Una corte de hielo y estrellas
Capítulo 20. Feyre
Contra el ataque de Nesta.
CAPÍTULO
20
Feyre
La nieve colgaba del pelo de Nesta mientras nos mirábamos a través del vano de la puerta.
El rosado teñía sus mejillas del frío de la noche, pero su cara permanecía solemne. Fría como los adoquines cubiertos de nieve.
Abrí la puerta un poco más.
—Estamos en la sala.
—Ya vi.
La conversación, tentativa y balbuceante, llegaba hasta el vestíbulo. Sin duda, un noble intento de todos por darnos alguna intimidad y algún sentido de normalidad.
Como Nesta permanecía en el umbral, le extendí una mano.
—Ven… tomaré tu abrigo.
Traté de no contener el aliento mientras ella miraba más allá de mí, adentro de la casa. Como si sopesara dar ese paso por encima del umbral.
Desde el borde de mi visión, el púrpura y el oro centelleaban… Elain.
—Te enfermarás si te quedas allí en el frío —le advirtió a Nesta, con una ancha sonrisa—. Ven a sentarte conmigo, junto al fuego.
Los ojos azul grises de Nesta se deslizaron hasta los míos. Cautos.
Evaluando.
Yo no retrocedí. Mantuve la puerta abierta.
Sin una palabra, mi hermana cruzó el umbral.
Demoramos un momento en quitarle el abrigo, la bufanda y los guantes.
Llevaba uno de esos simples aunque elegantes vestidos que ella prefería.
Había optado por un gris pizarra. Sin joyas. Sin duda sin ningún regalo, pero al menos había venido.
Elain entrelazó el brazo para llevar a Nesta a la habitación, y yo las seguí, observando al grupo que estaba más allá mientras se detenían.
Observé especialmente a Cassian, que ahora estaba de pie con Az ante el fuego.
Era el retrato de la relajación, un brazo apoyado en la biblioteca tallada, sus alas plegadas laxamente, una leve sonrisa en su rostro y una copa de vino en su mano. Deslizó sus ojos de color avellana hasta mi hermana sin moverse ni un centímetro.
Elain había dibujado una sonrisa en su rostro, mientras conducía a Nesta no hacia el fuego, como le había prometido, sino hacia el mueble de licores.
—No le des vino… dale comida —le dijo Amren a Elain desde su sitio en el sofá mientras deslizaba en sus orejas los aros de perlas que Az le había regalado—. Puedo ver su trasero huesudo incluso a través de ese vestido.
Nesta se detuvo a medio camino de la habitación, con la espalda rígida.
Cassian permaneció inmóvil como la muerte.
Elain hizo una pausa junto a nuestra hermana, mientras su sonrisa dibujada se desarmaba.
Amren simplemente le sonrió a Nesta.
—Feliz Solsticio, chica.
Nesta miró a Amren, hasta que el fantasma de una sonrisa curvó sus labios.
—Lindos aros.
Sentí, más que vi, que la reunión se relajaba un poco.
Elain dijo con entusiasmo:
—Habíamos empezado con los regalos.
Solo cuando ella dijo esas palabras, se me ocurrió que ninguno de los regalos de la habitación tenía el nombre de Nesta.
—Todavía no hemos comido —contribuí, demorándome en el umbral entre la sala y el vestíbulo—. Pero si tienes hambre, podemos traerte un plato…
Nesta aceptó la copa de vino que Elain le puso en la mano. No pasé por alto que, cuando Elain volvió al gabinete de licores, sirvió un dedo de licor color ámbar en una copa y se bebió el contenido de un trago antes de volver a mirar a Nesta.
Escuché un suave bufido de Amren ante eso, no se perdía nada.
Pero la atención de Nesta había pasado a la torta de cumpleaños que aún estaba sobre la mesa, sus diversas capas cortadas muchas veces.
Sus ojos se alzaron hasta los míos en silencio.
—Feliz cumpleaños.
Le ofrecí una señal de asentimiento para darle las gracias.
—Elain hizo la torta —dije, de manera inútil.
Nesta solamente asintió antes de dirigirse a una silla cerca del extremo de la habitación, junto a una de las bibliotecas.
—Pueden volver a sus regalos —dijo suavemente, pero no con debilidad, mientras se sentaba.
Elain corrió hacia una caja cerca del frente de la pila.
—Este es para ti —le declaró a nuestra hermana.
Le lancé a Rhys una mirada suplicante. Por favor empieza a hablar de nuevo. Por favor .
Algo de la luz se había desvanecido de sus ojos violeta mientras estudiaba a Nesta que bebía de su copa. No respondió por el vínculo, sino que en cambio le dijo a Varian:
—¿Tarquin organiza una fiesta formal para el Solsticio de verano u organiza una reunión más informal?
