Ventoux
Capítulo 8
E n Zutphen, cuando andas desde la calle Groenmarkt a la Marspoortstraat, después de unos doscientos metros, llegas al río. En invierno, las aguas inundan las tierras de la otra ribera, y a veces hasta se hielan, pudiéndose entonces patinar allí.
Una cálida tarde de julio de 1980, David, André y yo estábamos sentados sobre un murete, del lado de la ciudad, mirando hacia el agua. Joost no estaba, porque se había ido a un campamento de verano para jóvenes astrónomos en
Drenthe[17].
Seguíamos con la mirada los barcos que pasaban navegando. André estaba pendiente por si veía alguna mujer guapa al mando de un timón. Nos contaba una serie de televisión sobre una misteriosa gitana que llegaba con su barco a un pequeño pueblo junto al río. Allí había iniciado a un joven en los secretos del amor. «Podría pasar también aquí», decía. «Cualquier día de estos, amarra aquí. Y aquí estaré yo, el primero».
Le pregunté qué quería decir eso de iniciar en los secretos del amor.
—Follar por primera vez.
—Ya, eso lo entiendo. ¿Pero qué tiene eso de secreto?
—Eso es secreto.
David lanzaba piedrecitas al agua. Yo acababa de leer, para mis exámenes finales, el libro de cuentos de Biesheuvel In de bovenkooi, y me imaginaba que se acercaba una motocicleta, muy deprisa, desde la dirección de Kampen,
sobre el agua y bajo el viejo puente de acero, de camino al Rin[18].
—¡Qué ridículo! —dijo André—. Ese hombre está loco[19].
Saltó del murete para irse a casa. En ese instante, David señaló aguas abajo:
—¡No te lo pierdas! —exclamó David.
Vimos una gran caja de zapatos negra que venía hacia nosotros. El mamotreto se elevaba como una torre sobre el agua, e iba impelido por un pequeño barco con una chimenea alta de la que salían nubecitas de humo. Parecía un perrito ladrador husmeando con su hocico a un dóberman negro.
André se puso de pie y empezó a saludar con las manos. Lentamente, el remolcador de empuje siguió surcando las aguas con su pesada carga y modificó su rumbo hacia el muelle. Pudimos ver a un hombre bajito, con un gran bigote, detrás del timón. De repente, se abrió una trampilla de la cubierta plana de la caja negra, y apareció un chico de rizos rubios. Se quedó parado sobre la cubierta, como un mariscal de campo que sigue el desarrollo de la batalla desde lo alto de una colina. Levantó la mano hacia nosotros. O tal vez fuese simplemente una señal para el hombre del remolcador. Este nos apuntó con el dedo.
—¡Ah del barco! ¡Mantén el rumbo! —gritó André.
El chico y el hombre no reaccionaron. Todavía tuvieron que pasar quince minutos hasta que el capitán hubo conseguido, con sus maniobras, alcanzar el muelle.
—¡Eh, vosotros! —llamó en nuestra dirección—. ¿N-n-nos ayudáis un momento?
Corrimos hacia el muelle. El chico seguía en cubierta. El capitán, que llevaba un jersey todo lleno de manchas de aceite, había escalado desde el remolcador hasta la regala de la caja negra y lanzaba un grueso cabo hacia el muelle. André, que había estado en un campamento de vela, agarró la cuerda y la enrolló en el noray.
—C-c-cuidado con los d-d-dedos —avisó el capitán.
Entretanto, se había ido a la parte trasera y había saltado con un segundo cabo al muelle. En cuanto hubo asegurado este, se dirigió hacia nosotros.
—G-g-gracias, chicos. Me llamo W-w-willem Seegers. Y allí, en la cubierta, está m-m-mi hijo Peter.
—Hola —dijo Peter.
El remolcador de empuje siguió un rato echando una nubecita de humo de vez en cuando, como si tuviera que jadear después del esfuerzo. El capitán Seegers verificó las amarras.
