Ventoux

Bert Wagendorp · Capítulo 16 de 37

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Ventoux

Capítulo 14

 

E l padre de André estaba en el patio trasero de la casa, limpiando la Raleigh que había comprado al equipo de Peter Post al final de la temporada. La bicicleta había pertenecido a Jan Raas. Pasaba una gamuza con bencina blanca sobre la cadena, para eliminar el aceite y la suciedad.

—Inconvenientes del otoño —me dijo—. Después de cada vueltecita, toca limpiar la bicicleta. ¿Tú sigues montando de vez en cuando?

Hice un gesto con la cabeza, entre el sí y el no.

—A veces. Ahora no mucho, la verdad. ¿Está André en casa?

—Arriba. Se pasa mucho tiempo solo en su habitación últimamente. No tiene buen aspecto. No estaréis haciendo tonterías, ¿no?

—No, no, claro que no.

Pasé por la cocina y el pasillo, y en tres saltos llegué al piso de arriba:

—¡Dré!

No respondió. Solo se oía Another Brick in the Wall, de Pink Floyd. Abrí la puerta. André estaba sentado en la única silla que había en la habitación, de espaldas a la puerta y con los pies sobre la cama.

La ventana estaba abierta, y se podía oler perfectamente por qué. Hacía poco que André había empezado a fumar porros. Hablaba del rojo libanés como si él mismo importase la droga, y tenía una maceta con maría en una esquina de la habitación. No se le notaba mucho más, solo que hablaba más despacio cuando se había fumado un canuto.

El mayor cambio era que había dejado de jugar al fútbol. Los gritos del entrenador habían empezado a irritarle los nervios. Hasta el presidente del club se había pasado por su casa para intentar convencerle de que siguiera: ya había debutado en primera y se le consideraba el mayor talento del club. Se habían visto en las gradas a ojeadores de los equipos De Graafschap y Vitesse. Pero André ya no tenía ganas de jugar.

—¡Hola, Bartje! ¡Qué pasa, cabrón?

—Hola drogata.

—Un estupendo opio afgano —contestó—. Entra con fuerza, tío.

Yo nunca iba al antro en el que André conseguía su hachís; no me gustaban ni ese ambiente lóbrego que se suponía cautivador, ni los tipos turbios que merodeaban por allí.

—Déjalo ya, tío. Dicen que te puede volver loco.

—También puedes volverte loco sin necesidad de fumar. Todo puede pasar.

—Escucha, Dré. David me ha dicho que fuiste con Laura a Arnhem.

Intentaba parecer relajado.

—Sí, así es. Al Colectivo Willem Breuker [28]. ¿Te suena? Jazz experimental, por llamarlo de algún modo. No es lo tuyo. Fue el sábado pasado ¿no te lo había dicho? Pensé que te lo había contado.

—No.

—Fue una pasada.

—Ah, ¿sí?

—Realmente extraordinario. Se oían pitos y bocinas por todas partes. Volví muy contento.

—¿Y Laura?

—También. Muy contenta. También le pareció una pasada.

—¿Fuisteis en tren?

—Claro. ¿Cómo si no? ¿En bicicleta?

—La próxima vez me gustaría ir con vosotros. Tal vez a mí también me guste. En directo es muy distinto que en disco.

—¿Estás celoso? —preguntó, dejando en el suelo Bajo las ruedas, de Hesse.

—Sí —respondí.

—¡Por Dios, tío! Entramos en la sala del Musis Sacrum y la mitad de la sala se dio la vuelta. Y no era para mirarme a mí.

—Ya.

—Y pasó lo mismo en el tren. Y en el andén. Es como si salieras con una estrella de cine.

—Sí.

—Yo hacía como que no me daba cuenta, y ella también.

—Ya.

—A la vuelta estábamos solos en el vagón. Afortunadamente.

—¿Solos?

—Sí, solos los dos. Y entonces nos besamos.

Me miró con curiosidad, como queriendo observar detenidamente qué sensación producían sus palabras en mí.

—Ah ¿sí? —le contesté—. ¿Un beso de verdad? Quiero decir…

—Sí, de verdad.

—¿Y después?

—Después, nada. Después el tren llegó a la estación, y ella se fue en bicicleta a su casa, y yo a la mía.

No me atreví a preguntarle si, desde entonces, había vuelto a pasar algo entre Laura y él.

