Ventoux
Capítulo 1
M e llamo Bart Hoffman. En realidad, mi nombre oficial es Johannes Albertus Hoffman —Hoffman tal y como lo escribe Dustin, con dos efes y una sola ene—. Nací hace casi cincuenta años en Zutphen, una pequeña ciudad al borde del río IJssel, en la región de Achterhoek. Mi padre era director de una escuela primaria cristiana de esa población.
Soy periodista de sucesos en un periódico de ámbito nacional. Pertenezco a la generación de estudiantes universitarios que recalaron en el periodismo tras abandonar la carrera. Un chico al que conocía de mis estudios de filología neerlandesa escribía de vez en cuando un artículo para la página de arte del periódico De Volkskrant. Se enteró de que en la redacción de deportes buscaban a alguien para que mecanografiase los resultados los domingos por la tarde. De vez en cuando también tenía que ir a algún partido de futbol de poca relevancia, cuando andaban cortos de personal. Escribir se me daba bien: cuando oí que buscaban un reportero, me presenté al puesto y me lo dieron.
No me dolió dejar mis estudios; no tenía mucho en común con mis compañeros de aula. No me interesaba nada todo ese rollo sobre el escritor
Reve y el poeta Lucebert[2], ni tampoco sobre la gramática generativa de Chomsky. Era el único de mi promoción que leía el semanario deportivo Voetbal International. A mis compañeros de clase no les impresionaba nada que fuese capaz de recitar de memoria, sin esfuerzo alguno, los cinco primeros minutos de la intensa transmisión de Herman Kuiphof de la final del
Campeonato del Mundo de fútbol de 1974[3]; y eso que era una verdadera obra de arte ready-made. Mucho antes de que se pusiera de moda, yo ya imitaba a Cruyff estupendamente; pero mis compañeros ni siquiera lo conocían.
El reportero que hacía las crónicas de ciclismo se jubiló al cabo de dos años y me transfirió a mí la responsabilidad de ese deporte. Durante la primavera, viajaba detrás del pelotón e informaba primero sobre la París-Niza o sobre la Tirreno- Adriático, y después sobre las clásicas. Y en verano, me iba al Tour de Francia.
Por la mañana perseguía un rato al pelotón, cuando terminaba la etapa hablaba con los ciclistas, luego mecanografiaba el artículo y por la noche iba al restaurante con los colegas, para comentar la carrera y hablar de la vida. No me podía imaginar una existencia mejor, y siempre me entristecía un poco cuando, llegado el otoño, tras el Campeonato del Mundo, la París-Tours y la Vuelta a Lombardía, todo se acababa de nuevo durante cinco meses.
A los veinticuatro años, unos días después de que los Países Bajos se convirtieran en campeones de Europa de fútbol, me fui a vivir con mi novia. Hinke era guapa: tenía la piel blanca y los ojos claros y provocadores del norte. Se llevaba la pierna al cuello con facilidad, porque hacía gimnasia desde muy pequeña. Estaba enamorado de ella y me resultaba agradable, pero eso fue antes de que brotara lo que había de desagradable en ella.
Cuando nuestra hija Anna cumplió cuatro años, en 1995, me dio a elegir. Podía optar entre la paternidad o la vida de vagabundo de un reportero de ciclismo. En el primer caso, ella seguiría formando parte de mi existencia; en el segundo caso, desaparecería de esta y se llevaría a mi hija. Ante la disyuntiva, preferí convertirme en un padre de verdad.
Me presenté ante el redactor jefe y le expliqué mi situación. Nuestro reportero de sucesos se había muerto de un ataque al corazón hacía cosa de un mes. El redactor jefe me preguntó si sabía algo de crímenes y de jurisprudencia.
—He sido reportero de ciclismo y he leído Crimen y castigo—respondí, más o menos de guasa.
—Muy bien, entonces eres el hombre que necesitamos. Enhorabuena.
Cuando cumplí cuarenta años, dejé de fumar, saqué mi vieja Batavus del cobertizo y empecé a limpiarla. Fue, si se me permite decirlo, una de las mejores decisiones de mi vida. Montado en la bicicleta fui comprendiendo, poco a poco, pero con toda claridad, la noción de que puedes girar hacia la derecha, pero también hacia la izquierda. De que puedes tomar siempre la misma ruta, pero que también puedes elegir otra. De que a veces las cosas suceden, pero que otras veces tú también puedes hacer que algo suceda. A pesar de todo, tuvieron que pasar todavía cinco años antes de que nos divorciáramos. Entonces Anna ya tenía dieciocho años, y no había por tanto razón alguna para que siguiéramos juntos.
Desde que me volví a quedar solo vivo en un piso amplio en el centro de Alkmaar. Me vine a esta ciudad en una época en la que Ámsterdam me resultaba demasiado grande, y sus habitantes demasiado ruidosos y seguros de sí mismos, y ahora ya no quiero irme de aquí. La decoración del piso es muy sobria, pero eso no me importa nada. Tengo todo lo que necesito, y me gusta disponer de espacio a mi alrededor.
