Ventoux
Capítulo 17
E ra por la tarde, la víspera de nuestra partida para Joost y para mí. Estábamos reunidos en la oficina de Aventuras Vayas donde Vayas, donde solíamos quedar a menudo para echarnos sobre el gran sofá de cuero que había delante de una nevera bien provista. Esta vez, el ambiente era algo diferente: era la última tarde en la que nos reuníamos como escolares.
Habíamos recogido nuestros diplomas un par de días antes. El director Berghout se había dirigido especialmente a Joost y Laura, por sus excelentes notas: «Habéis hecho un gran honor a nuestra escuela y ahora el país espera grandes cosas de vosotros». Laura apareció ese día en la portada del diario De Telegraaf, bajo el título «Un genio en la provincia», ya que había obtenido seis dieces y dos nueves en los exámenes finales. A la pregunta de qué iba a hacer después de esos resultados, contestó que iba a pasar un año en Perugia para aprender italiano.
Peter escribió, para la ocasión, un extenso poema. Berghout lo presentó como uno de «los más famosos estudiantes de la escuela». Subió al estrado vestido con un traje rosa. Al lado del micrófono había una mesita con un reproductor de cintas, conectado a la instalación de sonido del aula; cuando Peter hubo pulsado un botón, el espacio se llenó de música de piano. Era una melodía ligera y extraña, que se repetía incesantemente. Algunas personas del público empezaron a reír, nerviosas. Peter permanecía delante del micrófono, con su traje rosa, como una estatua; fijó la vista en la sala, y poco a poco fue haciéndose el silencio.
Miré hacia André, pero este parecía fascinado por la música. Su mirada se perdía a lo lejos, como si estuviese recibiendo un mensaje secreto. Me pregunté cuánto tiempo seguiría Peter allí, de pie. Al borde del estrado, Berghout hizo un gesto de disculpa hacia el auditorio.
La música pareció ir muriendo, hasta transformarse en una suave melodía, tan hermosa y fascinante que se me llenaron los ojos de lágrimas. Puse mi mano sobre el hombro de André; me pareció que era lo más lógico que podía hacer. Delante de mí, en diagonal, estaban Joost y Laura, cada uno con un ramo de flores en las manos. Laura tenía los ojos cerrados. Joost seguía el ritmo con los dedos.
No sé cuánto duró. De repente, Peter bajó el volumen de la música y empezó a recitar su poema. Parecía enlazar con toda naturalidad con la música, runruneaba con el mismo ritmo, subía y bajaba, pasaba de un staccato a unas frases largas que declamaba casi cantando, acompañado por las notas del piano. Trataba de la separación y del fluir del tiempo, era melancolía mezclada con esperanza; Peter parecía estar en trance, un brujo recitando fórmulas mágicas.
Terminó al mismo tiempo que la música. Se produjo un silencio. Peter se limpió el sudor de la frente. Sonrió hacia la sala y dijo:
—El poema se titula [31] Canto Ostinato, como la música. Gracias.
Laura empezó a aplaudir, y todo el público la siguió. André silbaba con los dedos, Joost gritaba algo ininteligible, y la gente reía mirándose entre sí.
—¡Joder tío! Mira que es bueno este tipo —dijo André—. Cómo ha molado. Tengo que conseguir esa música, creía que flotaba.
David estaba limpiándose las lágrimas de la emoción.
Esa noche bebimos demasiada cerveza. Después, nos fuimos en bicicleta hacia el Sweet Lady Jane. Peter llevó un altavoz hasta la cubierta, puso el Canto Ostinato en el tocadiscos, se desnudó y se zambulló en el río, seguido por Joost y por mí. Las notas bailaban sobre las olas y nadaban con nosotros.
La luna llena trazaba rayas en la superficie del agua y yo me sentía como si hubiese llegado al cielo. Quería quedarme para siempre allí, en el río, con esa música, con mis amigos. David, André y Laura nos observaban desde la cubierta del barco. Los tres tenían un vaso en la mano. Alcé mi brazo hacia ellos. Me devolvieron el saludo, lo que me conmovió. Peter nadó hacia mí y me cogió por los hombros. Me miró como si fuese a besarme en los labios y me clavó las uñas en los hombros.
—Nunca olvides esto. ¡No debes olvidarlo nunca! ¿Me lo prometes? ¿Me lo prometes? Mírame, Bartje. ¿Me ves? ¿Oyes esa música? Por Dios, tío, me podría poner a llorar.
—La oigo, Peter. Y te veo. Y nunca lo olvidaré.
—Se terminó. Se ha terminado, me cago en Dios —Se tapó la boca con las manos—. Quisiera que no acabara nunca —gritó por encima del agua—. ¡No puede haber terminado! ¡Tiene que durar eternamente!
A veces no entendía qué quería decir. Un poco más lejos, Joost se dejaba llevar por el agua, de espaldas.
—¡Tírate! —le gritó Peter a Laura.
Ella negó con la cabeza.
—¡Tírate! —parecía casi una orden.
Para mi sorpresa, se desnudó, quedándose solo con las bragas. Era la primera vez que yo veía sus senos. Dudó un poco, y luego se tiró desde la cubierta al río.
Joost se fue a Leiden, a estudiar física, y yo a la Universidad Libre de Ámsterdam, a estudiar filología neerlandesa. André solo sabía que se iba a ir de Zutphen. Peter iba a ser poeta, y no importaba dónde. «Tal vez me vaya a Perugia», decía. David era el único que se quedaba en Zutphen. Su padre le había ofrecido hacerle socio de su negocio, y a él le pareció un plan estupendo.
