Ventoux
Capítulo 21
T omé la avenida Barral des Beaux y giré a la derecha para meterme en el aparcamiento. Cuando abrí la portezuela, penetró en el coche una ola del bochornoso calor de la Provenza. Lo primero que vi fue un cartel, en la pared de una casa al final del aparcamiento, en el que ponía: CAMPING LA GARENNE. Todavía existía.
Me agarré al borde del techo, salí al sesgo y estiré las piernas. Lo vi, y él me miró desde su altura; no estaba separado de mí más que diez kilómetros a vista de pájaro, veintiuno en bicicleta: el pico del Mont Ventoux.
Después de cerrar el coche crucé la carretera. Joost estaba sentado bajo el toldo rojo del Bar Restaurante del Observatorio, de espaldas a mí, como si esperara que yo apareciese del otro lado, de la dirección del Ventoux. Tenía el móvil pegado a la oreja y hablaba, excitado, apuntalando sus palabras con gestos violentos.
No paraban de pasar hombres en bicicleta, algunos en dirección a la montaña, para una escalada en las horas vespertinas, otros en dirección contraria, tras un rápido descenso. En los treinta años que habían transcurrido, Bédoin se había convertido en un lugar de peregrinaje para ciclistas.
Me acerqué, saqué una silla de debajo de la mesa, miré a Joost y pedí una cerveza.
—¿Para ti también, Joost? —le pregunté, con la vista fija en el camarero.
Esperaba que se sorprendiera, pero no fue así. Joost me hizo un gesto, significando que debía tener paciencia.
—Bueno —dijo entonces—, tengo que colgar, que acabo de encontrarme con un conocido en la terraza. No, no es por casualidad. Habíamos quedado. Solo que ha llegado una hora antes de lo previsto. Mantenme informado. Pero no demasiado a menudo, que me cabreo.
Dejó el iPhone y me echó una mirada neutra.
—Mi abogado —explicó, señalando al aparato.
Llevaba una camisa azul claro, un pantalón corto y sandalias de dedo. El camarero puso un vaso de cerveza delante de mí. Joost señaló el vaso: a él también le apetecía otra.
Tomé un sorbo.
—¡Bienvenido a Bédoin! —exclamó Joost, como si del presidente del comité de recepción se tratara—. Bédoin, lugar de sueños e ilusiones, de sangre, sudor y lágrimas. Bédoin, donde Tommy Simpson vio por última vez la civilización, y para ser precisos, en esta misma terraza, antes de iniciar la escalada al Mont Ventoux y morir sin remedio.
Aparentemente, le seguía pareciendo una buena historia.
—¿Quién?
—Tom Simpson, campeón del mundo. Acabo de verificar si en este bar se hace referencia de alguna manera a los dramáticos acontecimientos, pero, desgraciadamente, resulta que no. El Bar del Observatorio ha caído en manos de una pareja de bárbaros para quienes es más importante tener sobre la barra una bufanda del Olympique de Marsella que un retrato del gran héroe del ciclismo fallecido. ¡Una verdadera ofensa a la cultura del ciclismo!
—Desde luego.
—Y una tontería desde el punto de vista comercial.
—¿Cómo estaba hace treinta años?
—Ya no me acuerdo. ¡Bartje, hace treinta años! ¡Treinta años! Ronald Reagan gobernaba todavía los Estados Unidos, el Muro seguía firmemente en pie y éramos jóvenes. La señora esa de aquella mesa todavía era virgen.
—Tal vez lo sigue siendo.
—Teníamos dieciocho años. Dieciocho años. ¿Qué es eso? ¿La edad más bonita de la vida? ¿La más trágica?
El camarero le puso delante el vaso de cerveza.
—Salud. Esto es terreno sagrado, Bartje. Aquí aprendimos lo que es la vida. El amor y la muerte. Tú el amor, nosotros la muerte. Y ahora estamos otra vez aquí, vete tú a saber por qué. El reclamo de la sirena, podríamos decir.
—Algo así, Tuur.
Me cogió la mano, y murmuró:
—¿Has tenido buen viaje?