—Para que quede claro, Bartje: no mantenemos ninguna relación. Veo que es lo que estás pensando, por eso te lo digo. Si hubieses ido tú con ella a ver a Willem Breuker, la habrías besado tú. Fue todo muy natural. Sentí como si…

—¿Cómo si qué?

—No sabría decirlo.

—¿Qué es lo que sentiste distinto?

—Oye, relájate, que estoy buscando las palabras. Nunca antes había sentido algo así, así que es bastante difícil describirlo.

—Vale.

—Fue tierno, dulce.

—Ya veo.

Tenía que tener cuidado de no imitarle, con su ternura y su dulzor.

—También me dijo que últimamente Peter está raro.

—¿Raro? ¿Cómo?

—No quiso decirlo. Dijo que estaba raro y luego se puso a llorar. Y eso que justo antes estaba muy contenta.

Me fui a casa y llamé a Joost.

—¿Sigues enfadado? —me preguntó.

—No. Perdona que me mosqueara tanto.

—No hay de qué. Naturalmente, pensaste: está tumbada en la cama de él, con ese vestido amarillo, así que se la tiene que haber metido, esa polla suya tan grande. Pero no. Aunque no hubiese tenido inconveniente alguno.

Se calló, esperando más preguntas.

—No pensé nada.

—Por supuesto que pensaste eso. Pero te contaré lo que pasó.

—Vale.

—Bueno. Pues entras, la ves acostada, y te vas. Yo la miro, y ella me mira a mí. Los dos sabemos qué ha pasado. Se levanta, y se pone a llorar.

—¿A llorar?

—Sí, no muy fuerte, con gritos o así, sino muy suave. Me siento a su lado, y rodeo sus hombros con mi brazo.

—¿Y entonces?

—Entonces dice: he ido con André al Musis Sacrum, a ver al Colectivo Breukink. Y yo le digo: Breuker. Sí, Breuker, dice ella. Después fuimos a beber algo y luego cogimos el último tren.

—Ya lo sé.

—Pero esto no lo sabes todavía —dijo Joost—. Se estuvo besando con André en el tren.

—También lo sabía.

—Entonces, ¿por qué llamas?

—¿Te habló a ti también de Peter?

—No. Solo dijo que tenía miedo.

—¿De qué?

—No lo sé. No me lo dijo. Solo dijo que tenía miedo.

Se produjo un silencio al otro lado de la línea.

—¿Bart?

—¿Sí?

—Estoy allí, sentado, rodeándola con mi brazo, y de repente me besa. En plena boca, siento su lengua deslizándose por dentro de mí.

—¡Coño, Joost! Así que…

—Y nada más. Solo un momento. Se limpia las lágrimas, se levanta, y se va. Fue, cómo te diría, fue…

—Dulce y tierno.

—Algo así.

Tomé aliento.

—¿Dijo algo más, antes de irse?

—Dijo: me gustaría ser normal. Como Marga Sap, por ejemplo. Y me gustaría que Peter también fuese normal. Como tú, por ejemplo.

—¿Eso dijo? ¿Como tú?

—No, eso me lo he inventado.

Aquella noche no dormí. No hacía más que pensar en Laura. Tenía la sensación de que estaban pasando cosas poco corrientes, y eso me daba miedo, aunque no supiera precisar qué cosas eran esas que estaban pasando. Me faltaba la visión de conjunto. Durante mucho tiempo había pensado que percibía lo que ocurría en nuestro pequeño mundo, que podía interpretar los acontecimientos, pero había perdido esa habilidad, y me sentía inseguro.

Le escribí a Laura una larga carta. Puse en ella todo lo que sentía, sin ocultar nada. Cuando llegué con la carta delante del buzón, consideré romperla. Sabía que estaba a punto de hacer algo irreversible. Oí el sobre precipitarse sobre las cartas y tarjetas de otros.

El lunes, a primera hora, teníamos neerlandés. La busqué, nervioso, por la explanada delante del instituto. Pero llegó tarde. Ya estaba sentado al lado de André cuando ella entró en el aula. Pude ver en sus ojos que había leído mi carta. Pasó por mi lado, acariciándome el hombro casi imperceptiblemente con el índice.

Cuando se sentó junto a Marga Sap, volví un instante la cabeza. Había dejado su macuto verde del ejército sobre el pupitre, delante de ella. Había escrito con un marcador rojo las iniciales del Colectivo Willem Breuker. Me miró y sonrió. De repente, me sentí muy feliz. Hizo el gesto de escribir, con la mano.

Nunca recibí contestación.