Una corte de hielo y estrellas
Capítulo 17. Feyre
Mor se lanzó sobre el sofá entre Cassian y Azriel. Sus rizos rubios rebotaron.
—Me gustaría que fuéramos solo nosotros, de todas maneras —declaró—, y tú, Varian.
Varian le ofreció una sonrisa que decía que apreciaba el esfuerzo.
El reloj sobre la chimenea dio las ocho. Como si la hubiera llamado a ella, Elain entró en la habitación.
Mor se puso instantáneamente de pie, ofreciendo… insistiendo en servir vino. Típico.
Elain se negó cortésmente, tomando un lugar en una de las sillas de madera colocadas junto al ventanal. También típico.
Pero Feyre estaba mirando el reloj, con el ceño fruncido. Nesta no vendrá .
La invitaste para mañana . Envié una caricia calmante por el vínculo, como si eso pudiera borrar la desilusión que emanaba de ella.
La mano de Feyre se apretó sobre mi hombro.
Levanté mi copa, mientras la habitación se aquietaba.
—Para la familia vieja y nueva. Que comiencen las festividades del Solsticio.
Todos bebimos por eso.
CAPÍTULO
17
Feyre
El resplandor del amanecer que se filtraba a través de nuestras pesadas cortinas de terciopelo me despertó la mañana del Solsticio.
Hice un gesto de disgusto ante esa zona brillante y giré la cabeza lejos de la ventana. Pero mi mejilla chocó con algo crujiente y firme. Definitivamente no era mi almohada.
Desprendiendo la lengua del paladar, frotando el dolor de cabeza que se había formado en mi ceja izquierda gracias a las horas de beber, reír y más beber que habían durado hasta las primeras horas de la mañana, me incorporé lo suficiente para ver qué era lo que habían puesto junto a mi cara.
Un regalo. Envuelto en negro papel de crepe y atado con hilo de plata. Y, junto a él, sonriéndome, estaba Rhys.
Había apoyado la cabeza sobre un puño, sus alas estaban plegadas sobre la cama detrás de él.
—Feliz cumpleaños, querida Feyre.
Gruñí.
—¿Cómo estás sonriendo después de todo ese vino?
—No tomé ni una sola botella, es por eso. —Con un dedo trazó el canal de mi columna vertebral.
Me incorporé sobre mis codos, examinando el regalo que él había dejado ahí. Era rectangular y casi chato… unos cinco centímetros más o menos.
—Esperaba que te hubieras olvidado.
Rhys esbozó una sonrisa de complicidad.
—Por supuesto que sí.
Bostezando, me arrastré hasta quedar arrodillada. Estiré los brazos muy alto sobre la cabeza antes de atraer el regalo hacia mí.
—Creí que íbamos a abrir los regalos esta noche con los demás.
—Es tu cumpleaños —dijo él lentamente—. Las reglas no se aplican a ti.
Ante eso, alcé los ojos al cielo, y sonreí un poco. Aflojando el envoltorio, saqué un asombroso cuaderno encuadernado en negro, de cuero flexible, tan suave que era casi terciopelo. Al frente, estampadas en simples letras plateadas, aparecían mis iniciales.
Abrí la cubierta flexible, pasé las páginas y páginas de bello papel grueso.
Todo en blanco.
—Cuaderno de bocetos —dijo—. Justo para ti.
—Es bello.
Lo era. Simple, aunque hecho exquisitamente. Yo misma lo hubiera elegido para mí, si ese lujo no me hubiera parecido excesivo.
Me agaché para besarlo, un roce de nuestras bocas. Por el rabillo del ojo vi que otra cosa aparecía sobre mi almohada.
Me retiré para ver un segundo regalo a la espera, una gran caja envuelta en papel amatista.
—¿Más?
Rhys hizo un gesto con una mano perezosa, pura arrogancia iliria.
—¿Creíste que un cuaderno de bosquejos bastaría para mi Suprema Dama?
Con el rostro acalorado, abrí el segundo regalo. Una bufanda azul cielo de la lana más suave estaba plegada en su interior.
—Así puedes dejar de robar las de Mor —dijo, con un guiño.
Esbocé una mueca, envolviéndome con la bufanda. Cada pulgada de piel que tocaba se sentía como una decadencia.
—Gracias —dije, acariciando el fino material—. El color es bello.
—Mmmm —otro gesto de su mano, y apareció un tercer regalo.