—Muy bueno. He venido hasta aquí del tirón. Me sentía de nuevo como cuando tenía treinta años y era periodista de ciclismo. ¿Y tú?
—Esta mañana aterricé en el aeropuerto de Aviñón. Mi maleta tardó un rato en salir del avión, pero después alquilé un coche y vine aquí. A la una estaba este chico sentado en la terraza con su primer pastis en treinta años. ¡Me cago en Dios, qué bueno está!
—¿Qué quería tu abogado?
—Ese hombre vela por mi reputación y mi buen nombre. ¿No te había contado ya que están tratando de ensuciarlo con mucho empeño? Por supuesto, no voy a dejar que lo hagan, sin más. Así que he contratado a un sabueso. Me cuesta un riñón, pero si es bueno proporcionará sus frutos.
Hizo un amplio movimiento con un brazo.
—El paraíso, Bartje. ¿Hueles la lavanda? ¿Sientes cómo el aire cálido del mistral entibia tu viejo cuerpo? Acabo de decidir que me quedo aquí. La intención no fue nunca que nos estableciéramos en las regiones septentrionales. Hace demasiado frío y viento. Este es nuestro hábitat natural.
—Pues quédate aquí, tan a gusto, pensando sobre la teoría de cuerdas. ¿Qué más da? El cerebro funciona mucho mejor con temperaturas elevadas.
—Eso es exactamente. Ya nada importa nada —dijo señalando hacia el vaso de cerveza Leffe—. Ahora tienen Leffe en cualquier sitio. Hace treinta años tenías que ser muy hábil para encontrar una cerveza. Y no te digo ya una belga. Ahora todo es igual en todas partes. Está bien, y al mismo tiempo es muy triste, pero bueno, ¿qué se va a hacer?
Le pregunté si había tenido algún contacto más con André y con David. David venía en el coche con André, después de haber dejado a Ludmilla en casa de una amiga en París. Joost miró el reloj.
—En media hora estarán aquí —declaró, como si estuviese en contacto directo con el TomTom de André.
Exactamente treinta minutos más tarde, André subió dos ruedas de su BMW en la acera, justo delante de la terraza, y dio un bocinazo. No lo podíamos ver, por los vidrios tintados, pero él a nosotros, evidentemente, sí. Llevaba tres bicicletas en un portabicicletas. Se abrió la portezuela derecha. David bajó del coche, estiró la espalda, se pasó una mano por el pelo y miró hacia nuestro lado. Parecía envarado en un traje de lino blanco, con zapatos de cuero blancos impolutos. Abrió la portezuela trasera y sacó un sombrero de paja del asiento. Cuando se lo hubo puesto, y después de haber limpiado sus clásicas Ray-Ban Wayfarer, se dirigió hacia nosotros.
Toda la terraza miraba al hombre negro y su entrada imponente: seguía teniendo las caderas igual de ágiles, incluso después de novecientos cincuenta kilómetros sentado en el coche y treinta años en la agencia de viajes.
—Señores, aquí estamos.
David sacudió la mano de Joost, y luego la mía. Después arrimó una silla, limpió el asiento con un pañuelo y se sentó.
—Mira que es siempre un camino pesado —comentó, como si condujese todos los fines de semana de Zutphen a Bédoin. Se frotó la frente con el mismo pañuelo. El camarero apuntó dos cervezas y un vino blanco—. André se está cambiando. Y terminando de maquillarse.
Una sonrisa misteriosa asomó a sus labios.
André salió del coche un momento después, dejando la portezuela abierta. Llevaba un sombrero pequeño, gafas negras, un traje oscuro con una camisa blanca y una corbata corta y negra.
—One two, one two three four —exclamó.
E inmediatamente empezó a sonar el pompom-pompom- pompom introductorio y los solos de viento desgarradores de Everybody Needs Somebody To Love. Los Blues Brothers habían llegado a Bédoin, aunque esta vez en una actuación en solitario. Se veía que André había estado ensayando, era como si John Belushi hubiese resucitado después de treinta años. Incluso había conseguido en algún lugar un viejo micrófono. En la acera, la gente seguía mirando, y todo el mundo empezó a cantar y a dar palmas.
