Cosecharas tempestades

Donna Leon · Capítulo 19 de 36

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Cosecharas tempestades

Capítulo 17

Brunetti decidió ir a echarle un vistazo al Palazzo Zaffo dei Leoni. Por la mañana había llamado a la questura de camino al hospital y había ordenado que mandasen a dos agentes uniformados para precintar la casa del jardín en la que les habían dicho que vivía el asesinado. Dejó claro que, sobre todo, los agentes debían permanecer en el interior del muro y que nadie, aparte de los propietarios, tenía permiso para entrar en la propiedad.

También pidió que un equipo de la científica fuese al palazzo en cuanto les fuese posible.

Antes de salir de la questura, pidió el número de teléfono de uno de los hombres que habían apostado allí y lo llamó cuando ya estaba cerca del lugar.

—Pattaro, soy el commissario Brunetti. Estoy bajando el puente de San Canzian. ¿Podéis abrirme?

— Sì, signore.

Hizo los mismos giros y se encontró ante la misma puerta alta de madera. Esa vez le abrieron rápido, un policía uniformado a quien conocía.

Otro agente estaba en los escalones de la puerta principal del palazzo.

Brunetti entró, pero se quedó cerca de la salida a la calle.

—Gracias, Pattaro —dijo—. ¿Hay alguien?

—A nosotros nos ha abierto una mujer. Nos ha dicho que es la propietaria. He visto a un hombre con bastón subiendo los escalones, pero no nos ha dirigido la palabra.

—¿Cuánto tiempo lleváis aquí? —preguntó Brunetti.

—Desde las nueve y media, commissario —respondió el otro—. Hemos tenido que despertarlos.

—¿Qué le habéis comunicado a la señora?

—Que el hombre que vivía aquí estaba muerto.

Dicho eso, hizo una pausa, como si esperase que le hiciera más preguntas.

—¿Cómo ha reaccionado?

—Ha sido extraño, commissario. Ha estado un buen rato callada con la mano sobre el corazón y después ha dado media vuelta y ha entrado en el palazzo.

Brunetti le dio las gracias y le dijo que podía volver con su compañero mientras él echaba un vistazo por el jardín.

Se dirigió al lado derecho del palazzo, de donde era la fotografía más bonita del libro de jardines. No obstante, esas imágenes no captaban la realidad actual, cosa que sí había hecho Google, aunque ni siquiera ese ojo que todo lo ve podría haber preparado a Brunetti para lo que encontró.

Alguien había segado de manera incompetente aquel rectángulo de hierba silvestre que tenía la amplitud de la propiedad y había dejado un campo muerto de agujeros y matas de hierba amarilla marchita. Más o menos a un metro del lateral del palazzo, la vegetación seca topaba con una pared de plantas recrecidas que a Brunetti le recordó más a la jungla que a un jardín y le resultó algo amenazadora. La naturaleza impone límites a la altura de las plantas y, en ese caso, varios de los arbustos y zarzas habían alcanzado su punto álgido mucho tiempo atrás y, desde entonces, se habían desplomado sobre sí mismos o inclinado hacia los lados y habían iniciado la conquista de la dimensión lateral con ramas horizontales que parecían ir en busca de presas. Un único sendero, poco más que el rastro que dejan los animales salvajes entre el follaje, atravesaba las matas de hierba y después desaparecía bajo esa maraña de plantas espinosas y antipáticas.

Debido a la sombra que arrojaban el palazzo y el muro que lo rodeaba, la tierra estaba húmeda; aún había gotas sobre las capas de hojas muertas que se negaban a soltarse de los troncos. A mano derecha de esas enormes matas de plantas, Brunetti vio el principio de un muro de piedra de casi un metro de altura que desaparecía entre el follaje en dirección, calculó, a la parte de atrás de la propiedad. Al otro lado del muro vio un césped que aún estaba verde, digno de una partida de cróquet o de un pícnic regado con champán, puesto que allí empezaba, según le había dicho Google, el jardín de las hermanas de la Orden de San Benito de Nursia y el reino del orden y la rutina y la belleza. Aunque tal vez no de los pícnics regados con champán.

