Ventoux

Bert Wagendorp · Capítulo 28 de 37

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Ventoux

Capítulo 26

 

 

E [51] ntré en la cocina. David untaba galletitas saladas con rillettes de ternera. —Justo a tiempo —dijo—. Estoy preparando el dopaje. Tú solo come, y

no hagas preguntas. Vas a subir esa montaña como un cohete.

Quería decir algo, pero no sabía por dónde empezar.

—¿Pasa algo, Bartje? Pareces algo triste y has comprado el Telegraaf.

Negué con la cabeza. Necesitaba ganar tiempo para pensar. André y Joost estaban sentados a la mesa de la cocina, mirando el portátil de Joost.

—Citröen DS, el Tiburón —decía André, señalando una fotografía—. Fabricado entre 1955 y 1975. Presentado en el salón del automóvil de París en octubre de 1955. En el primer cuarto de hora hubo 743 pedidos, el primer día dos mil y la primera semana ochenta mil. Pánico total en Citröen, donde no tenían ni idea de dónde iban a sacar tantas unidades. El éxito es una embestida. El cacharro lo hicieron unos fetichistas de la técnica y lo diseñó un escultor, Flaminio Bertoni. Inesperadamente, resultó que habían creado un símbolo de belleza, de modernidad y de innovación. El filósofo Barthes escribió que era como si hubiese caído del cielo. Un coche hermoso; para algunos, el más bonito que se haya hecho nunca. Quería uno de mi año de nacimiento, 1964, y preferentemente uno que se hubiera fabricado el día de mi nacimiento. Pero eso es difícil de averiguar. Tengo a un friki de Citröen francés ocupado en averiguar cuándo se ha fabricado un coche, en función de los números de chasis.

Joost lo miraba como si estuviese atendiendo en una clase de universidad. Me metí una galletita salada en la boca, y escuché. Seguía con el periódico en la mano. Era como si sujetara una granada de mano.

—Se fabricaron un millón y medio de unidades —seguía explicando André—. Lo que no es ninguna barbaridad. Pero siguen circulando unos diez mil. Si quieres demostrar que no has salido del arroyo, que eres sensible a la belleza y a la tradición y que tienes posibles, te compras un Tiburón. Y, a ser posible, un descapotable, porque son más escasos.

Joost tecleó «Citroën DS descapotable» y aparecieron imágenes de coches Citröen descubiertos.

—El fundador de Citröen se llamaba André-Gustave Citroën —apunté yo —. Era hijo del tratante en diamantes de Ámsterdam Levie Citroen. Sin diéresis. Nieto de un vendedor de limones. Levie se mudó en 1873 de Ámsterdam a París. Así pues, Citröen es realmente una marca de coches neerlandesa.

No sé por qué dije eso; tal vez porque me permitía ganar tiempo.

—Tonterías —contestó Joost—. Entonces se podría decir que Vroom &

Dreesmann[52] es una cadena alemana.

—Así que por eso conduces siempre un Citröen —concluyó André—. Puro nacionalismo. Si siguieran existiendo los DAF, habrías venido en un Daffodil. Como el que tenía el padre de Laura. Con sistema de transmisión Variomatic incluido.

—Tengo curiosidad por saber cuándo llegará —dijo Joost.

—Mañana.

—¿Has hablado con ella?

—Sí.

—¿Dónde?

—En Bédoin. Viene mañana.

—¡Cuenta! —me urgió Joost, excitado—. ¿Qué aspecto tiene? Así que así estamos, con citas secretas. ¿Ya vuelves a las andadas?

—De hecho, debería conducir un Peugeot —contesté yo—. Peugeot es protestante. Citröen es judío, Renault católico.

—Los coches no tienen fe. ¿Qué te ha dicho?

Me daba lástima. Volvía a ser el Joost Walvoort de los cochecitos a escala con los que jugábamos en la gran sala de la casa del médico en la calle Jacob Damsingel. Era como si hiciese el último intento por recobrar la inocencia. Los sueños de infancia. La despreocupación de la vida sin ayer y sin mañana.

La espada de Damocles colgaba sobre su cabeza, y la tenía yo en las manos.

—Estoy buscando un ejemplar intacto de este modelo —explicaba André, como si no hubiera oído nada—. Peugeot 203. El último se fabricó el 25 de febrero de 1960 en Sochaux. Un jueves. Ese es el que quiero. O, en su defecto, el penúltimo. Pero claro, encuéntralo.

—Fascinante —dijo Joost—. Me tenía que haber dedicado yo también al tráfico de drogas. Por lo menos, puedes permitirte un pasatiempo agradable. ¡Bartje! No te quedes allí parado mirándome de ese modo. ¿Te has vuelto a acostar con ella?

