Ventoux

Bert Wagendorp · Capítulo 26 de 37

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Ventoux

Capítulo 24

 

S onó mi teléfono, y vi que era una llamada del periódico. Sabía para qué me llamaban. —Sí, lo conocí —contesté—. Pero fue hace mucho. En el instituto. Después nos perdimos un poco de vista.

Miré a Joost, que estaba nadando unos largos, tranquilamente, en la piscina.

—No tengo ni idea de dónde estará ahora. Sí, unos amigos estupendos. Traficantes de coca y científicos charlatanes. Pero bueno, no me parecería correcto hacer un retrato de él. Además, estoy de vacaciones. ¿Quién? Vale, que me llame si necesita saber algo. Alguna anécdota divertida sobre copiar en un examen, o algo así.

—Gracias —gritó Joost—. Charlatanes: es una buena palabra.

—Date con un canto en los dientes; podía haberte pasado inmediatamente el teléfono. «Si, aquí está. Pregúntale a él mismo».

—¿Qué van a hacer?

—Un gran perfil del científico caído. Con citas de viejos amigos que no se lo pueden creer. Y de colegas que siempre lo habían sospechado.

—Ahora todos me abandonan. No quieren saber nada de mí, como si fuera la muerte. Estarán todos comprobando si han hecho algo conmigo alguna vez en su vida, o si me han citado. Soy un apestado. Antes de que el gallo haya cantado tres veces, todos negarán incluso haberme conocido.

Se volvió a zambullir.

Anna se acercó lentamente con un bikini deslumbrante. Lennard iba detrás de ella, con una pelota de baloncesto en la mano. Qué pensaba hacer con ella, era algo que yo no tenía nada claro. No había una canasta por ningún lado. Me leyó el pensamiento.

—Es por sentir la pelota. Tengo que estar por lo menos una hora al día con la pelota en la mano. No hace falta que haga nada más con ella. Solo sentirla. Mis manos y la pelota tienen que compenetrarse.

—Harvard, Yale, Brown, Princeton, lo que quieras —gritó Joost—. Creo que Harvard fue la mejor en baloncesto el año pasado en la Ivy League. Cuando me digas, te pongo en contacto con las personas que necesites.

Lennard hizo botar la pelota en el bordillo de la piscina.

—De ir, no iría a una de esas universidades tan arrogantes. Para jugar al baloncesto, tienes que ir a otros sitios. Michigan State, North Carolina, Duke.

—Yo me voy contigo —dijo Anna—. ¡Me encanta!

Joost se tumbó de espaldas.

—Además, en Harvard ya me conocen.

Anna se sentó a mi lado.

—¿Habéis ido ya al lugar del accidente?

—No, todavía no. Ya iremos.

—Para eso estáis aquí, ¿no?

—Que estemos aquí es idea de Laura. Pero a los demás nos pareció bien, claro. Tal vez a ti también te lo parezca, dentro de treinta años.

—¿De qué habláis todo el día?

—Ya lo oyes. De bicicletas, de mujeres, del Mont Ventoux, de la agencia de viajes de Daaf, de coches viejos, del tráfico de drogas, de los problemas de Joost, de la limpieza de las cadenas de bicicleta…

Sacudió la cabeza con impaciencia.

—Me refiero a las cosas que tienen que ver con todo esto. Con la razón por la que estáis aquí.

—Estamos aquí para escalar el Ventoux. Entre otras, por lo menos.

—¿Estaríais aquí si Peter no hubiera muerto?

Joost se sentó en el bordillo de la piscina, goteando.

—Mi hija nunca se da por vencida. No pregunta, exige respuestas.

—Pues dáselas —dijo Joost.

—Eso, dáselas —secundó André.

—Vale. La respuesta es no.

Empecé inmediatamente a dudar si la respuesta era cierta.

—O sí. Sí o no.

—¡Papá!

—Tal vez las cosas habrían transcurrido de otro modo —dijo André—. Una decisión determinada, un acontecimiento determinado que, al principio, no parece muy importante, puede acabar teniendo consecuencias muy graves. ¿Dónde conociste a Lennard?

—Se sentó a mi lado en la clase de literatura moderna.

—¿Por qué?

—Llegaba tarde y ya no quedaba otro sitio.

—Pues a eso me refería. Y ahora mantenéis una relación y tal vez de esa relación nazca el hombre que vaya a salvar el mundo. Por decir algo. O el que lo lleve definitivamente al carajo.

—Me senté a su lado porque vi un sitio libre al lado de una chica guapa. ¿Cuenta eso?

—No, Lennard —contestó André—. Ese es un comportamiento deliberado. Estamos hablando de pequeñas casualidades con grandes consecuencias.

—Como alguien que muere en una montaña —dijo Anna—. ¿No habrías sido traficante de coca si Peter no se hubiera caído?

Me alegré de que aplicara su técnica de interrogatorio un rato con André, que reflexionaba con la mirada fija ante sí.

—Eso podía haber dependido también de otras pequeñas casualidades. Pero si Peter no hubiera muerto, por supuesto que eso podría haber tenido consecuencias sobre mi elección profesional.

—¿No querías estudiar arqueología, Dré? —intervino Joost.

—Sí, o antropología de culturas no occidentales. En aquella época estaba muy de moda. Pero no lo tenía claro del todo. Me tomé un año para pensármelo tranquilamente. Al final, se convirtieron en treinta. Ahora ya casi lo tengo claro.

—¿Y tú, Joost? —preguntó Anna.

—Yo habría sido el primer ciclista profesional con un doctorado. Es desastroso que te pase algo así tan al principio de tu carrera. De haber seguido, me habría convertido en una nenaza de bajador. Lo que hace que te quedes inmediatamente sin posibilidad alguna. Una pena.

—Tú te habrías puesto manos a la obra con tus imprecisas cuerdas —dije yo—. Aunque se hubiese desplomado todo el Ventoux. Algunas vidas se desarrollan como si fueran cables de acero.

—Hasta que aparece el orín.

—Yo me habría convertido en director de una agencia de viajes —apuntó David—. De una pequeña agencia de viajes en el este del país.

Colocó recipientes con pescado en escabeche, tomates secos y pimientos asados sobre la mesa.

—Podéis serviros, amigos.

André había aparcado el Saab en la terraza empedrada que había delante de la casa y se inclinaba bajo el capó abierto. Lennard, desgarbado, estaba a su lado y le pasaba las herramientas.

—Llave de tuercas del ocho —pidió André.

Lennard buscó en la caja de herramientas y le dio la llave a André.

—Esto es una llave de estrella. ¡Llave de tuercas! ¿Es que nunca has trucado un ciclomotor, Lennard?

—No. ¿Qué es un ciclomotor?

—No me lo puedo creer.

Joost y yo estábamos listos para dar una vuelta corta de entrenamiento. David había insertado en su plan de entrenamiento un día de descanso y André quería ir al Bosque a comprobar cómo estaba de forma. Como a nosotros eso no nos apetecía nada, él iría solo, más tarde. Entonces haría más calor, y él podría «profundizar más». Anna seguía en la cama.

—Destornillador de cruz —dijo André.

Diez minutos después, encendió el motor del Saab. Apretó el acelerador un par de veces y dejó el coche al ralentí. Luego volvió a apretar con fuerza el acelerador un par de veces, dejó que el motor se detuviera, y lo puso en marcha de nuevo.

—Es una delicia —apreció André.