—Me puedo permitir una última cerveza —dijo Joost, abriendo una botella de Grolsch—. Este cuerpo bien entrenado la podrá procesar. He leído que Bernard Hinault también bebe de vez en cuando una cerveza, y va a ganar una vez más el Tour, este año.
Yo tenía la mirada perdida. Odiaba los momentos como estos, en los que se respira tristeza en el aire.
—¿Hace una partidita de Risk? —preguntó David.
Nadie tenía ganas de jugar al Risk. Laura estaba ojeando un folleto de viajes.
—¿Tenéis también viajes a Perugia?
—Ya lo creo —contestó David.
—Podréis venir a verme.
—Yo seguro que me paso —afirmó Peter.
Laura se quedó mirándolo un buen rato, sin decir nada. De repente se producían largos silencios, pero nadie tenía ganas de marcharse a casa.
—Por cierto, ¿a qué hora salís? —preguntó André.
—A las diez. Si es que Bart ha terminado a tiempo de hacer su equipaje.
—¿Y luego?
—Luego, iremos primero a Limburgo Meridional, para entrenar un poco. Y de allí seguiremos a los Vosgos. Luego a los Alpes franceses y después será hora de enfrentarse al terrible Mont Ventoux.
—¿Y cuándo llegaréis allí, exactamente? —preguntó André.
—Según el programa que ha preparado Joost, el martes llegaremos a Bédoin —respondí yo—. Para mí que, para entonces, estaré completamente hecho polvo por culpa de todas esas montañas, así que el miércoles será día de descanso. El jueves calentaremos los músculos y el viernes haremos la escalada.
—Vale.
—Estupendo. Pues entonces tomaré el tren el miércoles, y llegaré a tiempo para la salida —Peter miró a Laura, pero esta seguía ojeando el folleto, y no reaccionó—. ¿No hay más que un camping en… cómo se llama el sitio aquel?
—Bédoin —respondí yo—. Y sí, solo hay un camping. Está en pleno centro del pueblo, y se llama La Garenne.
Laura preguntó que por qué queríamos realmente subir esa montaña en bicicleta.
—Es un experimento. Por lo menos, para Bart y para mí. Queremos ver si la teoría concuerda con la práctica.
—Yo voy por la poesía —añadió Peter—. Poesía es atacar el Ventoso. Y porque Laura, la Laura que está aquí, se llama Laura.
La miró intensamente.
—Tal vez sea algo interesante para Aventuras Vayas donde Vayas — aventuró David—. Un autobús lleno, todos con su bicicleta, y a escalar el Ventoux. ¡Joder!
Laura dijo que hacía tiempo que no se había sentido tan triste como en ese momento:
—Es igual que un entierro.
Joost arrancó con una ristra de bocinazos el Golf negro de su madre. Partíamos de delante de mí casa; André y Laura nos despedían con las manos, Peter tenía la mirada perdida, David no estaba allí.
—¡Los que van a morir os saludan! —gritó Joost desde la ventanilla abierta.
Yo tenía el mapa de los Países Bajos en el regazo. Bélgica y Francia reposaban sobre la guantera. Había marcado con un rotulador rojo el camino hacia Mechelen, en Limburgo, el lugar de nuestros primeros entrenamientos. Los cuadros de nuestras bicicletas estaban detrás, una encima de la otra, con una manta entre ellas. Con las cuatro ruedas y la tienda que nos había prestado el padre de David, el coche estaba lleno hasta los topes.
Yo estaba melancólico. La perspectiva de tener que mudarme a Ámsterdam me quitaba el sueño desde hacía un tiempo. Mi gran amor estaba en la acera, despidiéndome con la mano y lanzándome besos, y a su lado estaba mi amigo, que también estaba enamorado de ella y con quien se había besado, y mi otro amigo, que le escribía versos y con quien mantenía una relación que yo no entendía.
—Pues ya estamos de camino, Pol —dijo Joost—. Los campeones ya han partido. ¿Por dónde tenemos que ir?
—Hacia Nimega. Y después seguir en dirección a Maastricht.
A las dos llegamos a Mechelen, en Limburgo Meridional. A las tres
habíamos montado la tienda, y estábamos listos para ascender el Camerig[32], según Joost «la mejor preparación para el Mont Ventoux, por lo menos en los Países Bajos».
—Vamos bien —dijo Joost mientras subíamos el primer tramo bastante empinado del ascenso—. Creo que estoy en forma. Todo consiste en esperar y ver.
—Te has afeitado las piernas, Tuur —resoplé.
—Pues claro. Es bueno para la moral. Mírate las tuyas, tío. Es impresentable, te bloqueas con solo verlas.
Era como si se hubiese aprendido de memoria todos los libros de ciclismo.
—Tonterías —es todo lo que pude contestar.
Cambié a la velocidad más suave. Ya. En una colina neerlandesa. No tenía remedio. Odiaba escalar.
Joost se puso en pie y se alejó de mí, bailando sobre los pedales, en la primera curva. Yo le daba a los pedales como un poseso. ¿Iba a tener que hacerlo así, durante veinte kilómetros, para subir el Mont Ventoux?
