Claude Lévi-Strauss
23. Bello como el bebé de la mujer del jefe
Érase una vez unos canastos, pero unos canastos vivos, que albergaban espíritus. Para
que, al morir, puedan escaparse del trenzado, los cesteros imperativamente deben
dibujar un decorado de puerta; por haber olvidado ese deber, una cestera fue
condenada a muerte por el espíritu prisionero. Indulgente, el Demiurgo autorizó que
el alma de la cestera y el espíritu del canasto suban juntos a la morada celestial.
Este mito de los pomo de California no es el único que transforma el canasto en
divinidad: el objeto usual, trenzado con rapidez o lentitud, establece un equilibrio
entre naturaleza y cultura, equilibrio que la corta vida de un canasto torna inestable.
En el origen de los tiempos, narran también los pomo, los canastos eran humanos
creados por el Demiurgo. Y como esos canastos rebeldes, rehusando su servicio,
corrían en todos los sentidos, el Demiurgo los hizo pedazos. Entre los chehalis, los
canastos caminaban solos, pero una vez rellenos de peces secados, se dejaban caer
desde lo alto de la montaña hasta el río, donde los peces resucitaban. El Demiurgo
decidió que los canastos ya no podrían caminar solos y que, en adelante, los humanos
tendrían que transportarlos.
Las Damas-Canastos son particularmente temibles: la de los sahaptin, Dama
Canasto-blando, es una ogresa que corta el sexo de los hombres con su vagina
dentada; también puede transformarse en Señor-Canasto que ensangrienta el sexo de
las mujeres fuera de los menstruos; la de los chinuk, Dama Caracol, transforma su
canasto en caracola que hace caníbal a quien lo aplasta. Teniendo en cuenta su pasado
sobrenatural, es difícil tirar a la basura esos objetos familiares que dieron tan buen
servicio. Por cierto, los canastos fueron rebeldes, pero son seres vivos, o como si lo
fueran.
Precisamente con la rebelión de los canastos, Lévi-Strauss comienza una larga
meditación sobre los objetos, entre arte y técnica, arte y magia. Pero, sobre todo,
entrega una información esencial: las sociedades arcaicas incluyen en su seno a
artistas, designados por fenómenos particulares. Así, las bordadoras que utilizan
pinchos de puerco espines, no sólo oran y ayunan antes de bordar sino que, habiendo
soñado un motivo inspirado por “la Doble Dama”, será su creadora, se volverá
insensata, riendo compulsivamente, acostándose con todos, ejerciendo un dominio
brujeril sobre los hombres, y será hábil en los trabajos masculinos. De igual modo,
entre los tsimshián, los pintores y escultores forman dinastías de artistas muy
preservados, sometidos a una iniciación ritual muy dura, que trabajan en tal secreto
que cualquiera que los sorprenda sería ejecutado. Es cierto que esculpen las máscaras
de divinidades dotadas de palabra y pronto, una vez esculpidas, de una vida
autónoma.
Estos artistas se encargan de decorar la fachada de las casas y de modelar los altos
postes superados por entidades animales. No es tan conocido que también tenían la
pesada responsabilidad de concebir las maquinarias para las ceremonias religiosas. Todavía en el siglo pasado, en una gran sala interior, el hogar fue cubierto por las
aguas que subían de las profundidades, surgió un cetáceo tamaño natural y sopló
antes de hundirse; el agua desapareció y volvieron a encender el hogar. Lo que habla
a las claras de la sofisticación de esas máquinas para un espectáculo. En cuanto al
sentido de la responsabilidad, un relato de Franz Boas da una idea de ello. Un hombre
debía regresar del fondo de los mares ante los espectadores, todos de pie sobre la
playa. Un peñasco se parte en dos y el hombre sale de él: ocultos en un bosque, los
maquinistas maniobraban el falso peñasco de lejos, con largas cuerdas. El efecto era
tan bello que tuvieron que repetirlo, y luego otra vez más.
A la tercera vez, las cuerdas se embarullaron, hundiendo al falso peñasco y al
hombre. Su familia declaró que había decidido quedarse en el fondo de las aguas.
Una vez terminada la fiesta, los padres del muerto y los maquinistas se ataron todos
juntos y se arrojaron desde lo alto del acantilado. En otra ceremonia, que ponía en
escena el retorno a la tierra de una iniciada, los maquinistas habían construido una
ballena de piel de foca, y la habían llenado de agua calentada con piedras ardientes,
para simular el vapor que salía de las narices, el “soplo”. Una de las piedras del
interior se cayó, quemó la piel y la ballena se hundió. El resultado fue el mismo tipo
de suicidio colectivo. Entre nosotros, casi no tenemos más que al cocinero Vatel para
igualar a esos perfeccionistas.[*] La lección de los indios de la región de Vancúver es
clara: si los artistas rozan lo sobrenatural, están amenazados de muerte en caso de
fracaso.
¿Qué es el fracaso? El develamiento de los artificios, el fin del realismo, el revés
del misterio. Si los artistas maquinistas malogran su efecto, e incluso si dicho efecto
es ostensiblemente de mano humana, se pierde el lazo entre el mundo sobrenatural y
el mundo de los hombres. Para todos, inclusive los artistas, es real lo que tiene éxito,
como lo testimonian los relatos a la Pigmalión, que muestran al artista prendado de
sus propias ilusiones. Los tsimshián narran que un viudo esculpió una estatua de su
esposa muerta y regularmente hacía el amor con ella; sorprendido por dos hermanas,
las invitó a cenar; la mayor, que se había atracado, se manchó en sus cólicos. El
hombre, que vio que la menor comía con discreción, decidió desposarla: él no dirá
nada de la vergüenza de la mayor y ella no dirá nada de los acoplamientos con la
estatua.
En una tribu vecina de los tsimshián, un jefe viudo era tan desdichado que un
escultor le propuso reproducir a la muerta en un trozo de tuya. Una vez que estuvo
terminada, la vistió; el joven jefe se enamoró de ella. Al cabo de cierto tiempo, la
estatua crujió; el jefe la levantó: un arbusto crecía bajo la estatua. Desde entonces, en
las islas de la reina Charlotte, donde nació esta historia, cuando un árbol es vigoroso
se dice de él: “Es bello como el bebé de la mujer del jefe” (1993: 173-174).