Ventoux
Capítulo 31
J oost se había ido y no había vuelto. David se había retirado a su habitación, abatido. Ya de joven no podía aguantar las peleas, y seguía siendo igual. André dijo que no tenía el negativo de la fotografía, así que había sido muy gilipollas por mi parte pegar con ella a Joost.
—Podías haber utilizado una silla.
Le dije que lo sentía.
Salí al jardín e intenté reconocer las constelaciones. La luz de la habitación de David se apagó. En el árbol bajo el que estaba acostado empezó a cantar un grillo. Me sentía más tranquilo. Tenía que reescribir mi historia, pero de momento no tenía ganas de hacerlo.
No sé cuánto tiempo pasó; puede incluso que me quedara dormido. Las luces de la casa estaban apagadas. La vi salir de la cocina, con su camisón blanco y con una manta en las manos. Vino andando hacia mí, acercó una tumbona junto a la mía. Se tapó con la manta sin decir nada, pero buscó mi mano. El silencio duró una eternidad.
—La vida apesta.
Me miró, con ojos inquisitivos. No conocía la expresión.
— [59] Life sucks.
—Lo que apesta es lo que hacemos con la vida.
Se giró para tumbarse sobre la espalda y miró el cielo.
—¿Sabes por qué lo hiciste?
No contestó.
—¿Sabes por qué lo hizo él?
Posó su mano sobre mi brazo.
—Tienes que perdonármelo —respondió—. Éramos jóvenes. Perdónaselo a él también. Vivíamos en un mundo ficticio. Como si fuésemos personajes de novela.
—Es raro que puedas seguir sintiéndote humillado después de treinta años.
—No es tan raro.
—No.
—Cuando eres joven, la diferencia entre el juego y la realidad es muy pequeña. Tal vez es lo que pasaba también con Salomé y sus dos amores.
—¿Qué hubiera pasado si Peter no se hubiera matado en el accidente?
—No lo sé. No volví a hablar a solas con él. Cuando regresó de montar en bicicleta, sabía lo que había pasado. Y vi miedo en sus ojos. ¿Te acuerdas de que se tumbó en la hierba y no dijo nada durante por lo menos media hora? No era cansancio. Tal vez se dio cuenta de que había ido demasiado lejos. De que había jugado a un juego cruel, conmigo, contigo y consigo mismo. Algo demasiado cruel para un chico de dieciocho años.
—Y ahora me dirás que, de hecho, sí se suicidó.
Permaneció un rato callada.
—No lo sé.
—Esta tarde dijiste que Salomé quería a ese, cómo se llama, Rée.
—Yo también te quería. No habría sido capaz de hacerlo si no te hubiera querido. Tienes que creerme.
—Entonces, ¿por qué te fuiste?
—No tenía elección, Bart.
—No lo entiendo.
—Todavía no.
Se volvió a girar para ponerse de lado, mirándome a mí.
—Después de mi divorcio, pensé: ahora puedo volver a elegir. Ahora vuelvo a tener diecisiete años. Y ahora voy a elegir bien.
Acaricié suavemente su mano.
—Pero no es así. No puedes volver atrás. Nunca. Tú ya no eres el que eras hace treinta años, y yo tampoco. No se puede enmendar el pasado.
Cerré los ojos.
—No se puede alcanzar al tiempo. A veces pienso que estoy muy cerca, pero no es así. Es muy trágico, en realidad. La vida es un mal proyecto.
—Pero también es bueno. De lo contrario, no estarías aquí.
—Esperaba recibir respuestas. Pero no aparecen más que preguntas. Y las respuestas que sí he obtenido, hubiese preferido no recibirlas.
—Todavía no te has ido, Bartje.
Me tapó con la manta. Me miró.
La ceñí con el brazo.
Los primeros rayos de sol encontraron mi cara. ¿Cuánto había dormido? ¿Cinco horas? ¿Cuatro? Miré mi iPhone: las 06:07. Hoy tenía que escalar el Mont Ventoux, después de la peor preparación de la historia del ciclismo.
Pensé que igual no haríamos la escalada. Joost ya no estaba, se había producido una terrible discusión, todo se había roto, y, esta vez, para siempre. ¿Qué sentido tendría hacer como si no hubiese pasado nada? Había sido una idea estúpida intentar llamar al pasado para repararlo.
Observé la cara de Laura, que seguía dormida. Escuché su respiración. Nunca había estado tan cerca del pasado como en ese momento. Veía la mujer joven que había sido, oía las palabras que habían salido de esos labios. La podía tocar como la había tocado entonces. Era dueño del tiempo.
Acaricié su mejilla. Abrió los ojos, pero no dijo nada. Dejé resbalar mi mano por su mandíbula, hacia su cuello. Posó su mano sobre mi cabeza. Me deslicé sobre sus pechos, hacia su vientre. Ella me acariciaba el pelo. Me miró, y creí ver lágrimas en sus ojos, antes de que los cerrara. Entonces me cogió la mano y me la apretó.
Me quité la manta de encima y me incorporé. Me incliné sobre ella y le besé la boca.
—Ya lo sé —le murmuré—. No puedes reparar el tiempo.
Abrió los ojos y entonces corrió una lágrima por su mejilla. Me miró con una tristeza infinita.
Me levanté. Vi la cima del Mont Ventoux a plena luz del sol. Me sentí de repente en calma y con vigor.
André estaba apoyado en la encimera.
—Buenos días, ¿una noche bajo las estrellas?
—Sí.
—¿Y ha sucedido?
—No. Eso ya no puede ser.
Me atrajo hacia él.
—Hermano, hoy vamos a montar tranquilamente en bicicleta, y nada más.
—¿De verdad vamos a ir? Después de toda esa bronca con Joost…
—Pues claro que vamos. Primero a desayunar fuerte y luego nos ponemos en marcha.
—No sé. Teníamos que hacer esto los cuatro, también para poner punto final a algunas cosas. Ahora que Joost no está…
—Lo haremos sin Joost. Y si no, voy yo solo. Esa vieja Raleigh tiene que escalar. Pero yo creo que Joost sí vendrá.
Llenó dos bidones, y se fue.
Cogí mi móvil y llamé a Joost. Me contestó su buzón de voz. A la segunda vez, me lo cogió.
—Hola, soy Bart.
—¿Sí?
—¿Vas a escalar hoy?
Silencio.
—He pasado toda la noche en un colchón en el que tres generaciones de putas se han ganado la vida —contestó Joost—. Así que no he pegado ojo. Me duele la cabeza porque mi mejor amigo mi quiso matar con una fotografía. Y también un poco por el alcohol, claro. Además, tengo dudas sobre todo y acidez de estómago, sé positivamente que el amor no existe y estoy sopesando suicidarme.
—Joost…
—Pero, ¡por supuesto que voy a escalar esa montaña! ¿O qué te pensabas? No estoy aquí para nada ¿no? Esa torta de ayer fue pura intimidación, pero no vas a conseguir pararme. No os vayáis, que llego. Tardaré un rato, porque tengo que ir a pie.
—Joost…
—¿Sí?
—Perdona.
—Vale. Perdona tú que te provocara así.
De repente, dudé de todo lo que un minuto antes creía saber con certeza. Escalar los cuatro esa montaña me parecía la única elección correcta.
Laura entró en la cocina.
—¿Vais a hacerlo?
Parecía preocupada.
—Pues claro —le contesté.
—¿Y Joost también?
—Acabo de colgarle. Tenía ganas. Enseguida viene.
—¡Qué bien!
Parecía que se había quitado un peso de encima.
—¿Me dejas tu teléfono? Tengo la batería vacía.