Nos quedamos un día en Limburgo, y el viernes condujimos hasta los Vosgos. Instalamos la tienda en Saint-Maurice- sur-Moselle, a los pies del balón de Alsacia.
—La primera montaña que se ascendió en el Tour.
Joost se había sentado en su colchón hinchable para depilarse las piernas. Su pedante ostentación de conocimientos sobre la historia del ciclismo empezaba a atacarme los nervios.
—¿No puedes hacerlo en la ducha?
Joost se echó a reír.
—Pol, tío, pareces nervioso. ¿Por qué? Cuéntaselo todo a tu amigo Tuur, el Águila de la alta montaña.
—Me pone bastante nervioso ese despliegue tuyo de sabiduría ciclista. Tu bicicleta no tiene ni medio año y apenas si sabes ajustarte los calapiés, pero no perdonas eso de afeitarte las piernas y hacerte el experto.
—Lo bueno no se hace esperar. Joris van den Bergh[33].
—Joost, ¿qué piensas de Laura?
Estábamos tumbados dentro de la tienda; fuera llovía. No había más que un par de tiendas en el camping. Yo tenía la esperanza de que siguiera lloviendo, para tener una excusa para desistir de la escalada que figuraba en el programa del día siguiente.
—¿Qué quieres decir con eso de que qué pienso de Laura?
—¿Qué pasa con ella?
—No tengo ni idea. ¿Es que pasa algo con ella?
—El lunes estaba tan triste…
—Nos quiere —dijo Joost.
—¿Nos quiere? ¿A nosotros?
—Sí, a nosotros. Y ahora tú te irás a Ámsterdam, yo a Leiden, ella a Perugia y André a algún lugar desconocido. Solo falta por ver qué hará Peter. David es el único que se queda donde está. Su mundo se deshace ante sus ojos. Creo que se refería a eso, cuando mencionó lo del entierro.
—Y eso también es muy triste, si lo piensas bien.
—Así es la vida.
—¿Crees que está enamorada?
—No. O tal vez sí.
—Le dijo a André que Peter está raro.
—Sí, eso me dijiste. Peter está loco.
—¿Loco?
—Me lo dijo mi padre el otro día. Que Peter no está del todo en sus cabales.
—Les suele pasar a los poetas.
—Mi padre dice que ese chico te mira como si el diablo estuviera pisándole los talones.
—No me había dado cuenta.
—Yo tampoco.
—Está cayendo una buena.
—Mañana habrá mucho oxígeno en el aire.
Luchaba contra el Balón de Alsacia. Joost me había dejado atrás hacía un buen rato, lo cual no me molestaba en absoluto. Sus gritos de ánimo no hacían más que abatirme. Ahora yo me arrastraba hacia arriba, a mi propio ritmo, con la marcha más baja.
Pensaba en Laura. No hacía que mis piernas me dolieran menos, pero sí me ayudaba a soportarlo. Veía su cara y sus labios formando palabras. No podía ver cuáles.
En la cima, Joost estaba de pie junto a su bicicleta, satisfecho. Por lo visto, la práctica se había atenido a la teoría. Cuando pasé por delante de él, gritó «¡Cumbre!» y pulsó el botón del cronómetro que tenía en la mano.
—¡Magnífico! Coincide exactamente. El deporte es completamente predecible, toda esa charlatanería de los comentaristas no tiene ningún sentido. El esfuerzo prestado determina el resultado.
Descendimos, yo más rápido que Joost. Me atrevía, y disfrutaba de la velocidad gratuita. Cuando llegué abajo, me quedé esperando, lo más ceremoniosamente que pude.
—¿Concuerda?
—Sí —dijo Joost—. Tú pesas más, así que caes más rápido. Nada escapa a las leyes de la naturaleza.
Volvimos rodando al camping. Yo tenía la sensación de que algo no cuadraba en su enfoque científico. Pero, como de costumbre, era una intuición, y con algo así no llegabas muy lejos con Joost.
El día siguiente hicimos los quinientos kilómetros hasta el Galibier. Temblé cuando vi por primera vez los Alpes. Los Vosgos tenían una dimensión humana, pero esas montañas me parecían, de antemano, imposibles de escalar.
—En estas montañas no hay que subir hasta la cima. Los caminos no llegan nunca hasta la punta —Joost parecía anhelar la experiencia de su primera gran escalada—. Esta es la de los hombres de verdad. Lo de antes ha sido un juego de niños, ahora sí que vamos a saber lo que es bueno.
Nos acostamos temprano.
—El Tour se gana en la cama —dijo Joost—. Zoetemelk.
Teníamos que ir desde Saint-Michel-de-Maurienne, pasando por el Col du Télégraphe, y luego desde Valloire hacia el monstruo. Para mi asombro, la escalada se me dio mucho mejor que en los Vosgos. No tuve que dejar escapar a Joost y corrí a su rueda durante los primeros doce kilómetros hacia la cima del Télégraphe. A veces él miraba hacia atrás, sorprendido.
Hacia Valloire hay una corta bajada, y luego empieza el largo ascenso hacia el Galibier. Después de unos diez kilómetros de escalada, Joost se dio la vuelta y gritó que llevábamos dos kilómetros de adelanto. Me di cuenta de que iba con problemas.
