Cosecharas tempestades

Donna Leon · Capítulo 15 de 36

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Cosecharas tempestades

Capítulo 13

Al día siguiente, a media mañana, Brunetti estaba en su despacho para hablar con un compañero de la questura de Génova que pedía información sobre un veneciano al que habían detenido el año anterior por acoso y que había evitado ir a juicio al declarar que lo transferían de Venecia a Génova.

Como la mujer que lo había denunciado vivía y trabajaba en Venecia, decidieron permitirle el traslado, siempre y cuando se personase en la comisaría una vez al mes y no volviera a Venecia sin notificárselo antes a la policía.

El compañero de Génova llamaba para informar de que, si bien aún trabajaba en la misma empresa, el hombre no se había presentado en la comisaría en ningún momento. El agente dijo, además, que llevaba más de un mes intentando contactar con él, pero que no contestaba al teléfono ni a los correos, y el commissario llamaba a Brunetti para preguntarle si lo conocía.

—Lo interrogué en dos ocasiones —respondió él.

Estaba a punto de decir que pensaba que el tipo no solo era un mentiroso, sino también alguien peligroso, cuando reparó en que no conocía al hombre con el que hablaba y, por lo tanto, no tenía ni idea de cuán discreto debía ser. Nunca se sabía qué deparaba una llamada telefónica o de qué manera se podía volver en contra de uno de los dos interlocutores.

Brunetti recordaba haber recelado del interrogado; le provocaba desconfianza y, a decir verdad, desagrado. Actuaba como si la mujer a la que seguía, llamaba y escribía tuviera la obligación de sentirse halagada por

la atención que le prestaba, por no hablar de su persistencia. Pero, según él, la mujer había reaccionado de manera exagerada a algo que no era más que una expresión masculina de admiración y, sí, por qué no admitirlo, interés.

Durante la hora que pasaron juntos, en ningún momento detectó Brunetti algún tipo de remordimiento por haber molestado e incluso asustado a la mujer. Se acordaba de que el hombre le había preguntado: «¿No debería haberlo visto ella como un halago? Soy educado, tengo estudios, un buen trabajo y muchos amigos interesantes». No solo había omitido a Brunetti el hecho de que también tenía una esposa y dos hijos, sino que, a continuación, afirmó que la mujer no debería haber exagerado la situación.

«¡Ha avisado a la policía!», había exclamado el tipo, como si la mujer le hubiera incendiado la casa.

Brunetti, que había conversado de manera similar con otros hombres (violadores y acosadores y asesinos), se había mantenido impasible y había tomado notas, sabiendo que más adelante quizá le preguntasen qué opinaba del acusado.

Le había parecido arrogante, deshonesto y con una idea errónea en cuanto a su encanto e inteligencia. Le inquietaba la manera en que hablaba de la mujer que, según insistía, él respetaba y admiraba, a pesar de no tener nada bueno que decir de ella, aparte de quejarse de su arrogancia y su falta de empatía por él. Según vio en su momento, parecía estar convencido de que ella tenía la obligación de compensarle el interés que le prestaba.

Al final del interrogatorio, Brunetti se había convencido de que el hombre suponía un riesgo para la seguridad de la denunciante y de que el traslado a Génova no sería suficiente para que dejase de tener ciertas ideas sobre las mujeres. Se daba cuenta de que el hombre consideraba que sus opiniones estaban del todo justificadas y que creía con firmeza que tenía derechos sobre esa mujer.

Como agente que había llevado a cabo el interrogatorio, Brunetti había sido el responsable de redactar un resumen y una opinión sobre lo que el

acusado le había dicho y lo que él había observado durante el tiempo que habían pasado juntos. Brunetti, que sabía que no había ni un resquicio de posibilidad de que algún juez mandara a ese hombre a la cárcel, había recomendado de forma vehemente que le asignasen un trabajador social del área de psiquiatría con quien tuviese que hablar al menos una vez a la semana. Además, había propuesto que le pusieran un brazalete para que la policía pudiera comprobar su ubicación a cualquier hora del día o de la noche y si estaba a más de doscientos metros de distancia de la mujer o de su lugar de trabajo y su domicilio. Al principio, Brunetti se había resistido a escribir que se trataba de un hombre peligroso y había pensado en añadir delante el adverbio «potencialmente», pero después se había acordado de cómo hablaba de la víctima y había presentado el informe con un

«peligroso» sin adornar.

