Ventoux

Bert Wagendorp · Capítulo 14 de 37

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Ventoux

Capítulo 12

 

 

C uando Peter no estaba escribiendo o leyendo, se dedicaba a ver películas. Tenía en su habitación un televisor de gran formato y un reproductor de vídeos, un Philips N1700. Y, sobre ellos, en dos estantes, un montón de cintas de video.

La colección de Peter la formaban, sobre todo, películas italianas. Según él, los directores italianos eran los únicos que hacían literatura filmada. El cine de Hollywood no le parecía más que pulp, y no era recomendable que le hablases del cine que se hacía en los Países Bajos, porque entonces se

desataba su furia. A nosotros, [26] Spetters nos parecía una buena película, pero según Peter, esto no hacía más que confirmar nuestra falta de gusto:

—Ese Verhoeven no es más que un paleto ordinario con una cámara. ¿Y por qué todas las mujeres que aparecen en las películas neerlandesas acaban siendo folladas a los cinco minutos?

Grababa películas que se emitían por televisión, pero también conseguía, de alguna u otra forma, hacerse con videos originales. En aquella época vi todas las películas italianas que se proyectaron en los Países Bajos. La habitación de Peter era lo suficientemente grande para hacer de mini sala de cine para seis personas. El último tango en París y Novecento, de Bertolucci, Los cuentos de Canterbury, El Decamerón y Saló o los 120 días de Sodoma, de Pasolini; Fillini, Visconti, De Sica, Antonioni, Bolognini, Scola, los hermanos Taviani y Olmi; gracias a Peter, nos convertimos a velocidad de vértigo en expertos en cine italiano. Teníamos sesión por lo menos una vez por semana, y muchas veces Peter hacía una introducción con datos de interés sobre la película, el director o los actores y actrices.

Las paredes de su habitación estaban decoradas con carteles de cine que compraba en una pequeña tienda especializada en Ámsterdam. Había uno de El inocente, de Visconti, en el que se veía a un hombre con dos mujeres. Tenía también el póster de El jardín de los Finzi Contini, de De Sica: un hombre cuya cabeza descansaba sobre el hombro de una mujer.

Una tarde, André apareció con Hasta que llegó su hora.

—Esta película no es italiana —dijo Peter.

—Pues claro que sí. Por algo la llaman un spaghetti western. Y Sergio Leone ¿es italiano o no? Es una película estupenda, tío, y todo lo que sale es real. Leone no imita el agua con plástico azul, como ese Fellini tuyo.

Unas semanas antes, André se había ido durante la proyección de Casanova, cuando este remaba en un mar de plástico.

—Hasta que llegó su hora es una mierda de Hollywood. No es todo más que falso sentimiento. Y también bastante increíble.

Las únicas películas norteamericanas que, según Peter, merecían la pena, eran El Padrino, 1 y 2, y Apocalypse Now, según él porque se trataba en realidad de películas italianas.

Un domingo, Peter nos invitó a venir a ver su nuevo descubrimiento. Era a finales de octubre, Jan Raas había ganado esa misma tarde la París-Tours.

Cogió un tubo, del que sacó un póster de La herencia Ferramonti, de Bolognini. Se veía una mujer con una máscara. La película no nos decía nada.

—Esta mujer —dijo cuando hubo terminado de desenrollar el poster— es Dominique Sanda. También salía en El jardín de los Finzi Contini.

Dejó un momento de hablar y sacó un rollo más pequeño del tubo.

—Y Dominique Sanda —siguió diciendo mientras lo desenrollaba, mostrándonoslo a nosotros— se parece a alguien.

Empezó a reírse, mientras esperaba nuestra reacción.

—¡Laura! —gritó Joost, como si se tratase de un concurso.

Tenía razón. Parecía que Peter nos estaba enseñando una fotografía de Laura llena de glamur. Los ojos soñadores con un gran iris, la nariz y la boca, finamente dibujadas, la melena de color rubio oscuro: Laura.

Laura era la única que no estaba convencida de su increíble parecido con Sanda:

—Yo no soy tan guapa.

—Tú eres un poco más guapa todavía.

Peter lo dijo con un tono que no admitía duda alguna.

