Ventoux
Capítulo 9
L a primera vez que la vimos fue el 14 de julio de 1981. Estábamos los cinco en la piscina, a la sombra de los robles, en nuestro lugar habitual, allí donde el césped dibujaba una ligera pendiente hacia arriba. Hacíamos lo de siempre: jugar al fútbol, comer helados, atrapar avispas en una botella, chacharear cosas sin sentido, y David practicar la doble Nelson. De mi
transistor salía la voz de Theo Koomen[21], que retransmitía, desde su motocicleta, el Tour de Francia. La etapa de ese día se dirigía hacia el Alpe d’Huez, y no quería perdérmela.
Justo en ese momento, Joost sometía a David a lo que llamaba el castigo infernal de los sodomitas: acababa de leer El lenguaje del amor, de Gerard
Reve[22], y ese libro le había causado tanto impacto como a mí El ciclista. Golpeó con una rama las plantas claras de los pies de David, con acritud:
—¿A que te gusta esto, maricón?
Desde que entró en nuestro club, David era nuestro homosexual: por su manera de vestir, pero también porque no se tomaba la molestia de negar que lo fuera. Nos dejaba hacer, tranquilamente. Y no hacía caso del acoso de otros que se derivaba de esta actitud. Los demás no importaban. De hecho, a nosotros no nos preocupaba tanto saber si David era realmente homosexual o no.
—¡Y a continuación voy a tener que azotar tu culo prieto de chaval! — exclamó Joost.
David seguía leyendo tranquilamente Huckleberry Finn. Peter tenía un cuaderno y tomaba apuntes.
André jugaba a mantener la pelota en el aire, y contaba. Lo cual era completamente prescindible, porque, si quería, era capaz de aguantar hasta la hora de cierre. Con el pie izquierdo, con el derecho, con la cabeza, o con una combinación de los tres.
Yo no hacía nada. Bueno, sí, mirar a los demás.
Y entonces llegó ella, como traída por el viento. André paró de contar, dejó rodar la pelota y se dio la vuelta. Joost abandonó sus prácticas de tortura y miró en la misma dirección que André, mientras se le abría la boca, dejando escapar la lengua. David cerró su libro y también miró. Peter interrumpió la escritura y giró la cabeza hacia su derecha.
Resplandecía. Atraía toda la energía de la piscina hacia ella, y parecía no ser consciente de lo que provocaba. Extendió una toalla sobre el césped, se tumbó como cae una hoja del árbol cuando sopla una leve brisa durante el veranillo de San Miguel, se acomodó sobre la espalda, dobló la pierna derecha y cerró los ojos.
Joost fue el primero en recuperarse. Tartamudeaba y movía la boca sin que salieran sonidos, lo que era en él síntoma de que su cerebro estaba dándole vueltas a alguna experiencia intensa que debía todavía asimilar.
—¿Habéis visto eso? —preguntó entonces, en un susurro, como si se tratase de un espejismo—. ¿Pero habéis visto eso? Me cagó en Dios. Mejor dicho, ¿estáis viendo lo que yo?
—¿A qué te refieres? —contestó David.
Joost estaba demasiado aturdido como para reaccionar ante la broma. Contemplaba a ese ser con la boca abierta.
—¿Quién es? —pregunté yo.
Nadie contestó. Pero es que era una pregunta estúpida. Peter se había levantado. Estaba acostumbrado a ver mujeres guapas, pero esta era, también para él, una aparición especial.
André recogió su pelota, la mantuvo en el aire una docena de veces y la dejó caer de su empeine, aposta, en dirección a la chica. Lo hizo perfectamente: la pelota rodó lentamente hacia ella, alcanzó su cadera y se quedó parada a su lado.
La chica se dio la vuelta y miró. Luego se rio.
André se dirigió hacia ella. Mientras recogía la pelota, le dijo:
—Hola.
Le dijo «hola» a un ángel celestial, o a una estrella de cine, o sabe Dios quién era ese ser.
—Hola —dijo la chica.
—Perdona por lo de la pelota. Se me escapó del pie.
—No pasa nada.
André dudo un instante. Hizo rebotar la pelota una vez.
—¿Te apetece un helado? —le preguntó después, como si fuese su hermana.
—Vale, gracias.
Su voz tenía algo especial. Era cálida y cantarina. Era una voz que te masajeaba el alma. André nos señaló a nosotros cuatro.
—Ven a sentarte con nosotros. Ese chico, el más moreno de todos, estaba a punto de ir a comprar helados.
Con movimientos cimbreantes, la diosa se levantó, cogió el libro, el bolso y la toalla y se acercó a nosotros.
Tenía una media melena rubia que le caía en largos mechones alrededor de la cara. Los ojos eran azules, pero no de ese duro azul germánico, sino del azul que decora algunas casas de las islas griegas. Su piel era de seda dorada.
—David, te toca —dijo André, de nuevo de aquella forma expeditiva que no recordaba haber apreciado antes en él.
David se levantó y miró a la chica con una mirada que hacía pensar que, después de todo, no era homosexual. Ella le dedicó una sonrisa y a mí me atravesó una oleada de celos. Tenía que haber ido yo a por esos helados.
—¿De chocolate? —le preguntó a la chica.
—Sí, estupendo.
Mientras David se alejaba arrastrando los pies, ella se sentó, acercó las rodillas a su cuerpo y dijo:
—Me llamo Laura.
Peter la miró con detenimiento, sin decir palabra.
—Peter —dijo finalmente—. Me llamo Peter.
Los ojos de Laura se quedaron detenidos más tiempo sobre Peter que sobre cualquiera de los otros, pero eso era lo que pasaba siempre con todas las chicas.
—¡Peter, Peter! —gritaba Theo Koomen en la radio.
Peter Winnen había ganado la etapa.