Claude Lévi-Strauss

Catherine Clément · Capítulo 6 de 30

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Claude Lévi-Strauss

6. El loco, garante de la gente sensata

 

Y eso no es todo. Al escribir la introducción de la tercera edición de Sociologie et

anthropologie, compendio de artículos del gran etnólogo Marcel Mauss, Lévi-Strauss

aclara el ángulo de pensamiento de las relaciones entre el brujo y su magia. En el

mundo anglosajón, por ejemplo a través de Ruth Benedict, las relaciones entre

psicología y sociología rápidamente se vieron confundidas por un enfrentamiento

estéril entre psicoanalistas y etnólogos, ya que los primeros a toda costa querían

imponer la universalidad de los modelos freudianos. Al releer a Mauss, Lévi-Strauss

se deshace de ese antagonismo de manera luminosa, analizando las conductas

normales y anormales.

Una conducta individual normal se inscribe en el simbolismo de conjunto de una

sociedad, pero jamás será simbólica en sí misma; por el contrario, una conducta

individual anormal produce un simbolismo autónomo, mal integrado por cierto, pero

en modelo reducido:

 

Por tanto, es natural y fatal a la vez que, por un lado simbólicas y, por el otro (por definición),

traduciendo un sistema diferente del sistema del grupo, las conductas psicopatológicas

individuales ofrecen a cada sociedad una suerte de equivalente, doblemente disminuido (por

individual y por patológico) de simbolismos distintos del suyo propio, al tiempo que son

vagamente evocadores de formas normales y realizadas a escala colectiva (introducción). [2]

 

Luego, volviendo sobre la comparación que él mismo estableció entre el chamán

y el neurótico, Lévi-Strauss expresa “restricciones”, tal vez justificadas por las

posesiones en el África negra, ya que los psiquiatras no encuentran ahí ninguna de

sus categorías nosológicas ni los etnólogos ningún signo de anomalía en el poseído

en tiempo normal. Por lo tanto, el poseído corre menos riesgos que el alienado entre

nosotros. En este caso, ¿quiénes son los enfermos mentales en nuestras propias

sociedades? Extraviados de otro tiempo, “a quienes su historia y su constitución

personales disociaron parcialmente del grupo”.

Por último, lo que sigue es el movimiento de fuerza del pensamiento. Ampliando

repentinamente el punto de vista, Lévi-Strauss define su teoría de la cultura.

 

Toda cultura puede ser considerada como un conjunto de sistemas simbólicos, en cuya primera

fila se ubican el lenguaje, las reglas matrimoniales, las relaciones económicas, el arte, la ciencia,

la religión. Todos estos sistemas apuntan a expresar ciertos aspectos de la realidad física y

social y, más aún, las relaciones que mantienen entre ellos esos dos tipos de realidad y las que

los propios sistemas simbólicos mantienen entre sí.[3]

 

Relaciones de relaciones, por lo tanto, una cultura se presenta como un

entrelazamiento de códigos que reglamentan el conjunto de la vida cotidiana,

psiquismo incluido. Lo veremos a lo largo de toda la obra de Lévi-Strauss, y

particularmente en las Mitológicas: ninguna receta de cocina, ninguna cortesía,

ningún instrumento de música escapan al sistema de códigos, ya que cada uno remite al otro, el incesto equivale a la carne cruda, la miel amerindia consumida

golosamente simboliza las malas costumbres, y el uso de los sistros acompaña la

desaparición de los astros.

Sin embargo, los sistemas de relaciones no se armonizan siempre de la mejor

manera posible: la historia introduce elementos exteriores, hace deslizar una sociedad

sobre otra provocando síntesis forzadas, implantes más o menos logrados, y

desarrollando desigualdades en la evolución de cada uno de los sistemas (así, en

África occidental, algunos analfabetos saben utilizar computadoras). De estos

deslizamientos perpetuos

 

resulta que ninguna sociedad nunca es íntegra y completamente simbólica; o, más

exactamente, que nunca logra ofrecer a todos sus miembros, y en el mismo grado, el medio de

utilizarse plenamente en la construcción de una estructura simbólica que, para el pensamiento

normal, sólo es realizable en el plano de la vida social. Porque, hablando con propiedad, el que

se aliena es aquel que nosotros llamamos sano de espíritu, porque acepta existir en un mundo

definible tan sólo por la relación de yo y de otro. La salud del espíritu individual implica la

participación en la vida social, así como el rechazo de prestarse a ello (pero una vez más según

modalidades que ésta impone) corresponde a la aparición de los trastornos mentales.[4]

 

Esta introducción, contemporánea de la Historia de la locura, de Michel

Foucault, hizo las delicias de la corriente antipsiquiátrica, que rehabilitó la figura del

“loco” en las sociedades occidentales (en un tiempo en que los disidentes soviéticos

eran neutralizados por una psiquiatría particularmente represiva). En toda sociedad,

entonces, se encuentran individuos irreductibles, depositarios de una función muy

extraña: “figurar ciertas formas de compromisos irrealizables en el plano colectivo,

fingir transiciones imaginarias, encarnar síntesis incompatibles”. Así, por ejemplo,

los bufones, los payasos, los artistas de feria, los creadores, periféricos en un sistema

determinado, pero ubicados en el linde de dicho sistema.

Este desfase entre el simbolismo integral ofrecido a la masa de una sociedad y la

parte singular ofrecida a una minoría se encuentra en la teoría del lenguaje, formulada

por Lévi-Strauss e inspirada en el Essai sur la magie, el famoso texto de 1902, donde

Marcel Mauss deslinda la noción de “maná”, significante global que designa todo y

cualquier cosa, comparable al “coso” en nuestra lengua, al “manitú” entre los

algonkinos, incluso, dice Lévi-Strauss, al “oomph” en el slang americano de los años

cincuenta. A este significante indeterminado Lévi-Strauss lo llama “flotante”: es “la

servidumbre de todo pensamiento consumado (pero también la prenda de todo arte,

toda poesía, toda invención mítica y estética)”. En cuanto al desfase fundamental,

dato de la condición humana, se ubica en la reserva de significante de que dispone el

hombre “desde su origen”, potencial tan considerable que el excedente de significante

supera siempre la asignación a un significante determinado. Hay —habría, por lo

tanto— más significante que significado, una “ración suplementaria”, verdadero

tesoro de guerra del lenguaje que se encuentra en el “maná” o cualquier otro

significante flotante destinado a servir de reserva.

Aquellos que nosotros llamarnos “alienados” disponen de ese tesoro de guerra:

portadores de un simbolismo individual que sólo vale para ellos, no obstante, son

capaces de inventar su lengua, su sistema, que nosotros llamamos “delirio”. Por ende,

no existe ruptura entre ellos y nosotros sino una continuidad, comparable a los astros

invisibles en una cosmología. Marcel Mauss lanzó esta bella fórmula: “Ante todo,

hay que redactar el catálogo más grande posible de categorías; hay que partir de todas

aquellas que podamos saber que han utilizado los hombres. Entonces veremos que

todavía hay muchas lunas muertas, o pálidas, u oscuras, en el firmamento de la

razón”.