Incluso mientras hacía esas recomendaciones, Brunetti sabía que nadie haría caso. El hombre tenía pruebas de que su empresa lo trasladaba a Génova, así que ¿por qué molestarse en gastar dinero para controlar sus movimientos? Era uno de los altos directivos de la compañía y, tal como se había afirmado desde el principio, estaba casado y tenía dos hijos.

Sin embargo, al cabo de un año, alguien se molestaba en hacer un seguimiento de la sentencia. Desde el inicio de la llamada, el otro hombre había mostrado preocupación y cierta aversión por el comportamiento del desaparecido. Pero con eso no bastaba para que Brunetti se deshiciera de la capa de precaución con la que se había arropado durante tantos años de trabajo policial.

—Siento mucho no poder ayudarlo más —dijo—. Mientras no regrese aquí sin avisar antes, no debería haber ningún problema.

—No debería —repitió el policía de Génova.

Después de darle las gracias a Brunetti por hablar con él, colgó.

Al commissario no se le iba la conversación de la cabeza, cosa que lo inquietaba. ¿De qué servía darle tantas vueltas a la realidad y ponerles

nombres distintos a los hechos para que pareciesen menos serios de lo que eran? El hombre de Génova era peligroso: podía volver a Venecia y molestar a su víctima, o quizá encontrase a otra en Génova y proyectara en ella todos sus sentimientos hasta que ella lo denunciase o él decidiera que, de un modo u otro, debía obligarla a reconocer sus deseos.

Por su experiencia como policía, Brunetti sabía que cuando se cometía violencia hacia una mujer, en demasiados casos ella se preguntaba si había hecho algo para provocarla. Si te comportas de manera violenta con un hombre, él te la devolverá.

Con la frase «reconocer sus deseos» en bucle en la cabeza, Brunetti se levantó. La mujer no tenía por qué «reconocer» nada relacionado con un acosador, aparte del hecho de que era peligroso y debería... Al llegar ahí, Brunetti dejó la idea a medias, puesto que se dio cuenta de que era incapaz de acabar la frase. Se llevó eso escaleras abajo hasta la calle con la esperanza de que se evaporase como un mal olor mientras caminaba a casa para comer.

Pasó la tarde redactando evaluaciones de los miembros del personal uniformado, una tarea que todos los años iba retrasando mes a mes. Ese año le habían pedido que hablase sobre el desempeño de tres nuevos reclutas, además de Brandini y de Foa, el piloto.

El rendimiento de los novatos era adecuado, aunque tal vez a uno de ellos le gustase demasiado la autoridad que le confería el uniforme.

Brunetti, que había hablado varias veces con el joven llamado Garofolo, se inclinaba por creer que ese concepto desproporcionado de sí mismo desaparecería con el tiempo, así que se limitó a escribir: «Promete ser un buen agente». Pasó el siguiente cuarto de hora redactando vaciedades similares sobre los otros dos reclutas, que a Brunetti le parecían jóvenes

inteligentes con un interés sincero en ayudar a la sociedad de la manera que pudiesen.

Al llegar a Brandini hizo una pausa, dejó el archivo a un lado y cogió el de Foa. Miró la pantalla, colocó las manos sobre el teclado del ordenador y, tras un momento de despiste, se sorprendió al ver que había escrito

«Montisi» en lugar de «Foa». Retiró las manos de golpe, pero no pudo evitar acordarse del otro piloto. ¿Cuánto hacía que había muerto? ¿Diez años? ¿Tal vez más?

—Qué gran hombre —dijo.

Decidió que eso servía como epitafio y, no sin pena, borró el nombre y escribió el de Foa. Era muy fácil elogiar al piloto. Llevaba la laguna en las venas, igual que la mayoría de los pilotos de la ciudad, aunque Brunetti encontró una manera más elegante de escribirlo en el informe de evaluación.

