Ventoux
Capítulo 27
N os habíamos puesto nuestras ropas de ciclismo y estábamos terminando de prepararnos para dar una vuelta. —Es importante montar un poco todos los días —le explicaba André a Laura—. Los músculos tienen que prepararse para la escalada. Así trabajamos para estar en plena forma.
—Yo intentaré perder hoy unos quince kilogramos —dijo David—. Para subir luego el Ventoux como el escalador alado.
Laura se había quedado a dormir en la casa. Había bebido demasiado como para poder conducir de vuelta al hotel. Además, la antigua magia que nos había unido tres decenios antes volvió a actuar casi de inmediato. El círculo se había cerrado, estábamos al completo, hubiese sido ilógico que se hubiese marchado. Y David ya había preparado, por la mañana, una habitación para ella.
—Ya os imagináis que no he alquilado una casa tan amplia, con seis dormitorios, para nada.
No hubo que convencerla.
David cargó el coche de Laura con botellas de agua.
—Es una buena idea, esta de que finalmente contemos con un vehículo de acompañamiento. Ahora, por lo menos, abandonar ya es una opción.
Condujimos hasta Bédoin, donde tomamos la carretera de Malaucène. Ante nosotros se alzaba el Col de la Madeleine, una colina comparado con el Ventoux, pero muy apropiado para alentar la autoestima del escalador. Por lo menos, eso es lo que decía Joost. Parecía que había olvidado para siempre su miseria e iba siempre en cabeza.
—Calma —gritaba David—, mi cuerpo tarda en entrar en calor.
Nos contuvimos, y subimos la colina a un ritmo moderado. La escalada era de unos seis kilómetros de largo, pero no muy empinada en ningún tramo. A pesar de lo cual perdimos de vista a David y a nuestro vehículo de acompañamiento muy pronto: después de, como mucho, un kilómetro de escalada, David nos hizo un gesto para que siguiéramos.
—Me siento fatal si estáis todo el rato esperándome —jadeó—. De hecho, estoy fatal.
Laura se quedó a su lado.
Joost, André y yo seguimos subiendo tranquilamente. En un mirador, a un kilómetro de la cima, esperamos a Laura y a David. David llegó unos minutos después, sudando copiosamente.
—He sido capaz de aguantar el reclamo del coche escoba —dijo—. Lo cual es una proeza, sobre todo teniendo en cuenta a la choferesa.
Laura estaba apoyada contra el capó del coche, mirándonos. Cogió una cámara del coche y se puso a hacer fotografías. No paraba de reír.
—Menuda panda formáis. Treinta años después, no se os ocurre más que embutiros en esas ropas de ciclista para escalar la montaña. ¡Qué falta de todo! Eso es lo que irradiáis. Qué graciosos sois los hombres.
André le había pasado un brazo por los hombros a Joost. Se giró hacia Laura:
—Yo creo que ya entonces te copiaba a ti en física, ¿o me equivoco?
Laura se rio.
—Solo que Maaskrant no me pilló nunca.
—Quiero decir que eso de copiar es una tendencia que has tenido siempre. Igual que a mí ya me podías comprar entonces hierba de la mala. Todo estaba ya presente.
—Bart llenaba él solo la revista del colegio y Peter escribía poemas — añadió Laura.
—Y tú eras su musa —dijo André—. O así lo llamaba él. ¿Cómo era eso de ser musa? ¿Y has seguido siendo musa para siempre?
—Yo no lo elegí, Dré. Él me eligió. Yo tenía dieciséis años. Cuando Peter murió, yo dejé de ser musa.
—Tú entendías sus poemas —apunté yo—. Nosotros solo decíamos: no rima. Tú veías quién era Peter.
—Era un genio. Entonces lo sentía de manera intuitiva; ahora, cuando releo sus poemas, veo que no me equivocaba.
Joost la miró.
—¿Eras su amante? Musa, musa, siempre me pareció algo muy impreciso. En algún tiempo, yo también podía haber dicho de Valery que era mi musa. La musa de mi trabajo científico. Pero no era más que mi amor. Bart, ¿era Hinke tu musa? Dré, ¿tu rusita es tu musa?
—Se llama Ludmilla, Joost, y creo que solo los poetas tienen musas.
Laura abrió la portezuela del coche.
—Sigamos.
Continuamos juntos hasta la cima. El descenso hacia Malaucène era sencillo. Cambié al piñón más pequeño y pedaleé con todas mis fuerzas. Los demás me siguieron, pero me tuvieron que dejar marchar en la parte sinuosa del recorrido. André iba el último. Yo tenía la sensación de volar. Para mi sorpresa, de repente oí acercarse el coche de Laura. Pero solo un poco: un par de curvas cerradas que yo podía tomar a toda velocidad le obligaban a ella a frenar.
Cuando hube pasado el cartel de «Malaucène», apreté los frenos y me quedé esperando, con un gran sentimiento de satisfacción.
La primera en detenerse a mi lado fue Laura. Mientras André paraba chirriando detrás de su coche, ella se acercó. Se puso delante de mí, me miró, furiosa, y me dio una bofetada en la cara.
—¡Estúpido! —dijo.
Se volvió andando a su coche, se subió y se fue.
Miré a André y me encogí de hombros.
—Hola. Algún día descenderé como Rini Wagtmans en sus mejores días —dijo Joost, que llegaba rodando con David a su rueda.
Vio mi cara de sorpresa.
—Laura le ha dado una bofetada en la jeta —explicó, solícito, André— y después se ha marchado.