Claude Lévi-Strauss
22. La historia, el sentido y los antepasados
Nadie más que Claude Lévi-Strauss habrá combatido la idea de la dialéctica y el
sentido de la historia. Es un episodio que comienza con Sartre, de quien Lévi-Strauss
apreciaba lo atinado de las descripciones de las experiencias sociales. ¡Ay! Sartre
define al hombre por la dialéctica y a la dialéctica por la historia. ¿Qué ocurre
entonces con los pueblos sin historia —en otras palabras, sin escritura—, de los que
se ocupan los etnólogos? Según Sartre, forman parte de una humanidad “esmirriada y
deforme”.[9] Entonces, en el último capitulo de El pensamiento salvaje, Lévi-Strauss
saca sus garras y ataca.
Le resulta fácil demostrar que la historia, para Sartre, es una mística o un mito,
que funciona sobre la imagen de un sentido lineal a lo largo del cual están dispuestos
los acontecimientos. Como toda ciencia, la historia requiere un código, que es la
cronología. Y este propio código pertenece a una clase de fechas que permiten una
localización del periodo: “Si yo lo ignoro todo de los Tiempos modernos, la fecha
1643 no me enseña nada” (1962a: 343). De donde surge una definición de la historia
muy formal: “La historia es un conjunto discontinuo, formado de campos de historia,
cada uno de los cuales es definido por una frecuencia propia y una codificación
diferencial del antes y el después” (1962a: 344). Sin pensar en descalificarla, Lévi-
Strauss pone la historia en su lugar, mientras que Sartre la convierte en el fundamento
del humanismo dialéctico sin el cual ningún acto humano tiene sentido.
En Australia central, entre los aranda, los churinga son objetos sagrados de piedra
o madera, que tienen aproximadamente la forma oblonga de una piragua; pueden
estar grabados o no. El churinga presentifica el cuerpo de uno de los antepasados y es
ofrecido ceremoniosamente al heredero que, piensan, es la reencarnación de ese
antepasado. Mientras tanto, los churinga son amontonados en cobertizos, y cuando
los sacan los limpian, los engrasan, los vuelven a pintar y les oran. No hace falta decir
que ninguna escritura está grabada sobre un churinga; pero sí árboles, raíces, ranas.
Lévi-Strauss compara el papel de los churinga en la cultura de los aranda con los
archivos familiares en la nuestra: permiten narrar los grandes relatos de la familia.
Y si nosotros enviamos el testamento de Luis XIV a los Estados Unidos, o si ellos nos prestan la
Declaración de la Independencia o la Campana de la Libertad, es la prueba de que, según los
mismos términos del informador aranda, “[…] estamos en paz con nuestros vecinos; porque no
podemos pelearnos ni entrar en conflicto con gente que tiene la guardia de nuestros churinga y
que confiaron sus churinga a nuestros cuidados” (1962a: 320; recogido por T. G. H. Strehlow).
Archivos y churinga tienen la misma propiedad: ponernos en contacto con la
historia pura, dar una existencia material a la historia, encarnar el pasado. En este
sentido, es dramáticamente falso hablar de “sociedades sin historia”, porque esas
sociedades conocen perfectamente la historia pura que tenemos en común con ellas
en el registro del pensamiento salvaje. Por último, mejor que nosotros, esos pueblos supuestamente “sin historia” saben interpretar un paisaje de manera histórica:
montañas, árboles, fuentes están relacionadas con uno de los antepasados; y “toda la
región es para él (el indígena) como un antiguo árbol genealógico, y siempre vivo”
(T. G. H. Strehlow).
A esta historia, los historiadores la llaman anecdótica; sin embargo, es la más viva
y la más rica. “Comprender”, para un historiador, supone abandonar la historia
anecdótica por la historia “fría” tal como la concebía Braudel, la de los movimientos
climáticos, económicos y técnicos subyacentes a los acontecimientos históricos; pero
aquí el historiador pierde en información lo que gana en comprensión.
En 1952, en Raza e historia, Lévi-Strauss distinguía entre la historia acumulativa
y la estacionaria, desorientando de antemano toda dialéctica del sentido y de la
historia. Es acumulativa, aunque, raramente, la historia que acumula en el mismo
tiempo bastantes elementos favorables para combinar las condiciones de un salto
adelante. Es el caso de América desde la Prehistoria: según cierta tesis, en los
alrededores del XX milenio a. C. llega el hombre. Luego, pequeños grupos de
nómades domestican algunas especies animales, muchas especies vegetales, logran
transformar la venenosa mandioca en alimento, el curare y la coca en anestésicos; y
comienzan el tejido, la alfarería y el trabajo del metal precioso. Occidente debe a esa
América, cito desordenadamente, el tomate, el ananá, el caucho, el pimiento, la papa,
el maíz, el maní, el tabaco y el cacao.
Por cierto, ese Occidente está en un periodo acumulativo de su historia: por eso es
el señor de las máquinas. Pero, ¿qué decir de la agricultura hidropónica, sin raíces
enterradas, inventada por algunos pueblos polinesios? Fueron chinos e indios los que
descubrieron el total dominio del cuerpo mediante el ejercicio del soplo, así como los
maoríes con la gimnasia visceral. Esquimales, por un lado, beduinos y tuaregs, por el
otro, son los campeones de la vida en un medio hostil; y los aborígenes australianos,
tan desprotegidos en el plano económico, elaboraron un sistema de parentesco que
solamente la matemática moderna permite comprender. Pero de ningún modo se trata
de distribuir un buen puntaje según la anterioridad de los descubrimientos:
Lo que hace la originalidad de cada una (de las culturas) reside más bien en su manera
particular de resolver problemas, de relacionar valores, que son aproximadamente los mismos
para todos los hombres: porque todos los hombres sin excepción poseen un lenguaje, técnicas,
un arte, conocimientos positivos, creencias religiosas, una organización social, económica y
política (1973: 401).