Y, por último, Brandini. El commissario leyó los comentarios que había en su archivo y vio que contenían cierta restricción, tal vez frialdad. Todos eran positivos, los compañeros mencionaban su profesionalidad, pero ninguno de ellos parecía ansioso por patrullar con él. Brunetti prefirió no hacer caso de eso y en su revisión habló de la preocupación obvia (le había costado mucho decidirse entre «patente» y «obvia», pero había elegido la segunda) que mostraba por la gente en situaciones angustiosas. A modo de ejemplo, dio la manera en que había resuelto el incidente del commissariato, cuya violencia podría haberse intensificado en gran medida de no haber tenido Brandini la sensatez de intervenir. Brunetti añadió una frase en la que recalcaba su capacidad como negociador.

Poco después de acabar, Griffoni entró en su despacho y le preguntó si quería bajar al bar de la esquina a por un chocolate caliente.

—Como en las novelas policiacas norteamericanas —respondió Brunetti sonriente—. Un par de inspectores bien curtidos bajan al bar a tomar chocolate caliente y hablar sobre si deberían ponerle nata montada o no.

—Menos mal que llevo el arma encima —dijo Claudia muy seria, y se dio unas palmadas en la cadera, donde no se veía pistola alguna—. Nadie me impedirá que lo pida con nata.

Mientras se tomaban el chocolate, Brunetti le contó cómo había reaccionado Brandini al enterarse de lo generoso que era el padre de Alvise.

—Era como si le hubieran dado en las narices con una puerta —explicó.

Griffoni asintió con la cabeza.

—Supongo que le parece extraño que un homosexual haya tenido unos padres decentes; o que aún los tenga, si entiendo que lo que decía Alvise es que hace años que casi todos los domingos va a comer a su casa con Cristiano.

—¿Lo conoces?

—¿A quién? ¿A Cristiano? —preguntó ella.

Brunetti asintió con la cabeza.

—Sí —dijo Claudia, y bebió un sorbo de chocolate caliente—. Me ha hecho algún trabajo.

—Es verdad. Alvise dijo que era carpintero.

—Y muy bueno —confirmó ella—. Si alguna vez necesitas...

—¿Cuántos quedan en la ciudad? —preguntó Brunetti, no como si pensase que ella lo sabía, sino simplemente para expresar un dato obvio, pero de otro modo: que los artesanos de Venecia estaban cerrando o se jubilaban o se morían.

Escuchó su propia voz malhumorada y reconoció el mismo viejo lamento sobre la desaparición de las viejas costumbres, las distorsiones que provocaba el turismo, la imposibilidad de encontrar café decente, pan, zapateros, botones, caquis y vaya usted a saber qué más.

—Al menos Bamba todavía prepara el mejor chocolate caliente de la ciudad —dijo con la intención de dejar atrás los lamentos y acabarse la taza.

Ambos sabían que no contaba como aperitivo, pero al menos mantendría el hambre a raya durante un par de horas más.

Brunetti estaba de pie junto a la puerta de la terraza, contemplando la ciudad y pensando que ya era hora de acostarse, cuando le sonó el móvil.

Lo había dejado en el bolsillo de la chaqueta y, durante un momento, se dijo que no contestaría porque estaba en casa, ya había cenado y quienquiera que fuese podía contactar con él en horario de oficina. Después de sonar seis veces, dejó de hacerlo y, de inmediato, Brunetti se convenció de que la llamada debía de ser importante y se arrepintió de ser tan terco.

Dio media vuelta en dirección al salón y vio a Paola, que le llevaba el telefonino. Le dijo:

—Es Vianello. Con la voz de las malas noticias.

Hablaba sin asomo de ironía. Había contestado a las llamadas de Vianello muchas veces y sabía cuándo se trataba de algo malo. Le dio el móvil y regresó a su estudio.

—Dime —respondió Brunetti.

—Acaba de llamarnos alguien que cree haber visto un cadáver en el agua.

—¿Dónde?

—Al principio de Giacinto Gallina. Cerca de los pasajes subterráneos.

Brunetti hizo un ruido que significaba que comprendía y preguntó:

—¿Quién ha ido?