No hay ni un solo metro entre Den Helder y Purmerend por el que se pueda ir en bicicleta que no conozca. Cuando vas en bicicleta sientes que el tiempo se detiene, o por lo menos que no representa ninguna amenaza. La bicicleta te protege contra la desesperanza.
Anna se ha comprado una Bianchi: se nota que ha tenido un buen maestro. Nada de bicicletas de carreras alemanas por Internet, ni una nueva marca americana, sino una bicicleta italiana de una marca clásica. Sabe quiénes fueron Coppi y Bartali, y le gusta más el Giro que el Tour.
—¡Espléndido color! —exclamé cuando me la trajo para que la viera—. Un bonito azul agua.
—Se dice turquesa.
No tenía ni idea. Para saber algo así tienes que ser una mujer ciclista.
—La Dama Bianca —le dije.
—Giulia Occhini.
—¿El doctor?
—Enrico Locatelli.
—¿En…?
—Varano Borghi.
—¿Junto al..?
—Lago Comabbio.
—¿Y eso qué es?
—No existe, son las lágrimas del dottore Locatelli, mezcladas con las gotas de sudor de Fausto Coppi.
—Y con los néctares de amor de Giulia Occhini.
Anna estalló en carcajadas:
—¡Bart, que te está oyendo la niña!
Esto último era una cita de su madre. En ese mismo instante volví a ver ante mis ojos la tienda de marca De Waard, en el campingitaliano, con el desayuno sobre la mesita desvencijada y la risa confabulada de Anna.
—¿Pasión o traición?
—Pasión. Si no se hubiese marchado con Fausto, entonces sí que habría sido traición.
—¡Muy bien!
—¡Bart! ¡Estás convirtiendo a la niña en un ser completamente amoral! Por supuesto que fue una traición.
Era uno de nuestros diálogos fijos. Teníamos como una decena de diálogos semejantes, y ambos nos sabíamos perfectamente nuestra parte correspondiente. Este texto era más especial si cabe. Cuando Anna tenía diez años, nos acercamos durante las vacaciones hasta Varano Borghi, no muy lejos del Lago Mayor, para conocer el lugar del que procedía Giulia. Yo acababa de ver una obra de teatro titulada Fausto y Giulia, y quería averiguar si quedaba algo en el pueblo que recordase la más famosa historia de amor del deporte.
No había nada. Le pregunté a un transeúnte si sabía dónde estaba la antigua vivienda del dottore Locatelli, pero se encogió de hombros.
Era finales de febrero, y de lo que se hablaba todavía era del
Elfstedenstocht[4], pero ella ya había dado alguna vuelta con su bicicleta. Me señaló el cuentakilómetros: 195 kilómetros.
—En cuatro salidas. No está mal ¿eh? Y sola, que eso también hay que tenerlo en cuenta. A una media de 26,1 kilómetros por hora.
Quedamos para salir en un par de días. Me regocijaba de antemano. Montar juntos en bicicleta es amistad, amor y afinidad, todo junto.
Pedaleamos hacia el oeste. Al llegar a Egmond nos metimos por las dunas. Los rayos del sol arrancaban el frío de la arena.
—Un poco más despacio, papá —me gritó Anna—. Que no estoy en forma, me falta todavía un tiempo para estar a punto.
Hablaba como un profesional al principio de la primavera. Bajé la marcha, me situé a su lado y le di un empujoncito en la espalda.
—Pedaleas demasiado fuerte. Todas las mujeres pedalean demasiado fuerte. Eso es porque están acostumbradas a bregar con esas ridículas bicicletas de abuela. Tienes que pedalear con souplesse, con un golpe de pedal más suave.
Hizo lo que le aconsejé. Descansé las manos sobre el manillar y, muy ligeramente, sobre la felicidad.
En una terraza en Bakkum, un chico guapo nos trajo el café. Anna se había quitado su chaquetón y él le miró la camiseta.
—Te favorece mucho —le dijo.
—Gracias —le contestó ella, regalándole una sonrisa celestial.
—El pantalón también te sienta bien.
Con un gesto irreflexivo de la mano lo mandó a paseo.
Tomé un sorbo de café y la miré fijamente:
—Pasan cosas extrañas, Anna.
—Sí, pasan cosas muy raras. En Estados Unidos se metió una pantera en un barrio residencial y se quedó dormido en un sofá. Lo leí esta mañana en…
—Que me pasan cosas extrañas a mí. En mi vida.
—¡Oh! ¿Qué cosas extrañas?
—Bueno, en primer lugar, me reencuentro con mi viejo amigo André en el juzgado.
—¿Es juez?
—No.
—¿Abogado?
—No, es delincuente.