—Sanda tenía aquí diecinueve años. Hacía el papel principal de El conformista, de Bertolucci —prosiguió Peter.

—¿Y qué película vamos a ver hoy? —André señaló hacia una bolsa de plástico tirada en el suelo—. ¿Algo con Laura, desnuda en una película porno italiana de arte y ensayo?

—¡Dré!

—Perdona, Lau.

Peter sacó dos cintas y las mantuvo en el aire:

—Las dos son de la misma directora. He tardado en encontrarlas, pero al fin lo he conseguido. De Liliana Cavani. Empezamos esta tarde con El portero de noche. Yo ya la he visto una vez, pero tenía quince años. A esa edad no se comprenden bien películas como esta.

—Empieza a intrigarme —dijo André.

—Tiene sexo, así que te va a parecer una película muy buena.

Peter metió la cinta en el reproductor.

—¿Tienen todos los presentes dieciocho años?

De todas las películas que vimos en el Sweet Lady Jane, El portero de noche fue la que más nos impresionó, tal vez solo por detrás de El Padrino. Todavía puedo recordar con todo detalle algunas escenas.

La enfermiza pasión entre Maximilian, el antiguo miembro de las SS, y la judía Lucía, no podía dejar de asombrarme. Todavía no sabía que la sumisión puede formar parte del amor, al igual que el dolor. No entendía a esa mujer, pero al hombre tampoco.

—Así son las personas —dijo Peter, cuando terminó la película—. Así es el amor. ¿No está mal el sexo, eh, André?

André pensaba con la mirada perdida. Ni siquiera oyó la pregunta.

Laura miraba a Peter con los ojos como platos.

Una semana más tarde vimos la otra película que había traído, Más allá del bien y del mal, sobre la relación entre un artista que yo no conocía, una artista que tampoco conocía, y Friedrich Nietzsche. En la escena inicial, el artista follaba con la artista, mientras Nietzsche los miraba.

A mí no me pareció una película tan buena, lo que irritó profundamente a Peter. Para él, se trataba de una obra maestra. Más adelante nos contó que había visto El portero de noche otras tres veces, y Más allá del bien y del mal otras cuatro. Era algo que hacía a menudo, y entonces veías aparecer en sus poemas elementos de las películas.

El papel de la artista, que se llamaba Lou Salomé, lo interpretaba Dominique Sanda.

Algo más tarde, en noviembre de 1981, se publicó el libro de Peter, Poemas para Anna. Hubo una presentación en la editorial, en Ámsterdam. Hasta allí nos fuimos en el Chevrolet Impala del padre de Peter. Cabíamos todos justitos, Laura y Peter junto al capitán Willem delante, y nosotros cuatro detrás.

Madame Olga se quedó en casa, porque, de todos modos, no iba a entender nada, y además la sauna no podía cerrar con motivo de la presentación de un tomo de poesía. El capitán Willem había hecho lo que había podido, colgando los poemas de Peter en las paredes, pero a sus clientes no les importaba un pimiento la poesía.

Otra cosa que disminuyó las ganas de madame Olga de acompañarnos fue un defecto en el ojo izquierdo que le habían diagnosticado hacía un mes. Según Peter, se trataba de una cuestión genética, que había causado la ceguera de varios miembros de su familia rusa.

—Está deprimida —nos contó—. Quiere que vendamos el barco.

La fama había precedido a Peter en la escena cultural de Ámsterdam. El hermoso espacio de la editorial, sito en un típico edificio junto a un canal, estaba bastante lleno. Joost, André, David y yo nos situamos estratégicamente, junto al grifo de cerveza. Intentábamos ahogar en alcohol todo lo intimidados que estábamos, y cuanto antes mejor. Vimos a poetas que habíamos tenido que leer en el instituto, e incluso alguno que hasta habíamos visto por televisión. Pasó un poco de tiempo hasta que la cerveza consiguió que soportáramos todo eso.

A demanda del editor, Laura se puso a un lado de Peter. Del otro estaba el capitán Willem, rebosante de alegría. Al editor le parecía una buena idea dejar bien claro quién se escondía en el libro con el nombre de Anna, que se llamaba Laura y que era guapísima. Peter había escrito un moderno ciclo de poemas del siglo XX sobre Laura. ¿Qué más se podía pedir?