—Todavía nadie. Acaban de llamar.

—¿Dónde estás?

—En casa, pero Foa viene hacia aquí. ¿Paso a recogerte por la tuya?

Brunetti miró la hora: eran casi las once.

—Sí. Creo que será más rápido si subís por el canal y me recogéis allí.

Vianello accedió con un gruñido y luego dijo:

—Estoy al final de tu calle dentro de quince minutos.

Brunetti pensó que el ispettore había terminado, pero este le preguntó:

—¿Llamo a los carabinieri de al lado de los Gesuiti?

Brunetti oyó el lamento de la sirena de Foa a través del móvil y dijo:

—Ya los llamo yo. —Entonces, como no quería que el forense accediese a ir solo porque se lo había pedido él, añadió—: ¿Llamas tú a Rizzardi?

—Cómo no —contestó Vianello, y colgó.

Brunetti marcó el 112 de inmediato, anunció su nombre y su rango y dio parte de lo que le había dicho Vianello; añadió que estarían en Ponte Panada en cuestión de quince o veinte minutos.

Fue al estudio de Paola y le contó lo que le había dicho Vianello.

—Ya me parecía que sería algo así —respondió ella—. Espero que sea una falsa alarma.

Brunetti asintió con la cabeza.

—Ponte el chaleco, Guido, que hace frío.

El mes anterior, ella le había regalado un chaleco de esquiador que, aunque era de su talla, pesaba menos que un par de gafas de sol, o eso le parecía a él.

—No quiero que Chiara vea que tengo algo así —repuso—. Sabrá enseguida de qué ave son las plumas.

—No le haría ninguna gracia, ¿verdad? —dijo Paola.

—Una noche podríamos obligarla a dormir en la terraza para que sepa lo que es pasar frío.

—Seguro que llamaría a la policía y haría que nos detuvieran —especuló Paola.

—No se me había ocurrido —contestó Brunetti, y fue al dormitorio a por ropa de abrigo.

Volvió al cabo de unos minutos con una parka de lana oscura y una bufanda gruesa alrededor del cuello.

—¿Y el chaleco? —preguntó ella.

Brunetti se bajó el cuello de la parka y le mostró la tela azul oscuro del chaleco.

—Muy bien.

—No me esperes despierta —pidió él.

—Siempre me lo dices.

—Y siempre me esperas.

—Vale. Si a las dos no has vuelto, me acuesto.

—Me alegro de que me hayas mandado ponerme el chaleco —dijo.

Se acercó a ella, le dio un beso en la cabeza, fue a la puerta y salió de casa.

En el margen del canal, mientras contemplaba el Palazzo Farsetti, Brunetti pensó en lo mucho que le gustaba esa parte del trabajo de policía. A esas horas, en una ciudad vacía podía moverse por donde y tan rápido como quisiera. Nadie podía impedírselo, nadie le preguntaría adónde iba. Por delante solo tenía el agua, que se veía negra y opaca, casi lisa y que, durante esos días en que el turismo se había reducido, a partir de cierta hora prácticamente ni se movía.

Observó los edificios de la otra orilla y después se volvió hacia el puente de Rialto, iluminado desde abajo, un arco sobre la negrura. ¿Quién iba a creerse algo así? ¿Quién podía?

A mano derecha oyó la lancha, que circulaba sin la sirena porque ¿qué falta hacía? El canal estaba vacío hasta donde alcanzaba la vista, donde giraba hacia la universidad. No había barcas ni pájaros flotando en la superficie ni señal alguna de actividad humana.

La lancha y el deslumbrante foco que llevaba delante doblaron la curva y cogieron velocidad en el tramo recto. Se acercó a él rauda como un pájaro, fina y suave: Foa conocía todos los embarcaderos. El foco lo iluminó de lleno y, de pronto, el piloto puso el motor marcha atrás. La inercia hizo lo posible por evitarlo, pero fracasó; la barca frenó y se detuvo ante sus pies.

Brunetti agarró la mano que le tendía Vianello, subió a bordo y bajó a la cabina, cuya puerta estaba abierta. Foa lo saludó con la cabeza, pero no dijo nada; dirigió la lancha al centro del canal y fue acelerando a medida que circulaban.

