Claude Lévi-Strauss

Catherine Clément · Capítulo 18 de 30

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Claude Lévi-Strauss

18. Ternura y miseria

 

Sin duda, ninguna tribu de Brasil estaba más desprotegida que el primer grupo de

nambikuará al que se acercó Claude Lévi-Strauss en 1938, en alguna parte sobre la

línea Rondón, cerca del Río Papagayo. De pequeña estatura, gráciles en apariencia,

vivían casi desnudos, las mujeres con un collar de perlas de caracolas alrededor de la

cintura, con pendientes haciendo juego y cintas de algodón ceñidas alrededor de los

bíceps y los tobillos; los hombres no llevaban más que una borla de paja sobre las

partes sexuales. Toda la riqueza de estos nómades cabe en el cuévano que llevan las

mujeres. ¿Qué hay ahí? Tortas de mandioca, calabazas, cuchillos de bambú y piedra

tallada, hachas del mismo material, madera, bloques de resina, ovillos de fibra

vegetal, dientes y uñas de animales, plumas, trozos de piel, pinchos de puerco espín,

algodón y semillas. Ni piragua ni hamaca. Se alimentan de la caza a la que se dedican

los hombres todo el día y, si no matan nada, de algunos frutos, migalas, huevos de

lagartija, murciélagos y saltamontes. Durante siete meses del año, la mandioca es

escasa; y sin embargo, los nambikuará viven con un circo doméstico considerable,

que sigue la rutina nómada: monos, loros, puercos, gallos y gallinas, gatos salvajes y

perros, a los que no comen, y que de todos modos alimentan, recibiendo cada animal

su minúscula porción.

Sin embargo, fue en esta extrema indigencia donde más emocionado se sintió el

etnólogo. La unidad social de los nambikuará descansa en la pareja, único elemento

estable en un océano de miseria. Una vez caída la noche, y terminada la caza, la

ocupación principal consiste en hacer el amor, actividad acompañada de bromas, y de

una gran excitación colectiva cuando los compañeros se alejan en la oscuridad; y el

afecto impregna las relaciones entre padres e hijos. En una vida compartida entre un

periodo sedentario presentado como melancólico y un periodo nómada aventurero,

vivido como exaltado y alegre, los nambikuará no muestran ni tristeza ni desaliento.

Sin embargo, aquellos con quienes vivió nuestro etnólogo habían diezmado a

misioneros protestantes cinco años antes, hazaña de la que se jactaban con orgullo:

Lévi-Strauss no se sintió muy asombrado, porque los misioneros de marras,

provenientes de las campiñas de Nebraska y de Dakota, creían en el Infierno, y se

comportaban de manera infernal.

Diez años después de su visita, Lévi-Strauss se topó con el relato de un colega

etnólogo que acababa de vivir con el mismo grupo; mientras tanto, se habían

instalado cerca de ellos jesuitas y los misioneros protestantes americanos. Al colega,

los nambikuará le parecieron groseros, huraños, sucios, enfermos y cubiertos de

cenizas: odio, desconfianza y desesperación los caracterizaban. ¡Cubiertos de

cenizas! Claro, duermen entre las cenizas del hogar y ruedan en la arena, lo que les

produce algo así como una vestimenta irisada. Perturbado, Lévi-Strauss busca sus

propias notas y lo que encuentra es esto:

El visitante que, por primera vez, acampe en la maleza con los indios, se siente angustiado y

apiadado ante el espectáculo de esta humanidad tan totalmente desprotegida: aplastada,

parecería, contra el suelo de una tierra hostil por algún cataclismo implacable; desnuda, tiritando

junto al fuego vacilante. Circula a tientas entre las malezas, evitando tropezar con una mano, un

brazo, un torso, cuyos cálidos reflejos adivina al resplandor del fuego. Pero esta miseria está

animada de susurros y de risas. Las parejas se abrazan como en la nostalgia de una unidad

perdida; las caricias no se interrumpen al paso del extranjero. En todos se adivina una inmensa

amabilidad, una profunda despreocupación, una ingenua y encantadora satisfacción animal y,

reuniendo esos sentimientos diversos, algo así como la expresión más emocionante y verídica

de la ternura humana (1955: 336).