A mano izquierda del palazzo, las muestras de abandono y negligencia eran aún más claras que a la derecha. Las mismas plantas, o su progenie deforme, se extendían en una masa intransitable que sofocaba la tierra invisible con una maraña de plantas descompuestas; todo llevaba años sin tocarse, tal vez incluso más. Mientras que el jardín de la derecha aparentaba estar fuera de control, el de la izquierda parecía peligroso.

Brunetti regresó con los agentes, que estaban apostados cerca de la puerta principal. Al ver a Pattaro, le preguntó:

—¿Habéis acordonado la casa del jardín?

—Sí, señor —dijo.

Su compañero también asintió.

—¿Habéis entrado?

—No, señor. Hemos hecho lo que manda la normativa: precintar las ventanas y las puertas exteriores. Es lo primero que hemos hecho después de hablar con ella.

—¿Os ha dado las llaves? —le preguntó a Pattaro.

—Sí, señor —contestó este, y se metió la mano en el bolsillo del lateral de la chaqueta.

Se las entregó a Brunetti, que le dijo:

—No falta mucho para que se acabe vuestro turno. Podéis volver a la questura si queréis. Yo me quedo hasta que lleguen los de la científica.

Quiero echar un vistazo por aquí.

—Gracias, signore —dijeron ambos levantando la mano a la altura del pecho a modo de agradecimiento.

Cuando se hubieron marchado, Brunetti fue al costado derecho del palazzo y descubrió el rastro incierto de un camino cubierto de vegetación que conducía a la parte trasera de la propiedad, donde Google le había dicho que se ubicaba el Rio dei Santi Apostoli y donde debía de estar el acceso al canal del fondo del jardín. Siguió el camino a lo largo de diez metros y se topó con una pequeña casa de ladrillo de una sola planta, erigida sobre unos cimientos de piedra de un metro de altura. A su alrededor, la hierba era más corta, pero seguía llegándole por encima de los tobillos.

Cinco peldaños lo condujeron a la entrada. Tal como le habían dicho, en las ventanas y en la puerta había grandes tiras cruzadas de cinta de color rojo y blanco que anunciaban el lugar como escenario de un crimen.

Brunetti bajó los peldaños y se dirigió a un costado. Miró por una de las ventanas precintadas y vio una cama individual, un armario, paredes blancas, un suelo de madera y una silla a los pies de la cama. Sobre la mesilla de noche, vio una lamparita para leer y dos libros cerrados.

Había una puerta trasera, pequeña y sin ventana, que también estaba precintada con la misma cinta.

Rodeó por completo aquel hogar modesto, consciente en todo momento de las plantas amenazantes que se alzaban allí cerca y, en algunos casos, encima de la casa. Miró por todas las ventanas y no vio ninguna señal de perturbaciones ni de violencia. La mesa de la cocina estaba despejada, igual que la encimera junto al fregadero. Había una especie de salón con una librería y, apoyada en una de las paredes, una mesa donde había un portátil digno de la Edad Media. También había un sillón de aspecto muy cómodo

con una lámpara de pie al lado. Si algún día uno de sus hijos decidía escaparse de casa, pensó, le pediría a la persona que vivía allí que los sustituyera.

Volvió a la parte de delante, subió los peldaños y sacó las llaves del bolsillo del abrigo. Despegó las dos tiras de precinto de la puerta y las dejó colgando del marco. Cogió un paquete que contenía un par de guantes de plástico transparente, los sacó y se los puso.

La segunda llave funcionó y la puerta se abrió sin que Brunetti tuviera que buscar la manera de no tocar el pomo. Entró directo al salón. Miró a su alrededor con cuidado de no tocar nada y después fue al dormitorio, sin prisa. Se fijó en el armario (viejo, de cedro, muy bonito), pero no lo abrió.

En la cama individual había una colcha de lino bien metida por debajo de la almohada. Se quedó allí sin hacer ruido y le preguntó a la estancia qué tipo de dormitorio era y qué clase de hombre había dormido allí. La habitación guardó silencio, inmóvil. Tal vez esa fuese la respuesta.