Empezaba a creer en las fuerzas misteriosas del deporte de las que hablaba a veces el padre de André. Que había días en los que era imbatible, algo inexplicable, días en los que parecía que la fuerza de sus piernas se había multiplicado por dos y que una especie de piloto automático tomaba las riendas, llevándolo directamente hasta el primer puesto del podio de honor. Tal vez yo estaba teniendo uno de esos días; en cualquier caso, era como si tuviese otras dos piernas más.
A medida que ascendíamos el silencio era cada vez mayor, hasta que dejó de llegarnos sonido alguno. Me veía pedaleando hacia arriba, como si estuviese mirando las imágenes de una cámara que corriese a mi lado. Miré mi rueda delantera, y me dio la sensación de ver una serpiente. Un poco más tarde, esta había desaparecido. Los colores del maillot de Raleigh de Joost empezaron a mezclarse, como si se hubiesen vuelto líquidos. Vi que me salía sangre de la rodilla, pero eso no me inquietó.
Una voz me dijo que tenía que parar, porque si no me iban a multar. Vi que Joost me pasaba, se daba la vuelta una vez más y me sonreía. Me horrorizó su cara demudada. Sus piernas largas eran de porcelana. Miré a la derecha y vi, a lo lejos, una casa, que parecía más bien un palacio. Un río fluía por delante. Oteé intentando ver a David y al Sweet Lady Jane. De repente me entró miedo de salirme de la carretera, me fui todo lo que pude a la izquierda, pero era como si unas fuerzas magnéticas me atrajesen hacia el borde. Había nombres escritos en el asfalto, pero no conseguía unir las letras.
De entre la nieve que se acumulaba a lo largo de la carretera salían brazos que me saludaban con la mano. Empezaba a oscurecer. Pasé por delante de una casa con un cartel, que destellaba como un anuncio de neón: LES GRANGES, ponía. Seguí pedaleando, no veía a Joost por ningún lado, seguro que se había despeñado por un barranco.
—¡Joost! —grité—. ¡Joost!
Tenía que salvarlo, pero me di cuenta de que mi boca no emitía sonido alguno. Todo se volvía cada vez más blanco a mi alrededor; miré mis piernas, mis brazos. Blancos.
Sentí compasión de mí mismo y temí estar rodando por un camino que siguiera hasta la eternidad, cada vez más alto. Pensé en el holandés errante. Ese era yo, el holandés errante. El tiempo se ha parado, pensé. Me entró el pánico. Si el tiempo se había parado, todo había terminado. Oía cómo el oxígeno bombeaba en mi interior: un ruido como de gárgaras, que me hizo sentir, muy brevemente, la felicidad. Estaba salvado, pero no sabía de qué.
Entonces la vi a ella, de pie, en una curva, sonriéndome. Quería parar, pero me di cuenta de que mis pies estaban atados y los pedales seguían girando, no era capaz de detenerlos. Ella estaba allí, en el lateral, con un bikini rojo, no entendía cómo no se moría de frío. «Ponte algo», quería decirle, y eso hice, pero lo que salió no fue más que un murmullo. Miré hacia la derecha, hacia ese precioso cuerpo, los pechos redondos y la tripa lisa. Creí ver la curva de su braguita y vi que llevaba zapatos de vestir, de tacón alto, y que había adelantado la pierna derecha, desafiante. Todo se desaceleraba, casi la toqué, estaba tan cerca de ella que pudo murmurarme al oído. «Te quiero, Pol» dijo, seguramente porque yo estaba en una bicicleta de carreras.
—Te quiero —quise decir, pero había desaparecido, la había pasado. Me di la vuelta y ya no la vi, se había disuelto; quise llorar, pero las lágrimas no aparecieron.
Pasé por delante de un muro de piedra seca: era la casa de Joost. ¿Estaría él aquí? No lo vi y tomé un trago de mi bidón. Había algo extraño dentro, algo que nunca antes había probado, algo que sabía a cerveza picada. Pasé por delante de un supermercado pero alguien gritó: «Sigue, está cerrado». La cuesta empezaba a ser muy empinada, escalaba un muro vertical, tenía que decirle a Joost que debía haberme avisado. Todo estaba ahora tan silencioso que era casi insoportable, el silencio me aplastaba como una chapa de acero, me tuve que dejar caer para no ser triturado.
—La combinación de una demanda creciente de oxígeno y una disponibilidad decreciente de oxígeno —explicó Joost—. Y, posiblemente, una falta aguda de azúcares.
Estábamos en un restaurante, a dos kilómetros de la cima del Galibier, en una sala llena de sillas de madera y mesas con manteles azules. No había ningún otro cliente.
—Mal de altura. No suele producirse hasta pasados los 2.500 metros, pero algunas personas son más sensibles. Alucinaciones. De hecho, escalaste muy bien, te tuve que dejar marchar. Hoy no han salido las cosas tal y como las había calculado. Tengo que revisarlo, puede que se me hayan pasado por alto algunos factores.
Asentí. Seguía ocupado en separar mis alucinaciones de la realidad.
Habíamos descendido como caracoles, yo no hacía más que temblar sobre la bicicleta. No podía recordar que había pasado por delante del restaurante durante el ascenso. Joost me había encontrado sentado sobre un murete; mi bicicleta estaba tirada, a mi lado. Solo entonces empecé a tener cierto control de la realidad. Me dolía la cabeza.
—Vi a Laura —le contesté a Joost, cuando este me preguntó que qué tal estaba—. Estaba de pie, en el lateral de la carretera, y llevaba un bikini rojo excitante. Le dije que debería ponerse algo.