—Rizzardi va hacia allí —dijo Vianello a modo de saludo—. Por si acaso.

Después de eso, nadie dijo nada. Aún no se había cometido ningún delito y, hasta que hubiera uno del que hablar, no cabía comentarlo. Tampoco podían hablar sobre la belleza que los rodeaba, puesto que no había nada nuevo que decir. Se limitaron a mirar y a sumirse en ese estado extraño de la admiración permanente. Todo lo que sucedía ante sus ojos era normal.

Cuando pasaron por debajo a toda velocidad, no había nadie en el puente. Brunetti reparó en que, a ambos lados del canal, había aún más edificios tapados con los largos velos de plástico que ocultaban lo que ocurría en el interior. Conocía la secuencia de los hechos: primero se erigían los andamios metálicos, cuatro, cinco, seis pisos. Se colocaba un casco rectangular de plástico en el tejado. Se desenrollaban las cortinas blancas que lo cubrían todo, desde la cima hasta la acera. Era como si eviscerasen los edificios y sacasen los distintos tramos de escalera al exterior. Un aprendiz de mago hacía aparecer montacargas en varios lugares de las fachadas principales y laterales.

A lo largo de todo el día había hombres subiendo y bajando por las escaleras de gato o en el montacargas, junto con paquetes tan altos como ellos de paneles de aislamiento o toneladas de tejas. Enormes grúas, como grullas, anidaban en las aguas del Gran Canal y levantaban con el pico vigas, marcos de ventanas y azulejos de distintas dimensiones y colores y los dejaban en el tejado o en lugares diversos, ocultos por los velos de plástico blanco.

Se dice que los pájaros necesitan conseguir y consumir a diario entre un cuarto y la mitad de su peso en comida. ¿Cuánto seleccionarían esas grúas

si fuesen grullas? ¿Cuántas toneladas harían falta para mantenerlas el día entero en movimiento y sin remordimientos por el deseo de que todo fuese auténtico y respetuoso y aceptable para las nuevas personas al mando?

Viejo, sí; pero que también sea cómodo. Búscanos un Tiepolo bonito y, además, queremos una habitación grande para usarla como estudio. Sí, con libros. Y no os olvidéis el horno para pizzas: los niños quieren uno. Y

equipamiento audiovisual.

La lancha viró a la derecha y empezó a reducir la velocidad, cosa que libró a Brunetti de pensar en una de las muchas historias familiares de los últimos años. Uno de sus primos trabajaba en Mestre de «proxeneta de cosas», como él lo llamaba, que no era más que convencer a los extranjeros adinerados que se mudaban a Venecia de qué escoger, qué comprar y dónde ponerlo. Unos años antes, había llevado a Brunetti a visitar dos casas que él había diseñado y el commissario se había sorprendido al ver que las dos le parecían bonitas. «Lo hago por la casa —había protestado su primo—. La casa sabe lo que quiere, aunque el propietario lo desconozca. No puedo permitir que las afeen.»

Los carabinieri habían llegado antes que la policía, pero no podía haber sido mucho antes: el piloto todavía ataba una soga a una anilla metálica que había en el margen izquierdo del canal; cuando acabó y se enderezó, a Brunetti lo impactó lo alto que era, ya que les sacaba al menos una cabeza a todos los presentes. En la misma riva, pero un poco más allá, había otros dos carabinieri. Estaban quietos, contemplando la superficie del canal.

Entre los dos había un hombre con un abrigo oscuro que señalaba en la dirección de los recién llegados, pero no a ellos, sino al agua. Vianello y Brunetti se acercaron a saludar a los carabinieri. Ambos conocían al teniente Filini, que les presentó a Massimo de Mori, el agente que lo acompañaba, y después a Paolo Comisso, el hombre que había visto lo que podía ser un cadáver flotando.

—Ha sido al menos hace media hora —dijo Comisso, que se remangó el abrigo y miró el reloj—. Iba camino de casa. —Señaló el lateral del canal, que acababa en una puerta que lo convertía en un callejón sin salida—.