Mientras que el resto de las estancias de la casa estaban pintadas de blanco, el salón era de color verde muy claro. No era primavera vulgar ni otoño cansino, sino el tono que vestiría la naturaleza no para ir a una fiesta, sino para estar por casa: algo cómodo que se podía salpicar o manchar sin que pasara nada. Se quedó allí quieto, pero antes de que la habitación pudiera decirle algo, oyó un timbre. Al cabo de un momento, cayó en que había sonado en el palazzo y anunciaba que alguien esperaba al otro lado de la tapia exterior.

Dejó la puerta entornada y se apresuró por el camino a la parte de delante y la entrada de la calle. Era el equipo de la policía científica: dos hombres sin luces ni equipamiento. Brunetti los llevó a la casa del jardín y se detuvo antes de entrar para explicar que el delito no se había cometido allí y pedirles que buscasen cualquier cosa que estuviese fuera de lugar o cuyo aspecto indicase que debería haber estado escondida.

Abrió la puerta, los siguió al interior y se sorprendió de hasta qué punto ya se sentía como en casa: tal vez era por el verde de las paredes.

Los dos hombres se repartieron las estancias: uno se ocuparía del baño y la cocina, y el otro del dormitorio. Eso le dejaba el salón a Brunetti. Fue al sillón, se sentó y, de inmediato, le vino a la memoria un cuento que volvía locos a sus hijos cuando eran pequeños, puesto que el sillón no era demasiado duro ni demasiado blando, sino perfecto.

Los de la científica trabajaban sin hacer ruido: era como si en aquella casa hubiera ratones, pero no tres hombres. La mesa que estaba a la izquierda de la puerta sostenía una pequeña estatua de Buda hecha de madera con un vaso de agua medio lleno delante. En el agua había unas pocas flores silvestres con la corola gacha en reconocimiento de su santidad. A la izquierda del buda había tres piedras planas, lisas como si las hubiera erosionado el mar, y al otro lado una concha rosácea. Brunetti, sorprendido por la serenidad de la decoración, sacó el móvil y fotografió el altar antes de continuar de forma aleatoria por la habitación, para registrar la tranquilidad y la belleza queda del hogar del fallecido.

Se acercó a la librería y se preguntó si el encanto y la individualidad del hombre que había vivido en esa casa se repetiría en los libros. Enseguida descubrió que estos se dividían en tres idiomas: italiano, inglés y lo que supuso que era el alfabeto redondeado de la lengua de Sri Lanka. Los títulos eran tan heterogéneos que les hizo tres fotografías para mostrar cómo vivían segregados por idiomas pero felices, y una última para mostrar que vivían todos juntos y en paz.

Sacó uno de los libros en cingalés y en la cubierta vio un buda muy benévolo, igual que en la siguiente y la siguiente; no era el mismo buda en las tres, pero sí la misma benevolencia. Los dejó en su sitio, dio un paso hacia un lado y llegó a los libros en inglés. Sacó Colonialism in Sri Lanka y leyó algún que otro párrafo; le echó un vistazo a The Story of Ceylon y su aspecto destartalado lo llevó a consultar la fecha de publicación, que era de

finales de los años cincuenta; The Prabhakaran Saga estaba al lado de un libro titulado The Broken Palmyra. Brunetti leyó lo suficiente para ver que ambos trataban sobre la desastrosa rebelión tamil. Los cerró, los dejó encima de los otros y los devolvió todos a la estantería.

Los libros en italiano se dividían en novelas policiacas, algunas traducidas de otros idiomas, y libros relacionados con el terrorismo. Había un álbum grueso de recortes lleno de panfletos y artículos de prensa, la mayoría de unos cuarenta años antes. Uno lo había publicado una organización llamada Fin de la Ocupación de Italia, y en él se nombraba y se daba la ubicación de las bases militares estadounidenses en la península, además de proporcionar mapas detallados y fotos. Un cartel pequeño que había entre los demás documentos afirmaba en tinta roja que solo la violencia armada podía solucionar el problema de la clase obrera. Dejó el álbum de recortes en la balda y cogió uno de los libros: A True History of Our Times.

