Claude Lévi-Strauss
11. Cuando los padres malos van al agua
… algunas mujeres que fueron al bosque a recoger palmas para fabricar los estuches
peneanos, destinados a la iniciación de los jóvenes. Un muchacho, Geriguiguiatugo, siguió a su
madre y la violó. Cuando ella estuvo de regreso, el marido vio en su cintura unas plumas
semejantes a las de los iniciados. Para desenmascarar al amante de su esposa gracias a los
adornos de plumas, hace danzar a los jóvenes y se percata, horrorizado, de que el culpable es
su propio hijo. Para vengarse, el padre lo envía al “nido” de las almas, en las aguas, para que le
traiga un gran sonajero de danza. Prudente, el hijo consulta a su abuela, que le aconseja pedir
ayuda al pájaro mosca para seguir vivo. En efecto, las almas lanzan flechas sobre aquellos que
se quieren apoderar del gran sonajero. Gracias al pájaro mosca, el héroe trae el objeto a su
padre.
La aventura se reproduce con el pequeño sonajero, logrado con ayuda de una
paloma; luego con los cencerros, con ayuda del gran saltamontes. Furioso por sus
fracasos, el padre lleva a su hijo a buscar guacamayos encaramados al flanco de los
acantilados. Consultada, a la abuela no se le ocurre otro objeto que lo pueda ayudar
más que un bastón mágico. Y lo que ocurre es que, apenas alza la vara para alcanzar
los nidos de guacamayos, el padre ordena al hijo que suba: por supuesto, para
derribar mejor la vara y abandonar al héroe aferrado al bastón mágico, que apenas
tuvo tiempo de plantar en una grieta. Utilizando una liana, el joven se alza sobre el
acantilado y, para alimentarse, caza lagartijas en cantidad. Para guardarlas, engancha
sus provisiones de lagartijas a su cinturón y sus fajas, pero el olor de los reptiles
descompuestos es tan terrible que se desvanece. Los buitres se desploman sobre él,
devoran las lagartijas y luego hacen lo mismo con sus nalgas. El sufrimiento hace
volver en sí al héroe, y entonces los buitres, repletos, lo levantan del pico por sus
fajas y su cinturón y lo depositan suavemente al pie del acantilado.
Pero el héroe ya no tiene más trasero, y no puede conservar los alimentos. Se acuerda de
un cuento de su abuela y se confecciona unas asentaderas con una pasta de tubérculos
aplastados. Luego busca a los suyos, porque su pueblo está abandonado. Finalmente, oculto
bajo la apariencia de una lagartija, encuentra a su abuela y, la noche siguiente al día en que lo
reconocen, estalla una tempestad que apaga todos los fuegos del pueblo, salvo el de la abuela.
Los vecinos vienen a pedir brasas, entre ellos, la segunda mujer del padre, que reconoce al
joven y corre a prevenir a su marido. El padre recibe a su hijo como si nada hubiera ocurrido.
Pero el hijo, en cambio, no olvida nada. Con la complicidad de su hermano menor, transformado
en un pequeño roedor espía, se atavía con un par de falsas cornamentas fabricadas con una
rama de árbol y, en el curso de una caza colectiva, carga contra su padre mientras éste se
encuentra al acecho, lo ensarta y lo precipita a un lago. El padre es devorado por las pirañas;
únicamente sobrenadan sus huesos y sus pulmones en forma de plantas acuáticas. De regreso
en el pueblo, el héroe se venga de las dos esposas de su padre, una de las cuales es la madre
que él violó.[7]
M1, mito de referencia, no tiene un privilegio cronológico respecto de todos
aquellos que seguirán; no es su origen, no es su centro. Para avanzar, se debe
esclarecer su contexto etnográfico bororo. a) Un rápido estudio de los nombres
propios (Geriguiguiatugo para el hijo, Bokuadorireu para el padre, Korogo para la madre violada) permite atribuir a la madre y al hijo la pertenencia Tugaré, de manera
que, según las reglas del pueblo bororo, el padre es, por fuerza, Cera. b) Los ritos de
iniciación agotan a los iniciados, que vuelven al pueblo totalmente cubiertos de
hojarasca, bajo la cual sus madres deben reconocerlos para limpiarlos totalmente. Esa
hojarasca no son las hojuelas de palmas que constituirán el estuche peneano de la
edad adulta, aquellos que las mujeres van a buscar ritualmente al bosque. c) Por otra
parte, sabemos que los hombres bororos se adornan con plumas de guacamayo,
mientras que las mujeres jamás las llevan: por lo tanto, el marido verá fácilmente las
plumas que quedan en la cintura de su esposa, pruebas de un acoplamiento. d) Por
último, el trasero rehecho con un tubérculo entra dentro de un “motivo” muy
conocido, en inglés anus stopper. Y ya estamos listos para las variaciones.