—Le tenías que haber preguntado si quería quitarse algo—Joost tenía las cuencas hundidas. Su primer encuentro con la alta montaña no le había sentado bien—. ¿Cómo supiste que habías llegado arriba?
—No lo sabía. Paré por casualidad. Si hubiese seguido bajando, habría tenido un accidente.
Pedimos café y dos emparedados.
—Y ahora, la buena noticia —dijo Joost—. El Ventoux mide medio kilómetro menos que el Galibier.
—Vi los colores de tu maillot mezclándose, como si fuesen tintas aguadas. E ibas detrás de mí.
Cuando, al día siguiente, conducíamos por Gap hacia Bédoin, me dolía todo el cuerpo. No me sentía con fuerzas para volver a escalar una montaña, y mucho menos el Mont Ventoux, donde la gente se moría.
—Mañana nos tomamos el día libre —propuso Joost—. No haremos más que leer, comer bien y repostar. Y el viernes atacamos el Ventoux.
—Para ya con tus ataques. A mí me atacó el Galibier, y me ganó.
—No, ganaste tú.
—Pues yo no lo siento así. Lo que siento más bien es como si me hubiese pasado una apisonadora por encima.
Pasamos el Bar del Observatorio, en el centro de Bédoin.
—El bar en el que Tommy Simpson tomó su última bebida —dijo Joost, con el tono de un guía en un barco de paseo—. Un calvados.
La Garenne, el camping que había encontrado en la guía internacional de campings del padre de David, estaba en los confines del pueblo. Paramos en la recepción.
—¡Ah! Los holandeses —dijo la mujer que estaba detrás del mostrador—. Son tempraneros, este año.
Tenía unos cincuenta años.
—¿Qué ha dicho? —preguntó Joost, que no había dado francés en el instituto.
—Que este año los holandeses son muy cachondos. Se refiere a ti.
La mujer puso una cruz en la plaza en la que podíamos instalar nuestra tienda. Luego se fue al interior, para abrir la barrera.
— [34] Ici à gauche —dijo—. Bon séjour.
Joost tomó el camino en la dirección indicada. Se paró delante de una gran tienda de campaña tipo bungaló.
—Mira qué bien. El camping está vacío, pero vamos a estar al lado de niños berreando y de un abuelo desflemando. Y el resto de la familia se pasará toda la noche chismeando. Se acabó nuestra preparación. Voy a preguntar si no nos podemos poner en un sitio más apartado. ¡Que lo nuestro es deporte de élite!
—A mí no me molestan esos niños berreando.
Señalé hacia el coche que estaba aparcado, medio escondido, detrás de la tienda: la furgoneta del padre de David. AVENTURAS VAYAS DONDE VAYAS, ponía.
—Mira tú por dónde —dijo Joost—. ¿Ha tenido siempre esa inscripción?
Salieron de la tienda con una amplia sonrisa. Primero André, luego David, y después Peter.
—¡Eh, empollones! —dijo André, tirando al suelo una colilla—. ¿Habéis entrenado duro?
—¡Lau! —gritó Peter—, están aquí.
Llevaba un bikini que yo ya había visto antes, y con el que estaba arrebatadora. Parecía preocupada.
—¡Leches! —dijo Joost—. Es verdad que es rojo.
David quería investigar qué posibilidades había para que Aventuras Vayas donde Vayas pudiese organizar algo en la región. André no tenía nada mejor que hacer, y cuando se enteró de que David iba a venir con el coche, a Peter le pareció una mejor opción que el tren. Peter hizo un gesto, señalando hacia Laura. Ya os lo había dicho, quería decir.
Yo estaba contento, pero también inquieto. Era como si nos hubiesen metido a los seis en un cuadrilátero. Ya no había ni escuela, ni familia; faltaban todas las cosas conocidas, cualquier protección se había evaporado, regían otras normas. Solo nosotros seis y dos tiendas.
Laura parecía ausente. Miraba desde cierta distancia cómo Joost describía nuestras aventuras a André y a Peter. Daba la impresión que no le interesaba nada. Nunca antes la había visto así. Tenía un gran cardenal en el brazo.
Le pregunté si se había dado un golpe.
—Me han pegado. Mi padre hubiese preferido que no vienese aquí — contestó fríamente, sin emoción.
—¡Joder!
—No voy a volver. Ya no me dejo pegar. Nunca más.
La mañana siguiente nos fuimos andando por un sendero empinado hacia abajo, hacia Bédoin. Eran alrededor de las once, y el pueblo estaba desierto.
—¡Fijaos! —dijo David cuando entramos en el Bar del Observatorio. Saludó al propietario y pidió seis cafés—. Y seis de pan con jamón, monsieur Jean.
Parecía que llevara ya semanas acampado en Bédoin. Nos sentamos en torno a una mesa redonda.
Monsieur Jean posó ante nosotros unas tazas grandes con aguachirri y salió del bar.
—Se va a la panadería, y luego al charcutero —explicó David—. Monsieur Jean no tiene nunca provisiones. ¿No es gracioso?
Cuando Jean nos hubo servido los trozos de pan con jamón, Joost sacó algo de una bolsa de plástico. Era El ciclista. Tamborileó con los dedos sobre la mesa, y pidió silencio.