—¡Jesús! ¿Y es amigo tuyo? ¿Tiene que ir a la cárcel?
—No, ha sido absuelto por falta de pruebas.
—Menos mal. Bueno, para él. ¿Y qué otras cosas raras te pasan?
—Un poco después leí que mi amigo Joost está nominado para el premio Spinoza.
—¿Qué hace?
—Es un físico excepcional. Por lo menos, eso es lo que pone en el periódico.
—¡Ah! No tenía ni idea de qué iba ese premio.
—Es una especie de Premio Nobel neerlandés, por decirlo de algún modo.
—Qué amigos más chistosos tienes. Y aquel otro, ¿cómo se llama…?
—David. El de la agencia de viajes. Pero ese no cuenta, porque a él lo veo con cierta frecuencia y me llama un par de veces por semana.
—Pero ¿qué hay de extraño en todo esto?
—Que todo vuelve.
Se quedó mirándome, pensativa.
—No creo que sea tan raro, me parece a mí. Esas cosas pasan. Por casualidad.
—Había otros dos amigos —le contesté—. Un amigo y una amiga, para ser exactos. Peter y Laura.
Entonces alzó las cejas:
—¿Y también han vuelto a aparecer?
—No.
Le hice señas al camarero y pedí otros dos cafés. Dudaba de si debía contarle la historia, y decidí no hacerlo. El día era demasiado hermoso.
—¿O es que están muertos? —preguntó ella.
Con André me topé a comienzos de 2012, en el expediente de una causa por un asunto de cocaína en el que, posiblemente, «estarían implicados altos funcionarios y otras personas importantes». Se me escapó un «¡Anda! André».
Fui al juzgado y esperé a que entraran los acusados. André se había afeitado la cabeza. Tenía un aspecto estupendo, y llevaba un traje que había costado, sin duda alguna, más que todo mi guardarropa. Su mirada se deslizaba entre los presentes, como buscando algo. Me di cuenta de que me había reconocido por una inclinación prácticamente imperceptible de la cabeza. Creo que sabía que yo estaba allí, aun antes de haberme visto.
Lo absolvieron dos semanas después, por falta de pruebas. André me miró entonces más abiertamente y sonrió. No había duda posible de que había interpretado correctamente mi mirada: buen trabajo, chico, has ganado la partida.
Una semana más tarde leí un artículo sobre el profesor doctor Joost M. Walvoort y su trabajo sobre la teoría de cuerdas. Se le nombraba como posible candidato al premio Spinoza, dotado con dos millones y medio de euros. «Es una cantidad importante, que te permite hacer muchas cosas como investigador», decía Joost en el periódico. Yo sabía exactamente cómo lo había dicho y la cara que había puesto al pronunciar esas palabras, con una expresión en la que se mezclaban cierto descuido con una dosis de arrogancia.
Busqué el nombre de Joost en el sitio web de la universidad de Leiden: «Prof. Dr. J.M. Walvoort (Joost), física teórica». En la fotografía que acompañaba al texto pude apreciar que los años no habían dejado en su rostro huellas muy profundas. Miraba hacia el objetivo seguro de sí mismo, con esa ligera burla tan suya en los ojos.
Marqué su número, y me cogió enseguida el teléfono.
—Hola, soy Bart.
—Hola Pol, tú otra vez —dijo, como si fuese la cuarta vez que hablaba con él ese día.
Cuando íbamos en bicicleta, Joost me llamaba Pol, porque le parecía que
sonaba a as del ciclismo flamenco. Él era Tuur[5].
—Se me ocurrió pensar: «tengo que llamar a Joost».
—Muy bien. ¿Y cómo estás? ¿La polla todavía te funciona sin problemas?
Esto es lo mejor de los viejos amigos. Que, después de veinticinco años, le llamas, y tu amigo el sabio lo primero que hace, antes de nada, es preguntar con gran interés por la salud de tu polla.
—Estupendamente —le contesté.
—Bien. ¿Nos tomamos una cerveza?
—Para eso te llamo.
—Vale, pues dime cuándo.
Le propuse una fecha.
—Perfecto. ¿En Ámsterdam o en Leiden? ¿O ya no vives en Ámsterdam? ¿En Alkmaar? Pues si te parece quedamos en Leiden. En Huis De Bijlen, ¿lo conoces? A las ocho. Así comemos algo primero.
Directo a la acción, sin más palabrería, y al mando, como si fuese él el que me hubiese llamado, o como si hubiese estado a punto de hacerlo.
—Vale —le contesté—. Tengo ganas de volver a verte, Joost.
Yo tampoco había cambiado nada, dispuesto como estaba a aceptar de inmediato que Joost se arrogase el papel de líder.
—Muy bien. Si quieres, te puedes quedar a dormir. Tengo sitio de sobra.
Seguía conservando ese ligero acento de Ámsterdam.
No le conté que, tres días antes de vernos, iba a montar en bicicleta con André.