Leyó la introducción, que cargaba contra la «continuada opresión de nuestra patria» a manos de «las fuerzas del fascismo internacional» que

«llevaban la máscara habitual del liberador que, para mantenerse en el poder, les da medias y bombones a las mujeres y a los niños».

Casi seducido por la retórica, Brunetti continuó leyendo sobre «el atontamiento de las masas mediante la televisión» y la advertencia de que los lectores debían «resistirse a las tentaciones del consumismo y el egoísmo». Brunetti ojeó un par de libros más y se sorprendió de encontrar en ambos exhortaciones a violencia extrema, incluso letal; dejó los libros en su sitio, curioso por saber qué motivo llevaría a un budista esrilanqués a tener esos textos en su casa.

Se apartó de la librería. Ya no creía ni tenía esperanzas de que la nota secreta que lo desvelase todo estuviera metida entre las páginas de un libro, así que fue al ordenador. En la pared, justo donde recaería la mirada de la persona que estuviera usándolo, había una fotografía enmarcada de una

mujer de mediana edad, rolliza y de piel oscura, mirada amable y mechones blancos en la melena negra que llevaba recogida. A ambos lados había dos jóvenes, tiesos como si les hubieran llamado la atención, con la piel igual de oscura que ella y, tal vez, unos veinte años de edad. Llevaban un par de chaquetas de color azul marino con corbata y parecían incómodos, mientras que la mujer estaba muy a gusto con su blusa de manga larga de color rojo chillón y el chal amarillo en el hombro izquierdo. Sonreía y eso la hacía encantadora.

El teclado fue una revelación: una letra europea en la parte superior izquierda de cada tecla y dos letras cingalesas, una encima de la otra, en la parte derecha. Del mismo modo que se rumoreaba que Dios le había dado al hombre la capacidad de dominar a los animales, la tasa de intercambio que requería dos letras cingalesas para cada una del inglés expresaba otra forma de dominación por parte de la gente del alfabeto latino.

El viejo ordenador portátil estaba cerrado y Brunetti no intentó abrirlo ni encenderlo. Más por una cuestión de obligación que por cualquier otra cosa, fue a la cocina, donde el más alto de los dos agentes revisaba la parte superior de los armarios subido a una silla.

—¿Has encontrado bolsas de plástico o de papel? —preguntó Brunetti.

—Debajo del fregadero, señor. Muy pulcra y ordenada, la persona que vive aquí.

Brunetti le dio las gracias y no dijo nada sobre el tiempo verbal erróneo.

Debajo del fregadero encontró una bolsa de papel y se la llevó al salón.

Levantó el portátil con un dedo y lo metió en la bolsa. Fue con él a la cocina y le dijo al hombre, que había movido la silla hasta el armario del otro lado del fregadero:

—Llévate esto cuando os marchéis, a ver si alguien puede entrar.

—Déjelo en la mesa, señor. Nos encargaremos de que le llegue a Bocchese.

Brunetti le dio las gracias y regresó al salón. Se puso ante una de las ventanas y permitió que lo que quiera que lo incordiase siguiera haciéndolo.

¿Cuándo había visto un jardín tan feo? Las palabras jardín y feo eran un oxímoron y nunca deberían ir juntas. ¿Cómo eran capaces de soportar verlo? ¿Cómo podían vivir con aquel horror tan cerca? No había manera de estar seguro de qué podía salir de entre aquellos arbustos. Volver a casa de noche y pisar algo que se movía; oír algún crujido por delante.

De pronto, se le acercó el hombre de la cocina con un recipiente de plástico en la mano; era como los que Paola utilizaba para las sobras, más o menos del tamaño de una caja de puros.

—Mire esto, señor —dijo el hombre, y se lo tendió.

La tapa era de un azul muy alegre y el recipiente, transparente. Incluso antes de abrirlo, Brunetti vio el dinero, los tonos rojizos y azules de los billetes de diez y veinte euros, y supo que la cantidad no sería muy elevada.

Dejó el recipiente sobre la mesa y retiró la tapa. Había unos cuantos billetes de diez encima del montón y, a primera vista, Brunetti calculó que debía de haber unos pocos cientos de euros, pero no más.