La primera concierne a la insignificancia del incesto, ya que únicamente será
condenado y castigado el padre culpable de venganza, y no el hijo que violó a su
madre. M2, siempre bororo, narra “el origen del agua, de los adornos y los ritos
fúnebres”.
En ese tiempo, los dos jefes del pueblo eran Tugaré; el jefe principal, Birimoddo, se apodaba
Baitogogo. Su mujer —que era Cera— se fue al bosque, seguida a hurtadillas por su joven hijo.
Oculto, vio que su madre era violada por un bororo también Cera y del mismo clan; por lo tanto,
en terminología bororo, su “hermano”. El hijo previene a su padre Baitogogo, que atraviesa con
flechas a su rival en diferentes partes del cuerpo y lo mata hiriéndolo en el flanco; luego
estrangula a su esposa con la cuerda de un arco. Por último, ayudado por unos tatús, entierra a
su mujer en una fosa cavada bajo la cama, cubriendo las huellas con una estera.
El niño busca a su madre. Baitogogo lo extravía y lo hace padecer hambre. Baitogogo pasea
con su segunda mujer cuando el niño se transforma en pájaro y suelta su excremento sobre el
hombro de su padre. El excremento se transforma en árbol jatoba que germina y crece sobre
Baitogogo, quien huye, agobiado por el pesado árbol, pero cada vez que se detiene aparecen
lagos y ríos, porque el agua todavía no existía sobre la tierra. Y cada vez que aparece el agua,
el árbol jatoba decrece y termina por desaparecer. Baitogogo ya no tiene ganas de volver al
pueblo sin agua, pronto seguido por su segundo jefe: al mismo tiempo, la doble autoridad recae
en la mitad Cera. Los exjefes Tugaré, entre los cuales está Baitogogo, ya no volverán más que
para ofrecer sus adornos a sus conciudadanos pueblerinos. La primera vez son sus padres Cera
quienes los reciben, pero uno de ellos, Akario Bokodori, exige todos los adornos y diezma a los
compañeros de los dos exjefes que sólo ofrecen muy pocos.
No hay mayor dificultad en la distribución de los poderes entre Tugaré y Cera: los
Tugaré —que son “fuertes”— son creadores de las aguas y los adornos, mientras que
los Cera —que son “débiles”— son gestores del orden. Pero aquí tenemos un
paralelismo entre M1 y M2: dos héroes Tugaré (Geriguiguiatugo y Baitogogo) crean
aguas nuevas: una, creada por Geriguiguiatugo, tiene un origen celestial (la
tempestad) luego que el héroe se alzó hacia lo alto; la otra, creada por Baitogogo, es
terrenal (lagos y ríos), mientras es empujado hacia lo bajo por el peso del árbol
injertado sobre su hombro. En cambio, el episodio de la matanza final requiere un
complemento mítico, M3, “Luego del diluvio”, que permitirá encontrar a Akario
Bokodori, el último personaje de M2, bajo un nombre levemente modificado.
