Ventoux

Bert Wagendorp · Capítulo 32 de 37

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Ventoux

Capítulo 30

 

H abíamos vuelto del restaurante y estábamos sentados al borde de la piscina. André le preguntó si se acordaba de su propia entrada en nuestras vidas.

—Por supuesto —respondió Laura—. Tú estabas intentando mantener una pelota en el aire. Joost estaba sentado sobre la espalda de David, Bart estaba tumbado en el césped y Peter estaba sentado sobre una toalla escribiendo en un cuaderno. Me parecisteis graciosísimos desde el primer instante. Estabais representando una especie de obra de teatro. De hecho, lo seguisteis haciendo todo el tiempo. Incluso ahora.

—Tal vez por eso te hiciste directora de escena —sugirió André—. Porque ya habías estado unos años entre actores.

Laura se rio.

—Peter había escrito un poema esa tarde, todavía lo recuerdo: Acuéstate en la llanura yerma, sobre tu costado, sobre su costado, hasta que el alba te abra las compuertas.

Lo recitó como si lo tuviera delante de sus ojos.

—Leí ese poema en el entierro de mi madre —contó David—. No sabía que lo hubiera escrito esa tarde.

—Había algo en él. Parecía ausente, y sin embargo no se le escapaba nada.

—¿Qué pensaste de él? —preguntó Joost.

Laura entendió a dónde quería llegar.

—Pensé que era un soñador. Alguien que vivía en otro mundo. Y a mí me apetecía vivir en ese mundo. Era como si hubiese descubierto una nueva dimensión. Podía decir cosas que, al principio, yo no entendía en absoluto, pero que más adelante me resultaban evidentes. Y eso me desconcertaba.

—¿Te desconcertaba?

—Sí. La manera que tenía de percibir las cosas.

—Yo nunca llegué a verlas.

André la miró fijamente.

—¿Te enamoraste de inmediato de él?

—Creo que nunca estuve enamorada de Peter. Tal vez pensé que sí en algún momento, pero no duró mucho. Era otra cosa.

—A mí me dijo una vez que teníais una relación platónica —intervine yo —. Mucho después…

Laura lanzó una risa sarcástica.

—¿Os acordáis de El portero de noche? —preguntó—. De 1974, pero creo que nosotros la vimos en 1981, más o menos. Il portiere di notte, de Liliana Cavani. Con Dirk Bogarde.

—Hotel zur Oper —apunté.

—Todavía me acuerdo —contestó David—. Bogarde hace de un antiguo SS que trabaja de portero de noche en un hotel. Con, ¿cómo se llama ella…

—Charlotte Rampling —intervine yo.

Me venían a la mente imágenes que prefería no ver.

—Creo que Peter y yo vimos esa película cinco o seis veces. A mí me parecía espeluznante, pero él estaba obsesionado con ella. Yo tenía dieciséis años, no entendí de primeras qué es lo que a él tanto le gustaba. Ahora sí que lo sé: reconocía algo en esa película. Algo de sí mismo. Esa judía, Lucía, que había sobrevivido al campo entregándose al SS Max. Fue como si Peter descubriera de repente que el amor y el sexo también tienen que ver con el poder. Claro que lo podía haber descubierto también en el barco de su padre, pero tal vez eso le pillaba demasiado cerca.

—Una escena excitante —recordó Joost—, esa en la que ella se sienta encima de él en el hotel. Una mujer muy guapa, Rampling. El sueño de todos los chicos de dieciocho años. Ser desvirgado por Charlotte Rampling.

Laura lo miró y dibujó una sonrisa en los labios. Se puso a cantar suavemente: «Wenn ich mir was wünschen dürfte, möchte ich etwas glücklich sein, denn sobald ich gar zu glücklich wär, hätt ich Heimweh nach dem

Traurigsein [58] ».

—Bonito y triste —apreció David.

Reconocí los versos, pero no supe de inmediato de qué.

—Marlene Dietrich. Lucía la canta para los oficiales de las SS, y luego Max pone sobre la mesa una caja con un regalo para ella. Dentro hay una cabeza cortada.