—Bart y yo vamos a escalar el viernes el Mont Ventoux —anunció solemnemente—. Por eso quiero leeros un pasaje de un libro que hemos leído Bart y yo, y que se titula El ciclista. Para que entendáis qué estamos haciendo. Bueno, allá voy. Reivindicaba todo para sí mismo, sin problema, incluso el libro que yo había leído primero y que me costó mucha insistencia conseguir que él leyera después. De repente, se había convertido también en su biblia.
—Tour de Francia de 1958 —declamaba Joost—. Unos días antes de que asistiera a la entrada de Charly Gaul en el Parque de los Príncipes con el maillot amarillo se produjo una novedad en el Tour: una contrarreloj de montaña de 21,5 kilómetros en el Mont Ventoux. He subido siete veces el
Mont Ventoux en bicicleta [35] ….
Le di un bocado al pan. Nunca antes había visto una loncha de jamón tan gorda. Me sentía cansado, pero también feliz. Ella estaba sentada frente a mí, y me miraba de vez en cuando. Yo intentaba descifrar algo en su mirada, intentaba encontrar alguna diferencia entre cómo me miraba a mí y cómo miraba a los otros.
—Yo siempre voy por Bédoin —seguía leyendo Joost. Hizo un movimiento superfluo con los brazos, para indicarnos que se trataba del mismo Bédoin—. Los primeros cinco kilómetros ascienden suavemente. A partir de ahí vas alejándote de la cima que divisas al mirar por encima del hombro izquierdo: un desierto amarillo pastel con un puntito encima, el Observatorio.
Se había puesto un vestidito blanco sobre el bikini. Llevaba sombra de ojos clara en los párpados; era la primera vez que me fijaba en eso. Debía tener cuidado de no quedarme mirándola fijamente, algo que, probablemente, ya estaba haciendo. Peter se levantó y fue hacia la barra. Joost alzó la vista, algo molesto, pero siguió adelante como si nada.
—Une pastis —le oí decir a Peter.
—El bosque es lo peor —proseguía Joost—. Durante más de diez kilómetros vas subiendo por pendientes de distinto desnivel, pero siempre superior al diez por ciento.
David y André parecían aburridos. No sentían ninguna necesidad de escalar el Mont Ventoux, y lo heroico de nuestro plan se les escapaba por completo. André desgajaba trocitos de pan, los lanzaba al aire e intentaba cogerlos con la boca. David ojeaba unos folletos que había cogido en la oficina de turismo. Quería ir a reconocer los alrededores al día siguiente. Peter se había quedado apoyado en la barra, por lo que Joost solo leía realmente para Laura y para sí mismo. Yo estaba perdido en mis pensamientos.
El hijo del doctor seguía con su lectura, imperturbable. Veía la sonrisa que dibujaba la boca de Laura, y eso parecía ser suficiente inspiración para no parar.
—El hecho de que siempre suba por la carretera de Bédoin no se debe a Simpson—leyó Joost, en un tono que sugería que era él, y no Krabbé, quien elegía siempre ir por Bédoin—, sino a que la contrarreloj del Tour de Francia de 1958 también pasó por ahí.
Primero pensé que había sido un golpe involuntario, pero, cuando me acarició la tibia, supe que lo estaba haciendo deliberadamente. La miré, y vi que se sonrojaba. Yo llevaba sandalias. Siguió con sus caricias secretas. Dejé caer la sandalia de mi pie derecho y acaricié su pierna. No la separó, pude ver en sus ojos que había hecho lo que ella esperaba, e incluso deseaba, que yo hiciese. Deslicé el pie a lo largo de su pantorrilla, y ella la estiró un poco para que yo pudiera subir un poco más.
—Con mi mejor tiempo hubiera quedado el antepenúltimo de los corredores no eliminados. Por favor, anótenlo en sus programas: 92: Krabbé, 1.21.50.
Ahora solo quería que Joost continuase leyendo. Deseaba que volviese a empezar de nuevo y que declamara el libro entero. Pero lo dejó. El pasaje sobre el Mont Ventoux había terminado. Levanté ligeramente con mi pie la pierna de Laura.
—Bueno —suspiró André—. ¿Has terminado? Por Dios, menudo rollo. Le regalé ese libro a mi padre, por San Nicolás. Pensé que le gustaría, eso de un ciclista como él que escribe. Todavía no lo ha leído. No se fía, dice. Según él, los ciclistas no escriben. Y los escritores no montan en bicicleta. Así que, sea lo que sea, para mi padre no merece la pena.
Peter volvió de la barra arrastrando los pies, con un vaso de pastis en la mano.
—Creía que Krabbé era jugador de ajedrez, pero resulta que es ciclista, por lo que veo.
—Fue ajedrecista —contestó Joost—. Y bastante bueno, además. Después se hizo escritor, y después escritor-ciclista —cuando se apropiaba de algo, lo hacía en cuerpo y alma—. Lo mejor es el principio del libro, donde se prepara para la salida de la carrera. En ese momento pasa por delante de una terraza, ve a todas esas personas sentadas, tipos como vosotros, digamos, y de repente le conmociona la vacuidad de esas vidas. Espera, que os leo un trozo…
—Déjalo —dijo Peter, con tono bastante irritado—. No me gusta eso de estar citando. ¿Por qué no piensas algo tú mismo?
Joost se sintió insultado, y se calló, antes de ponerse a leer ostensiblemente ese pasaje.
