Claude Lévi-Strauss

Catherine Clément · Capítulo 22 de 30

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Claude Lévi-Strauss

22. La historia, el sentido y los antepasados

 

Nadie más que Claude Lévi-Strauss habrá combatido la idea de la dialéctica y el

sentido de la historia. Es un episodio que comienza con Sartre, de quien Lévi-Strauss

apreciaba lo atinado de las descripciones de las experiencias sociales. ¡Ay! Sartre

define al hombre por la dialéctica y a la dialéctica por la historia. ¿Qué ocurre

entonces con los pueblos sin historia —en otras palabras, sin escritura—, de los que

se ocupan los etnólogos? Según Sartre, forman parte de una humanidad “esmirriada y

deforme”.[9] Entonces, en el último capitulo de El pensamiento salvaje, Lévi-Strauss

saca sus garras y ataca.

Le resulta fácil demostrar que la historia, para Sartre, es una mística o un mito,

que funciona sobre la imagen de un sentido lineal a lo largo del cual están dispuestos

los acontecimientos. Como toda ciencia, la historia requiere un código, que es la

cronología. Y este propio código pertenece a una clase de fechas que permiten una

localización del periodo: “Si yo lo ignoro todo de los Tiempos modernos, la fecha

1643 no me enseña nada” (1962a: 343). De donde surge una definición de la historia

muy formal: “La historia es un conjunto discontinuo, formado de campos de historia,

cada uno de los cuales es definido por una frecuencia propia y una codificación

diferencial del antes y el después” (1962a: 344). Sin pensar en descalificarla, Lévi-

Strauss pone la historia en su lugar, mientras que Sartre la convierte en el fundamento

del humanismo dialéctico sin el cual ningún acto humano tiene sentido.

En Australia central, entre los aranda, los churinga son objetos sagrados de piedra

o madera, que tienen aproximadamente la forma oblonga de una piragua; pueden

estar grabados o no. El churinga presentifica el cuerpo de uno de los antepasados y es

ofrecido ceremoniosamente al heredero que, piensan, es la reencarnación de ese

antepasado. Mientras tanto, los churinga son amontonados en cobertizos, y cuando

los sacan los limpian, los engrasan, los vuelven a pintar y les oran. No hace falta decir

que ninguna escritura está grabada sobre un churinga; pero sí árboles, raíces, ranas.

Lévi-Strauss compara el papel de los churinga en la cultura de los aranda con los

archivos familiares en la nuestra: permiten narrar los grandes relatos de la familia.

 

Y si nosotros enviamos el testamento de Luis XIV a los Estados Unidos, o si ellos nos prestan la

Declaración de la Independencia o la Campana de la Libertad, es la prueba de que, según los

mismos términos del informador aranda, “[…] estamos en paz con nuestros vecinos; porque no

podemos pelearnos ni entrar en conflicto con gente que tiene la guardia de nuestros churinga y

que confiaron sus churinga a nuestros cuidados” (1962a: 320; recogido por T. G. H. Strehlow).

 

Archivos y churinga tienen la misma propiedad: ponernos en contacto con la

historia pura, dar una existencia material a la historia, encarnar el pasado. En este

sentido, es dramáticamente falso hablar de “sociedades sin historia”, porque esas

sociedades conocen perfectamente la historia pura que tenemos en común con ellas

en el registro del pensamiento salvaje. Por último, mejor que nosotros, esos pueblos supuestamente “sin historia” saben interpretar un paisaje de manera histórica:

montañas, árboles, fuentes están relacionadas con uno de los antepasados; y “toda la

región es para él (el indígena) como un antiguo árbol genealógico, y siempre vivo”

(T. G. H. Strehlow).

A esta historia, los historiadores la llaman anecdótica; sin embargo, es la más viva

y la más rica. “Comprender”, para un historiador, supone abandonar la historia

anecdótica por la historia “fría” tal como la concebía Braudel, la de los movimientos

climáticos, económicos y técnicos subyacentes a los acontecimientos históricos; pero

aquí el historiador pierde en información lo que gana en comprensión.

En 1952, en Raza e historia, Lévi-Strauss distinguía entre la historia acumulativa

y la estacionaria, desorientando de antemano toda dialéctica del sentido y de la

historia. Es acumulativa, aunque, raramente, la historia que acumula en el mismo

tiempo bastantes elementos favorables para combinar las condiciones de un salto

adelante. Es el caso de América desde la Prehistoria: según cierta tesis, en los

alrededores del XX milenio a. C. llega el hombre. Luego, pequeños grupos de

nómades domestican algunas especies animales, muchas especies vegetales, logran

transformar la venenosa mandioca en alimento, el curare y la coca en anestésicos; y

comienzan el tejido, la alfarería y el trabajo del metal precioso. Occidente debe a esa

América, cito desordenadamente, el tomate, el ananá, el caucho, el pimiento, la papa,

el maíz, el maní, el tabaco y el cacao.

Por cierto, ese Occidente está en un periodo acumulativo de su historia: por eso es

el señor de las máquinas. Pero, ¿qué decir de la agricultura hidropónica, sin raíces

enterradas, inventada por algunos pueblos polinesios? Fueron chinos e indios los que

descubrieron el total dominio del cuerpo mediante el ejercicio del soplo, así como los

maoríes con la gimnasia visceral. Esquimales, por un lado, beduinos y tuaregs, por el

otro, son los campeones de la vida en un medio hostil; y los aborígenes australianos,

tan desprotegidos en el plano económico, elaboraron un sistema de parentesco que

solamente la matemática moderna permite comprender. Pero de ningún modo se trata

de distribuir un buen puntaje según la anterioridad de los descubrimientos:

 

Lo que hace la originalidad de cada una (de las culturas) reside más bien en su manera

particular de resolver problemas, de relacionar valores, que son aproximadamente los mismos

para todos los hombres: porque todos los hombres sin excepción poseen un lenguaje, técnicas,

un arte, conocimientos positivos, creencias religiosas, una organización social, económica y

política (1973: 401).