Estaba asustado. Joost me miraba con curiosidad.

—¡Eh! —exclamó—, has traído un periódico. Déjame ver. También da gusto volver a ver un periódico de papel.

Lo miré fijamente a los ojos y dejé el periódico en la mesa, de modo que viese inmediatamente su fotografía.

—Mierda —dijo, con bastante calma—. Mierda.

André había girado el periódico hacia él y leía el titular. Me miró, indignado. David se acercó a la mesa y cogió el periódico.

Joost se levantó. Estaba lívido. Nos miró, pero no dijo nada. Luego salió al jardín. Lo vimos coger una de las macetas que bordeaban el césped y estrellarla contra las baldosas. Un rato después se puso a gritar en su móvil. Mantenía el aparato delante de la cara y vociferaba como si tuviese ante él a su rival de Yale. Luego calló un rato, probablemente para escuchar lo que le decían desde el otro lado, y después tiró el teléfono a la piscina, con un lanzamiento directo de béisbol.

—Para eso no tienen respuesta —observó David—. Pero es un bonito gesto, lleno de fuerza.

—El viejo aparato de la universidad —comentó André—; seguro que no tiraría al agua su propio iPhone.

David salió al jardín, y los demás lo seguimos. Joost se giró hacia nosotros; su mirada seguía reflejando furia.

—¿De qué me sirve un abogado así? —exclamó—. Que no puede impedir que aparezcan ese tipo de historias. ¿No es indignante? Me están crucificando ya, cuando todavía no se ha demostrado nada.

—Joost…

Vi que sufría un ataque de pánico.

—¡Me han despedido! Me cortan los cojones y me dejan desangrándome en una zanja. Adiós, Joost, bocazas. El querido Joost del Premio Nobel. Ya no soy nada. En Japón, me tendría que hacer el harakiri.

—En este país no hace falta que te hagas el harakiri —indicó André—. Esa suerte que tienes.

Nadie le rio la gracia.

—¿Cómo es posible, Joost? —pregunté.

—¿Cómo es posible qué?

—Todo esto.

Joost me miró, desesperado. Tan sumamente desesperado que sentí enseguida haberle hecho la pregunta. Tenía que haberme mantenido leal a mi amigo, poniéndome a despotricar contra los rivales que se habían ensañado con él.

—Quiero decir que, por supuesto, son todos una panda de gilipollas, pero…

Joost abrió los brazos, en un gesto intermedio entre la justificación y el reconocimiento de la culpa.

—¡Mierda!

David le dio el café que se había dejado en la cocina.

—No se puede crucificar a alguien así, sin más, ¿no?

—A veces pasa —André se puso a teclear en su móvil—. Tengo un abogado bueno de verdad para ti. No un chapucero gilipollas como el tuyo.

—Lo dejo, Dré. Asumí riesgos y me ha salido mal.

—Joost, tío, estás reconociendo tu culpa. Se trata de que la niegues hasta la tumba. Aquí está, ¿tienes un bolígrafo?

—Déjalo estar, Dré.

Lo miramos, esperando una explicación.

—Es una farsa hasta que te pillan.

Dejó el café en la mesa y entró en la casa.

—No entiendo nada —dijo David—. ¿Cómo es posible?

—¿Sabes por qué los ciclistas se dopan? —preguntó André—. Para ganar, para ser famosos e inmortales.

Se calló un momento.

—¡Desgraciado!

—Era imposible que no lo pillaran —dije yo—. Tenía que saber que en algún momento le echarían el guante.

—Todo el mundo se cree invulnerable —apuntó André—. Dímelo a mí. No hacían más que pillar a gente a mi alrededor. La justicia o la competencia. Pero yo pensaba que a mí no me iban a pillar nunca. A mí no. Eso es lo que pensaba también Joost. Y eso es lo que pensabais vosotros. Los demás sí, pero yo no.

—De hecho, ya se ha hecho el harakiri.

Entramos en la casa. Joost no estaba en la sala de estar. Oímos unos golpes regulares contra la pared de su habitación. Luego oímos el sonido de vidrio rompiéndose contra las baldosas. David llamó a la puerta del dormitorio.

—¿Walvoort?

Joost no contestó. Oímos pasos.

—Joost —dijo André—, tal vez hayas copiado algunas cosillas. ¿Y qué? Todos lo hemos hecho alguna vez en nuestras vidas. Para nosotros todo era completamente nuevo. Y para nosotros no te has caído del pedestal. Eres nuestro amigo y seguirás siendo nuestro amigo.

No hubo respuesta.