Vio una punta rojiza que asomaba por debajo de los billetes y, al apartarlos, dejó al descubierto la esquina de una cartulina gruesa de color granate.

Al quitar los billetes vio la palabra PASAPORTE y debajo: REPÚBLICA DEMOCRÁTICA SOCIALISTA DE SRI LANKA. En otras circunstancias, Brunetti se habría dicho: «Qué trío político tan interesante, ¿verdad?», pero tras una muerte violenta, ni se le ocurrió pensar eso.

Abrió el pasaporte y vio que el hombre muerto, que allí estaba vivo, no sonreía. Brunetti apartó la mirada. Inesh Kavinda, nacido en Colombo, hacía cincuenta y dos años. Los sellos indicaban que había viajado a Sri Lanka seis años antes y se había quedado cuatro semanas, y otra vez el año anterior, durante la misma cantidad de días.

—¿Dónde estaba? —le preguntó al agente, y recordó que se llamaba Donati.

—Encima de los fogones, señor. Se supone que debería haber un extractor, pero alguien lo ha quitado. El filtro está tan sucio que no se ve a través, así que no se nota que no hay extractor.

Brunetti asintió con aprobación. Siempre le gustaba que la gente tuviera escondrijos en su casa. Se preguntaba por qué había tantas personas que los tenían en la cocina.

—¿Qué hago con la caja, señor?

—Llévatela cuando hayáis acabado y dásela a Bocchese, junto con el ordenador. Quédate mientras él cuenta el dinero y cuéntalo tú también a la vista; entonces, ambos anotáis la cantidad total en dos pedazos de papel diferentes, los firmáis y lo guardáis en la caja, que va a la caja de seguridad de Bocchese.

Vio la expresión del técnico y dijo:

—Donati, es para protegerte a ti y a Bocchese. Así no hay dudas sobre cuánto dinero había dentro al llegar a la questura.

Donati sonrió y dijo:

—Por supuesto, commissario. —Tras una pausa, añadió—: En cualquier caso, yo no le robaría a un muerto.

—¿Cómo sabes que está muerto? —le preguntó Brunetti como si nada.

—Me lo han dicho en la questura, señor.

Él asintió con la cabeza. Había pasado un tiempo desde el último asesinato que se había producido en la ciudad, al menos de uno en el que el delincuente no soltase el arma y llamase a la policía.

Brunetti empujó el recipiente hasta el centro de la mesa y regresó a la librería. Algo le había traído a la memoria un ruido extraño mientras miraba los libros, y dejó que su mente flotase hacia ellos y después se alejase.

Miró los títulos de los lomos y concluyó que tenía sentido que hubiera libros sobre la historia de Sri Lanka. Si dejaba esos de lado, quedaban las

novelas policiacas, que descartó, y los libros sobre el extraño resurgimiento del terrorismo en la Italia de los años ochenta. Era como si le pidieran que encontrase un gato escondido en el dibujo de un árbol.

Se acordó de que, en algún momento durante los años sobre los que versaban los libros que tenía delante, su padre había resurgido del largo periodo de tristeza en el que se había sumido su vida tras enterarse de la reaparición de las Brigadas Rojas. Su familia, acostumbrada a su ferviente compromiso con la izquierda, no daba crédito al oírlo condenar los ataques contra civiles y considerarlos asesinatos, así como asesinos a los que los cometían.

Cuando le preguntaban el motivo, el padre de Brunetti respondía que conocía de toda la vida a los de esa calaña: los hijos de los ricos, que buscaban llamar la atención. «Esperad y veréis —dijo una noche después de cenar, tras haber cambiado la rabia por la repulsión—. Ya veréis. Dentro de cuarenta años, todos serán abogados y banqueros y profesores universitarios y votarán a los democristianos.» Su padre no sabía que los democristianos experimentarían un arrebato político en los noventa y dejarían de existir; en cuanto a lo demás, Brunetti opinaba que tenía razón.

Pero ¿cómo podía interesarle eso a un esrilanqués?

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