Claude Lévi-Strauss

Catherine Clément · Capítulo 21 de 30

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Claude Lévi-Strauss

21. Comunicación versus contemplación

 

A partir de Las estructuras elementales del parentesco, Lévi-Strauss pone de

manifiesto las dificultades de la comunicación entre seres humanos. En ese primer

libro, el intercambio entre hombres y mujeres está estructurado por la necesidad de

tener que utilizar elementos femeninos como medio de una circulación de los bienes,

mientras que la parte afectiva del intercambio se ve confundida por el peso de las

reglas de la comunidad. Únicamente permite escapar de esa desgracia original de la

comunicación el “talento” de la esposa. Pero es en Tristes trópicos donde mejor, o

más bien, peor, se expresan las certezas desesperadas de Lévi-Strauss sobre la

comunicación.

En las últimas páginas de ese libro anhelante hay un juicio negro sobre la

naturaleza humana. Pensamientos que, más tarde, se domesticarán en formas más

matizadas, allí se formulan a hachazos, como para producir más destrucción. Y

precisamente de destrucción se trata: en el curso de la evolución de las especies, el

hombre no vino al mundo sino para disgregar un orden original, cuya causalidad, por

lo demás, permanece en la oscuridad. Es cierto que en 1949, habiendo escapado de

los campos de exterminio nazis, contemporáneo de la primera bomba atómica,

habiendo visto Europa en ruinas, India y Pakistán emergiendo de los millones de

muertos debidos a la Partición de 1947, Lévi-Strauss no tenía ningún motivo para

esperar algo bueno de la naturaleza humana. Esta sucesión de desastres sembró de

manera perdurable las semillas del nihilismo en un pensamiento que, sin embargo,

estuvo en la fuente del estructuralismo: se trata de un punto que durante mucho

tiempo fue polémico, por el que reprocharon los “humanistas” al etnólogo su gusto

por la nada, su desconfianza para con el espíritu y su poca esperanza en la acción

política.

Esto puede evaluarse según la siguiente declaración:

 

En cuanto a las creaciones del espíritu humano, su sentido sólo existe en referencia con él

mismo. De tal modo que la civilización, tornada en su conjunto, puede ser descrita como un

mecanismo prodigiosamente complejo donde estaríamos tentados a ver la posibilidad que tiene

nuestro universo de sobrevivir, si su función no fuera fabricar lo que los físicos llaman entropía, o

sea, la inercia. Cada palabra intercambiada, cada línea impresa establecen una comunicación

entre los dos interlocutores, manteniendo estacionario un nivel que antes se caracterizaba por

una distancia de información, por tanto una mayor organización (1955: 478).

 

Esta utilización rápida de la teoría de la información como degradación

sistemática sería algo chocante, pero hay más: un juego de palabras del que Lacan no

habría renegado. “Más que antropología, habría que escribir ‘entropología’ el nombre

de una disciplina destinada a estudiar en sus manifestaciones más altas ese proceso de

desintegración” (1955: 478).

Veintidós años más tarde, en Raza y cultura, el etnólogo retoma el curso de su

obsesión, pero esta vez ya no se trata de una “desintegración”, esa palabra que evoca la bomba sobre Hiroshima. Cuando sus lectores esperaban un refuerzo fuerte contra

el racismo, hete aquí que Lévi-Strauss se inclina por la paradoja: ¿realmente es

preciso que el etnólogo luche contra los racismos? Claro, porque la propia existencia

de la etnología es antirracista. Pero si la condición ha de ser compartir apacibles

ilusiones, entonces Lévi-Strauss no será de la partida. No, el desarrollo de la

comunicación entre los hombres no los hará vivir en buena armonía, no, más bien lo

contrario. Toda creación exige sordera, un rechazo de otros valores, hasta su

negación. Y, repentinamente, la callada conjura contra la comunicación adopta un

giro nuevo: “Plenamente lograda, la comunicación integral con el otro, en un plazo

más o menos breve, condena la originalidad de su y de mi creación” (1983: 47).

¿Qué significa esto, salvo que la fusión entre dos seres es mortalmente peligrosa

para uno y otro? En Lévi-Strauss hay una fuente romántica, que irriga toda la obra, y

en ocasiones surge bajo la profunda reserva. Por cierto, es comprensible que se trate

aquí de pueblos, y no de individuos; pero la ambigüedad permanece, y es magnífica.

En Lévi-Strauss, el hombre y el erudito privilegian la complejidad, una distancia

relativa, el claroscuro, hasta la oscuridad, que preservan “las flores frágiles de la

diferencia”. Un último ejemplo permitirá confirmar dicho punto.

El ciclo de los Labdácidas, en el que se inscribe el mito del rey Edipo, pone en

obra una comunicación cada vez más estrecha. En primer lugar, Edipo responde a la

pregunta y resuelve el enigma de la Esfinge —la comunicación parece perfecta—;

luego, al casarse con su propia madre, Edipo opera un acercamiento prohibido, del

orden de una fusión prohibida —y “eso” comunica demasiado—; más tarde, de ello

resulta una epidemia de peste que altera los ciclos naturales de la ciudad de Tebas.

