Ventoux
Capítulo 6
T enía la vista fija en el pelo corto y rubio de Marga Sap, sentada delante de mí. Entre sus mechones relucía una cadenita de oro. Llevaba un ligero jersey negro y ajustado y yo tenía que contenerme para no acariciar su cuello con la punta del dedo.
Era finales de agosto de 1978, Gerrie Knetemann acababa de proclamarse campeón del mundo y Giesma, el profesor de matemáticas, hablaba de los números p-ádicos. Yo intentaba hacerme invisible, para evitar que me hiciera alguna pregunta. El sombrío universo en el que él se movía no era el mío.
A mi lado, Joost se dedicaba a dotar de bigotes y gafas a las estrellas pop de su agenda, aunque la mayoría ya tenían bigote. También dibujaba bocadillos con textos. Se aburría, porque Karel no podía contarle nada nuevo. Joost pertenecía a esa clase de personas para quienes la lógica de los números y de las líneas no guarda secretos. Leía tochos enormes con problemas matemáticos.
Dejó de pintar y me dio un codazo.
—Alguien tensa una cuerda alrededor de la Tierra —me susurró—. Y otro hace lo mismo, pero a un metro sobre el nivel del suelo. ¿Vale?
Asentí, con el mayor desinterés posible.
—Bueno. Ahora la pregunta: ¿cuánta cuerda más necesita la segunda persona con respecto a la primera?
—Ni idea. No tengo ni idea. ¿Y cómo hacen en los océanos?
—Se trata del principio. Es un experimento mental. ¿Y bien?
—Diez mil kilómetros.
—¡No, hombre! Algo más de seis metros.
—Nunca lo habría sacado.
—La primera persona necesita una longitud de 2 pi r, y la otra de 2 pi r más 1 metro. Lo que hace 2 pi metros. Es decir, unos seis metros. Mola ¿eh? Ahora vamos a hacer el mismo cálculo con el contorno de tu polla.
Marga Sap se dio la vuelta. Ella tampoco entendía nada de matemáticas.
—¿El contorno de mi polla?
—Sí, es distinto a la longitud, huevón. Una persona la rodea con una cuerda, y otra persona hace lo mismo solo que a un metro de distancia. ¿Cuánta cuerda más necesita con respecto a la primera?
—Coño, Joost, cállate un poco.
—Vale, tío, pues también 2 pi metros —dijo con aire triunfal, escribiendo algo en el bocadillo que salía de la cabeza de Freddie Mercury.
Freddie ya tenía una pipa en la boca. «I want to fuck Marga Sap» decía Freddie Mercury.
—Hoffman, deje ya de reírse como un tonto —ordenó Giesma—. Y garabateó unos códigos secretos en la pizarra.
Llevaba puestos mis Levi’s negros y la camiseta de Michigan State que me había enviado mi primo. Era jueves, y después de matemáticas tenía que salir pitando hacia la academia de música. Allí tenía clase de órgano, para la cual, como de costumbre, no había ensayado.
Todo sucede al mismo tiempo, el tiempo no es nada más que orden, una ilusión. Joost dice que el tiempo no existe, André tiene en la pared un cuadro sobre el movimiento que es inmovilidad, yo intento detener el tiempo. Nuestro amigo Peter tenía que golpear con los nudillos las puertas de los camarotes del amor del barco burdel de su padre, para avisar de que se había agotado el tiempo. Había hombres que solo se corrían cuando llamaba a la puerta. Uno de sus poemas se titula El amor es tiempo.
Tarareé suavemente You’re The One That I Want junto a la oreja de Marga. Un ligero rubor le asomó en el cuello. Rozar con mi dedo la cadena de Marga Sap, jugar un poco con su pelo rubio, soplarle un poco en el cuello — quién sabe si llegaría a enamorarse de mí.
Entonces llamaron con rotundidad a la puerta del aula. Del susto, a Karel Griesma se le cayó la tiza de la mano. Marga se dio la vuelta, con una mirada inquisitiva, como si hubiese sentido lo que yo estaba planeando hacer.
—¡Abran! —gritó André, en alemán, desde el fondo del aula.
Joost se dejó caer hacia delante, muerto de risa, con la cabeza entre los brazos. Giesma fue hacia la puerta, y comprobó que su pajarita estaba bien colocada. Berghout, el director, barrió con mirada acechante el aula, con un mechón de pelo sobre la calva y una mueca de felicidad en la cara por el efecto de su porrazo.