Nadie dijo nada. Me angustiaba lo ominoso de lo que iba a seguir.

—Era como si Peter, de repente, se hubiese dado cuenta de cómo era nuestra relación. De que podía hacer conmigo lo que quisiera. De que yo sobrevivía la prisión de mis padres gracias a él. Gracias a vosotros, pero, sobre todo, gracias a él. De que yo me había sometido completamente a él. Eso le entusiasmó. Él era Max y quería que yo fuese su Lucía. Y eso fue lo que hice. A otro nivel, en otro mundo, en el mundo de dos adolescentes. Pero lo hicimos, yo lo hice.

No me atreví a preguntarle cómo debía imaginarme ese mundo.

—¿Cómo tengo que imaginarme ese mundo? —preguntó André.

—Una chica de dieciséis, diecisiete años. Un chico de dieciocho. Y ambos extraen una suerte de disfrute perverso de la relación de poder, del dolor y de la humillación en su relación. Eso es, más o menos. ¿Quieres detalles?

—Déjalo —contestó André—. Ya me hago una idea.

—¿Tú también? —preguntó Joost—. Me refiero a ese disfrute perverso.

—Yo también. Solo más tarde me di cuenta de que había cambiado una falta de libertad por otra.

—¿Y qué ocurrió entonces? —Joost había asumido el papel de interrogador.

Laura tenía la mirada perdida.

—Lo que os voy a contar ahora es difícil.

Hizo una breve pausa y tomó un sorbo de vino. Se frotó la frente con la mano, como si le doliese.

—La siguiente película de Cavani —continuó— se llamó Más allá del bien y del mal. También la vimos en el barco. Vosotros una vez, Peter y yo mucho más a menudo. Trata del ménage à trois entre Friedrich Nietzsche, el escritor Paul Rée y Lou Salomé.

—Yo creo que la vimos el día de la Omloop Het Volk, Bart —dijo André.

No pude reírme con esa salida de André. Me daba miedo lo que iba a venir a continuación. Sentía crecer el pánico.

—Peter quería ser Nietzsche; yo, naturalmente, era Lou Salomé. Y pensó que Bart era el más adecuado para el papel de Paul Rée. En la película, Rée folla con Salomé mientras Nietzsche le sujeta la mano a él.

Eso era lo que había estado oculto durante treinta años.

Bajó la mirada, ensimismada, como esperando ser golpeada.

Di que no es verdad, pensé. Por favor, di que no es verdad.

—¡Capullo! —exclamó André—. ¡Manipulando a todo el mundo!

Joost miraba a Laura, sin poder pronunciar palabra. David se fue hacia la cocina, sacudiendo la cabeza.

—Yo creo que, en esa época, estaba loco —dijo Laura—. No sé si temporalmente o para siempre. Y creo que consiguió llevarme a su mundo. No me pareció tan raro incluir a Bart en nuestra relación. Creo que me pareció más bien excitante. Después de todo el moralismo de mi infancia, vivía como una liberación eso de cruzar las líneas rojas. No me di cuenta hasta más tarde que eso no era así. Pero eso ya os lo he dicho.

La observé. Di algo, pensé, di algo que lo haga un poco soportable.

—Lou Salomé quería realmente a Rée. Vivió con él muchos años, cuando Nietzsche ya se había vuelto completamente loco —concluyó Laura, y me miró directamente a los ojos.

—¡Oh!

No pude decir nada más.

—¡Mierda! —exclamó Joost, cuando Laura se hubo retirado a su habitación.

André me puso la mano en el hombro.

—Ahora sabemos por qué nos quería ver aquí. Para clarificarnos la imagen que teníamos de Peter y de ella. Qué putada para Bartje. Me puedo imaginar que te sientes muy estúpido. Fue hace mucho tiempo, pero estas cosas…

Le hice un gesto para que lo dejara estar.

—En cuanto llegue a casa me pondré el DVD de la película de El portero de noche —dijo Joost—. ¡Santo cielo! ¿Cómo se le ocurre a alguien de dieciocho años imitar algo así con una chica de dieciséis? ¿Cómo tienes que estar de enfermo?