—Esto se está poniendo excesivo.
Rhys solo arqueó una ceja, y yo lancé una risita cuando abrí el tercer obsequio.
—Una nueva cartera para mis instrumentos de pintura —exhalé, pasando las manos sobre el cuero fino mientras admiraba los diversos bolsillos y correas. Un conjunto de lápices y carbones ya estaban acomodados en su interior. El frente también tenía el monograma de mis iniciales… junto con una diminuta insignia de la Corte de la Noche.
—Gracias —volví a decir.
La sonrisa de Rhysand se hizo más profunda.
—Tuve la sensación de que las joyas no estarían muy altas en tu lista de presentes deseados.
Era cierto. Por bellas que fueran, yo sentía poco interés por ellas. Y ya tenía muchas.
—Esto sería exactamente lo que hubiera pedido.
—Si no hubieras esperado que tu propia pareja olvidara tu cumpleaños.
Bufé.
—Si no hubiera esperado eso.
Lo besé otra vez, y cuando intenté alejarme, él deslizó una mano detrás de mi cabeza y me mantuvo allí.
Me besó profunda, perezosamente… como si estuviera satisfecho a no hacer otra cosa durante todo el día. Yo podría haberlo considerado. Pero conseguí soltarme, y crucé las piernas cuando me acomodé en la cama y alcancé mi nuevo cuaderno de bosquejos y cartera de instrumentos.
—Quiero dibujarte —dije—. Como regalo de cumpleaños para mí .
Su sonrisa era positivamente felina.
Agregué, abriendo mi cuaderno y dedicándome a la primera página:
—Una vez dijiste que un desnudo sería mejor.
Los ojos de Rhys centellearon, y un susurro de su poder a través del cuarto hizo abrir las cortinas, llenando el espacio con el sol de media mañana.
Mostrando cada glorioso centímetro desnudo de él se extendió sobre la cama, y se iluminaron los suaves rojos y dorados de sus alas.
—Haz lo peor que puedas, Rompemaldiciones.
Con mi sangre chisporroteando, extraje un pedazo de carbón y empecé.
Eran casi las once cuando salimos de la habitación. Había llenado páginas y páginas de mi cuaderno con él… dibujos de sus alas, sus ojos, sus tatuajes ilirios. Y suficientes de su bello cuerpo desnudo como para saber que nunca
compartiría el cuaderno con alguien que no fuera él. De hecho, Rhys había canturreado su aprobación cuando había ojeado mi trabajo, sonriendo pícaramente ante la precisión de mis dibujos de ciertas áreas de su cuerpo.
La casa de la ciudad todavía estaba silenciosa cuando bajamos la escalera.
Mi pareja estaba decidida a usar cueros ilirios… por alguna extraña razón.
Si la mañana del Solsticio incluía una de las extenuantes sesiones de entrenamiento de Cassian, con gusto me quedaría atrás y empezaría a comer el banquete que, según podía oler, ya se estaba cocinando en la cocina más allá del vestíbulo.
Al entrar al comedor me encontré el desayuno servido, pero a ninguno de nuestros compañeros presentes. Rhys me condujo a mi lugar usual en la mitad de la mesa, luego se deslizó en la silla que estaba a mi lado.
—Supongo que Mor aún duerme arriba. —Serví una galleta de chocolate en mi plato y luego otra en el de él.
Rhys cortó la tarta de puerro y jamón y me puso una porción en mi plato.
—Ella bebió aun más que tú, así que creo que no la veremos hasta la caída del sol.
Bufé, y extendí mi taza para recibir el té que él me ofrecía, el vapor salía en ondas del pico de la tetera.
De pronto, dos enormes figuras llenaron la arcada del comedor, y Rhys se detuvo. Gran Azriel y Cassian, que se habían deslizado sobre pies suaves como patas de gato, y usaban sus cueros ilirios.
Y por sus muecas idiotas, supe que esto no terminaría bien.
Se movieron antes de que Rhys pudiera hacerlo, y solo una ráfaga de su poder evitó que la tetera se cayera sobre la mesa antes que ellos lo alzaran de su sitio. Se dirigieron directamente a la puerta del frente.
Yo solo mordí mi galleta.
—Por favor, tráiganlo de vuelta entero.
—Lo cuidaremos muy bien —prometió Cassian, con humor perverso en sus ojos.