 

Reducida a su más simple expresión, la organización social de un grupo

nambikuará comprende un jefe designado por el predecesor, cuyo papel explícito

consiste en ser generoso. Es hábil con sus manos, sabe decir cuándo detenerse, cómo

dirigirse, conoce las disposiciones amigables u hostiles de los otros grupos, canta y

baila bien, porque también debe mantener la alegría de sus fieles. A cambio de sus

servicios, el jefe tiene el derecho de ser polígamo, de tal modo que retira de la

circulación matrimonial a mujeres jóvenes en cantidad suficiente para que muchos

hombres se queden solteros. La solución se encuentra en la homosexualidad,

corrientemente admitida entre primos cruzados, siendo uno de los compañeros el

hermano de una hermana que más tarde será la esposa del otro; este “amor-mentira”

transforma al hermano en sustituto provisional de la hermana y, contrariamente a los

amores heterosexuales conyugales, la exhibición es considerable durante sus juegos

eróticos. El contraste entre la atmósfera de ternura experimentada por el etnólogo y el

comportamiento hostil, hasta mortífero, de los grupos de nambikuará entre ellos es

violento: una tarde, un grupo fue a pedir a Lévi-Strauss que envenenara a un miembro

de otro grupo del que estaban celosos…

En muchas oportunidades, al relatar su vida entre los nambikuará, Lévi-Strauss

cita a Jean-Jacques Rousseau, que durante tanto tiempo buscó “los progresos casi

insensibles de los comienzos”. ¿Fundador de las ciencias del hombre? Sí, ésa es

exactamente la posición de Lévi-Strauss que, un día, lamentó delante de mí no haber

escrito un libro, el último, sobre Rousseau. “Cuando uno quiere estudiar a los

hombres —escribe Jean-Jacques en el Ensayo sobre el origen de las lenguas— hay

que mirar a su alrededor; pero para estudiar al hombre, hay que aprender a dirigir su

mirada a lo lejos; primero hay que observar las diferencias para luego descubrir las

propiedades”. Para Lévi-Strauss, ése es el principio de toda etnología.

Antes, hay que aprender a desprenderse del Yo. Ese yo confuso y perturbador que

Rousseau exploró en las Confesiones no deja de ser el basamento que primero hay

que poner en entredicho para acceder a la verdad de los otros.

 

El pensamiento de Rousseau se desarrolla a partir de un doble principio: el de la identificación

con el otro e incluso con el más “otro” de todos los otros, así fuera un animal; y el del rechazo a

identificarse consigo mismo, es decir, el rechazo a todo cuanto puede hacer “aceptable” al yo.

Estas dos actitudes se complementan, y la segunda funda incluso la primera: en verdad, yo no

soy “yo” sino el más débil, el más humilde de los “otros” (“Jean-Jacques Rousseau, fundador de

las ciencias del hombre”, 1973: 52).

Rousseau llama “piedad” a esta identificación primitiva. Y parecería que, al vivir

con los nambikuará, Lévi-Strauss trabó conocimiento con la piedad, esa

identificación radical con todos los otros, así fuesen los cuantiosos animales

domésticos de los nambikuará; por lo demás, se fue provisto de una encantadora

mona, Lucinda, que, como no podía agarrarse del pelo de su anterior amiga humana,

se aferró a una de las botas del etnólogo lanzando gritos que partían el corazón. La

actitud para con los animales parece haber sido siempre uno de los criterios éticos de

Lévi-Strauss.

Allí, en ese grupito tierno y miserable, comienza su gran enojo contra el

humanismo de sus contemporáneos.