Pero no todos los mitos van en el sentido de una mayor transparencia en la

comunicación; para probarlo, Lévi-Strauss encontró en Europa un mito particular,

inverso perfecto del mito de Edipo.

En las tradiciones irlandesas y galas, para interrumpir un encantamiento, es

necesario que un viajero desconocido de paso por el lugar haga preguntas si se le

suministran las respuestas (se recordará que, por el contrario, la Esfinge hace una

pregunta exigiendo su respuesta). Esta prueba espera a un joven héroe que ni siquiera

conoce su nombre pero querría ser caballero. Cuando lo logra, parte para encontrar a

su madre, a quien abandonó en su sueño de caballería. Al azar de sus aventuras es

conducido a un castillo donde lo espera el rey del país, herido en los muslos por un

lanzazo; mientras tanto, la tierra de este reino se ha vuelto gaste, o sea, estéril. El

joven, que recibe una espada, ve desfilar a un lancero con una lanza ensangrentada, y

a dos damiselas, una de las cuales lleva una copa (un Grial) y la otra una bandeja de

plata. Y el joven héroe no se atreve a formular una sola pregunta sobre la extraña

puesta en escena que mira, petrificado. Deja el castillo, para enterarse —mucho más

tarde— que le hubiera bastado con hacer preguntas sobre el rey herido, la lanza y el

Grial para levantar el encantamiento que pesa sobre el reino de Amfortas, el rey

maldito. Este joven héroe se llama Pércival, o Pársifal en la obra de Wagner. Pércival o el anti-Edipo.

Un encantamiento rompió la comunicación entre los mundos natural y

sobrenatural. Desde ese encantamiento, la corte del rey Arturo, es decir, el mundo

natural, se desplaza incesantemente y espera noticias, necesarias para que Arturo

mantenga su corte. Pero la corte del rey Amfortas, inmóvil y paralizado sobre su

lecho de dolor, es una respuesta a las preguntas que Pércival no se atreve a hacer:

“[…] los mitos percivalianos tratan acerca de la comunicación interrumpida bajo el

triple aspecto de la respuesta ofrecida a una pregunta no formulada (lo contrario del

enigma), de la castidad requerida de uno o de varios héroes (en oposición a una

conducta incestuosa), por último de la ‘tierra estéril’, o sea, la detención de los ciclos

naturales que garantizan la fecundidad de las plantas, los animales y los humanos”

(“De Chrétien de Troyes a Richard Wagner”, 1983: 315). A la inversa, cuando Edipo

desposa a Yocasta, emprende la misma actitud que al resolver el enigma de la

Esfinge: “El hijo se une a la madre […] así como hace la respuesta al lograr, contra

toda expectativa, alcanzar su pregunta” (1973: 34).

Por consiguiente, la pregunta sería la madre y la respuesta, el hijo; más

generalmente, la pregunta remite a los padres y la respuesta, al producto de su

acoplamiento. Es lógico entonces, por ejemplo, que Pércival se entere del nombre de

su madre Herzeleide y de su propio nombre, al mismo tiempo que se entera de la

pregunta que tendría que haber formulado. Demasiado lejos, o demasiado cerca, ésa

es la alternativa universal, y el adjetivo “universal” no es de aquellos de los que se

pueda abusar al exponer el pensamiento de Claude Lévi-Strauss.

 

A las dos perspectivas que podrían seducir su imaginación, las de un verano o un invierno

igualmente eternos pero que serían, uno desvergonzado hasta la corrupción, el otro puro hasta

la esterilidad, el hombre debe decidirse a preferir el equilibrio y la periodicidad del ritmo

temporal. En el orden natural, éste responde a la misma función que, en el plano social,

cumplen el intercambio de las mujeres en el matrimonio, el intercambio de las palabras en la

conversación, a condición de que se los practique ambos con la franca intención de

comunicarse: o sea, sin astucia ni perversidad y, sobre todo, sin segundas intenciones (1973:

35).

 

¿Acaso el etnólogo estructuralista presiente el agotamiento del espíritu cuando a

cualquier precio quiere comprender, formular preguntas y dar respuestas? En el curso

del largo desarrollo de las Mitológicas, el mito, dice Lévi-Strauss, termina por

agotarse y convertirse en novela simplificada al extremo, retorcida como ropa entre

las manos de una lavandera. Ya no sale ni una gota de agua; el espíritu está seco. Y el

soberano del reino de los mitos está inmovilizado en un lecho de dolor.

No comprender demasiado es un sueño de paraíso perdido. Y ese sueño es el que

concluye los Tristes trópicos: contemplar, suspender el trabajo del espíritu,

desprenderse de la agitación de hormiga y, en esa suspensión silenciosa del espacio y

el tiempo, gozar del instante, “más acá del pensamiento y más allá de la sociedad: en

la contemplación de un mineral más bello que todas nuestras obras; en el perfume, más sabio que nuestros libros, respirado en el hueco de una azucena; o en el guiño

cargado de paciencia, serenidad y perdón recíproco que un entendimiento

involuntario a veces permite intercambiar con un gato” (1955: 480).