Cuando terminó el número, André puso una rodilla en el suelo, levantando un aplauso del público. Joost silbaba con ayuda de los dedos. André se levantó, se inclinó de nuevo, cerró descuidadamente la portezuela del coche con el tacón del zapato y vino hacia nosotros.
—Puf, qué calor da este traje —dijo, abanicándose con las manos.
Nos abrazó a Joost y a mí.
—Muy bien, Dré —le felicitó Joost, señalando hacia el lugar donde había actuado.
—Pensé: voy a darle enseguida la ambientación musical. Cuando David, Laura y yo condujimos en aquellas épocas hasta aquí, David se había traído una cinta de casete. En la que estaba esa canción. Justo después de pasar Lyon, me harté de ella y la tiré por la ventana. Esto ha sido una especie de compensación.
—También estaba Sweet Home Alabama—apuntó David—. De esos paletos de Lynyrd Skynyrd. No me malinterpretéis, eran una banda estupenda. ¡Pena de cinta!
—Bueno chicos, estupendo —dijo André—. Al principio tenía alguna objeción, pero ahora me parece estupendo estar aquí. ¿Dónde está la chica? De hecho, había preparado ese número especialmente para ella. ¿Bart?
—Laura no sabía exactamente cuándo iba a llegar. Tiene un programa muy denso en Aviñón. Pero vendrá. Nos lo hará saber lo antes posible.
—¡Más le vale! Fue idea suya.
—Eso pasa siempre con las mujeres, Dré —le contestó Joost—. Te atraen con palabras de amor a algún lugar y cuando llegas, te dejan con un palmo de narices. Así mantienen ellas la iniciativa. Y siempre caemos. ¡Vamos a beber!
—Yo agua mineral. Estoy justo en mi peso y así debo mantenerme.
—¡Por Dios, Dré! El Belushi ese tampoco bebía agua.
—Por eso lleva treinta años muerto.
Le pregunté que por qué traía tres bicicletas.
—Esa es de David —dijo André—. La Pegoretti es para entrenar. Pero el gran día escalaré el Ventoux en la Raleigh. Mi viejo se va a quedar pasmado. La bicicleta es lo único que he heredado de él y la escalada la haré por él. Con él, debería decir.
—Espero que hayas verificado los frenos —dijo Joost—. Y las cubiertas.
—Todo bajo control —contestó André, mirando a Joost con irritación—. Peter irá conmigo, delante, sentado en la barra, y el viejo Gerrit detrás. Él no ha estado nunca allá arriba. Va a ser un ascenso duro. Pero, de todos modos, te dejaré descolgado, a mucha distancia.
—¿Has instalado un triple plato?
—Eso es de maricas, Bartje. Yo cuento solo con el pequeño.
David miraba con cara de preocupación al Mont Ventoux, que se arrellanaba como un gato con babero blanco al sol de la tarde.
—Esa cosa es demasiado alta —comentó—. Yo creo que es incluso más alta que hace treinta años.
Una hora más tarde salíamos del pueblo; Joost y yo conducíamos detrás de André. Llevábamos tres cajas grandes con la compra que habíamos hecho en el supermercado junto al aparcamiento. La cajera no pudo evitar reírse cuando vio la cantidad de espaguetis que pusimos sobre la cinta.
—Ven un día a comer —invitó Joost. Pero su francés era tan malo que la chica se lo quedó mirando con cara de no entender nada.
Un estrecho camino entre viñedos terminaba en una verja alta. David bajó del coche y apretó un par de botones en un portero automático, y la verja se abrió. La casa se llamaba Mas des Chênes.
Las ventanas tenían persianas del color de la bicicleta Bianchi. Había una piscina, rodeada de césped y de viejos robles, y a la sombra de tres cerezos una mesa de madera. En la terraza, alrededor de una barbacoa, habían colocado un sofá y dos sillones.