—Si no lo hago, mañana me toca ir a buscarlo a K-k-kampen. Y acabamos de v-v-venir de allí. Y allí no les gusta mucho nuestro tipo de b-b-barco.
Mostró un par de manchas en el lateral del barco.
—¿Comprendéis lo que quiero d-d-decir?
—Huevos y pintura —gritó Peter desde la cubierta.
El capitán Willem estalló en una risa sonora. Le dio a una manivela, para hacer descender una pasarela, colgada en vertical contra el barco. Luego fue a abrir la puerta que se escondía detrás de la pasarela. Una mujer de unos cuarenta años, calzada con tacones altos, descendió por la pasarela hasta el muelle. Llevaba gafas de sol. Willem desapareció por la puerta en el interior del barco.
André me dio un codazo y se rio por lo bajo:
—Ya te gustaría tener una así.
La mujer miraba a su alrededor como si acabase de poner pie a tierra en una isla habitada por salvajes. Me fijé en que el pequeño remolcador de empuje se llamaba Little Red Rooster, y en que la gran caja negra no tenía nombre. Mientras tanto, en el muelle habían aparecido más personas.
Nadie decía nada. Todos esperaban explicaciones de alguno de los tres navegantes. El capitán Willem Seegers volvió a aparecer en escena. Se había cambiado de ropa, y ahora parecía el camarero de un restaurante elegante. Llevaba una pajarita igual que la de Karel Giesma. Fijó un cartel al lado de la puerta, en el que se podía leer: SWEET LADY JANE. Y, debajo: LA SAUNA FLOTANTE, con el horario de apertura.
—B-b-b-bueno —dijo el capitán Willem—. E-e-este ya está colgado.
Peter desapareció en el interior, por la trampilla.
Un rato después nos encontrábamos en el bar del Sweet Lady Jane. Del lado del agua sí había ventanas. Delante de estas colgaban unas cortinas rosas, a través de las cuales se distinguían vagamente los contornos de la otra ribera. El suelo estaba cubierto con una suave moqueta rosa y había unos cómodos sofás alrededor de unas mesitas doradas. El capitán Willem señaló hacia la mujer que estaba detrás de la barra:
—Madame Olga —indicó.
La mujer no se había quitado las gafas de sol, y nos saludó con un movimiento de cabeza casi imperceptible.
—Mi madre —dijo Peter.
—¿Qué quieren beber los s-s-señores?
—Póngame una cervecita, capitán —contestó André.
—Para nosotros también, otra cervecita —dije yo, señalando a David.
No estábamos a gusto. Madame Olga había ocupado su lugar detrás de la barra y abrió la nevera.
—Tal vez estaréis p-p-pensando: «¡Qué b-b-barco más raro!» —comentó el capitán Willem, para romper el silencio—. Bueno, las ch-ch-chicas llegarán m-m-mañana.
Peter sonrió. Tenía más o menos nuestra edad.
—Nos quedaremos amarrados aquí una semana —dijo—. Por la publicidad. Generalmente, después de dos o tres días aparecemos en el periódico. Entonces ya sabe todo el mundo que estamos aquí, y después nos vamos a algún lugar donde el ayuntamiento nos deje amarrar. Y luego vienen los hombres.
—¿Los hombres? —preguntó David—. Tu padre acaba de decir «las mujeres».
—Sí. Al burdel.
El padre de Peter asentía con la cabeza:
—Peter tiene un pico de oro. No sé de quién lo ha s-s-sacado. Pero no de m-m-mí, en cualquier caso.
—Así que no es una sauna —concluí yo.
André me echó una mirada llena de reproches.
—Un tipo de sauna —contestó Peter—. Tenemos un sudadero y un baño turco.
—Es una sauna de follar —pronunció André, como si esta fuese una categoría de sauna de conocimiento público y general.
La madre de Peter lo miró enfadada y puso tres botellas de cerveza y tres vasos en la barra. Entonces dijo algo, por primera vez, en un idioma que no entendíamos.