—Puedo organizar un viaje en bicicleta al Mont Ventoux —dijo David—, y entregar en la salida un ejemplar de ese libro a cada participante. Para que tengan algo de lectura en el autobús y para que vayan entrando en ambiente. También le podría pedir a Krabbé que venga con nosotros. ¿Qué os parece? «Sube el Mont Ventoux en bicicleta con Tim Krabbé». Tíos, entonces seguro que tendré que alquilar un par de autobuses más.
—El Mont Aigual —dije yo—. En realidad, el libro trata más sobre el Mont Aigual. Los verdaderos fans de El ciclista lo que quieren es escalar el Mont Aigoual, en las Cevenas.
Laura había retirado su pierna.
David pidió tres vinos tintos, para él mismo, para André y para Laura, y otro pastis para Peter. Joost y yo bebíamos agua.
—Tommy Simpson murió en el Mont Ventoux después de haberse tomado un calvados —dijo Joost.
Dejó caer un silencio, como pidiendo aprobación para nuestra sobriedad. Nadie reaccionó. Peter tomó expresivamente un gran sorbo de su vaso.
—No son más que quimeras, Lau —sentenció Peter, mirándola intensamente. Ella no respondió.
Un rato después nos fuimos al pequeño supermercado. David había anotado en un papel todos los ingredientes para la receta de un plato de arroz. Yo andaba sin objetivo entre los anaqueles cuando sentí unos dedos deslizarse por mi espalda. Era como si quisiera decirme algo con sus dedos, y esperara respuesta. La sonreí, pero no sabía qué tenía que decirle.
Mientras esperábamos en la caja, se puso a mi lado y me rodeó amistosamente con un brazo.
—Has adelgazado, Bartje. Tienes que comer bien, o te llevará el viento montaña abajo. Sabes que se llama la montaña ventosa, ¿no?
¡Me parecía tan sumamente adorable! Deseaba atraerla hacia mí para besarla. Quería decirle que, por mí, toda esa historia del ascenso y del Ventoux se podían ir al diablo.
Dormí con Joost en la tienda pequeña. La tienda bungaló de David tenía dos habitaciones. David, Peter y André durmieron en una, Laura en la otra.
Al día siguiente, David dijo que iba a subir el Mont Ventoux con el coche, porque quería investigar un poco los alrededores. Había leído que en la zona se practicaba mucho el descenso en canoa, lo que le iba muy bien también para su programa de viaje de Aventuras Vayas donde Vayas.
—Hoy vamos a dar una vuelta tranquila en bicicleta, para relajar los músculos.
Joost ya se había puesto su equipación. Desayunábamos en silencio. Laura se había levantado más temprano; se había sentado sobre la hierba, un poco apartada, y leía El color púrpura.
David sacó su cámara fotográfica de la tienda.
—Creo que voy a ir contigo —dijo André—. Me parece que tiene su punto, eso de subir el Mont Ventoux un día antes que estos dos ciclistas de aquí. Y siempre me ha gustado lo de montar en canoa.
Lanzó su colilla al suelo y se dirigió hacia el coche.
—Esta noche vamos a probar un restaurante local —dijo David—. A cuenta del negocio.
Un rato después, Joost también se levantó.
—Venga, Pol, ponte la equipación y vámonos.
—Yo no voy. Todavía me duelen los músculos. Me voy a tomar un día de descanso.
—Iremos despacito. Solo un par de horas para descargar los músculos, nada de forzar.
—Tuur, que no voy.
—Pues yo sí —dijo algo irritado.
—Yo te acompaño —saltó Peter—. Tengo que aprender cómo funciona eso de las marchas.
Me levanté.
—Yo también voy a leer tranquilamente un libro —dije yo, señalando hacia Laura.
—Tú sabrás —respondió Joost.
Cuando Peter pasó por delante de Laura, con su short y su camiseta, le rozó levemente la nalga con la zapatilla de su pie derecho, y cuando ella levantó la vista, le guiñó el ojo.
—Joop Zoetemelk se pone en marcha —dijo.
Ella no reaccionó.
Salieron del terreno, Peter un poco inseguro sobre la Raleigh, que le quedaba un poco pequeña.
—No te ates las correas hasta que estés fuera del pueblo —le grité.
—Estaremos de vuelta en una hora y media —dijo Joost.
Saqué mi libro de la tienda y me senté en la hierba, como un yogui. Mis ojos se deslizaban por encima de las letras, pero no leía. Sabía que ella me estaba mirando. Ya no recuerdo cuánto duró esa situación. ¿Un cuarto de hora, tal vez? No me atrevía ni a moverme. Tenía miedo de lo que podía pasar, pero más miedo todavía de que no pasara.
Cayó una sombra sobre mi libro. Laura se había levantado y acercado a mí.
—Bartje.
Estaba delante de mí. Alcé la mirada, subiendo por las piernas, por su pantaloncito rojo y por sus pechos, hasta su rostro sonriente.
—Laura —le contesté.
Se agachó, puso la mano sobre mi cuello y me besó en la boca.
—Ven.
Me levantó del suelo y me llevó de la mano hacia la tienda grande.
Me soltó para cerrar las cremalleras y correr las cortinillas de los ventanucos de plástico. Luego se giró, y me besó. Sentí sus pechos contra mi cuerpo. No sabía dónde tenía que posar las manos, me brotaban lágrimas de los ojos, quería decirle algo, pero no era capaz, porque su lengua estaba en mi boca.
