Cosecharas tempestades
Capítulo 18
—Disculpe —dijo a su espalda una voz de mujer del todo perentoria.
Brunetti se volvió y vio a Gloria Forcolin junto a la puerta.
—¿Es usted de la pol...? —empezó a preguntar, pero al ver a Brunetti frunció el ceño y dijo—: ¿Guido? ¿Qué haces aquí?
Entonces le vino algo a la memoria y añadió:
—Desde el cumpleaños de tu suegro, ¿verdad?
Él sonrió, contento de que se acordase, a pesar de que aquella cena había sido hacía más de cuatro años.
—Llevabas un vestido de color lila y un par de zapatos que hicieron que Paola se muriese de envidia —contestó Brunetti, contento de que la vieja amistad sirviese de amortiguador para un encuentro como el que se estaba produciendo.
Ella era una mujer atractiva, baja y delgada, de manos delicadas y bonitas que él recordaba, y el pelo rizado y oscuro, que siempre llevaba corto. Por alguna razón, le vino a la memoria que sabía mucho sobre volcanes, pero no recordaba cuál era el motivo.
Asintió con la cabeza.
—Siento que nos veamos en estas circunstancias —dijo.
—Siempre he sabido que eras policía —contestó ella—, pero no...
Supongo que nunca me he parado a pensar en lo que hacías en realidad.
Ella lo había tuteado desde el principio y Brunetti le ofreció el mismo trato.
—Seguro que nunca os ha hecho falta que viniese la policía a casa.
Como a la mayoría.
Ella miró al suelo y después por la ventana y le preguntó:
—¿Es verdad lo de Inesh?
—Siento decir que sí.
Ella negó varias veces con la cabeza e hizo un gesto que eliminaba esa posibilidad.
—¿Fue un robo? —preguntó, pero enseguida lo negó diciendo—: No, eso es imposible. No tenía nada. —Y, como prueba de ello, señaló de nuevo a su alrededor, los libros y la ausencia de casi cualquier otra cosa—. Todo lo que ganaba se lo mandaba a su familia.
—¿Están en Sri Lanka? —preguntó Brunetti.
—Sí. Su esposa y dos hijos —respondió. Entonces, como si eso convirtiese su muerte en algo más importante, añadió—: Ella es maestra.
Los hijos están en la universidad.
—¿Llevaba aquí mucho tiempo?
—La verdad es que no lo sé —contestó al cabo de poco. Entonces, miró hacia el palazzo y dijo—: Me imagino que sí. Cuando lo conocimos, ya hablaba italiano bien.
—¿Cómo fue?
Ella se volvió a mirarlo con evidente confusión. Era obvio que no comprendía por qué hacía una pregunta como esa.
—¿Por qué quieres saberlo?
Si Brunetti hubiera tenido la menor sospecha de que ella tenía algo que ver con el asesinato de aquel hombre, su respuesta habría sido cortante y sarcástica; la realidad era que estaba convencido de que ella aún tenía que aceptar que el hombre había muerto y no solo se había ausentado. En ese caso, la mejor respuesta era el silencio y que ella entendiese por sí misma por qué era necesario que lo supiese.
Inmóvil como una estatua, Gloria continuó mirándolo con la expresión tensa y confusa. Él vio el momento en el que ella caía en la cuenta, oyó cómo cogía aire de golpe, musitaba «Oddio» y luego emitía un ruido que no era una palabra.
Brunetti aceptaba la ópera como un divertimento, pero no era un gran aficionado, por muchas funciones que hubiera visto arrastrado por el entusiasmo de Paola. Se acordó del día que vio a una cantante cuyo personaje, al recibir una noticia devastadora, intentaba empezar un aria, pero no conseguía proferir más que tres «ah» gloriosos, estupefactos y desconcertados antes de dar con su voz estrangulada para pronunciar las palabras «Addio, Roma» y cantar acerca del fracaso y la pérdida y la desolación.
—¿Es verdad que lo han asesinado? —susurró.
—Sí, siento mucho decirte que es cierto.
—No me explico cómo puede haber sido —dijo, y de pronto miró a su alrededor—. Guido, ¿me ayudas? —le preguntó, y se tambaleó hacia él.
Él le agarró los brazos y la mantuvo erguida, de modo que quedó casi suspendida. Poco a poco, ajustando sus pasos a los pasitos que daba ella, Brunetti la guio hacia la silla que había contra la pared y no la soltó hasta que se hubo sentado. Se había quedado blanca de repente y tuvo que apoyar la cabeza en la pared.
