Claude Lévi-Strauss

Catherine Clément · Capítulo 9 de 30

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Claude Lévi-Strauss

9. El vaivén del alma japonesa

 

Lévi-Strauss ya no era un hombre joven cuando encontró ese perpetuum mobile en un

país que, durante mucho tiempo, adoró: el Japón. Como no era un especialista en el

Japón, el gran etnólogo se prohibió toda aproximación científica; lo cual no hizo sino

darle mayor libertad de sentirse maravillado, en el curso de innumerables visitas.

Pero rápidamente comprobó que el “alma japonesa” se ve afectada por una

“sorprendente capacidad de pasar alternativamente de una actitud a otra: algunas

veces, abierta a la influencia exterior para absorberla mejor; en otros momentos,

replegada sobre sí misma como para negarse o para tratar de asimilar mejor, en

circuito cerrado, los aportes extranjeros”.[5] Este ‘doble estándar’ lo fascinó, como lo

fascinaron por otra parte los cultos discretos y familiares de los templos budistas de la

región de Chittagong, o las veladas tiernamente eróticas de las miserables familias

nambikuará de Brasil: para que surja la emoción, es preciso que el tamaño se mezcle

con lo cotidiano en la más contradictoria de las relaciones, íntima y sobrenatural,

grandiosa y miniaturizada. Esta emoción se expresa de la mejor manera posible en

una expresión japonesa considerada intraducible: ‘mono no aware’, ‘la naturaleza

punzante de las cosas’, o ‘lo punzante de las cosas’: “Es el hecho de que el

espectáculo de la naturaleza no es solamente lo bello, lo encantador, sino también lo

triste, lo doloroso, porque es una suerte de ‘devenir’ donde las cosas y el espectador

están íntimamente mezclados”.[6]

Lo cual implica hablar de la dificultad de un desciframiento del mito, porque los

mitemas siempre pertenecen a esas categorías alternadas, vehementes o dulzonas,

“íntimamente mezcladas”. De aquí proviene la utilidad de un método clasificatorio

capaz de seleccionar en lo matizado. Para volver al mito de Edipo, es imposible

comprender la demostración sin clasificar los “mitemas” en un cuadro, dividido en

cuatro columnas. A partir de entonces, vemos que la primera y la segunda, que

conciernen al parentesco, son inestables, a veces demasiado cercanas, otras

demasiado alejadas; y esto sólo se comprende interpretando correctamente las dos

últimas columnas, la tercera y la cuarta, el surgimiento de monstruos que salen de la

tierra, su destrucción por héroes que no caminan derecho. ¿Marcados por su victoria?

Sin duda. El conjunto del mito de Edipo aparece en la Grecia clásica en un tiempo en

que vacila la teoría que hace del hombre un vegetal salido de la tierra y, por lo tanto,

literalmente, autóctono.

 

El mito de Edipo

 

Cadmo busca

a su hermana, Cadmo mata

raptada al dragón

por Zeus

Los Spartoi

se exterminan

mutuamente

Lábdaco

(padre de Layo)

= “rengo” (?)

Ldipo mata

a su padre

Layo

Layo

(padre de Edipo)

= “zurdo” (?)

Edipo desposa Edipo

a Yocasta, sacrifica

su madre a la Esfinge

Etéocles mata

Edipo = “pie

a su hermano

hinchado” (?)

Polinice

Antígona

entierra

a Polinice,

su hermano,

violando

la prohibición

 

“Nos encontramos así ante cuatro columnas verticales, cada una de las cuales

agrupa varias relaciones pertenecientes al mismo ‘paquete’. Si tuviéramos que narrar

el mito, no tendríamos en cuenta esta disposición en columnas, y leeríamos las líneas

de izquierda a derecha y de arriba abajo. Sin embargo, no bien se trata de comprender

el mito, una mitad del orden diacrónico (de arriba abajo) pierde su valor funcional y

la ‘lectura’ se hace de izquierda a derecha, una columna tras otra, tratando cada

columna como un todo”.