El Príncipe de Adriata no se perdía ni un latido, y se lanzó en una descripción tal vez innecesariamente detallada de las celebraciones de la Corte de Verano. Más tarde se lo agradecí.
Para entonces, Elain se había acercado a Nesta, ofreciéndole lo que parecía ser una caja pesada envuelta en papel.
Junto a la ventana, Mor se puso en movimiento, entregándole a Azriel su regalo.
Desgarrada entre ambos, permanecí en el umbral.
La compostura de Azriel no desapareció mientras abría el obsequio: un conjunto de toallas azules bordadas… con sus iniciales en ellas. Azul brillante.
Tuve que desviar la vista para no reírme. Az, para su crédito, le ofreció a Mor una sonrisa de agradecimiento, y el sonrojo trepó por sus mejillas, y sus ojos de color avellana permanecieron fijos en ella. Desvié la vista hacia el calor, el entusiasmo que los colmaba.
Mor lo despidió con un gesto y se movió para pasarle a Cassian su obsequio; pero el guerrero no lo tomó. Ni sacó los ojos de Nesta que cortaba el papel marrón que envolvía la caja para revelar un grupo de cinco novelas en una caja de cuero. Leyó los títulos, después alzó la cabeza hacia Elain.
Elain le sonrió.
—Fui a esa librería. ¿Conoces la que está junto al teatro? Les pedí recomendaciones, y la mujer, la femenina, quiero decir… ella me dijo que los libros de este autor eran sus favoritos.
Me adelanté apenas para leer uno de los títulos. Sonaba a romance.
Nesta sacó uno de los libros y pasó las páginas.
—Gracias.
Las palabras eran rígidas… como piedras.
Finalmente Cassian se volvió hacia Mor y abrió el regalo con total ignorancia del hermoso envoltorio. Se rio de lo que había dentro de la caja.
—Justo lo que siempre había deseado.
Sostuvo un par de lo que parecían ser calzoncillos de seda roja. La perfecta combinación del negligé de ella.
Con Nesta deliberadamente preocupada por hojear sus nuevos libros, yo me dediqué a los regalos que había envuelto ayer.
Para Amren, un empaque especialmente diseñado para sus rompecabezas.
Para que no necesitara dejarlos en casa si iba a visitar tierras más soleadas y cálidas. Con esto me gané una mirada al cielo y una sonrisa de apreciación.
Con el broche de rubí y plata, con la forma de un par de alas con plumas, un raro beso en la mejilla.
Para Elain un manto azul pálido con agujeros para los brazos, perfecto para hacer jardinería en los meses más fríos.
Y para Cassian, Azriel y Mor…
Gruñí cuando levanté las tres pinturas envueltas. Después esperé moviendo los pies en silencio mientras los abrían.
Ellos observaban lo que había dentro y sonreían.
No tenía idea de qué darles, que no fuera esto. Las obras en las que había recientemente…
atisbos de sus historias.
Ninguno de ellos explicó qué significaban las pinturas, qué era lo que estaban viendo. Pero cada uno de ellos me besó en la mejilla en señal de agradecimiento.
Antes de que pudiera entregarle a Rhys su regalo, me encontré con una pila de ellos en mi regazo.
De Amren, un manuscrito iluminado, antiguo y bello. De Azriel, una rara pintura vibrante del continente. De Cassian, un adecuado mango de cuero para una espada, para ser colocado en el hueco de mi espalda como un verdadero guerrero ilirio. De Elain, finos pinceles con el monograma de mis iniciales y la insignia de la Corte de la Noche en el mango. Y de Mor, un par de pantuflas forradas en lana, de color rosa brillante.
Nada de Nesta, pero no me importó. Ni un poco.
Los otros pasaron alrededor sus regalos y finalmente encontré un momento para alcanzarle la última pintura a Rhys. Él se había demorado junto al ventanal, en silencio y sonriendo. El año pasado había sido su primer Solsticio desde Amarantha… este año, el segundo. No quería saber lo que
había sido, lo que ella le había hecho, durante esos cuarenta y nueve Solsticios que él se había perdido.
Rhys abrió mi regalo cuidadosamente, levantando la pintura para que los demás pudieran verla.
Vi que sus ojos se movían sobre lo que había en ella. Vi el nudo en su garganta.
—Dime que esa no es tu nueva mascota —dijo Cassian, que se había colado detrás de mí para espiar el cuadro.
Lo empujé.
—Fisgón.
El rostro de Rhys permaneció solemne, sus ojos brillantes como estrellas cuando se cruzaron con los míos.
—Gracias.
Los demás continuaron en una algarabía más aguda… para darnos intimidad en esa habitación atestada.
—No tengo idea dónde podrías colgarlo —dije—, pero quería que lo tuvieras.
Para verla.
Porque en esa pintura yo le había mostrado lo que no le había revelado a nadie. Lo que el Ouroboros me había revelado a mí: la criatura dentro de mí, la criatura llena de odio y arrepentimiento y amor y sacrificio, la criatura que podía ser cruel y valiente, triste y jubilosa.
