Cosecharas tempestades
Capítulo 8
Contento con el éxito obtenido, Brunetti disfrutó mucho del paseo. El sol se escondía detrás de las nubes, pero fue desabrochándose los botones del abrigo durante la caminata y, cuando llegó a la questura, lo llevaba desabotonado y lo incomodaban un poco las cinco capas de ropa que se había puesto: camiseta, camisa, jersey, chaqueta y abrigo.
El agente de la puerta lo recibió con una buena noticia relacionada con el tiempo, casi como si el responsable fuese él:
—Sol todo el día, commissario. Y mañana también —dijo el policía uniformado, y lo saludó levantando la mano.
—Muy bien —contestó Brunetti, porque no se le ocurría nada más interesante que decir.
Procedió hasta su despacho sin que nadie lo molestase, colgó el abrigo y fue al escritorio para encender el ordenador y comprobar la dotación de personal de esa semana. Le llegó un correo electrónico de la signorina Elettra que respondía a esa cuestión. Lo abrió de inmediato.
Cuando mire los horarios del personal, verá que voy a ausentarme varios días de la questura. Los organizadores de una conferencia sobre programas espía y otras amenazas potenciales que se celebra en Ginebra me han invitado. No obstante, no lo dejaré abandonado, commissario. Le echaré un vistazo a su correo y a los documentos que consulte (mientras esta actividad tenga lugar desde su ordenador). Le deseo una semana agradable y productiva.
No le había dicho nada. ¿Ginebra?
—¿Cómo se las habrá apañado? —se preguntó en voz alta.
La habían invitado, pero ¿era como asistente o como participante? No lo especificaba. En la questura no había ningún asunto complicado, ningún delito que necesitase algún tipo de búsqueda de información, nada de meter las narices donde no estuviera permitido (o, como mínimo, donde la policía no pudiera meterlas). La signorina Elettra iba a aprender, hacer contactos y regresar a Venecia aún más preparada para entrar por la fuerza (por qué no decirse la verdad, al menos, a sí mismo) en cualquier despacho, sede, organización o cuenta de correo electrónico, por no hablar de organismos gubernamentales o, como había hecho hacía poco, en el Vaticano, con aún más destreza y gusto que antes. Aun así, no lo había avisado con antelación.
Y tampoco había dicho cuánto tiempo iba a ausentarse.
Había otro párrafo: «El martes por la mañana, como de costumbre, traerán las flores. He pedido que las dejen todas en el despacho del dottor Patta a modo de disculpa por mi ausencia».
Se miró los dedos; al parecer, los tenía fusionados con el teclado del ordenador. Con cuidado los despegó uno a uno, decidió ponerse manos a la obra y por fin les echó un vistazo a los turnos de la semana. Leyó los nombres de los agentes que estaban de servicio y lo que a él le importaba más: a quién le había tocado con quién. Riverre y Alvise llevaban patrullando juntos desde hacía al menos una semana, un emparejamiento inteligente porque eran buenos amigos, además de buenos compañeros.
No obstante, esa semana habían destinado a Riverre a Murano, en turno de mañana y tarde, mientras que Alvise pasaría los días en el commissariato de Signorina Marco, donde se ocupaban más que nada de pérdidas: turistas que se perdían o perdían a sus hijos, carteras perdidas (aunque casi siempre se las habían robado), pasaportes perdidos, ancianos perdidos que habían perdido la cabeza, gente que perdía la paciencia y acababa peleándose verbal o físicamente, mochilas perdidas que tanto podían contener la comida de alguien como una bomba, y el tiempo que se perdía al dedicar
todo un turno a problemas que los servicios sociales gestionarían mejor que la policía.
Entonces miró a quién habían asignado con Alvise y descubrió lo que querría no haber visto. Su compañero esa semana era Brandini, un miembro devoto de una organización semilaica llamada Paz y Reflexión, que en esos momentos estaba bajo el escrutinio del microscopio de bajísima resolución del Vaticano. Eran un grupo muy alegre de buenos señores que dejaban que las mujeres preparasen el café mientras ellos aportaban el rigor del punto de vista masculino para examinar el lugar que les correspondía a las mujeres en la sociedad, los horrores del aborto y las feroces mentiras que hacía circular la izquierda a fin de arrojar sospechas sobre las intenciones puras de los clérigos cuando trataban, sin supervisión, con niños.
—Que Dios no permita... —empezó a implorar Brunetti.
Sin embargo, enseguida recordó que nada podía evitar que las noticias sobre Alvise se convirtieran en la comidilla de la questura. Y mucho se temía que Brandini se henchiría de repulsión virtuosa solo de pensar en pasar cinco días (cinco minutos, más bien) en compañía de un homosexual declarado. La ley protegía a Alvise de acciones físicas y verbales evidentes, pero no había nada que lo protegiese de la repulsa fría y manifiesta de un compañero.
Como si estuviera calculado para distraerlo de esos pensamientos, a Brunetti le sonó el teléfono del despacho: era un viejo amigo que hacía poco que se había trasladado de Trento a Brindisi. Llamaba para decirle que esa mañana había entrado en un bar y lo había encontrado lleno de retratos de Mussolini, artículos de periódico que relataban las grandes victorias navales de la Segunda Guerra Mundial y botellas de vino que estaban a la venta con las caras de Mussolini y Hitler en la etiqueta.
—¿Qué has hecho? —preguntó Brunetti.
—Me he quedado tan anonadado que no sabía qué hacer. Ni qué decir.
Me he bebido el café, he pagado, le he dado las gracias al camarero y me he
ido.
Ninguno de los dos habló de inmediato, hasta que Brunetti dijo:
—Ahí abajo es otro mundo.
Al ver que su amigo no decía nada, Brunetti le deseó buena suerte y se despidió.