—Es ruso —nos informó Peter—. Dice que es la primera y la última vez que os ve aquí, porque la Sweet Lady Jane es solo para hombres mayores de veintiún años.
—¡Qué pena! —dijo André.
Peter nos contó que iba a ir a la escuela en Zutphen. En Kampen había hecho el cuarto curso de secundaria.
—¡Qué bien! —contestó David—. Pues estarás en nuestra clase, si vas al Baudartius.
—Por supuesto que no —declaró André—. Ese instituto es cristiano.
Madame Olga asintió con la cabeza.
—Tenemos un amigo más —dijo David, después de haberle explicado a Peter dónde estaba nuestro instituto—. Se llama Joost. No está ahora con nosotros porque está en un campamento, tumbado en un brezal mirando las estrellas. Su padre es médico.
—¡Un m-m-médico! —exclamó el capitán Willem—. Eso es lo que n-n-necesitamos aquí, para las chicas.
Le dijo algo en ruso a su mujer, que volvió a asentir con la cabeza.
David cogió un bolígrafo de la barra y escribió algo sobre un posavasos:
—Tal vez será mejor que llame usted mismo. Este es el número.
El capitán Willem asintió:
—Si me excusáis, t-t-tengo que seguir trabajando, porque mañana t-t-tiene que estar todo listo. Peter se puede quedar un rato más con v-v-vosotros. Es poeta. Estoy muy orgulloso de él—. Esto último le salió todo de corrido, sin tartamudear.
Por primera vez, Peter parecía sentirse un poco incómodo.
—Le d-d-da un poco de vergüenza, pero eso es una t-t-tontería. Sus poemas son p-p-preciosos.
Miramos todos a Peter.
—Es verdad —dijo él.
Peter daba cierta sensación de serenidad. No parecía estar muy en su lugar en un barco prostíbulo, lo que, por otra parte, se podía aplicar también a su padre y a su madre. Estos tenían más bien aspecto de una pareja extravagante, propietaria de una galería especializada en arte ruso.
Cuando nos terminamos las cervezas, madame Olga le hizo una señal con la cabeza a Peter. Este le contestó asintiendo. A bordo del Sweet Lady Jane, la comunicación se producía a menudo con breves movimientos de cabeza.
Subimos a la cubierta.
—Así que mañana llegan las putas —dijo André.
—Las chicas —dijo Peter—. Nunca las llamamos putas. A mi padre le parece que no suena agradable.
—¿Y cuántas hay?
—Cuatro.
—¿Son bonitas?
—Claro, si no, no vendrían clientes.
André estuvo meditando un rato:
—¿Y tú tienes derecho a servicios gratis?
Peter se quedó mirándolo, y después se echó a reír. Primero con una especie de hipo breve, que se transformó en unos sonidos más agudos para terminar en unas sacudidas regulares, como si tuviese convulsiones.
—Perdón —dijo Peter, cuando se hubo recuperado un poco de la sorpresa —. Pero me parece una pregunta muy divertida. No, por supuesto que no tengo derecho a servicios gratis.
Parecía que iba a volver a sufrir un furibundo ataque de risa.
—¿Por qué te resulta tan gracioso? A mí no me parece tan raro. Si tu padre tiene un garaje, ¿acaso no te permite conducir los coches?
—Ven algún día cuando estemos amarrados en nuestro lugar definitivo. Si te metes en el armario ropero de mi cuarto con un vaso contra la pared, puedes oír los ruidos del camarote 3. Es divertido.
—Vale —contestó André—. Divertido. Te tomo la palabra.
Peter volvió a bajar, y lo seguimos.
—Divertido —repitió André, una vez más.
En el bar, madame Olga limpiaba las mesitas doradas, hasta hacerlas relucir. Le dijo algo a Peter.
—Me dice que os pregunte si puedo ser vuestro amigo —tradujo Peter, con un tono como si la pregunta, además de muy normal, fuese también completamente superflua.
—Claro que sí —contestó David.