Le di a él mi ser … como nadie más que él podría ver nunca. Como nadie más que él podría llegar a comprender.
—Es bello —dijo él, con la voz aún ronca.
Parpadeé para deshacerme de las lágrimas que amenazaron con brotar ante esas palabras y me incliné para el beso que él apretó contra mi boca. Eres bella , susurró por el vínculo.
Tú también .
Lo sé .
Me reí, alejándome. Tarado .
Solo quedaban unos pocos regalos… los de Lucien. Abrí el mío para encontrar un obsequio para mí y mi pareja: tres botellas de fino licor. Lo necesitarán , era todo lo que decía la nota.
Le entregué a Elain la pequeña caja con su nombre. Su sonrisa desapareció mientras la abría.
—Guantes encantados —leyó en la tarjeta—. Que no se rasgarán ni sudarán demasiado con la jardinería.
Dejó a un lado la caja sin mirarla por algo más que un momento. Y me pregunté si prefería tener manos sudorosas, si tener manos desgarradas y sucias, si la tierra y las lastimaduras eran pruebas de su esfuerzo. Su alegría.
Amren chilló — verdaderamente chilló— de deleite cuando vio el regalo de Rhys. Las joyas reluciendo dentro de las múltiples cajas. Pero su deleite se volvió más silencioso, más tierno, cuando abrió el regalo de Varian. No nos mostró a ninguno lo que había dentro de la cajita antes de ofrecerle una pequeña sonrisa íntima.
Había una pequeña caja sobre la mesa junto a la ventana… una caja que Mor levantó, bizqueó ante la tarjeta del nombre, y dijo:
—Az, esta es para ti.
Las cejas del cantasombras se enarcaron, pero su mano llena de cicatrices se extendió para tomar el obsequio.
Elain se volvió desde donde había estado hablando con Nesta.
—Oh, ese es de mi parte.
El rostro de Azriel casi no se movió ante las palabras. Ni siquiera una sonrisa cuando abrió el regalo y reveló…
—Le encargué a Madja que lo hiciera para mí —explicó Elain. Las cejas de Azriel se enarcaron ante la mención de la sanadora preferida de la familia
—. Es un polvo para mezclar con cualquier trago.
Silencio.
Elain se mordió el labio y luego sonrió bovinamente.
—Es para los dolores de cabeza que todo el mundo siempre te produce.
Como te friegas las sienes con tanta frecuencia…
Silencio otra vez.
Azriel alzó la cabeza y rio.
Yo nunca había escuchado ese sonido, profundo y jubiloso. Cassian y Rhys se unieron a él, el primero asiendo la botella de vidrio de la mano de Azriel para examinarla.
—Brillante —dijo Cassian.
Elain volvió a sonreír, agachando la cabeza.
Azriel logró dominarse lo suficiente para decir «gracias». Yo nunca había visto sus ojos de color avellana tan brillantes, los matices de verde entre el castaño y el gris como venas de esmeralda.
—Esto será invalorable.
—Tarado —dijo Cassian, pero volvió a reírse.
Nesta miró cautelosamente desde su silla, con el obsequio de Elain —su único regalo— en su regazo. Su espalda se puso algo rígida. No ante las palabras, sino ante Elain, que se reía con ellos. Con nosotros.
Como si Nesta nos estuviera mirando a través de una clase de ventana.
Como si aún estuviera de pie afuera en el jardín del frente, observándonos.
Me obligué a sonreír, sin embargo. A reír con ellos.
Tuve la sensación de que Cassian hacía lo mismo.
La noche era un manchón de risas y bebida, aun con Nesta sentada casi en silencio a la atestada mesa del comedor.
Solo cuando el reloj dio las dos empezaron a aparecer los bostezos. Amren y Varian fueron los primeros en marcharse, él llevando en sus brazos todos los regalos y ella anidada en el fino abrigo de armiño que él le había dado…
un segundo obsequio después de lo que fuere que había puesto en la cajita.
Acomodada una vez más en la sala, Nesta se puso de pie media hora más tarde. Con tranquilidad, le deseó buenas noches a Elain, dándole un beso en la coronilla, y se dirigió a la puerta del frente.
Cassian, anidado con Mor, Rhys y Azriel en el diván, ni siquiera se movió.
Pero yo sí me moví y me incorporé de la silla para seguir a Nesta hasta la puerta del frente, donde se puso sus abrigos. Esperé hasta que entró en la antecámara y le extendí mi mano.
—Toma.
Nesta se volvió a medias hacia mí, concentrándose rápidamente en lo que yo tenía en la mano.
El pequeño pedazo de papel.
La nota del banquero por su alquiler. Y algo más.
—Lo prometido —le dije.
Durante un momento rogué que no lo aceptara, que me dijera que lo rompiera.