Brunetti la dejó allí y fue a la ventana, desde donde contempló el espantoso jardín. Una vez más, la incongruencia lo sorprendió sobremanera.
No comprendía por qué motivo la víctima tenía los libros que tenía ni tampoco entendía cómo vivía en un lugar tan agradable, si bien parco, y al mismo tiempo soportaba ver algo tan horrible como aquel jardín amenazador e indómito que se extendía por todos los lados de la casa.
—¿Por qué está así el jardín? —preguntó sin volverse hacia ella.
—¿Cómo? —respondió Gloria. No como si la pregunta la confundiese, sino como si no lo hubiera oído bien.
—¿Por qué está tan feo el jardín? —Brunetti se volvió hacia ella para que le prestase atención. Señaló a su alrededor con la mano—. Este salón es bonito. Es simple y todo lo que hay en él es bonito. Con el resto de las habitaciones pasa igual. Pero ¿por qué es tan feo el jardín? Con los años que lleva aquí, podría haber hecho algo: desbrozar, cultivar plantas.
Ella quiso hablar, pero calló y pensó antes de decir:
—No era responsabilidad suya.
Brunetti reprimió la impaciencia, esperó a recuperar la calma y después dijo:
—Creo que da igual cuál fuese su responsabilidad. No cabe duda de que tenía buen gusto, al menos en esta casa. ¿Cómo podía...? —Brunetti quería acabar la pregunta diciendo «vivir rodeado de ese jardín», pero la palabra vivir conllevaba cierto riesgo y al final dijo—: ¿Cómo soportaba ver así este jardín?
—Me dijo que necesitaba un sitio donde vivir. No se me ocurrió que el jardín pudiera interesarle.
—¿Y a ti te interesaba? —preguntó él sin asomo de crítica en la voz.
—No, la verdad es que no.
—¿Y a tu marido?
Brunetti intentaba hablar con ligereza, con mera curiosidad.
—Todavía menos. Creo que un día le dijo algo a Inesh, que no se molestase con el jardín.
—¿Siempre ha estado así?
—No. La tía de Renato tenía dos jardineros en plantilla, pero murieron hace una eternidad, más o menos cuando ella, y Renato no los sustituyó.
Levantó la mano, como para indicar que el tiempo cambia las cosas.
—¿Y se ha quedado así? —preguntó Brunetti, y señaló el follaje invasor.
—Lleva tal como está ahora desde que yo conozco a Renato. —Hizo una pausa y lo miró un buen rato con cara de confusión—. ¿Por qué te importa tanto?
Brunetti reflexionó y sopesó cuánto podía decirle y, después, respondió:
—Es para que te distraigas hasta que hayas aceptado su muerte, así podremos empezar a hablar de él.
—¿De Inesh? —preguntó ella.
—Sí.
Gloria separó la cabeza de la pared y se irguió en la silla, pero no hizo ademán de levantarse.
—Era muy buen hombre, Guido —dijo, y le preguntó—: Podemos seguir tuteándonos, ¿verdad?
—Si a ti no te molesta —respondió Brunetti.
—Quizá así sea más fácil. Nunca he tenido una conversación de este tipo.
—Muy poca gente las tiene, me imagino —dijo él.
Ella asintió con la cabeza.
—Gracias a Dios.
—¿Qué puedes decirme de él? —quiso saber el commissario.
Se sentó en el sillón, junto a la lámpara de pie. Sacó el cuaderno y el bolígrafo y buscó una página en blanco.
—Apareció en la puerta.
Sorprendido, Brunetti no supo qué decir.
—Una noche, al llegar a casa me lo encontré en el suelo, en la calle.
Había conseguido apoyarse en la pared. Al verme venir, levantó la mano y dijo: «Aiutami, signora». Me agaché a su lado y le pregunté qué le había pasado. Me dijo que lo habían atacado dos hombres. Uno lo había tirado al suelo de un puñetazo y, cuando él había intentado levantarse, el otro le había dado una patada en la sien. Le habían quitado el dinero que llevaba en los bolsillos de la chaqueta.
—¿Qué hiciste? —se interesó Brunetti con objetividad.
—Lo traje al jardín, aquí —dijo, y señaló la habitación—. Entonces estaba muy diferente. Hacía años que nadie vivía en la caseta.
