Claude Lévi-Strauss
Finale
El primer libro que escribí sobre Claude Lévi-Strauss se titulaba La structure et le
malheur. ¡Loca de mí! Había tomado su pesimismo al pie de la letra. Tenía 30 años y
en lo que respecta a felicidad era una ingenua. No, ni hablar de desdicha en la obra de
Lévi-Strauss. Ni desdicha ni felicidad, porque “todo es sufrimiento”; estamos de
acuerdo, señor. Pero finalmente, ¿quién otro me dio el gusto de comprenderlo todo, y,
como eso es imposible, comprender tanto como pueda abarcar el pensamiento? Sería
una pura dicha del intelecto si uno no aprendiera también a gozar de los cinco
sentidos: aprender pasa por el cuerpo, lo dijo una y otra vez. De tal modo, uno se
vuelve atento a los estremecimientos del mundo, al martín pescador encaramado en la
caña, al bordado de un antiguo chal de Cachemira y, en la lejanía, a la guillotina que
corta el cuello de las cabras ante el templo de Kali, en Calcuta.
Sin duda, todos los etnólogos están animados por el gusto a la vida; sin una
curiosidad apasionada, no irían a meterse en lugares tan incómodos. Pero usted es
singular, señor; porque ese deseo de vida lo hizo moralista, que es una palabra, ¿sabe
usted?, frecuente bajo su pluma. Al que lo lee, siempre le propina la misma lección.
Nada lo testimoniará mejor que la lección inaugural de la cátedra de antropología
social que dio el 5 de enero de 1960.
Permitirán ustedes, mis queridos colegas, que tras haber rendido homenaje a los maestros de la
antropología social en el comienzo de esta lección, mis últimas palabras sean para esos
salvajes, cuya oscura tenacidad nos sigue ofreciendo el medio de asignar a los hechos
humanos sus verdaderas dimensiones: hombres y mujeres que, en el instante en que hablo, a
miles de kilómetros de aquí, en alguna sabana carcomida por los fuegos de malezas o en un
bosque chorreante de lluvia, vuelven al campamento para compartir una pobre pitanza, y evocar
juntos a sus dioses; esos indios de los trópicos y sus semejantes por el mundo que me
enseñaron su pobre saber donde, sin embargo, cabe lo esencial de los conocimientos que
ustedes me encargaron transmitir a otros; muy pronto, por desgracia, destinados todos a la
extinción, bajo el impacto de las enfermedades y los modos de vida —para ellos, más horribles
todavía— que nosotros les dimos; y para con los cuales he contraído una deuda de la que no
quedaré liberado, ni siquiera si, en el lugar donde ustedes me pusieron, pudiera justificar la
ternura que me inspiran y el agradecimiento que tengo hacia ellos; mientras sigo mostrándome
tal y como fui entre ellos, y tal y como, entre ustedes, no querría dejar de ser: su alumno, y su
testigo (1973: 44).