Ventoux
Capítulo 28
Y acía con los ojos cerrados en una tumbona. David se echaba una siesta en su habitación. Laura todavía no había vuelto. Había llamado a David para decirle que tenía que atender un par de cuestiones urgentes. André y Joost estaban en bañador, sentados al otro lado de la piscina, agitando las piernas dentro del agua.
—¿Cómo vas, Joost? —preguntó André.
—Si no te importa, prefiero seguir negando la realidad.
—Me parece bien. Yo también lo niego todo. Pero eso es otra cosa. No tengo elección.
—Yo tampoco. Todavía me tengo que acostumbrar al hecho de que mi vida se ha acabado, así que, por comodidad, sigo negándolo un poco. Vivo, en cierto modo, en tiempo prestado.
—Exageras.
—Iba derecho hacia el Premio Nobel. Lo ponía negro sobre blanco en el periódico De Volkskrant. «El Lance Armstrong de la física», escribieron.
—Bonita comparación. Ese Armstrong tampoco era trigo limpio. Y yo también aparecí en el Volkskrant. Y en todos los demás periódicos. Por lo menos, mis iniciales. Visto ahora, en tu caso también habría sido mejor así.
—Hostia, Dré. Ya no soy nada. Los treinta últimos años se han evaporado en un instante. Esta mañana, el rector magnífico me ha declarado en excedencia. Es el vestíbulo del deshonroso despido.
—A la mierda ese premio, Joost —dijo André, con toda frialdad—. A la mierda las mujeres americanas, a la mierda el doctor, hombre de ciencia y premio Spinoza Walvoort. Deja que se lo metan todo por el culo. ¿Vale?
—Tal vez sea capaz de hacerlo dentro de un año. Pero por ahora no sé qué tengo que hacer. Estoy profundamente avergonzado. Quisiera hacer como Saddam Hussein: meterme en un agujero y no salir nunca más de él.
—No lo hagas. Has cometido un error, igual que yo. No has jugado estrictamente según marcan las reglas. Has atraído hacia ti la furia de la buena gente. ¿Y qué? ¿Eres acaso una mala persona?
—Así me siento, sí. Para serte sincero.
—Repite conmigo —ordenó André.
Joost lo miró.
—¡Os podéis meter todo por el culo!
Para mi asombro, Joost repitió las palabras de André, aunque fuese con un poco de timidez:
—¡Os podéis meter todo por el culo!
—¡Me alegra haberme liberado de todo eso!
—¡Me alegra haberme liberado de todo eso!
—¡Más fuerte! ¡A la mierda todos! —gritó André a pleno pulmón.
—¡A la mierda todos! —repitió Joost, casi tan fuerte como André.
—¡A-la-mier-da-to-dos!
André lo pilló de sorpresa y lo empujó al agua.
—Y ahora, voy a proceder a bautizar al renacido Joost Walvoort — anunció—. ¡En nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo!
Joost salió de debajo del agua, elevándose como un portero de waterpolo, y arrastró a su padrino al agua, con un grito salvaje.
Laura andaba aparentemente sin dificultad con sus tacones de aguja sobre el césped. Se veía que había pasado por su hotel. Llevaba una falda recta oscura con una blusa de seda blanca. La vestimenta le daba cierto aire aristocrático. Se aproximó a mí.
Pareció dudar un instante.
—Perdóname por la bofetada —dijo luego—. No tenía que haber hecho algo así. Pero iba conduciendo detrás de ti, y de repente me volvió todo a la cabeza. Yo…
—Lo sé. Pero en ese momento no lo pensé. Lo tenía todo bajo control. Ese descenso no presenta ninguna dificultad.
Se fue hacia una tumbona y la arrastró junto a la mía, bajo la sombrilla. Joost estaba en su habitación, André estaba tumbado al otro lado de la piscina,
leyendo [53] The Fifteenth-century Printing Types of the Low Countries, que, según él, era «maravillosamente interesante». David había ido a hacer la compra al pueblo.
Laura yacía en la tumbona, con los ojos cerrados, pero yo sabía que no dormía. Aparté mi libro y cerré yo también los ojos. Mi brazo tocó el suyo.
—Qué gracioso, que esa montaña se llame el Col de la Madeleine —dijo.
—El Col de la Madeleine de verdad es mucho más alto. Es una montaña célebre en el Tour de Francia.
—¿Has leído [54] À la recherche du temps perdu?
—No. Puede que lo haya empezado alguna vez, pero no recuerdo ni siquiera eso.
No dijimos nada durante por lo menos cinco minutos. Luego, ella preguntó:
—¿Por qué has venido? ¿Para despertar recuerdos dormidos?
—No hace falta. Podría escribir lo que pasó esos días hora por hora. Una reconstrucción minuciosa.
—Deberías hacerlo. Yo también lo haría. Así podríamos someter a un estudio profundo el funcionamiento de la memoria. ¿Quieres una taza de té? ¿Agua? ¿Un Sauvignon frío? ¿Un rosado de Provenza?
—Son las cinco. Vino blanco.
Me levanté y le pregunté a André si quería beber algo. La voz de Joost salió por la ventana. A él sí que le apetecía una cervecita helada. Fui a la cocina. Me crucé con Joost, que salía al jardín. Solo llevaba puesto un traje de baño.
—¿Le has devuelto ya la bofetada? —me preguntó.
Oí llegar el coche de David y serví una copa de Sauvignon.
Cuando salí al jardín con la bandeja, André estaba haciendo caballitos con la Raleigh al borde de la piscina. Lo hacía sorprendentemente bien, era capaz de avanzar sin dificultad hasta cinco metros sobre la rueda trasera. Laura, a quien le hacía mucha gracia, reía abiertamente. Joost hizo su viejo truco de la piscina: el pino al borde de la piscina, dejándose caer luego de espaldas en el agua. David se había sentado en mi tumbona, al lado de Laura, y se limpiaba las gotas de sudor de la frente.
—¿Puedes hacerlo también solo sobre la rueda delantera? —le gritó Laura a André—. Creo que lo he visto hacer alguna vez en el circo.
—Imposible. Lo que sí puedo hacer es dar una vuelta a la piscina de pie sobre el sillín.
Las salpicaduras de una bomba de Joost dibujaron aritos en el vino. Posé los vasos en el suelo, al lado de las tumbonas.
—Quien quiera beber tiene que venir ya con mami.
Pero André ya estaba poniéndose de pie sobre el sillín y Joost dijo que se iba a tirar al agua de un salto mortal hacia delante.
—¡Lau, báñate tú también! ¡El agua está estupenda!
Se levantó, con la copa en la mano.
—Espera que me beba el vino, y voy.
Sentí la punzada de los celos por todo el cuerpo y cómo me maldecía a mí mismo, como hacía de joven, por mi torpeza en el trato con las chicas. Ahora tendría que ir a ponerme yo también el traje de baño y hacerme tres largos buceando. Sumergirme entre las piernas de Laura y subirla sobre mis hombros. Hacer el muerto. Pero no lo hice.
—¿Has hecho ya una reserva para esta noche? —le pregunté a David.
—Acabo de pasar por allí. Un bonito restaurante que da sobre un río seco, con una terraza encantadora.
Seguí a Laura con la mirada mientras entraba en la casa para ponerse el traje de baño. Estaba relajada y guapa.