—¿Cómo puedes estar tan cerca de alguien, durante años, y sin embargo no ver qué le está pasando? —dije yo. Me sentía como arrollado por un carro de estiércol, a pesar de las últimas palabras de Laura.

—¿Y por qué se mata entonces ese capullo con la bicicleta? —preguntó Joost—. Podemos tachar de la lista los celos. Todo iba según lo previsto. Bart folló con Laura, solo faltaba que el triunvirato tomara forma. Se mata con la bicicleta. La chica se ha dejado follar para nada…

—Coño, Joost, tranquilízate un poco —dijo André.

—Quieres un culpable a toda costa —seguí yo—. A ser posible, yo. Porque había, presuntamente, traicionado a Peter. Y ahora ya no sabes qué pensar. Porque el traidor está muerto.

—No es nada de eso —contestó Joost—. Solo quiero saber cómo pasan las cosas. Por qué pasan las cosas.

—Tal vez pasan porque tienen que pasar.

—Chácharas de Spinoza. No sirven para nada. Tal vez Peter quería impresionarte. Como próximo coamante que ibas a ser, digamos. Debía haber tenido también sentimientos homosexuales, porque si no, no se te ocurre algo así.

Me pareció que lo mejor que podía hacer era irme. Sentía la furia bullir en mí. Cogí un par de copas y las llevé a la cocina. Joost me siguió, André y David también, como si sintieran que estaba a punto de ocurrir algo. En el vano de la puerta me giré hacia Joost:

—Gilipuertas. ¡Arrogante gilipuertas!

Seguí andando y dejé las copas en la encimera.

—Sé razonable —me contestó Joost—. Peter está muerto, así que Laura puede explicarlo todo como quiera.

—Lo que te pasa a ti, Joost, es que sigues celoso de que me eligiera a mí y no a ti. Tú habrías aceptado gustoso formar parte del trío. Te habría gustado que Peter te sujetase la mano mientras tú te follabas a Laura.

Joost señaló hacia la cara de Laura, en la fotografía que colgaba en la pared.

—¿Por qué no se habría deformado en su mente la realidad de 1982? ¿Qué es la realidad? De hecho, no hemos avanzado ni un milímetro —Se fue hacia su habitación—. Buenas noches.

Lo seguí. Vi que sonreía. El hecho de que se hubiese descubierto mi papel le producía cierto gozo. Lo tranquilizaba. No había perdido contra mí, había perdido contra Peter, el director de una obra de teatro enfermiza. Peter había elegido a otro actor principal para el papel de humillado, y eso le convenía. Era una compensación por la frustración de un matrimonio fracasado y el enojo por una carrera profesional malograda.

Se dio la vuelta, para decir algo más. Cogí la fotografía de la pared y avancé hacia Joost. Se quedó paralizado, mirando, como curioso por ver qué es lo que iba a pasar a continuación. Alcé el cuadro y lo rompí sobre su cabeza. La madera rozó su frente y, por la fuerza con la que lo golpeé, se desgarró el cartón sobre el que estaba pegado. Seguí empujando la fotografía hacia abajo, de modo que el marco se quedó como un grotesco collar alrededor de su cuello.

—¡Mierda de hijo de médico! ¡Capullo de Ámsterdam! ¡Sucio tramposo! ¡Científico de pacotilla! —intentaba darle donde sabía que le dolería.

Joost no hacía más que mirar el marco que colgaba de su cuello. Sus labios se movieron como para decir algo, pero de su boca no salió nada. Un reguerito de sangre le corría desde la frente, por la nariz. André y David también se habían quedado mudos.

Laura estaba en el relleno de la escalera, en el piso de arriba, y nos miraba como si acabáramos de representar una obra de teatro fuerte, pero bastante paleta también.

Joost miró, furioso, hacia arriba. Se sacó el marco del cuello y se metió en su habitación. Cuando volvió a salir, se había puesto una chaqueta. Se metió la cartera en el bolsillo interior. Sujetaba un pañuelo contra la herida de la cabeza. No dijo nada, no miró a nadie, y salió de la casa.