Claude Lévi-Strauss

Catherine Clément · Capítulo 2 de 30

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Claude Lévi-Strauss

2. Entraremos en la carrera

 

Todo es sufrimiento. La brillante carrera del joven etnólogo se detuvo en seco con el

advenimiento del vergonzoso régimen de Vichy, durante la segunda Guerra Mundial.

Judío francés de origen alsaciano, Lévi-Strauss pronto fue exonerado, y, para salvar

su vida, se embarcó en un barcucho donde también se encontraban André Breton,

padre fundador del surrealismo, como Víctor Serge, trotskista histórico. Tan

fastuosas, extravagantes y divertidas como habían sido las travesías transatlánticas

hacia Brasil, tan penosa fue la travesía del exilio. Refugiado en Nueva York, Lévi-

Strauss se codea con los exiliados de Francia, pero también con las estrellas

intelectuales de América; allí conoce al gran lingüista Roman Jakobson, descubre las

esculturas amerindias del Noroeste de los Estados Unidos en el museo. Luego,

cuando termina la guerra, se convierte en consejero cultural ante la embajada de

Francia en los Estados Unidos, en Nueva York.

La experiencia no duró mucho; en 1948 Lévi-Strauss vuelve a ser etnólogo. El

resto fue brillantemente clásico: subdirector del Museo del Hombre en 1949; director

en la V sección de la Escuela Práctica de Altos Estudios en la cátedra de religiones

comparadas de los pueblos sin escritura; luego, en 1959, elección en el Colegio de

Francia en una cátedra de antropología social que ocupó hasta 1982; por último,

elección en la Academia Francesa en el sillón 29, en 1973. En esa época yo era una

de las intelectuales del Partido Comunista francés. Movida por el celo de los neófitos,

escribí una carta muy sentida al nuevo académico: ¿qué iba a hacer entre los

reaccionarios? La respuesta fue mordaz: una cartita que evocaba sin vueltas la

pasmosa cantidad de académicos en la URSS. Fue nuestra única disputa; a mi juicio,

haberme respondido fue un rasgo de generosidad.

Clásico como era, lo sigue siendo. Pero en este clasicismo vibra un timbre

diferente. No fue totalmente su culpa si, en 1954, le encargaron un relato de viajes

que escribió en tres meses, a marcha forzada. Publicado en 1955, Tristes trópicos

tuvo un enorme éxito y estuvo a punto de obtener el premio Goncourt,

desgraciadamente reservado por estatuto a las novelas. Hable de este libro a su autor

y pegará un respingo, convencido de haberlo escrito demasiado a las apuradas, por

encima, sin reflexionar. Sin duda. Al forzar su pensamiento, esa velocidad lo obligó a

dejar surgir de sí mismo cohetes en forma de fuegos de artificio. Insólitas,

desconcertantes, deshilvanadas, saltándose las épocas, los años, las estaciones,

anhelantes por tener que rebobinar una vida a toda marcha, las fulguraciones de

Tristes trópicos son de aquellas que trazan caminos en la noche. Y la cosa sigue

durando.

En la última década del siglo XX, mi viejo amigo fue lo bastante generoso para

autorizarme a escribir un libreto de ópera según Tristes trópicos. Me dio los derechos

con algunas condiciones: no quería escuchar la música del compositor Georges

Aperghis —porque, decía con gracia: “Luego de Schoenberg hay divorcio…”— ni asistir a las representaciones. Tristes trópicos fue creada en la ópera de Estrasburgo

en el otoño de 1996, con música de Aperghis, y puesta en escena y decorados de

Yannis Kokkos. En uno de los últimos ensayos, los autores de esta fechoría firmamos

una carta al héroe: técnicos, iluminadores, cantantes, coreutas, músicos, vestuaristas,

acomodadoras: todos firmamos. Habíamos trabajado bien, con fervor. Pero al subir a

escena para los saludos, tuve la extraña impresión de haber usurpado algo.

Su otra vida. La primera frase de Tristes trópicos se hizo famosa: “Odio los viajes

y a los exploradores”. Y ahí se encadena con los detalles insípidos, los

acontecimientos insignificantes que, a modo de aventura, ocupan el sitio de lo

cotidiano en el etnólogo. El libro está lleno de eso y, sin embargo, a causa de esos

detalles, la potencia del espíritu surge más libremente. De ello dan fe esos episodios

extraídos del seno de la fatiga en un campamento de indios tupí-kauahib en 1938.

Estamos en Brasil, en la región de Pimienta-Bueno; los indios tupí-kauahib, por

miserables que sean, son los últimos descendientes de la gran civilización

Tupinambá, uno de cuyos vestigios reales subsiste en el Museo del Hombre, un

manto de plumas real, símbolo de la autoridad territorial del jefe. Y de pronto

Emidio, campesino reclutado en Cuiaba para ocuparse del cargamento de los

animales, se apoya en su fusil por descuido: sale el tiro, tres dedos estropeados, la

palma rota. Amputarlo sería privarlo de oficio. Entonces se decide conducir al herido

al campamento del doctor Vellard, médico de la expedición, a tres días por el río.

Emidio sufre y delira. Los gusanos, que le invadieron la herida, le causan dolores

espantosos. Y en esta atmósfera de desastre sobreviene el milagro: los gusanos se

comieron la gangrena y, luego de muchas intervenciones sucesivas del doctor Vellard,

la mano de Emidio se salva.

Entretanto, mientras conducen a Emidio hacia la sala de auxilios, el etnólogo se

habrá encontrado con los tupí-kauahib. “Liquidación melancólica de una cultura

moribunda”, escribe. ¡Y sin embargo! El jefe, Taperahi, le reserva una sorpresa al

atardecer. Entra en trance y canta, pero con doce voces: él solo encarna los personajes

de una farsa cuyo héroe es un pájaro. Dos veces cuatro horas, dos noches seguidas.

Hasta el momento en que Taperahi, empuñando un cuchillo, se abalanza sobre su

esposa; tienen que dominarlo. Un día, los gusanos curan la gangrena devorándosela;

otro día, posesión y trances están en el linde de la música y el mito. Así son las

potencias del espíritu: devoradoras, exaltantes, musicales.

Si bienes cierto que, en Tristes trópicos, no siempre son controladas y surgen

como un torrente demasiado tiempo contenido, este texto exaltado contiene en

germen la casi totalidad de la obra de Lévi-Strauss. A regañadientes, tal vez; en

desorden, sin duda; ¡pero con qué fuerza! La suficiente para maravillar a los lectores

desde hace más de medio siglo. ¿Es bastante para conocer a Lévi-Strauss? Sí, si

sencillamente se quiere respirar el olor de la obra, como Don Giovanni el odor di

femine; no, si se quiere comprender uno de los pensamientos más organizados y

poderosos del siglo XX.