—Buen trabajo, Daaf —dijo André, después de haber sometido a la casa y al jardín a una primera inspección—. Se nota que estamos hablando con un organizador de tours muy experimentado. Nos has traído al paraíso. Es una pena que los ciclistas no puedan nadar.
De una de las habitaciones salió la voz de Joost:
—Una tontería pasada de moda. Yo me voy a dar un chapuzón enseguida. Una cama estupenda, si me encuentro por aquí con una tía buena, no me oiréis quejarme.
—Los ciclistas solo follan en invierno —gritó André.
—Bueno, pues este ciclista no.
Un rato después fuimos a buscar nuestros equipajes, que seguían en los coches. Parecía que André había decidido mudarse definitivamente. De su coche salieron esterillas de yoga, una gran caja con piezas de recambio y otra con herramientas. Había traído también varios cascos de ciclismo, varias ruedas de recambio y cuatro cajas de bebidas energéticas.
—Soy un friki del control —se excusó, con cara de contrición—. Me pone nervioso pensar que me pueda faltar aquí algo que me haya dejado en casa.
Se volvió a meter en el coche, y arrastró hacia fuera, con cuidado, un paquete de cartón que reposaba contra el lateral. Cuando lo descubrió, vi lo que era: la gran fotografía de nosotros seis en el Ventoux, que tenía colgada en su apartamento de Róterdam.
—Es solo por sentirme como en casa. Sé que en estas casas de alquiler lo que cuelga de las paredes suelen ser cosas horrorosas. Y esta me pareció muy adecuada. Así Peter también estará un poco con nosotros.
André dio unos golpecitos sobre la cabeza de Peter y giró la fotografía en dirección de la casa:
—Bueno, Peter, ¿y tú qué dices? Mucho mejor que una miserable tienda de campaña, ¿no te parece?
—Mira que era guapo de joven, yo —dijo Joost—. Y Laura, Dios mío, no se puede aguantar.
—Y lo que te has estropeado —contestó André. Entró en la casa, dejó apoyado el retrato de grupo contra el sofá, se fue de nuevo al coche, y volvió con un taladro—. Veis, a esto me refería. Hay que estar preparado para todo.
Un instante después se oía el martilleo de una taladradora.
Alarmado por el ruido, apareció David corriendo escaleras abajo.
—¡Dré! —sonó su voz por encima del estruendo—. ¿Qué estás haciendo? —Agitaba las manos para mantener el polvo alejado de su cara—. No me digas que estás haciendo un agujero en la pared con el taladro. Eso no se puede hacer en una casa de vacaciones alquilada. Acabamos de perder la fianza. ¡Por Dios!
André apagó el aparato y miró a David:
—He traído masilla. Cuando lo tape no se notará nada.
Sacó un taco y un gancho de la caja de herramientas, introdujo el taco en el agujero y atornilló el gancho en el taco. Luego cogió la fotografía enmarcada, la colgó y comprobó, desde cierta distancia, que estuviera derecha.
—Tienes que bajar un poco el lado izquierdo.
David, sacudiendo la cabeza, abrió la puerta de un armario, para ver si encontraba un aspirador.
Esa noche, David preparó un plato rápido: espaguetis con salsa de tomate. Había cambiado el traje blanco de lino por unos vaqueros, una camiseta y un delantal de cocinero. Cuando nos sentamos a la mesa, en el jardín, se abrió la ventana del cuarto de André, en la primera planta.
—David, ¿cómo es la dirección de este sitio?
Su voz delataba algo de pánico.
—¿Qué pasa?
—Me he olvidado el maillot Caballero de mi padre. Mierda, no entiendo nada. Me he traído ocho conjuntos, pero el maillot con el que tengo que escalar el Ventoux me lo he dejado en casa. Lo necesito, o la cosa no saldrá bien. Me lo voy a hacer traer por un mensajero. ¿Cómo se llama esto?
—Luego te doy la dirección. Pero ven primero aquí, a acumular hidratos de carbono.