A su lado había un negro.
—Pase —dijo Griesma.
Berghout se dirigió al espacio que había detrás de la mesa del profesor, seguido del chico negro. Este llevaba una camisa azul claro centelleante y un pantalón de perneras anchas, también con cierto brillo y una franja roja lateral. Movía las caderas con una cadencia animada.
—Boney M.—, susurró Joost.
El chico parecía tímido, pero al mismo tiempo irradiaba confianza en sí mismo.
Marga se volvió una vez más hacia mí. Sus hermosos labios formaron dos palabras emocionadas:
—¡Un negro!
—No, un esquimal —le contesté en susurros.
El director miraba a la clase sin pronunciar palabra. Aparentemente, quería darnos tiempo para que grabáramos en nuestra memoria ese momento histórico.
—Chicos —dijo Berkhout—, os quiero presentar a David Castelen. Es de Paramaribo y ha venido hace poco para quedarse a vivir aquí. David será, a partir de hoy, uno más de vuestra clase. Confío en que le pondréis al día de todo y en que os preocuparéis de que se sienta en nuestra escuela como en casa lo antes posible. ¿Alguna pregunta?
No había preguntas.
—David ¿alguna pregunta?
—No, no tengo ninguna pregunta.
—Bien. Entonces el señor Giesma te adjudicará un lugar, y así podrás retomar rápidamente tu conocimiento de las matemáticas holandesas.
—Con un poco de suerte no serán tan difíciles como las de Surinam.
Risas. Giesma le señaló el lugar vacío que había al lado de André, al fondo del aula. David se dirigió hacia allí como Elvis Presley hacia el escenario, con esas mismas caderas danzarinas.
Joost me miró, haciendo unos movimientos significativos con las cejas.
—Buen chaval —susurró.
Asentí con la cabeza:
—¿Crees que es marica?
—Los negros no son nunca maricas ¿no lo sabías? La tienen demasiado grande para poder serlo. No les gusta a los demás maricas.
Percibí un nuevo rubor en el cuello de Marga Sap —seguro que ella tampoco lo sabía.
El padre de David tenía una pequeña agencia de viajes en la calle Lange Hofstraat: Agencia de Viajes Vayas donde Vayas. Castelen padre sentía un odio profundo por los viajes y por las vacaciones. Había venido a los Países Bajos pensando en el futuro de sus hijos, y haciendo eso había agotado para el resto de sus días la afición a viajar.
La familia vivía en el piso superior de la agencia de viajes, por lo que Castelen padre, que tenía el mundo entero en oferta para sus clientes, desarrollaba su propia existencia en un espacio de diez por diez por cinco metros.
—No entiendo a esas personas —decía—. ¿Pero qué se te ha perdido en ese lugar podrido? Coges enfermedades, la comida es asquerosa, violan a tu hija y no hay nada mejor que hacer que quedarse tirado en una tumbona en la playa. Sería ir demasiado lejos para mí recomendar a la gente que se quede en su casa, que yo también tengo que ganarme la vida, pero de verdad que no entiendo nada. Vayas donde vayas, mejor en tu casa, digo yo.
Le parecía que el nombre de su agencia era un buen chiste.
David había heredado la falta de ansia de desplazamiento de su padre. Un año después de su llegada ya se podía asegurar que no se marcharían nunca, y que, pasados trescientos años, la décima generación de Castelen seguiría viviendo en la ciudad, plenamente satisfecha.
A los diecisiete años, David pensó que ya era hora de vender lo que él llamaba Viajes de aventura. El primer viaje de aventura que ofreció la Agencia de Viajes Vayas donde Vayas fue a Laponia. Allí, los viajeros tenían que pasar días enteros yendo de cabaña en cabaña, sobreviviendo a base de frutos del bosque y de las provisiones que acarreaban, mientras los mosquitos les vaciaban la sangre.
Al principio, el viejo Castelen no estaba nada convencido. «Igual podías ponerte a vender martirios», decía. Pero David insistió tenazmente en que lo que la gente necesitaba era, justamente, una porción de verdadera miseria. Siempre y cuando fuese ordenada y en la medida en que pudieran volver a su casa con toda seguridad, después de un corto espacio de tiempo, para hilvanar con la experiencia historias magníficas. Finalmente, el padre dio su aprobación.