Me sondeó con la mirada, como queriendo calibrar mi alma con sus ojos. Respiraba de manera acelerada, sujetaba mi cabeza con la mano izquierda, y con la derecha me acariciaba la espalda. Yo llevaba únicamente un short, y noté mi pene endurecerse contra su vientre. Me besó en la mejilla.
Me tumbé en su colchón hinchable. Ella permanecía de pie, sonriéndome. Me parecía que tenía que decir algo, algún comentario adecuado a la circunstancia, pero no sabía qué era lo conveniente. Entonces, con un movimiento de la mano derecha sobre el hombro, se desató la parte superior del bikini, que cayó al suelo.
Sus movimientos no delataban intención alguna de impresionarme, y tampoco constituían una danza erótica. Yo me quedé inmóvil, incluso cuando deslizó la braguita hacia abajo y se quedó desnuda ante mí. Sentí los latidos desbocados de mi corazón y cerré los ojos, como si no pudiese soportar lo que veía, a pesar de todas las veces que la había visto desnuda en mis fantasías.
Cuando los volví a abrir, estaba tumbada a mi lado. No se me ocurrió otra cosa que aferrarme a ella, arrastrarme dentro de ella, con la cara en su melena rubia.
—Laura.
Era lo primero que pude decir, y resultó que era lo correcto. Me acarició la mejilla con los dedos y me miró fijamente.
—Todavía tienes puesto el short.
—Perdona, es que soy un tipo deportista.
Menos mal que se rio.
—Querida Laura…
Acariciaba su cuerpo cálido, sus pechos y su vientre. Sentí cómo sus dedos jugaban con mi cuerpo y pensé que me iba a morir, pero me parecía también la cosa más normal del mundo.
—Te quiero —le dije.
Esperaba que ella entendiese todo lo que había detrás de esas palabras. Puso su mano sobre mi boca y nos callamos los dos.
Se levantó y se puso el bikini.
—No se lo cuentes a nadie —me advirtió.
Cogió su libro, yo me fui a tumbar sobre una toalla, con los ojos cerrados. Era como si no hubiese pasado nada, o como si fuésemos una pareja que lleváramos un par de años follando con ardor, pero sin gastar más saliva en balde. La pillé una vez mirándome con gesto serio. Su sudor y sus perfumes seguían pegados a mi cuerpo, sus suspiros resonaban todavía en mis oídos.
No reaccioné ante el guiño de ojos con doble sentido de Joost, cuando llegó de vuelta con Peter. Peter estaba demasiado cansado para decir nada; colocó su bicicleta contra la valla y se tumbó en la hierba. Laura se inclinó hacia él y le dijo algo, que no pude oír. Cuando, alrededor de las cuatro, David y André llegaron también al camping, lo que había ocurrido se había convertido prácticamente en un sueño.
David sugirió que nos hiciéramos una fotografía, que sería un bonito recuerdo para más adelante, para cuando fuésemos viejos y feos. Sacó del coche un trípode y ajustó la cámara encima. Luego miró a través de la lente y nos explicó mediante gestos cómo teníamos que colocarnos. Puso en marcha el disparador automático y vino con nosotros. Pensé: así que lo he conseguido, nunca más olvidaré este momento, quedará para siempre conmigo, durante todo el resto de mi vida. Peter su puso las gafas de sol, André sopló un aro de humo en dirección a la cámara, yo abracé a Laura.
Mientras bajábamos caminando hacia el pueblo yo miraba a Laura, que andaba delante de mí y que hablaba con André. No podía creerme que era la misma mujer que, un par de horas antes, había yacido, desnuda, a mi lado.
Una nueva autoestima se había adueñado de mí. La confianza en sí mismo del jovenzuelo que ha conquistado a la mujer más bella, una autoconfianza primitiva, instintiva.
André salió del baño del Bar del Observatorio con los dedos en pinza sobre la nariz. Un poco más lejos estaba El Relais du Ventoux, pero según Joost sería una traición a Tommy Simpson ir a otro lugar. Teníamos que aceptar como daño colateral los aseos mugrientos.
—Es muy posible que Simpson también se sentara a cagar allí por última vez en su vida. Como si eso no fuese historia del ciclismo.
Toda esa verborrea sobre Simpson empezaba a irritarme profundamente.
—Tocapelotas —contesté yo.
—No me extrañaría que desde entonces no se haya vuelto a limpiar nunca más ese agujero de mierda, y que el mojón de Tommy siga allí —aventuró André—. Tal vez deberíamos preguntarle al chef si sabe algo más. Podríamos llevarnos el zurullo y ofrecérselo al museo del ciclismo. La última cagada de Tommy Simpson.
Joost alzó las manos, desesperado:
—¡Sois unos bárbaros!
David había estado en un negocio que alquilaba canoas, y el dueño se había mostrado inmediatamente entusiasmado cuando David le contó que era propietario y director de Aventuras Vayas donde Vayas, y que en los Países Bajos había un gran interés por montar en canoa en el Sorgue.
—Canoas, bicicletas, veo grandes posibilidades —dijo David—. Además del aspecto cultural: Aviñón, los Papas, el festival. Y, un poco más lejos, el viejo castillo del marqués de Sade, que merece la pena un desvío. Creo yo. Deporte, cultura, sexo: la mezcla ideal.
Esa noche fuimos a cenar a un restaurante cerca del Bar del Observatorio. Parecía que una nube de pensamientos sobrevolaba la conversación. No hablamos mucho.