Ventoux

Bert Wagendorp · Capítulo 18 de 37

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Ventoux

Capítulo 16

 

M e fui en bicicleta al Sweet Lady Jane. Los jueves, el burdel flotante permanecía cerrado. Estaba amarrado fuera de la ciudad. En un lugar al que la clientela podía llegar con facilidad, pero que ofrecía suficiente privacidad.

—Hola Bart —dijo Peter desde la cubierta, cuando hube apoyado la bicicleta contra un sauce próximo.

—Escucha.

Hacía poco que tenía una guitarra. Hizo sonar un par de acordes confusos y se puso a cantar, o más bien a gritar:

—And the torture never stops, the torture never stops! Torture, the torture never stops, the torture never stops!

Se había entusiasmado últimamente con Frank Zappa, al contrario que los demás. Me metí los índices en los oídos.

—¡Para ya! —le ordené—. ¡Me cago en Frank Zappa!

Dejó la guitarra, sonriendo, se levantó y desapareció por la escotilla para abrir la puerta principal.

Peter estaba solo en casa. Sirvió dos enormes vasos de refresco de cola, les añadió un par de cubitos de hielo y volvió a salir a la cubierta, delante de mí. Se podían ver los contornos de Zutphen, y, en el río, la luz primaveral transformaba el agua en cristal líquido.

—Mi padre y mi madre van a dejar el negocio. Por lo de mi madre. Ya no quiere seguir siendo una madame. Dice que le dan asco los hombres que pasan por aquí. ¿Sabes quién viene con cierta regularidad?

—¿Quién?

—El viejo de Laura.

—¿Lo sabe ella?

—No, claro que no. Y tampoco tiene por qué saberlo.

—No.

—Y ahora mi padre y mi madre están en Ámsterdam, porque allí hay alguien que está dispuesto a comprar la empresa y el barco.

—¿Y qué harán luego?

—No tengo ni idea. Pero se las arreglarán.

Nos callamos los dos. No sabía exactamente cómo empezar.

—¿Sabías que Laura ha estado besándose con Joost? —solté de pronto—. ¿Y con André?

Peter me miró, y yo intenté leer en sus ojos qué pensaba, pero eso era complicado con él. En primer lugar, porque llevaba gafas de sol, y, en segundo lugar, porque sabía ocultar bien lo que le pasaba por la mente; algo que había aprendido, sin duda, de las chicas de los camarotes.

—¿Qué es el amor? —preguntó después de dos minutos de silencio.

Lo miré intensamente. ¿Qué pregunta era esa?

—Pues querer a alguien.

—¿Y eso qué es?

—No tengo ni idea.

—El amor y querer a alguien, ¿tienen que ver con besarse? ¿O con follar? Por cierto, ¿también han follado con ella?

—¿Tú que crees?

—Yo creo que no.

—Es cierto.

No noté ninguna reacción en él.

—¿Y?

—¿Qué?

—Que si el amor y querer a alguien tienen que ver con besar y follar, pregunto.

—Creo que sí.

—Yo creo que no.

—¿No?

—El amor tiene que ver con el poder. Con la dominación —dijo, de manera provocativa.

—¡Ah!

—Y el sexo no es nada más que química, hormonas. Es bueno para que haya descendencia, y es bueno para mi padre.

Decidí preguntárselo sin rodeos:

—Así que no estás enamorado de Laura y no quieres acostarte con ella.

—Yo no he dicho eso de que no estoy enamorado de Laura.

Se quedó escrutándome, y yo tenía el sentimiento de que estaba jugando conmigo, y de que me estaba ganando. Como si estuviésemos en una partida de ajedrez, y él pensara con dos movimientos de ventaja sobre mí.

—¿Y te quieres acostar con ella, a pesar de las hormonas? No suena muy excitante, hormonas.

—La recompensa es el placer —contestó Peter—. Yo no soy más que una persona.

A Laura le parecía que se comportaba de manera extraña. ¿Qué quería decir con eso? No sabía cómo preguntárselo y no quería que Peter supiera lo que ella le había contado a André.

—¿Cómo va vuestra relación? —pregunté.

Me miró fijamente a los ojos, sin emoción alguna, como si le hubiese preguntado algo muy indebido.

—¿Y eso?

—Por saber, solo por curiosidad.