David redactó un anuncio para el periódico local, sobre el viaje de aventuras al extremo norte, en el que evocaba «el mugir de los alces», «la fascinante luz del norte» y «las costumbres ancestrales y el rico colorido de los lapones». A los seis días estaba todo vendido. A Castelen padre le pareció una idea irresistiblemente jocosa que sus clientes fuesen a encontrarse con su vecino, en vez de con un alce mugiente.
—Pues mejor —dijo David—. Eso es lo que le gusta a la gente.
—Se han vuelto todos locos. Pero tendrán lo que quieran y como lo quieran.
Y, de este modo, la Agencia de Viajes Vayas donde Vayas tuvo una pata más, Aventuras Vayas donde Vayas, bajo la dirección del mayor ratón casero del mundo, David Castelen.
A David no lo tuve que buscar en el sitio web de una universidad o a través de un abogado. A él lo veía cuando iba a Zutphen, de una a tres veces al año. Para visitar a mi padre, cuando este todavía vivía. O cuando andaba por las proximidades, por mi trabajo.
Tras una hora, oí cómo volvía a mis frases el acento del este, como si mi lengua se alegrase de poder volver a producir los sonidos natales. El pensamiento de volver a este lugar era recurrente en mi mente. El emigrante griego que ha hecho fortuna en América y que, tras sus logros, retorna a su pueblo en una isla del mar Jónico. El viejo Hoffman, convertido en un sabio tras haber visto mundo, retorna a sus raíces. Estaría bien que André y Joost también lo hicieran, para que pudiéramos echar una partida de cartas en el bar Annie & Wim.
En los treinta y cinco años que David llevaba viviendo en la ciudad había conseguido transformarse en un nativo purasangre de la región. Se dirigía a la gente que entraba en su agencia de viajes en el más puro dialecto, y a nadie le resultaba extraño.
Seguía viviendo encima de su negocio, y sus viajes de aventuras eran su principal producto. Había sabido sacar provecho del aumento en bienestar y en tedio de la población. Uno de sus viajes de mayor éxito era una marcha a pie por Surinam, con pernoctaciones en cabañas de los negros de la selva, y que incluía un día de pesca de pirañas. También dejaba a la gente tirada en la naturaleza de Alaska. Curiosamente, la demanda de este viaje había crecido después de que uno de sus clientes sufriera el ataque de un oso gris y consiguiera salir con un soplo de vida de la aventura.
—La gente es cada vez más exigente —dijo—. Ya no les vale con una excursión a pie por un desierto lleno de escorpiones o con un viaje de supervivencia por la jungla, con temblorosas pasarelas colgantes sobre ríos plagados de cocodrilos. Ahora, todo eso les parece más bien aburrido. Toca pensar en cosas como el vuelo sin motor sobre el polo norte, o un viaje a las Islas Canarias en un submarino alemán de la Segunda Guerra Mundial, con filtraciones incluidas. Hace poco vino uno que había leído Moby Dick, y que quería ir a la caza de ballenas, costase lo que costase. Me puse a ello, y el chico aquel se fue hace tres semanas en avión a Japón, y está ahora en un barco de esos. Debería traerme un trozo de carne de ballena.
David ha permanecido siempre soltero. Nunca sacamos este tema. Tampoco él me ha preguntado nunca sobre mi matrimonio ni sobre mi posterior divorcio, así que yo no le molesto con preguntas sobre su soltería. Tenemos suficientes temas de conversación para poder evitar ese. Su afán de lectura hace que él solo mantenga en marcha el negocio de la única librería de Zutphen, y sus intereses son diversos. Me recomienda primeras obras de escritores de los que no he oído ni hablar, pero también oscuros autores islandeses y biografías de generales de los Estados Unidos —la guerra civil americana es una de sus especialidades—. Me insiste constantemente en que tengo que leer y releer a Turguéniev. «Turguéniev es el más grande. Por supuesto que Chéjov se le acerca, también consigue hacerte oler las estepas. Pero Turguéniev es el único que te hace oír hablar a las personas. Es casi siniestro».
Es un ferviente aficionado al cine, y también en esta disciplina me proporciona informaciones de gran valor. De dónde saca el tiempo para acabar de leer todos esos montones de libros, y entretanto también para ver todas esas películas, es para mí un misterio. Dice que lee mucho cuando no tiene clientes en la tienda. «Lo que sucede cada vez más a menudo, por culpa de ese condenado Internet».