Creo que he visto una mano en el agua. —Negó varias veces con la cabeza, bien porque seguía impactado o para aclararse las ideas—. Justo ahí —dijo, y señaló la superficie, delante de él.

Brunetti dejó que Vianello hablase con Comisso, fue al borde y escudriñó la zona que tenían delante y luego la de la izquierda y la de la derecha. Vio un vaso de papel que flotaba en el agua y después llamó a Foa y le hizo un gesto para que se acercase.

El piloto caminó hacia él con prisa, y Brunetti le señaló el vaso y le pidió que calculase cuánto podía haberse movido algo que estuviera sumergido en un espacio de media hora.

Foa fue a la altura del vaso y puso la cartera al mismo nivel. Miró el reloj durante dos minutos y se movió a la nueva posición del vaso: se había desplazado dos centímetros por el canal, una distancia apenas discernible, arrastrado por una marea perezosa.

Recogió la cartera, fue a donde estaba Brunetti y dijo:

—Según mis cálculos, que dependen del tamaño y la flotabilidad, no se habrá movido ni un metro.

—Gracias, Foa —dijo Brunetti, y le dio una palmada en el hombro.

Luego se volvió hacia el teniente y los demás y dijo—: Ya lo habéis oído.

Avanzaron en fila, muy despacio, con la vista fija en el agua y Vianello a la cabeza. Foa y el otro piloto se acercaron con unas linternas. Se colocaron en el centro del grupo, a medio metro de distancia el uno del otro, de modo que creaban un único óvalo de luz que se movía a ritmo lento.

Los minutos transcurrían con la misma lentitud con la que se movían ellos. Unas cuantas personas cruzaron el puente de un lado a otro, todos con mucho cuidado de no detenerse a mirar. Foa señaló hacia la izquierda y dijo:

—Ahí hay algo, paralelo al poste.

Los demás siguieron la dirección que señalaba su dedo índice y miraron el agua que había bajo el poste. Brunetti no vio más que las linternas y el reflejo de las farolas. Vianello, desde delante, dijo:

— Niente.

El teniente Filini se dirigió al hombre alto, que estaba a su lado, y le ordenó:

—Ve a por el bichero.

El piloto regresó enseguida con la vara larga en la mano derecha. En la otra aún llevaba la linterna, que le entregó al teniente. Filini la sostuvo ante sí y se acercó al agua.

Se inclinó y se llevó la mano izquierda a la frente para protegerse la vista de la luz de la farola que tenía encima. Como un cangrejo, deslizó un pie hacia la izquierda y después arrastró el otro hasta que estuvieran juntos, sin apartar el foco de la linterna de la superficie del agua.

Y entonces apareció: una mano en mitad del canal. De pronto, todos la vieron.

— Oddio —susurró alguien.

Filini se volvió hacia el piloto y dijo:

—¿Crees que llegas?

—Sí, señor.

Hasta entonces, Brunetti no había reparado en que la altura del piloto iba a facilitarle la tarea que le pedían. Este se acercó al borde del canal con el bichero extendido y asido con ambas manos y se inclinó hacia delante para dirigirlo hacia lo que todos habían visto. Alargó los brazos con la vara tanto como pudo y después se volvió hacia su superior.

—¿Podría agarrarme de la chaqueta, teniente? —le pidió.

Filini se puso detrás de él y agarró el cinturón de su chaqueta.

El piloto se lo agradeció con una inclinación de la cabeza, dio dos pasos cortos hacia la izquierda, volvió a echarse hacia delante y metió el gancho

en el agua. Gruñó una vez, dos veces y, con la vara bien sujeta, dio un pequeño paso atrás seguido de otro, y entonces Filini y él retrocedieron a la par, hasta que todos se quedaron petrificados al ver lo que flotaba hacia ellos.

Brunetti se percató de que el piloto de los carabinieri se cambiaba el bichero a la mano izquierda, se santiguaba y, por último, volvía a coger la vara con ambas manos y tiraba de ella con cuidado, moviendo las manos poco a poco, palmo a palmo.

Vianello y De Mori fueron al borde del canal y se arrodillaron, uno a cada lado de la larga vara del bichero.

