero no durante meses.

Y no porque yo la hubiera visto demasiado.

Pasó un minuto. Después otro.

Absoluto silencio, salvo por la alegre música de la banda de cuatro instrumentos al otro lado de la habitación.

Yo podía esperar. Esperaría aquí toda la condenada noche.

Nesta volvió a acomodarse en su silla, con la idea de hacer lo mismo.

Apuesto mi dinero a tu hermana .

Silencio .

Me estoy enfriando aquí afuera .

Bebé ilirio .

Una oscura risa, y el vínculo volvió a quedar en silencio.

—¿Esa pareja tuya piensa quedarse en el frío toda la noche?

Parpadeé, preguntándome si ella de alguna manera percibía los pensamientos que pasaban entre nosotros.

—¿Quién dice que él está allí?

Nesta soltó una risa burlona.

—Adonde uno va, el otro lo sigue.

Evité enunciar todas las potenciales respuestas que saltaban a mi boca.

En cambio, pregunté:

—Elain te invitó a cenar esta noche, ¿por qué no fuiste?

La sonrisa de Nesta era lenta, filosa como un cuchillo.

—Quería escuchar a los músicos.

Lancé una mirada aguda a la banda. Más diestros que las usuales bandas de taberna, pero no una verdadera excusa.

—Ella quería que fueras.

Yo quería que fueras .

Nesta se encogió de hombros.

—Podría haber comido conmigo aquí.

—Ya sabes que Elain no estaría cómoda en un lugar como este.

Ella arqueó una cuidada ceja.

—¿Un lugar como este? ¿Qué clase de lugar es este?

De hecho, algunas personas se volvían a mirarnos. Suprema Dama… yo era Suprema Dama.

Insultar este lugar y la gente que estaba allí no me conseguiría ningún partidario.

—A Elain la abruman las multitudes.

—No solía ser así. —Nesta hizo girar su copa de líquido ambarino—.

Amaba los bailes y las fiestas.

Las palabras permanecieron flotando, sin decirse. Pero tú y tu corte nos arrastraron a este mundo. Le quitaron a ella esa alegría .

—Si te molestas en venir a casa, verás que se está readaptando. Pero bailes y fiestas son una cosa. Elain nunca frecuentó tabernas.

Nesta abrió la boca, sin duda para desviarme de la razón por la que había venido aquí. Así que la corté antes de que pudiera hacerlo.

—Eso no viene al caso.

Ojos fríos como el acero se cruzaron con los míos.

—¿Puedes ir al grano, entonces? Me gustaría volver a mi juego.

Pensé en arrojar las cartas al suelo pegajoso de cerveza.

—El Solsticio es pasado mañana.

Nada. Ni un parpadeo.

Entrelacé mis dedos y los puse sobre la mesa entre las dos.

—¿Qué haría falta para que vinieras?

—¿En nombre de Elain o tuyo?

—De las dos.

Otra carcajada burlona. Nesta miró la habitación en la que todo el mundo tenía mucho cuidado de no mirarnos ahora. Supe sin preguntar que Rhys nos había rodeado con una barrera de sonido.

Finalmente, mi hermana volvió a mirarme.

—¿Entonces me estás sobornando?

No retrocedí.

—Estoy viendo si tienes voluntad de ser razonable. Si hay alguna manera de hacer que valga la pena para ti.

Nesta plantó la punta de su dedo índice sobre la pila de cartas y las desparramó en abanico sobre la mesa.

—Ni siquiera es nuestra fiesta. Nosotras no tenemos fiestas.

—Tal vez deberías probarlo. Podrías disfrutarla.

—Como le dije a Elain: ustedes tienen su vida y yo tengo la mía.

Una vez más, lancé una mirada aguda sobre la taberna.

—¿Por qué? ¿Por qué esa insistencia en distanciarte?

Volvió a acomodarse en su asiento, cruzando los brazos.

—¿Por qué tengo que ser parte de tu alegre bandita?

—Eres mi hermana.

Otra vez esa mirada vacía, fría.

Esperé.

—No voy a ir a tu fiesta.

Si Elain no había podido convencerla, por cierto yo no tendría éxito. No sabía por qué no lo había advertido antes. Antes de desperdiciar mi tiempo.

Pero lo intenté… una última vez. En nombre de Elain.

—Padre hubiera querido que tú…

— No termines esa oración .

Pese al escudo de sonido que nos rodeaba, nada podía bloquear la vista de mi hermana desnudando sus dientes. La vista de sus dedos enroscándose en garras invisibles.

La nariz de Nesta se arrugó con desnuda ira mientras gruñía: