Claude Lévi-Strauss
17. Bufones tristes y guerreras alegres
En 1974, cuando Lévi-Strauss dicta en el Colegio de Francia un seminario titulado
“Canibalismo y travestismo ritual”, nadie imagina que está prolongando esas páginas
finales de Las estructuras elementales del parentesco. Comienza por evocar, aunque
relativa, la distinción entre el “exocaníbal”, que incorpora las virtudes de sus
prójimos difuntos ingiriendo al enemigo que los mató y comió, y el “endocaníbal”,
que consume a sus propios muertos por las mismas razones. Más tarde, cuando un
accidente de aviación en la Cordillera de los Andes llevó a los pasajeros
sobrevivientes a alimentarse de los pasajeros muertos, se reconoce la existencia del
tercer tipo de canibalismo, el canibalismo llamado “de hambruna”.
Un rasgo impactante de las sociedades caníbales es que en ellas las mujeres
encuentran un lugar selecto. Ya sea porque les está prohibido practicarlo o porque la
carne de mujer nunca se consume o, por el contrario, porque algunas mujeres ocupan
un papel ritual eminente en la ceremonia caníbal; nunca son neutras. El canibalismo
puede ser remplazado fácilmente por la caza de cabezas, de las que se apoderan con
orgullo las mujeres al regreso de su marido el cazador. Un famoso libro del etnólogo
Gregory Bateson, Naven, describe la ceremonia de los iatmuls, tribu de Nueva
Guinea: el tío materno se disfraza de pordiosero bufonesco y las mujeres de la rama
paterna, disfrazadas de guerreras, juegan a los cazadores de cabezas. Como en
Indonesia, en Nueva Guinea esos cazadores se llaman a sí mismos los “maridos” de
los pueblos donde van a cortar las cabezas.
Al analizar diferentes mitos, Lévi-Strauss descubre que, con frecuencia, los ritos
caníbales encuentran una justificación en el matrimonio forzado de una muchacha, o
de una hermana, con un Ogro. Como en toda estructura de parentesco, la mujer
representa el papel de pivote en un intercambio, pero esta vez con un poder
sobrenatural caníbal. Escribe Lévi-Strauss:
Es fácil comprender la razón: en el matrimonio exogámico, el tomador de mujeres, arrebatador
de una hermana o una muchacha, es un caníbal en potencia para el dador; inversamente, a la
manera de ver del tomador, el dador hace las veces de extraño, por tanto enemigo, y el primero
siempre tiene motivos para temer que la esposa venida de otra parte no ejerza contra él poderes
misteriosos y criminales (1984: 146).
En otras culturas como la de los hopis, los koyemshi, “hombres de barro” que
intervienen con gran estrépito saltando de los techos —porque pertenecen al mundo
de las nubes— son bufones ceremoniales hermafroditas e impotentes; provienen de la
descendencia paterna; mientras que, por el lado de la descendencia materna, son
dioses cazadores de cabezas arrepentidos. Sin lugar a dudas, existe una relación entre
el canibalismo y el travestismo ritual.
Cuantiosos son los travestismos bufonescos, incluso fuera del campo examinado
por Lévi-Strauss. En África, entre los dogón del Malí, tan cercanos a Marcel Griaule y Germaine Dieterlen, las mujeres, cuando se celebran los funerales del jefe
espiritual, miman una danza de hombres que normalmente les está prohibido ver, bajo
pena de muerte. Esos travestismos expresan las relaciones entre hombre y mujer, tal y
como los hombres las conciben. “Bufonismo y canibalismo figurado son significantes
por medio de los cuales algunos hombres simbolizan a las mujeres en el primer caso,
por intermedio de las mujeres en el segundo” (1984: 149).
Bufonismo: en los ejemplos citados, los hombres travestidos figuran ancianas en
harapos o hermafroditas impotentes, símbolo patético de la manera en que los
hombres intentan apropiarse de la femineidad, como si sólo pudieran hacerlo por
degradación. Canibalismo: algunas mujeres se disfrazan de guerreros cazadores de
cabezas, o bien, entre los dogón de hoy, de máscaras rituales varoniles que figuran los
poderes de los genios del bosque. Y allí es donde se encuentra lo esencial de la
demostración. Porque esas mujeres no se representan a sí mismas en la posición
dominante, que es la de sus hombres, muy sencillamente representan a los hombres
de su sociedad. A través de las mujeres, no es cualquiera de sus símbolos lo que se ve
figurado: es la manera que tienen de dominar a las mujeres.
Lo que equivale a decir: lo contrario de una rebelión. “Figurado en el ritual, el
canibalismo traduce la manera en que los hombres piensan a las mujeres o, más bien,
en que los hombres piensan la masculinidad a través de las mujeres. En cambio, el
bufonismo ritual traduce la manera en que los hombres se piensan a sí mismos como
mujeres, o sea, tratan de asimilar la femineidad a su propia humanidad” (1984: 149).
Vemos cómo el fundador del psicoanálisis habría sacado partido del bufón y el
caníbal: el gran miedo a la vagina dentada, catalogada con tanta frecuencia a través
del mundo, da cuenta de la manera en que los hombres piensan a las mujeres, y el
bufón, asexuado, impotente, hermafrodita o pordiosero, evoca suficientemente a la
anciana menopáusica, es decir, el hombre que ya no tiene erección. Pero Lévi-Strauss
decide desde el primer tomo de la Antropología estructural que el pensamiento de
Freud no es utilizable de otro modo que como una mitología singular, con iguales
derechos que las otras. No obstante, el mundo imaginario de Freud y el que nos
describe Lévi-Strauss a través de las sociedades arcaicas presentan un punto en
común: la comunicación entre hombres y mujeres parece imposible. Ferviente, cálida,
apasionada, nunca es directa; tergiversa, encuadra, sofocando el intercambio
mediante reglas de bronce. ¿Despiadada? Sí.