Oyó ruido junto a la puerta, levantó la vista y vio a Vianello.
—Entra, Lorenzo. Y cierra, si no te importa.
El ispettore hizo lo que le pedía y se acercó a su mesa. No llevaba ningún documento o archivo, pero se lo veía tenso y le faltaba su habitual sonrisa relajada. Se sentó y el commissario alzó la barbilla con ademán interrogativo.
—Alvise y Brandini —dijo Vianello.
Es decir que, hasta cierto punto, sí se trataba de un asunto policial.
—Alvise y Brandini, y que lo digas —respondió, y le señaló una de las sillas.
—¿Podemos hacer algo? —preguntó el ispettore.
—No creo. No puedo cambiar los turnos y no podemos preguntarle a Brandini qué opina de los gais ni pedirle a Alvise que se ande con cuidado.
—¿Con cuidado?
—No sé ni qué quería decir con eso —admitió Brunetti—. Decir algo: hacer algún comentario sobre otro miembro del personal, ofrecer su opinión acerca de alguna de las agentes. No tengo ni idea de qué podría provocar a Brandini. —Al cabo de tan solo un segundo, añadió—: Bueno, ni siquiera sé si se lo puede provocar.
—Es miembro de Paz y Reflexión, ¿no? —preguntó Vianello—. Y tiene seis hijos. —Antes de que Brunetti pudiese contestar, añadió—: En nuestro edificio hay una familia como ellos. La mujer ha parado a Nadia más de una vez para preguntarle si quería asistir a uno de los encuentros.
—¿Encuentros? —preguntó Brunetti.
Vianello asintió con la cabeza.
—No es una reunión y tampoco es una plegaria en común. Es un mero encuentro, como si fueran los Boy Scouts o una reunión de maestros con las familias de los alumnos.
—¿Y qué hacen en realidad? —preguntó Brunetti.
Vianello encogió los hombros y esbozó una sonrisa con cierto cargo de culpa.
—No tengo ni idea. Nadia siempre es muy cortés y le dice que está ocupada. —Se frotó la cara con ambas manos y después añadió—: Yo me digo que es algo inocente y seguramente lo es. Aun así...
—Aun así, ¿qué?
Vianello tardó un tiempo en saber qué decir.
—Supongo que el problema no es Brandini. Es Alvise. No sé cómo se comportará si la gente cambia su actitud hacia él.
Brunetti evitó decir: «Eso si se da cuenta», porque estaba seguro de que incluso Alvise, por muy obtuso que fuese, se daría cuenta de eso, aunque no comprendía por qué estaba tan seguro. Al final repuso:
—Nadie lo sabe, Lorenzo. Y Alvise menos.
—Entonces ¿por qué eres tan protector con él?
—Tú y yo lo protegemos, eso está claro —contestó Brunetti—. Creo que hay que ser optimistas y confiar en ambos.
—¿Confiar en que hagan el qué? —preguntó Vianello.
—Confiar en que Brandini se comporte como ha hecho hasta ahora.
Nunca me han llegado informes sobre problemas que haya provocado él, y parece que se lleva bien con la gente. —Pensó en Alvise y dijo—: Y Alvise es..., bueno, es Alvise.
Vianello asintió, se encogió de hombros y volvió a asentir.
—Con el nuevo sistema de Patta —dijo Brunetti— estarán todo el día en el commissariato y, al terminar el turno de tarde, vendrán aquí. Con la cantidad de gente que acaba en el commissariato, no tendrán mucho tiempo para hablar entre ellos.
Ambos estuvieron un momento en silencio; Brunetti sopesó las posibles conversaciones que podían mantener los dos agentes.
—Alvise seguramente no se da cuenta de... —empezó a decir.
—De nada —terminó Vianello.
Brunetti sonrió y la tensión se disipó. Pensó en las sospechas que le dictaba su instinto en relación con Brandini.
—Me pregunto si yo respondería así si Chiara anunciase que su novio es..., no sé..., miembro de la Asociación de Terraplanistas.
—Guido, a menos que tu familia conozca a la suya desde hace seis generaciones y lo hayas sometido a un interrogatorio de ocho horas sobre sus intenciones, siempre vas a reaccionar mal cuando Chiara te hable de cualquier novio. —Sin darle tiempo de protestar a Brunetti, Vianello añadió
—: Es lo que hacen los padres. La resistencia a la llegada de otro macho la llevamos en los genes.
—Tal como lo dices, parece que hables de celos —dijo el commissario con tono ofendido.
—Pues no veo por qué no, al menos en parte. El chico llega y te quita el sitio, ¿no? Ella pensará que sus ideas son las correctas, dejará que la invite a todo, querrá que la abrace por la calle, que la proteja.
Dado que era Vianello el que hablaba, Brunetti escuchó; llegó a plantearse si lo que su amigo decía era cierto, por mucho que las palabras lo sorprendieran.
Esperó un poco antes de decir:
—Al parecer, nos hemos desviado de la conversación sobre Alvise y Brandini.
Vianello aceptó la propuesta de cambiar de tema.
—Creo que lo mejor es dar por sentado que dos hombres que llevan años trabajando bien juntos seguirán haciéndolo. No es necesario que seamos tan paternalistas.
Miró a Brunetti para ver cómo reaccionaba a la última palabra.
Él asintió con la cabeza. Tarde o temprano, Chiara encontraría a su príncipe azul y lo llevaría a casa. Y, cuando eso sucediera, ya vería...
—Entonces ¿estamos de acuerdo en esperar a ver qué pasa? —preguntó Vianello.
Brunetti asintió.
—No se puede hacer nada más.
Dicho eso, ambos decidieron que ya era hora de irse a casa a comer.
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