André y yo mostramos nuestro acuerdo en que sí, que por supuesto podía ser nuestro amigo. Peter volvió a hacerle un gesto con la cabeza a su madre. Esta, a su vez, hizo otro gesto al capitán Willem, que estaba subido a una escalerilla, cambiando una bombilla sobre una chaise longue.
—Eso m-m-me alegra mucho. La amistad es lo más bonito que existe.
Una semana después, Peter apareció en nuestra clase. Era tímido y tranquilo, pero tenía también una conciencia de sí mismo que difícilmente podría esperarse en un chico de dieciséis años. Llamaba la atención que se relacionaba con la misma facilidad con las chicas que con los chicos de nuestra clase. Las chicas se comportaban con él como si hiciese años que lo conocían. Peter era el líder natural que no tiene que hacer nada para hacerse con el liderazgo y conservarlo.
Y, además, escribía poesía. A nosotros, sus poemas nos parecían extraños. Estaban llenos de asociaciones y de saltos en el hilo del pensamiento. A veces no tenían más que cuatro versos, otras veces cien o más. En la librería de su habitación tenía también, junto a decenas de vídeos, todo un estante con tomos de poesía. Era capaz de recitar poemas de memoria, incluso algunos muy largos. Cuando declamaba, sentías como si desapareciera en otro mundo; parecía estar poseído por las palabras y las imágenes. A veces, percibía en sus ojos una mirada que me inspiraba temor.
Una amistad sólida es un arcoíris. El espíritu racional de Joost, el emocional de André, el romántico de Peter, y el estoico de David, todo cuadraba. Resulta siempre difícil analizarte a ti mismo, pero pienso que yo tenía un poco de cada cosa. Puede parecer una falta de personalidad, pero también la fuerza que mantiene cohesionado un ego modesto. Si ellos formaban los diferentes colores, yo era el prisma inverso que fusionaba los haces de luz.
Peter dejó las relaciones públicas de su poesía en nuestras manos, y en las de su padre. Este le había pedido a Hein Broekhuis, de la revista de moda Modern, que caligrafiase los poemas de Peter en papel fabricado a mano. La caligrafía era el pasatiempo preferido de Hein, y el padre de Peter le pagó en especie. El capitán Willem colocó los poemas caligrafiados en unos preciosos marcos, y los colgó en las paredes del Sweet Lady Jane.
Él mismo era humilde con respecto de sus poemas. Cuando recibió una carta en la que se le comunicaba que le iban a publicar algunos trabajos en
Maatstaf[20], nos la dejó leer sin decir nada.
—¡Enhorabuena! —exclamó Joost—. Te estás haciendo famoso, tío.
—Yo quiero un ejemplar firmado —dijo André—. En unos años valdrá una fortuna.
—Se trata solo de una revista, no de un poemario —le rectificó Peter—. Ese ya llegará más adelante.
Estábamos orgullosos de que alguien con ese talento tan grande para la poesía quisiera ser nuestro amigo, a pesar de que no fuéramos capaces de valorar dicho talento.
—Ese chico que ves allí es Peter Seegers —le dijo Joost a un cliente de dos metros, con un aro en la oreja, una noche en la discoteca Talk of the Town, señalando hacia donde se encontraba él—. Ya sabes, del Sweet Lady Jane. Es poeta. El crítico y poeta más importante del país, Gerrit Komrij, ha dicho de él que tiene mucho talento.
Joost había bebido demasiado.
—¿Quién?
—¡Gerrit Komrij! Por Dios, hombre. ¿No sabes quién es Gerrit Komrij? Procede también de esta región. Y si él dice que tienes mucho talento, es que lo tienes. Asúmelo.
El chico le echó una mirada desdeñosa:
—¡Vete a paseo con tu poetastro! —Se levantó y apartó a Joost de un empujón—. ¡Putero!
—¡Paletos! —imprecó Joost cuando volvió con una bandeja llena de cervezas—. No tienen ni idea de arte.