Había puesto al día a David, por teléfono, de mis encuentros con André y con Joost, pero exigió que fuese en persona a contárselo todo.
—Presiento que hay una reunión a la vista. De esas cosas no se habla por teléfono. Los Beatles tampoco se volvieron a juntar por teléfono.
—Ellos no se volvieron a juntar nunca.
—A eso me refiero. ¿Cuándo quedamos?
—¿El miércoles?
—El miércoles.
El martes, David me mandó un correo electrónico.
«Querido Bartje —me escribía—, te cuento lo siguiente para que mañana no te lleves una sorpresa desagradable. ¿Qué ha pasado? Últimamente me siento algo cansado, así que me digo: «Vayamos por una vez al médico». Voy a ver al doctor Coomans. Me da unos golpecitos en el pecho, trastea un rato con su estetoscopio por mi panza y mi espalda: de lujo. Luego, la tensión. Me pone el brazalete en el bíceps, lo hincha y deja que salga el aire. Demasiado alta: medicación y a perder peso. Me pregunta si hago algo de deporte. Le digo que monto en bicicleta. No tengo ni idea de por qué, porque la verdad es que no monto nada en bicicleta. Vaya, dice, qué bien, yo también monto en bicicleta. ¿Bicicleta de carreras? Sí, bicicleta de carreras, una Koga. La única marca que me viene a la cabeza en ese momento. Fantástico, dice el médico, el domingo por la mañana, a las nueve y media, delante del hotel Edén. Así que voy a Van Spankeren: me tengo que comprar una Koga. ¿Tiene que ser obligatoriamente una Koga? Sí, una Koga. Me muestra una Koga. Perfecto, me la quedo. Suelto mil doscientos euros y salgo de la tienda con una Koga. Más una equipación. El domingo ya está prácticamente aquí, y se me hace un mundo».
«Querido David —le contesté a vuelta de correo electrónico—, me habría sorprendido menos si me hubieses contado que te habías casado con una tailandesa. ¡Cielo santo, el campeón de Surinam! Vamos a dar sin tardar una vuelta en bicicleta».
«Por supuesto —respondió él—. Y, además, con Joost y André. Una contrarreloj por equipos. Hoy he encargado un maillot de la marca Rapha. ¿Los conoces? Es estupendo, de verdad, estupendo. De lana merina. Y he pedido también una bandana de seda. Si voy a montar en bicicleta, naturalmente quiero ir un poco pulcro. Se dice así, ¿no?»
Reenvié este intercambio de correos electrónicos a Joost y a André.
Entré en el restaurante italiano de la calle Houtmark en el que David come tres veces por semana. Es un hombre de costumbres fijas: no tuve que buscar en qué mesa se había sentado. Llevaba una camisa azul claro, que combinaba elegantemente con un pantalón negro y unos zapatos que parecían trenzados. David encargaba sus camisas en Italia, al igual que sus zapatos, hechos a mano. Llegó incluso a viajar a Italia, exclusivamente para que le tomasen las medidas exactas: es uno de los pocos viajes al extranjero que ha hecho en los últimos decenios.
—¡Bart! —Se levantó para darme un apretón de manos y unas palmadas en los hombros—. ¡Bart, chico! Es un placer extraordinario tenerte de nuevo aquí. Me siento como un apátrida en esta ciudad, cuando tú no estás. ¿Cuándo narices piensas volver de una vez para siempre? La vida ganaría una barbaridad en calidad. Instálate aquí como escritor, sería también muy beneficioso para la fama de esta ciudad.
Las bienvenidas de David eran largas como conferencias, expresadas en el dialecto de la región, refundido con unos vagos recuerdos de Paramaribo que acentuaba más todavía porque sabía que yo lo disfrutaba un montón.
—¡David, amigo! —le contesté, fiel a la costumbre—. Héroe de la bicicleta ¿en qué restaurante exclusivo volvemos a tener esta noche el placer de cenar juntos? ¿Vienes a menudo por aquí?
—Solo de tres a cuatro veces por semana —dijo mientras le hacía un gesto al camarero—. Hoy es, casualmente, mi visita número mil, así que pienso que el propietario, que acaba de entrar en la sala, nos agasajará efusivamente.
Pidió una botella de vino blanco de la casa.