Yacía despierto, y escuchaba los sonidos extraños de la casa y de los grillos en el jardín. Oía crujir la cama de André en la habitación de al lado. En el piso de abajo, la puerta de la nevera se abría y se cerraba. Ese era Joost, que no tenía ganas de irse a dormir todavía.
Había vuelto. Había estado evitando este lugar durante treinta años. Cuando, una vez, Hinke dijo que le gustaría ir de vacaciones a la Provenza, yo lo evité. Cuando, más adelante, Anna pensó en pasar un año de au-pair en Francia, yo esperaba que no acabara, casualmente, en Aviñón o en Aix-en-Provence. Al final, el proyecto quedó en nada, lo que no puedo decir que me preocupara.
Había declarado a Bédoin y sus alrededores, en sentido amplio, terreno vedado. Durante los años que fui reportero de ciclismo, el Tour de Francia pasó un par de veces por el Ventoux. En esas ocasiones fui directamente desde la salida a la meta. Una vez, la meta estaba situada justo encima del Observatorio. Ese día, le dije a mi colega que no me encontraba bien y que me iba a quedar en la habitación del hotel para escribir la crónica. Me costó Dios y ayuda seguir el final de la etapa por televisión.
Sabía que todo eso no eran más que tonterías. Que el Ventoux no tenía nada que ver con la muerte, la traición y el amor. Que era yo el que lo había cargado con historias y que no existen lugares culpables.
Pensé en Laura. ¿Cuántas veces había vuelto a escuchar y a considerar sus palabras de esa tarde? Al final, ya no sabía qué es lo que ella había dicho literalmente, y qué lo que yo había aña-dido, como interpretación mía. Lo que me preguntaba, por encima de todo, era por qué se había acostado conmigo. Tal vez se había enamorado perdidamente de mí, de repente. Tal vez estaba harta de la polla moradora de Peter. O tal vez se había producido uno de esos desarrollos maravillosos para los cuales no existe explicación y que no podemos más que aceptar con gratitud.
A la mañana siguiente André fue al pueblo a por una barra de pan y cruasanes. Trajo también un periódico, a pesar de que la casa estaba llena de teléfonos móviles inteligentes y tabletas en proceso de cargarse.
—Esos cacharros aniquilan mi sensación de distancia —explicó—. Para un iPad, es lo mismo estar en cualquier lado. Carga sin problema el periódico, esté donde esté, aunque sea en el Polo Sur. Es un disparate. El wifi hace que desplazarse no tenga sentido. Prefiero leer los periódicos de papel de la víspera. Te da ese sentimiento de demora que a veces necesitamos.
Joost le preguntó que de dónde había sacado esas ideas.
—De la cárcel. Le aconsejaría a todo el mundo una prisión preventiva de unos tres meses. Descansas y te planteas cuestiones. Si fuese obligatorio que todos, cada cinco años, pasáramos tres meses en una celda, el mundo sería bastante mejor. De repente te das cuenta de que la mayor parte de tu tiempo lo llenas con tonterías y de que existen pocas cosas esenciales. Es un pensamiento valioso y liberador.
Decidimos no ir todavía a pedalear. Según Joost, era mejor dejar primero que el cuerpo se aclimatara a las circunstancias cambiantes. Además, tenía una buena resaca, después de haber causado él solo estragos en las reservas de cerveza.
—Vamos al camping —propuso—. A ver si madame Ginette vive todavía.
André condujo por el estrecho camino hasta el camping y aparcó al lado de la recepción. Joost señaló hacia la derecha, donde había una piscina.
—¡Qué decadencia! Una piscina. Con terraza. Míralos, allí sentados con sus expresos. La vieja tradición de la acampada también se está yendo al garete. ¿Te acuerdas cuando hervías agua en el camping gas para hacerte un café asqueroso que, sin embargo, te bebías tan feliz, porque te lo habías preparado tú mismo? Por aquel entonces, aquí solo tenían agua no potable. Era una ocupación primordial.
—Si lo hubiera sabido, habría reservado una plaza aquí —reflexionó David—. Y nos habría salido mucho más barato.