—¿Y entonces? —preguntó Brunetti, y pasó la página.
—Llamé a un amigo, un médico que le puso unos puntos en la mejilla y la cabeza y le dio algo para el dolor y le dijo que, si por la mañana tenía la visión borrosa, me pidiera que lo llamase.
Brunetti resolvió no intentar averiguar el nombre del médico. No tenía importancia alguna. Lo que preguntó fue:
—¿Y entonces?
—Le traje una manta del dormitorio y le dije que durmiese en el viejo sofá que había aquí, que hablaríamos por la mañana. —Antes de que Brunetti pudiera pedirle más detalles, añadió—: Esto estaba hecho un asco, pero aún había agua corriente y al menos podía beber.
—¿Te acuerdas de cuándo fue eso?
Ella lo pensó un poco y, después, dijo:
—Hará unos ocho años, a finales de verano.
—¿Y lleva aquí desde entonces?
—Sí.
—¿Por qué le dejaste quedarse? —preguntó Brunetti.
—Era un hombre muy amable y educado, eso saltaba a la vista, y lo habían atacado y le habían robado. Hablaba italiano bastante bien y, como ya he dicho, parecía decente y honesto. Decidí... o decidimos tratarlo... con amabilidad. Supongo que podría decirse así. —Juntó las manos y dijo—: Hicimos lo correcto.
Brunetti se percató de que seguía usando la segunda persona del plural.
—Dices que la casa está transformada. ¿Ha trabajado mucho para vosotros?
—Echa un vistazo a tu alrededor y verás lo que ha hecho. Créeme: era una ruina. Aquí dentro vivían animales. Él instaló las ventanas y el tejado nuevo.
—¿Él solo?
—Sí. —Pero al cabo de un instante—: Bueno, más o menos.
Brunetti pensó un momento en todo eso y le preguntó:
—¿Tienes tú o tenía él alguna idea de por qué lo atacaron?
—Me dijo que le habían robado dos hombres que no hablaban italiano nada bien. Por suerte había dejado el pasaporte con el amigo con el que vivía.
—¿Por qué lo atacaron?
—Vete a saber. No es que tuviera pinta de rico ni de turista. Lo que a él le preocupaba era que tenía doscientos euros en la cartera para mandárselos a su familia. Por eso se resistió. Me dijo que sabía que no debería haberlo hecho.
—¿Lo creíste?
Ella le clavó una mirada y dijo:
—Cuando lo dijo, estaba limpiándose la sangre con una toalla. Claro que lo creí.
—¿Por qué dejaste que se quedara tanto tiempo?
Dio su respuesta sin ningún tipo de vacilación.
—Porque era un pobre diablo sin hogar, sin visado para estar aquí ni muchas perspectivas de tenerlo.
Hizo una pausa tras decir eso y miró a Brunetti para ver cómo reaccionaba.
—Lo que haría cualquiera —dijo él.
Esa vez, ella hizo una pausa aún más larga antes de preguntar:
—¿Aunque sea ilegal?
Con la vista fija en el cuaderno, el commissario pasó la página, después retrocedió haciendo ruido como para comprobar algo y la pasó de nuevo. La miró y le preguntó con cortesía:
—Disculpa, Gloria. ¿Has dicho algo?
Ella cerró los ojos un momento y siguió hablando.
—Lo primero que hizo fue sacar toda la porquería y ponerse en contacto con los de la basura para que se la llevasen, incluyendo un viejo armario
que se caía a pedazos. Me dio muy buena impresión que supiera hacer tantas cosas, contactar con ellos y qué decirles. Después lo limpió todo y, cuando las paredes se secaron, las pintó.
»Más adelante, antes de que llegase el otoño, dijo que instalaría ventanas nuevas y reformaría el tejado si nosotros pagábamos los materiales y a un hombre que le echase una mano.
—¿Y qué hicisteis?
—Le dimos el dinero.
—¿Y?
—Y en cuestión de semana y media había ventanas y un tejado nuevos.
—¿Tuviste que pedir un permiso para la obra?
Eso la hizo pensar. Brunetti vio que se planteaba mentirle y al final decidía contarle la verdad.
—No. Trajeron el material cuando aún era de noche. Trabajaban doce horas diarias y lo hicieron en diez días, como te he dicho.
