Claude Lévi-Strauss

Catherine Clément · Capítulo 27 de 30

Páginas del PDF

Claude Lévi-Strauss

Finale

 

El primer libro que escribí sobre Claude Lévi-Strauss se titulaba La structure et le

malheur. ¡Loca de mí! Había tomado su pesimismo al pie de la letra. Tenía 30 años y

en lo que respecta a felicidad era una ingenua. No, ni hablar de desdicha en la obra de

Lévi-Strauss. Ni desdicha ni felicidad, porque “todo es sufrimiento”; estamos de

acuerdo, señor. Pero finalmente, ¿quién otro me dio el gusto de comprenderlo todo, y,

como eso es imposible, comprender tanto como pueda abarcar el pensamiento? Sería

una pura dicha del intelecto si uno no aprendiera también a gozar de los cinco

sentidos: aprender pasa por el cuerpo, lo dijo una y otra vez. De tal modo, uno se

vuelve atento a los estremecimientos del mundo, al martín pescador encaramado en la

caña, al bordado de un antiguo chal de Cachemira y, en la lejanía, a la guillotina que

corta el cuello de las cabras ante el templo de Kali, en Calcuta.

Sin duda, todos los etnólogos están animados por el gusto a la vida; sin una

curiosidad apasionada, no irían a meterse en lugares tan incómodos. Pero usted es

singular, señor; porque ese deseo de vida lo hizo moralista, que es una palabra, ¿sabe

usted?, frecuente bajo su pluma. Al que lo lee, siempre le propina la misma lección.

Nada lo testimoniará mejor que la lección inaugural de la cátedra de antropología

social que dio el 5 de enero de 1960.

 

Permitirán ustedes, mis queridos colegas, que tras haber rendido homenaje a los maestros de la

antropología social en el comienzo de esta lección, mis últimas palabras sean para esos

salvajes, cuya oscura tenacidad nos sigue ofreciendo el medio de asignar a los hechos

humanos sus verdaderas dimensiones: hombres y mujeres que, en el instante en que hablo, a

miles de kilómetros de aquí, en alguna sabana carcomida por los fuegos de malezas o en un

bosque chorreante de lluvia, vuelven al campamento para compartir una pobre pitanza, y evocar

juntos a sus dioses; esos indios de los trópicos y sus semejantes por el mundo que me

enseñaron su pobre saber donde, sin embargo, cabe lo esencial de los conocimientos que

ustedes me encargaron transmitir a otros; muy pronto, por desgracia, destinados todos a la

extinción, bajo el impacto de las enfermedades y los modos de vida —para ellos, más horribles

todavía— que nosotros les dimos; y para con los cuales he contraído una deuda de la que no

quedaré liberado, ni siquiera si, en el lugar donde ustedes me pusieron, pudiera justificar la

ternura que me inspiran y el agradecimiento que tengo hacia ellos; mientras sigo mostrándome

tal y como fui entre ellos, y tal y como, entre ustedes, no querría dejar de ser: su alumno, y su

testigo (1973: 44).