Fuente: Anthropologie structurale, Plan, 1958, p. 236.

En esta época, admitir que un hombre nace de la unión de un hombre y una mujer

es una dificultad lógica que suscita la vestimenta del mito: demasiada unión entre

hombre y mujer es la muerte; y la no suficiente unión, también es la muerte. Hay que

matar a los monstruos salidos de la tierra y caminar como un hombre, o sea,

cojeando. En la encrucijada de sus antepasados y sus descendientes, Edipo, Pie hinchado, matador de la Esfinge, parricida e incestuoso, monstruo humano, es la

mejor juntura lógica de la independencia de la humanidad respecto de la tierra. Es

uno u otro alternativamente, según lo punzante de las cosas. ¿Acaso Edipo no es al

mismo tiempo el peor de los monstruos y la encarnación del hombre, ebrio de

inteligencia y de poder al punto de querer la verdad a cualquier precio, o bien, en un

vocabulario inspirado por el cristianismo, perfectamente culpable, perfectamente

inocente? Indudablemente, la deriva filosófica es tentadora. Pero las secuencias y

variantes del mito dicen algo muy distinto: el hombre no es autóctono ni vegetal.

En la mitología pueblo, la vida humana se quedó en el modelo del reino vegetal,

como ejemplo la Grecia antigua anterior a Edipo. Por lo tanto, la agricultura ocupa un

lugar prominente, pero la muerte debe ser integrada a la vida; de otro modo, nada de

agricultura. ¿Cómo procede el mito? Mediante un ciclo que parte de la vida como

crecimiento vegetal y llega hasta la muerte, decrecimiento vegetal. Entre ambos, las

cosas se complican. Si la vida es simple crecimiento, la fase de la cosecha extiende lo

alimentario a las plantas salvajes; la fase de la agricultura extiende lo alimentario a

las plantas salvajes y cultivadas; la fase de la caza extiende lo alimentario a los

animales; por último, la destrucción del reino animal se extiende a los hombres, y es

la guerra; esa fase es la de la muerte. Por consiguiente, hay una contradicción entre la

agricultura y la caza, porque cazar es negar la vida y matar. Para resolver esta tensión

lógica, los Pueblo hacen aparecer pares de gemelos destinados a funciones alternadas

y capaces de representar, si puede decirse, a mediadores en el precipitado lógico. Ése

es el papel de los bufones ceremoniales, guerreros y glotones, encargados del abuso

de los productos agrícolas y el exceso de muertos.

También es la función del trickster, término familiar en etnología, que significa el

“hacedor de trucos”: el truco del trickster consiste en servir de intermediario entre

niveles lógicos para los cuales el pasaje es difícil. Así, tienen que ver con esta función

el coyote y el buitre, intermediarios entre el herbívoro y el carnívoro, porque coyote y

buitre no matan ellos mismos la carne que devoran. Pero también el scalp, cosecha

guerrera mediadora entre guerra y agricultura; las basuras, mediadoras entre ciudad y

selva; las cenizas, mediadoras entre el hogar y el cielo; o el añubio, parásito mediador

entre planta salvaje y cultivada, porque este parásito se desarrolla de manera salvaje

sobre la planta cultivada; o incluso la bruma, mediadora entre Cielo y Tierra.

De paso, se deslinda un bonito hallazgo. ¿Qué hay de común entre los indios de

América y Francia? Según los criterios científicos y universitarios, nada. Sin

embargo, Lévi-Strauss observa que en francés antiguo añubio se decía nebula, la

“nube”; que en Europa las basuras representaron durante largo tiempo el papel de

amuleto; que se encuentran dos figuras comparables, el ash-boy, el joven de las

cenizas, y nuestra Cenicienta, afectados por la misma función social, garantizar la

alianza entre nobles y campesinos. De manera que, se dice Lévi-Strauss, “también

cabe preguntarse si, por este medio, no alcanzamos un modo universal de organizar

los datos de la experiencia sensible”. La gran preocupación de lo universal, ¿cómo no haberlo pensado?