—Vamos, todos abajo —dijo André—. En busca del tiempo perdido.
—¡Coño! —le contestó Joost—. ¿También has leído a los clásicos, en la celda?
Habían ampliado el camping, pero no fue difícil encontrar el lugar en el que habíamos instalado nuestras tiendas a principios del verano de 1982.
—Era aquí —señaló David—. En esta elevación. Queríamos poder ver el Mont Ventoux, aunque por entonces yo ni soñaba con escalarlo. Mi furgoneta estaba allí, y aquí estaba la tienda de campaña tipo bungaló, y allí la tienda de trekking agujereada de Joost y Bart.
—Cuando asomaba la cabeza fuera de la tienda, podía ver enseguida el Mont Ventoux —recordó André—. Y pensaba: mejor ellos que yo. Pero claro, entonces todavía fumaba.
David vagaba haciendo fotografías.
—Nunca he llegado a entender esa pasión de los holandeses por la acampada. Esos horribles colchones neumáticos, ducharse en un cuchitril al lado de un alemán cagando, matarte tropezándote con los vientos cuando tienes que ir a hacer pis por la noche…
—Yo siempre meaba detrás de la tienda —dije yo.
—Así que ahora estás de algún modo encima de tu pis —Joost pateó el suelo polvoriento—. Mira, no ha vuelto a crecer hierba. Está claro. Estabas dopado. Tu victoria queda anulada y desapareces de las listas de resultados. No has escalado nunca el Ventoux, no has estado nunca aquí, y todo tu pasado con el Ventoux no es más que una ilusión. ¿Entendido?
Me tumbé en el suelo, más o menos en el lugar donde estuvo en aquella época la tienda tipo bungaló, y cerré los ojos. Me separaban treinta años y veinte días, pero había cerrado el agujero del espacio. Sentí como se sentó sobre mí. Acaricié suavemente una gota de sudor de su pecho.
—El tiempo no existe —le dije a Joost—. Lo percibo sin ninguna duda. Soy una especie de científico experimental de tu teoría de cuerdas.
—Lo sabía —contestó, echando un vistazo a la pantalla de su iPhone—. Se ha demostrado mediante investigaciones que, sobre todo, la polla es un instrumento muy sensible. Allí se fusionan el tiempo y el espacio. El gran misterio cuelga entre tus piernas. Espero que esta hipótesis me valga algún día el premio Nobel.
No pude evitar reírme: seguíamos siendo transparentes el uno para el otro.
—¿Qué marca hiciste entonces? —preguntó David, con cara de preocupación.
—Un minutillo, calculo yo—contestó André.
—Una hora y cuarenta y ocho minutos —contesté yo—. Joost dos horas y diez minutos. ¿Te acuerdas, Joost?
Joost se metió el iPhone en el bolsillo del pantalón y dijo, distraídamente, que así era.
—Creo que sí, se me había olvidado. En cualquier caso, no cuadraba con mis hipótesis.
—Ese era el estado de la ciencia en el año 1982 —dije yo.
—Entonces no había platos compactos, claro —explicó Joost—. Y eso es una desventaja para un ciclista como yo, que depende de la souplesse. Fui bien hasta el Chalet Reynard, después me hice polvo sin remedio. Creo que comí algo que no debí haber tomado.
Fuimos hasta la recepción. Un hombre de mediana edad nos preguntó qué podía hacer por nosotros.
—¿Madame Ginette, vive todavía? —preguntó David.
—Era mi madre —respondió el hombre—. Y no, por desgracia, falleció en 2002.
Seguimos andando hacia el estrecho sendero que llevaba hasta el pueblo.
—Voy a volver a los dieciocho años —dijo Joost—. Este es un camino secreto, un agujero en el tiempo. ¿Veis ya algún cambio? ¿Me salen los rizos negros otra vez? Veo que Bartje tiene sus primeros granos.
André le dio un fuerte golpe en la espalda.
—Yo, lo único que oigo es tu bocaza de treinta años después. Con algo de ese baboso acento de Ámsterdam. ¿Es esa una prueba concluyente?