Ventoux
Capítulo 3
L primera vez que le oímos decir algo a Joost, nada más entrar en nuestra aula, no pudimos dejar de reírnos de él. Por culpa de su acento. Era 1969, y supongo que octubre o noviembre, porque estábamos haciendo muñequitos con castañas y cerillas.
La señorita Hospes nos lo presentó:
—Este es Joost —dijo, con esa pronunciación tan bonita de las oes típica de la región.
—¡Qué clase más pequeña! —saltó Joost—. En Ámsterdam la clase es mucho más grande. Y también tenemos un acuario. Y nuestra señorita se llama señorita Prins.
—El papá de Joost es médico —siguió la señorita Hospes.
Joost asintió con la cabeza.
—Antes, el papá de Joost era médico en Ámsterdam, pero ahora es médico aquí. Tal vez tengáis que ir alguna vez a ver al papá de Joost, si os ponéis malitos.
—Sí, o si os morís.
Joost se rio a carcajadas, pero a nosotros nos dejó helados. Cora Berg se echó a llorar.
—No digas cosas raras, Joost —lo reprendió la señorita Hospes.
—Y mi madre toca el saxofón.
Nadie sabía qué era un saxofón.
—Bueno, eso sí que es interesante. A ver, cuenta a la clase qué canciones tan bonitas toca tu mamá.
—No toca canciones. Mamá toca yaz.
—Vaya…—respondió la señorita Hospes, que, a decir verdad, entendía más de salmos.
—Pone discos de Charlie Parker, y toca con él. A papá lo vuelve loco. «¡Puedes parar de una vez con ese escándalo!», le grita. «Suena igual que una vaca». Y entonces mi madre se enfada. Y le grita: «Gilipollas».
Lo que parecía hacerle mucha gracia a Joost, porque le dio la risa tonta.
—¿Y tienes hermanos y hermanas? —le preguntó la señorita Hospes, algo azorada.
—Tengo dos hermanas: una se llama Louise y la otra Sandra. Louise tiene siete años y Sandra también. Son gemelas. Yo no puedo distinguirlas, de tanto que se parecen. Pero me gusta más Sandra que Louise.
—Bien, Joost —dijo la señorita Hospes—, ve ahora a sentarte al lado de Bart. Bart es el chico que lleva un jersey rojo. ¿Lo ves?
—Sí, se parece a un enanito del bosque.
Se dirigió hacia mí, y me dijo que fuéramos al rincón de la arcilla. Apenas si tenía ojos para los demás niños. Le hice un gesto a André, que estaba sentado frente a nosotros:
—Vamos al rincón de la arcilla, ven con nosotros.
—Esto es arcilla —dijo Joost cuando llegamos al rincón, como si estuviese dando las noticias—. Si cojo un trozo de arcilla, puedo hacer algo con ella. Por ejemplo, un muñeco. Pero si tiro el muñeco en el cubo de arcilla y lo aplasto, se vuelve a convertir en arcilla.
Lo decía sinceramente sorprendido, como si él mismo estuviese escuchando algo nuevo. André lo miraba con la boca abierta.
Al cabo del día éramos ya inseparables: Andréjoostybart.