Decidimos dejarlo en paz. Cogí un libro, pero no podía leer. André había extendido una esterilla de yoga sobre el césped e intentaba doblarse en dos. David estaba pescando las hojas de la piscina. Después de unos minutos, sacó triunfalmente el móvil de Joost.

—Seguro que han colgado —comentó André, con la cabeza entre las piernas.

A la mañana siguiente, Joost había desaparecido. Sus cosas seguían en su habitación, pero a él no se lo veía por ningún lado. Tampoco podíamos llamarle. Su bicicleta permanecía en el cobertizo.

—¿Tenemos que preocuparnos? —preguntó David.

—Joost no es un chaval que vaya a tirarse delante de un tren.

—Aquí no hay tren, Bart —apuntó André.

Seguimos desayunando en silencio. Cuando terminamos, André propuso que nos fuéramos a Bédoin para callejear por el pueblo.

—A inspeccionar las cunetas. No vaya a ser que esté tirado en una.

—Pero no podemos tardar mucho. Laura viene esta tarde.

Subimos y bajamos una vez la calle principal de Bédoin, tomamos sin pensar el camino hacia el camping y dimos una vuelta por entre las tiendas y las caravanas. Después de tomar un café en Le Relais, volvimos a la casa.

—Ya veréis como Joost está tranquilamente tumbado al lado de la piscina —aventuré.

Pero no era así.

—¿Vamos a la policía?

—¿Estás tonto? —le contestó André—. ¿Qué quieres, que lo veamos en televisión, en la versión francesa de Quién sabe dónde? El tío se ha marchado de casa en un estado de gran excitación. Permanezcamos nosotros tranquilos. Seguro que aparece en un rato.

Encendió el televisor. Vimos un pelotón avanzando entre campos de girasoles.

—Un Tour aburrido —dije—. Los neerlandeses han ido de segundones y los ingleses han enviado un equipo dirigido por un ordenador. Sobre el papel, debería ganar Wiggins, así que eso es lo que va a ocurrir.

André seguía mirando el televisor.

—Es que hoy en día se toman demasiado pocas pastillas. Antes se metían algo en el cuerpo y se lanzaban al ataque. Pero ahora eso está prohibido. Menos mal que mi padre no tiene que presenciar esto.

David hojeaba una guía telefónica.

—Como no haya vuelto esta tarde antes de las seis, llamo a la policía.

Dos horas después oímos llegar un coche. David se giró en su tumbona, yo bajé el sonido del televisor y me levanté. André dejó en el suelo el trapo con el que estaba limpiando su bicicleta.

Era Laura. A su lado, en el descapotable, estaba Joost. Estábamos los tres firmes, como un comité de recepción. Nos aliviaba su vuelta, pero no lo dejamos intuir. André y David miraban con curiosidad a Laura, aunque eso también intentaban ocultarlo.

Joost se apeó.

—¡Ah! Este Joost… —exclamó André.

Joost parecía haber sido arrollado por un tren. Levantó una mano.

—Vengo con un autoestopista —dijo Laura.

—Al principio quise decir que no iba con mujeres desconocidas —explicó Joost—, pero entonces me di cuenta de que era ella.

Laura se encaminó hacia André.

—Dré, qué alegría tan grande volver a verte.

Lo abrazó, y luego hizo lo mismo con David.

—Daaf —pronunció, simplemente—. David.

La tenía entre sus brazos, un poco incómodo.

—Querida Laura.

—¿Dónde has estado, Joost? —preguntó André—. Estábamos preocupados.

—Perdonad —contestó Joost—. No aguantaba más aquí. Necesitaba estar solo. He estado andando unas seis horas, y justo cuando pensaba en volver, paró a mi lado un descapotable.

Laura asintió con la cabeza.

—Reconocí su manera de andar, ¿no es increíble? No veía más que su espalda, pero sabía que era Joost. Paro, y me dice: «Hola, Laura». Como si no hubiera estado esperando otra cosa más que verme aparecer allí para recogerlo.

—Y eso es lo que me pareció. La vi y pensé: «Hombre, aquí está Laura. Justo a tiempo».

—Buena sincronización, después de treinta años —dijo André.

Un rato después estábamos sentados a la mesa bajo la parra. Laura contó cómo le había ido en Aviñón. André hizo un resumen de cómo se había desarrollado su vida desde el año 1982. David glosó su existencia como director de una agencia de viajes. Joost callaba: aparentemente, ya le había puesto al día de su vida en el trayecto hasta la casa.

—Cuenta —dijo David, sirviéndole una copa de vino a Laura.

Ella lo miró con cara de sorpresa.

—Sí —secundó André—. ¿Qué ha pasado exactamente desde el 25 de junio de 1982? Puedes empezar por el 26 de junio.