La tierra estaba tan poblada que Meri, el sol, trató de reducir la cantidad de hombres. Para
lograrlo, exhorta a toda la población del pueblo a que atraviese un gran río pasando por un
puente muy frágil, un tronco de árbol. El puente se rompió y todos se ahogaron, salvo Akario
Bokodori que, como cojeaba, se había demorado en el camino. Acompañándose con el tambor
los resucitó a todos, y vieron que los que se habían ahogado en torbellinos tenían el pelo
ondulado, mientras que los que se habían ahogado en aguas calmas tenían el pelo fino y liso.
Resucitó a todos los de los clanes, pero mató a flechazos a aquellos cuyos regalos no
apreciaba. Recibió el apodo de “Matador”, o “Provoca-muerte”.
Dos Cera diezman a “resucitados” portadores de regalos demasiado modestos: en
efecto, los adornos y ornamentos son los símbolos distintivos de los clanes “ricos” y
“pobres”, e introduce desviaciones en el corazón del grupo bororo. Pero M3 suma
además otras desviaciones diferenciales físicas, entre cabellera ondulada y lisa,
visibles solamente cuando el exceso de población haya sido reducido. Encontramos
este sistema de obtención de desviaciones diferenciales por sustracción en una serie
en otros grupos lingüísticos amerindios: entre los ojibua (América del Norte), que
disponen de cinco clanes, hay que echar a uno de los seis dioses para que queden
cinco; en otra parte, entre los tikopia, cuatro plantas totémicas son las que quedan
luego de que un dios extranjero roba la comida de fiesta. Pero en todos estos casos los
“sustractores”, o los promotores de sustracción, tienen la particularidad de ser
inválidos: los dioses ojibua se ciegan voluntariamente con una venda, levantada por
uno solo, el que será castigado por ello; el dios extranjero ladrón simula la cojera y
Akario Bokodori es contrahecho. Este “motivo” del rengo, muy frecuente (piénsese
en Hefestos), no es una privación de ser, sino un “menos-ser” necesario, “porque es la
única forma concebible del pasaje entre los estados plenos” (1964: 63).
No terminamos la lectura de M2, el de Baitogogo, cuyo nombre significa
“confinado”.
En apariencia, nada acerca a Geriguiguiatugo, de M1, al “confinado” de M2: el
primer héroe se niega a pasar a la edad adulta, sigue a su madre al bosque cuando está
prohibido —en suma, se niega a separarse de ella—, mientras que el “confinado” es
un adulto que pasó la iniciación, está casado y es padre. Pero siente demasiado
intensamente el incesto, y comete una grave falta al enterrar en secreto a su mujer:
ella no podrá aprovechar los dobles funerales rituales propios de los bororos. Según
la exigencia del ritual, el cadáver es enterrado primero en la plaza del pueblo, y
luego, tras completa descomposición, la osamenta descarnada es pintada, adornada de
plumas, reunida en un canasto y sumergida en el “nido” de las almas, el agua de un
lago o un río; ésa es la condición de su supervivencia, hasta de su reencarnación en
forma de guacamayo. Baitogogo el confinado abusa de su mujer privándola de su
supervivencia y privando a un hijo de su madre. Los dos héroes de M1 y M2 se
niegan a tomar la distancia necesaria con el universo femenino.
Siguen historias de agua. El universo vegetal según los bororos implica, en su
orden de aparición en la tierra, las lianas, el árbol jatoba y las plantas de los pantanos,
que corresponden a los tres elementos: el aire, la tierra y el agua. En M2, el niño se
hace celestial volviéndose pájaro, y atribuye la función “tierra” a su padre al cargarlo con el árbol jatoba; con mucha lógica, Baitogogo será el creador del agua, mediadora
entre cielo y tierra.
Al término de la primera variación, el mito M2 se resume de este modo: un abuso
de alianza aumentado de un sacrilegio desune el cielo y la tierra. El responsable
restablece la mediación del agua y, habiéndose instalado por propia iniciativa en la
morada acuática de las almas muertas, reanuda el contacto entre los vivos y los
muertos trayendo los ornamentos y adornos a los vivos.