Ventoux

Bert Wagendorp · Capítulo 36 de 37

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Ventoux

Capítulo 34

 

D escendimos con cuidado. El champán nos había vuelto cautelosos. Nos manteníamos juntos y frenábamos, como viejos, antes de cada curva. Laura y Willem seguían detrás de nosotros. Cuando estábamos a punto de llegar al lugar, André hizo un gesto para que paráramos.

Dejamos las bicicletas en el margen izquierdo de la carretera, en la cuneta. Cruzamos al otro lado, donde había un poste. Laura había aparcado el coche. André se quitó el maillot de su padre y envolvió con él el poste. Nos cogimos por los hombros, formando un semicírculo alrededor del monumento temporal. Nos quedamos en silencio. El viento del Ventoux cubrió el sonido de nuestra respiración y el suave llanto que me subía de la garganta. David hizo señas a Laura y a Willem. Laura le ofreció su brazo a Willem y se acercaron. Sumándose a nosotros, se cerró el círculo. Bajamos todos la cabeza hacia el centro. No había más ciclistas, y tampoco otros vehículos. El Ventoux era todo nuestro. Miré la cuesta buscando algo, una señal de su presencia. No recuerdo cuánto rato pasamos así. Ya no sé si fue un minuto, cinco minutos, o diez.

Nos mantuvimos hasta que André rompió el silencio.

—¿Hemos terminado de una vez por todas, con esta maldita montaña?

Willem se puso a reír, y era la risa de Peter. Nos soltamos.

—Es una montaña mágica —dije yo.

Abracé a Willem.

—Laura ha tenido una buena idea, trayéndonos aquí —reconoció Joost.

Un golpe de viento arrancó el maillot del poste. Se lo llevó revoloteando hacia abajo, como una hoja de otoño, hasta que se quedó enganchado en un arbusto, a unos cien metros de nosotros.

—Está bien así —dijo André—. Que descanse en paz.