—¿Te ha hablado de mí, de nosotros?

—No.

—Pues no des la lata. Las mujeres pueden llegar a ser buenas amigas de un hombre, pero, para que sigan siendo amigas, ayuda que haya una ligera repulsión física.

No le entendí.

—Nietzsche.

—And now for something completely different —dijo. Se sabía de memoria trozos enteros de los Monty Python—. ¿Estás pensando en ir con Joost a escalar montañas, con la bicicleta de carreras?

—Sí, eso estamos pensando. Por lo menos, eso está pensando Joost, y yo lo acompaño. ¿Te apetece a ti también?

—Sí —respondió, para mi sorpresa—. Cada vez que voy a una lectura de mis poemas, me viene alguien con la historia de Petrarca y su Laura, y es lógico, claro, porque es tan obvio, por la estúpida casualidad de nuestros nombres. Y luego se ponen a hablar del Mont Ventoux.

—Ah ¿sí?

—Así que pensé que tal vez podría subirla con vosotros, la montaña esa.

—¿Así, sin entrenar ni nada? ¡Nunca lo conseguirás!

—Claro que sí. Escucha —Se puso de pie y empezó a declamar—. Poesía es atacar el Ventoso, donde Tommy Simpson perdió la vida. Un trágico destino en la subida, aguardábale al campeón glorioso.

—Es bonito. ¿Una nueva obra?

—Calla, que no he terminado —Retomó su pose y continuó—. Muchos cayeron en este coloso: ya no pasa por aquí la partida. Huele a pineda seca y al Gel Lida, que tanto precisas en el reposo.

Me eché a reír y quise añadir unos aplausos.

—¡Espera! ¿No te has dado cuenta todavía de que es un soneto? Faltan seis versos —y continúo—. Todo en el mundo resulta extenuante; más aún del Mont Ventoux la escalada: meditarlo antes bien es mandamiento. A pesar del bochorno sofocante, alcanzo yo la cúspide pelada: vanidad es, y perseguir el viento.

—Brillante —le dije—. Una poesía sobre el ciclismo. No es algo que se oiga a menudo. ¿Pero de dónde has sacado algo así?

—No es mío. ¿Conoces a Jan Kal[30]?

—No, no he oído nunca…

—Hace poco me encontré con él. Un tipo agradable, con el pelo largo. Y me contó que había escalado en bicicleta el Mont Ventoux, y que el poema este ya lo tenía en la cabeza cuando llegó a la cima. Tenía, además, una frecuencia cardíaca de más de 200, porque no estaba entrenado y fuma como una chimenea. Así que su escalada no podía durar mucho más, porque no habría sobrevivido.

—Y no tendríamos ese poema.

—No. Pero por eso pensé yo: lo que Jan Kal pueda hacer, también lo puedo hacer yo. Tal vez también tenga un poema listo cuando llegue arriba. Así, si estoy leyendo mis poemas y aparece alguien que se pone a hablar otra vez de Petrarca y la montaña pelada, podré mandar callar a todo el mundo y declamar mi poema sobre mi escalada.

—¿Tienes bicicleta?

—Me pregunto si le podré pedir prestada su Raleigh al padre de André. Una Raleigh, tío. Con eso no tienes ni que pedalear. Si me decís cuándo vais a escalar la montaña, yo me ocupo de estar también allí ese día.

—Joost quiere entrenar primero en los Vosgos y en los Alpes. Quiere subir el Galibier. Tal vez deberías venir con nosotros.

—No me interesa nada el Galibier. Se trata del Ventoux. Iré en tren, después de vosotros.

Oímos llegar el Chevrolet Impala. Peter se puso en pie, con las manos en jarras. El capitán Willem aparcó el coche en una de las plazas que había delante del barco y salió. Del otro lado, hizo lo mismo madame Olga.

—¿Cómo ha ido? —gritó Peter.

—¡Vendido!

La madre de Peter dijo algo en ruso.

—¿Qué dice?

—Dice que por fin se va a convertir en una mujer decente —contestó Peter.

Abajo, el capitán Willem rodeó con un brazo a madame Olga y la llevó hacia la pasarela. Evidentemente, tenía problemas de vista.

—Por cierto —me dijo Peter—, le voy a preguntar a Laura si viene también con nosotros.