Peter leyó un par de poemas. Tras cada uno de ellos, Joost, que había bebido demasiada cerveza con el estómago vacío, gritaba:

—¡Olé!

El editor soltó un discurso en el que nombró a Peter «el nuevo Hans

Lodeizen[27]». Después, Peter entregó el primer ejemplar a su padre. Este no lo digirió nada bien, y tuvo que secarse las lágrimas de los ojos con la gorra de capitán en las manos. Todos los presentes en la sala estaban emocionados, a pesar de que, para entonces, todo el mundo sabía ya que el lobo de mar era capitán de un Arca de las Delicias.

Tras la parte oficial del acto, un hombre con gafas de pasta negra y barba se acercó a Peter. Se presentó, y dijo que escribía críticas de poesía.

—Así que la Anna de los poemas es una mujer de verdad —sentenció.

—Es una mujer de verdad que, probablemente, germinó en mi fantasía.

El hombre asintió con la cabeza, despacio.

—Sí, sí. Comprendo —dijo—. La palabra se hizo carne. ¿Y es verdad que te has criado en un burdel?

—Es cierto. Un burdel flotante.

El crítico miraba a Laura, que escuchaba la conversación con una sonrisa en los labios. Esa sonrisa desarmaba a todo el mundo. El hombre se sonrojó, se ajustó las gafas en el puente de la nariz, y preguntó:

—¿Eres la novia de Peter?

—Soy su musa.

Laura parecía haberse transformado de repente en otra persona. No era la Laura que nosotros conocíamos, con su retraimiento segura de sí misma. Tenía un algo provocador, algo que nunca antes le habíamos visto.

—Intento vivir sus poemas —dijo—. Al máximo que puedo. Realmente, no existen límites morales para ello.

Alrededor de su boca se formaba esa sonrisa altiva con la que mantenía a raya a los babosos que pretendían seducirla. Se había dado cuenta de que el crítico era uno de ellos.

—No puedes romper las convenciones de la poesía y mantenerlas en pie en otros aspectos. ¿No le parece?

El hombre asintió:

—Claro, el arte solo puede ser liberador cuando es consistente consigo mismo y fiel a su propia verdad, en todas sus facetas. Creo que Neruda lo escribió en alguna parte.

—Eso es lo que quiero decir —dijo Peter—. Neruda, claro. El bueno de Pablo.

—Confieso que he vivido —añadió Laura, servicial.

—Así que el libro no te está dedicado a ti porque sí —contestó el hombre.

—Me resulta difícil ser yo quien lo diga, pero ¿no se ha fijado usted que el libro se titula Poemas para Anna, y que yo me llamo Laura?

—Anna es, digamos, ¿un nombre literario?

—Le parece excitante llamarme Anna. No sé por qué.

El hombre le preguntó a Peter quién había influido en él.

—Liliana Cavani —respondió.

A la vuelta, Joost se dedicó a imitar al crítico:

—El arte solo puede ser liberador cuando es consistente consigo mismo, ¿no lo cree usted también, capitán Seegers?

Al capitán Seegers le dio tal ataque de risa que se desvió un poco demasiado hacia la izquierda. Un camión que venía de frente pasó a nuestro lado tocando la bocina.

Peter pasó un brazo alrededor de Laura y la atrajo hacia sí. Era un gesto que veíamos a menudo, la afirmación de su especial vínculo poético. Nosotros habíamos convenido tácitamente en que no había sexo entre ellos, que su relación era puramente espiritual y que, por tanto, todavía no lo teníamos todo perdido.

Las críticas del libro fueron exultantes. La opinión generalizada era que los Países Bajos habían encontrado un talento poético muy joven pero muy grande. En la revista Vrij Nederland apareció un artículo sobre la floreciente poesía de la provincia, con Peter Seegers como abanderado. Se citaba a Laura: «La joven poesía no aguanta ninguna moral». Menos mal que los padres de Laura no leían ninguna revista de opinión. De lo contrario, es probable que se hubieran estrellado con su DAF Daffodil contra el tren de cercanías de Arnhem.