Incluso Azriel seguía con su mueca mientras dijo:
—Si es que nos puede seguir el paso.
Enarqué una ceja, y justo cuando desaparecían por la puerta del frente, aún arrastrando a Rhys, mi pareja me dijo:
—La tradición.
Como si eso fuera una explicación.
Y después desaparecieron, adonde solo la Madre podría saberlo.
Pero al menos ninguno de los ilirios había recordado mi cumpleaños…
gracias al Caldero.
Entonces, con Mor dormida y Elain probablemente en la cocina ayudando a preparar esa deliciosa comida cuyo aroma ahora llenaba la casa, me permití una rara comida tranquila. Me serví la galleta que había puesto en el plato de Rhys junto con su porción de tarta. Y después otra más.
La tradición, por cierto.
Con poco que hacer más allá de descansar hasta que empezaran las festividades antes de la caída del sol, me acomodé en el escritorio de nuestro dormitorio para hacer un poco de papeleo.
Muy festivo, ronroneó Rhys a través del vínculo.
Prácticamente podía ver su sonrisa burlona.
¿Y exactamente dónde estás?
No te preocupes por eso .
Fruncí el ceño al ojo de mi palma, aunque sabía que Rhys ya no lo usaba.
Eso sonaba a que yo debería estar preocupada .
Una oscura carcajada.
Cassian dice que puedes aporrearlo cuando volvamos a casa .
¿Qué sería cuándo?
Una pausa demasiado larga. ¿Antes de la comida?
Solté una risita. Realmente no quiero saberlo, ¿verdad?
Realmente no .
Todavía sonriendo, dejé que cayera el hilo entre nosotros, y suspiré frente a los papeles. Cuentas y cartas y presupuestos…
Enarqué una ceja ante estos últimos, levantando un tomo encuadernado en cuero. Una lista de gastos de la casa… solo de Rhys y yo. Una gota de agua comparada con la riqueza contenida entre sus diversos recursos. Nuestros recursos. Saqué una hoja de papel, empecé a contar los gastos hasta ahora, avanzando a través de un laberinto matemático.
El dinero estaba allí… si yo quería usarlo. Para comprar ese estudio. Había dinero para hacerlo con los fondos destinados a «compras misceláneas».
Sí, podía comprar ese estudio en un solo latido con la fortuna que ahora estaba a mi nombre.
Pero usar ese dinero tan dispendiosamente, aun para un estudio que no sería solamente para mí…
Cerré el libro, deslizando mis cálculos entre sus páginas, y me incorporé. El papeleo podía esperar. Esas decisiones podían esperar. El Solsticio, me había dicho Rhys, era para la familia. Y como en este momento él lo estaba pasando con sus hermanos, supuse que yo debía encontrar al menos a una de mis hermanas.
Elain me cruzó a mitad de camino hacia la cocina. Llevaba una bandeja de tartas de mermelada hacia la mesa del comedor, donde una variedad de cosas horneadas ya había empezado a tomar forma, como tortas en capas y galletas heladas. Panecillos azucarados y pasteles de fruta mojados con caramelo.
—Se ven bonitos —le dije como saludo, indicando con la cabeza las galletas con forma de corazón que tenía en su bandeja. Todo se veía bonito.
Elain sonrió, su trenza se balanceaba con cada paso hacia el creciente montículo de comida.
—Saben tan bien como se ven.
Dejó la bandeja y se frotó las manos llenas de harina en el delantal que llevaba puesto sobre su vestido rosa desteñido. Aun en mitad del invierno era un florecer de color y luz solar.
Me entregó una de las tartas, donde brillaba el azúcar. La mordí sin vacilar y solté un zumbido de placer. Elain sonrió abiertamente.
Observé la comida que estaba disponiendo y le pregunté entre bocados:
—¿Cuánto has estado trabajando en esto?
Medio encogimiento de hombros.
—Desde el alba —y agregó—: Nuala y Cerridwen se levantaron horas antes.
Había visto el bono del Solsticio que Rhys le había dado a cada una de ellas. Era más de lo que muchas familias ganaban en un año. Merecían cada condenado marco de cobre.
Especialmente por lo que habían hecho por mi hermana. El compañerismo, la determinación, el pequeño sentido de normalidad dentro de esa cocina.
Ella les había comprado esas abrigadas y peludas mantas a la tejedora, una rosa frambuesa y la otra lila.