El padre de Brunetti decía a menudo que a él nunca le faltaría el trabajo porque estaba dispuesto a aceptar menos dinero que otros. A medida que se hacía mayor, Brunetti se acordaba muchas veces de lo sabios que habían sido sus padres.
—¿Algo más? —preguntó.
—Cuando acabaron, me dio un recibo con los gastos detallados y las horas que había trabajado su ayudante. —Miró a Brunetti mientras lo decía y negó con la cabeza, asombrada—. E intentó devolverme el dinero que no habían gastado.
—¿Qué hiciste?
—Me negué a aceptarlo, por supuesto —respondió con brusquedad.
Era una crítica ante su incapacidad de comprender siquiera algo así.
Brunetti pasó otra página y le preguntó:
—¿Tenía amigos en Venecia?
—Sí. Esrilanqueses. Venían de vez en cuando, puede que una vez al mes.
Siempre preguntaba si nos parecía bien que se pasase algún amigo de visita.
—¿Sabes algo sobre su vida?
—Casi nada. Vivía en esta casa y hacía prácticamente cualquier cosa que le pidiéramos que hiciese en el palazzo.
—¿Le pagabais por el trabajo?
—Sí. A medida que pasaba el tiempo se volvió más útil y más necesario.
Insistí en que le pagáramos una cantidad todos los meses.
A Brunetti le pareció interesante que no mencionase cuánto le pagaban, aunque no lo preguntó.
—¿En qué sentido se volvió necesario?
—Mi marido... —empezó a decir, pero de repente dio la impresión de haber olvidado de qué hablaban.
Brunetti no dijo nada y mantuvo la cabeza gacha, mirando el cuaderno.
—A él nunca le ha interesado el trabajo manual. —Calló y miró a Brunetti con ademán inquisitivo—. No sé de qué otra manera llamarlo. Así que Inesh se hizo cargo del mantenimiento de nuestra casa y de esta.
El commissario asintió, tenía sentido.
—Entonces, hace dos años, mi marido tuvo un ictus. No fue grave, gracias a Dios. Le debilitó la pierna izquierda y se le ha quedado floja para siempre.
—¿Nada más? —preguntó él.
—No, nada: los médicos nos lo aseguraron. No le afectó a la cabeza.
—Gracias a Dios, me alegro de que así sea —respondió Brunetti, que hablaba con sinceridad—. ¿Cuántos años tiene?
—La edad a la que pasan estas cosas.
—¿Todavía da clase?
—Sí. Por eso menciono a Inesh. Él lo acompaña a la universidad o a la biblioteca tres veces a la semana y por la tarde vuelve a por él.
Al ver la expresión de Brunetti, se explicó:
—También necesita la ayuda de Inesh para moverse por la ciudad: subir y bajar del vaporetto, cruzar puentes... —Dicho eso, se llevó la mano a la frente y dijo—: Dios mío, ¿hasta cuándo sigue la gente hablando en presente?
Como parecía una pregunta de verdad, Brunetti contestó:
—La cosa varía, pero es habitual que pase.
Sin quitarse la mano de la frente, ella dijo:
—Era un hombre muy bueno.
—¿Lo conocías mucho?
—No, la verdad es que no. Me dijo cómo se llamaban su esposa y sus hijos, pero no hablaba de ellos a menos que yo le preguntara.
—¿Qué te contó?
—Como ya he dicho, su esposa es maestra y los hijos estudian en la universidad.
—¿Hablaba de la vida que llevaba aquí?
—¿Aquí?
—En Italia. En Venecia.
—No —dijo, y negó con la cabeza—. Y pensé que no sería correcto preguntarle, por si parecía que husmeaba.
Brunetti pasó a una página en blanco y le preguntó:
—¿Te presentó a alguno de sus amigos?
—Solo al que lo ayudó con el tejado. Yo creo que eran amigos.
—¿Sabes cómo se llama?
—Anvith o Anvis, si no recuerdo mal. Algo así.
—¿Eso es el nombre o el apellido?
—Creo que el nombre —contestó ella—. Espera, a lo mejor está en el recibo que me dio cuando lo del tejado. —Se echó hacia delante en la silla y le preguntó—: ¿Quieres que lo busque?
—Sí, por favor —dijo Brunetti, que se dio cuenta de que ese era el primer dato que recababa que podía serle útil.