—Si algo es bueno, para qué cambiarlo. Es mi lema. ¿Qué te parece?
—Que tienes razón.
Me preguntó si ya había leído a Roland Barthes, su texto sobre el Tour de Francia. Le respondí que había colocado las Mitologías en el montón de «libros pendientes de leer».
Además de Anna, David era la única persona que sabía que estaba trabajando en un libro en el que quería relacionar el ciclismo con la filosofía. Le había puesto, como título provisional, Spinoza en bicicleta. Ya había leído bastante sobre Spinoza y sus principios. Había intentado seguir con su Ética, pero allí, desgraciadamente, me había quedado encallado.
David había llegado ya hasta a mandarme un índice de los capítulos: 1. La bicicleta: análisis filosófico; 2. Filosofar en bicicleta; 3. Los filósofos griegos y la bicicleta; 4. Kant en bicicleta; 5. Las victorias de Merckx en el Tour: análisis filosófico; 6. Armstrong el filósofo; 7. La bicicleta como medio de transporte hacia la verdad; 8. El sexo, la filosofía y la bicicleta (más una gran jarra de cerveza); 9. Cómo seducir a las mujeres con filosofía y bicicleta; 10. Cómo leer sin manos; 11. Nietzsche era un dopado.
Con David nunca sabes si está hablando en serio o si te está gastando una broma. Lo más probable es que en este caso fuese mitad y mitad. Me bombardeaba con propuestas de lectura para el proyecto. Tenía la impresión de que dedicaba la mitad del tiempo que pasaba en su agencia de viajes a hacer investigaciones para mi libro.
—¿Qué tal es tu nivel de francés? Tienes que leer la nueva biografía de Anquetil. Se ve estupendamente ilustrada la relación entre el comportamiento en la bicicleta y la visión de la vida. ¿Sabías que a Anquetil le desilusionaba profundamente ganar una contrarreloj con doce segundos de diferencia? Le parecían doce segundos de más. ¿No es maravilloso? Eso te tiene que servir para algo, ¿o no? O sus observaciones sobre el amor y el sexo. ¡Ja, ja! Y tienes también a Peter Sloterdijk, el filósofo alemán. Ha escrito cosas muy interesantes sobre…
—Escucha, David. Me temo que no llegaré nunca a redactar el libro si antes tengo que leerme todos los libros que me recomiendas. Si lo hago, moriré leyendo en la cama, sin haber puesto ni una sola palabra sobre el papel.
Me observó, algo desilusionado. Después, le hizo un gesto al camarero, que vino a tomar la comanda.
—Dos miércoles, Henk.
—¿Miércoles?
—Está buenísimo. Ya verás. Que yo recuerde, no hemos comido los dos juntos aquí en miércoles, ¿o me equivoco?
David cogió la servilleta de la mesa, se la colocó en el regazo, se inclinó un poco hacia delante, y se quedó mirándome. Ya se le había pasado la desilusión.
—Bartje, esto que te voy a preguntar no lo adivinarías en siglos. ¿Quién entró en mi tienda, súbitamente, la semana pasada? ¿No se te ocurre nada?
—No tengo ni idea.
—Marga Sap. ¡Marga Sap! Se presenta una señora americana, ya sabes, muy maquillada y llena de bótox, y pienso: a ver quién es esta. Y, de repente, la reconozco. Marga Sap. Adivina cómo se llama ahora.
—Ni pajolera idea. ¿Marga Juice? [15]
—Marge Armstrong. Te lo juro. Marge Armstrong. ¡Ja, ja!
—¡No es verdad!
—¡Que sí!
—¿Y qué pasó?
—Vinimos a comer aquí.
—Muy original.
—Antes estuvimos dando un paseo por la ciudad. Dos horas. Hacía por lo menos veinticinco años que no la había pisado. No daba crédito a sus ojos.
—¿Y después?
—Tras la cena, la llevé a su hotel y me contó lo que pensó la primera vez que entré en vuestra clase.
—¿Y?
—Había oído decir que todos los negros tienen una polla inmensa y pensó: «Allí tienes una».
—¡Anda ya, Daaf! [16]
—Así que…
—¡No!
—Sí. Marga Sap. Por fin.
—¿Y ahora?
—Ahora está otra vez con Jack en Lansing, Michigan. Me dijo que te diera recuerdos.
—Flota en el aire.