Gloria se levantó, alzó la mano un momento y se fue. Él vio que se dirigía al palazzo. Se puso en pie y se acercó de nuevo a la librería, aún insatisfecho y descontento por no haber encontrado un motivo para que allí hubiera materiales sobre el terrorismo italiano. Sacó el álbum de recortes donde estaban los panfletos y los carteles y se lo llevó al sillón. Lo abrió y lo hojeó mientras iba leyendo una frase aquí, un párrafo allá. Se dio cuenta de que el lenguaje que usaban estaba anticuado, como si los sueños típicos de la juventud se expresaran en un idioma extranjero o un código obsoleto.
«El sufrimiento de la clase obrera», «avaricia imperialista», «opresión»,
«tiranía», «explotación», «clase media», «abuso».
Cerró el álbum y lo devolvió a la estantería. Se percató de una etiqueta que había en la esquina: LIBRERIA DEI MIRACOLI. Cómo no, era la tienda que había en Campo Santa Maria Nova.
Oyó que se abría la puerta y levantó la vista; ella traía una cuartilla de papel en la mano.
—Lo he encontrado. Pero sale solo el nombre: Anvith. Toma, mira —le dijo, y le tendió la hoja.
Antes de que Brunetti pudiera preguntárselo, dijo:
—Inesh se negó a aceptar nada a cambio. Dijo que había accedido a arreglar la casa y que eso formaba parte del trato. —Dejó caer la mano con la que sujetaba el recibo a un costado—. Se negaba en redondo.
Anvith había recibido ochocientos cuarenta euros por diez días de trabajo, a doce horas por día. Brunetti hizo el cálculo al instante: siete euros. Por una hora de trabajo. No tenía ni idea de lo que le pagaba Paola a la señora de la limpieza, pero sabía que por tan poco solo trabajaban los más desesperados.
Si no tenías empleo ni permiso para estar en el país, trabajarías por eso y quizá incluso lo considerases una cantidad honesta. Al fin y al cabo, no tenías que hacer una aportación al sistema en forma de impuestos que se te devolverían en alguna fecha futura, cuando necesitases una pensión o
cuando fueses al hospital a pedir una cita para un TAC y te la dieran para al cabo de ocho meses, a menos, cómo no, que pagases como paciente privado, en cuyo caso te lo harían el jueves por la tarde.
Dio unas palmadas mentales y se dijo que parase de pensar cosas así. Tal como sabían su madre y su padre, desde que el mundo era mundo, los grandes vivían bien y los pequeños no.
Le devolvió el papel y evitó preguntar quién había decidido qué cantidad les pagarían por el trabajo. Lo que hizo fue ir a la ventana, abrirla, mirar el marco, cerrarla, abrirla y cerrarla de nuevo. Se volvió hacia ella y dijo:
—Hicieron un buen trabajo.
Ella encogió los hombros.
—Mi padre es constructor y dijo lo mismo. —Entonces se rio y añadió
—: Pero también dijo que él me habría cobrado menos.
Mientras Gloria aún estaba de buen humor, Brunetti dijo:
—Me gustaría hablar con tu marido.
La sonrisa se desvaneció.
—¿Por qué?
—Por lo que me cuentas, parece que pasaban mucho tiempo juntos.
Ella ladeó la cabeza como si fuese a decir algo, pero él continuó:
—Supongo que tardaban un buen rato en llegar a la universidad o a la biblioteca y volver. Así que doy por sentado que hablaban bastante.
—No lo sé —dijo ella—. Renato nunca me ha dicho nada al respecto. Es decir, nunca mencionaba ningún tema del que hubiesen hablado.
—Me gustaría charlar con él igualmente, para hacerme una composición más precisa de Inesh, de cómo era —dijo Brunetti con su tono de voz más amigable.
Ella se apresuró a mirar el reloj y dijo:
—No es buen momento para Renato. Ahora suele acostarse durante unas horas.
Brunetti no dijo nada.
—¿Otro día, quizá? —sugirió, como si hablase de algo sin importancia.
—Sí, me parece mejor —contestó ella, incapaz de disimular su alivio.
—En ese caso, te agradezco mucho la paciencia y repito que siento mucho que nos veamos en estas circunstancias.
Ella lo acompañó a la puerta y la sujetó después de que él la abriese.
Ninguno de los dos propuso quedar otro día y Brunetti emprendió el camino hacia Campo Santa Maria Nova.
OceanofPDF.com