—Vale —dijo Vianello, y levantó una mano.

El piloto paró de tirar y se quedó quieto. Vianello y De Mori se hablaron en voz baja, y luego el ispettore se levantó. Miró a ambos lados de la riva y vio unos escalones que descendían hacia el agua. Le cogió el bichero al piloto y caminó despacio hacia ellos, arrastrando lo que fuera que hubieran atrapado con el gancho. De Mori se levantó y lo siguió.

Brunetti, mientras se acercaba, vio que el agua no alcanzaba los dos primeros peldaños, aunque ambos tenían adherida una gruesa capa de algas que relucían mojadas a la luz de las farolas. Al llegar a la escalerilla, Vianello le devolvió la vara al piloto, bajó los primeros dos escalones y le tendió la mano a Brunetti, que se colocó junto a ellos en el borde seco del canal y se la agarró.

El teniente Filini hizo lo mismo, pero al otro lado, y esperó mientras De Mori bajaba los escalones resbaladizos con mucho tiento.

El hombre que sostenía la vara retrocedió y guio el cuerpo flotante hacia el centro de la escalerilla. Cuando estaba a una distancia a la que podían alcanzarlo, Vianello y De Mori se inclinaron hacia delante. Por instinto, Brunetti se arrodilló en el suelo para que Vianello tuviera más alcance; Filini hizo lo mismo.

Una vez preparados de ese modo, los dos hombres de los escalones se inclinaron hacia abajo, metieron la mano en el agua y asieron lo que veían.

Brunetti notó que Vianello le apretaba la mano y se echó adelante para sujetarle la muñeca con la otra.

Vacilante, Vianello llevó un pie atrás hasta el peldaño de más arriba, esperó a que De Mori hiciera lo mismo, dijo: «Ahora», y subió el escalón.

De Mori tardó un segundo más que él y Vianello dio una sacudida hacia delante. Brunetti lo agarró con más fuerza y consiguió enderezarlo. Cuando estaba bien afianzado, Vianello dijo: «Otra vez» y en esta ocasión el otro hombre se movió en perfecta sincronía. Y una vez más. Con ese tercer paso llegaron al borde y arrastraron consigo una figura humana, un hombre con la ropa pegada al cuerpo por efecto del agua.

Vianello y De Mori sacaron el cadáver del canal; Brunetti y Filini lo cogieron por los pies y, entre los cuatro, lo alejaron del borde y lo dejaron bocabajo sobre el pavimento.

Desde cerca de los pies del hombre, Brunetti solo distinguía que tenía el pelo oscuro; se le habían quedado las manos debajo del cuerpo.

El commissario sacó el móvil y llamó a la questura. Se identificó y le pidió al agente que había contestado el teléfono que contactase con la policía científica y les dijera que acudiesen al Ponte Panada, donde habían encontrado a un hombre muerto en el agua. No, no lo sabía. Todavía no habían inspeccionado el cadáver, pero Rizzardi no tardaría en llegar.

Como si con solo mencionarlo lo hubiera hecho aparecer, el forense jefe, Ettore Rizzardi, asomó en ese mismo instante en lo alto del puente, vio el grupo de hombres y los miró desde arriba.

Llevaba su pequeño maletín de piel y el abrigo oscuro que se ponía desde hacía muchos inviernos. Cuando llegó, le estrechó la mano a Brunetti y saludó a los demás con la cabeza; todos parecían conocerlo.

Fue donde estaba el cadáver y se detuvo un momento a su lado. A lo largo de los años, Brunetti había observado que el doctor, que no era

creyente, antes de agacharse junto al cadáver siempre aguardaba el mismo tiempo que duraría una plegaria, como si les pidiera permiso para certificar su defunción y liberarlos de las normas y los rigores de la vida.

Rizzardi miró al teniente y preguntó:

—¿Podría pedirles a sus hombres que le diesen la vuelta?

Aunque el muerto era de constitución robusta y llevaba un abrigo de lana empapado, lo hicieron deprisa. Rizzardi se arrodilló, hizo una pausa y le apartó el cabello espeso y oscuro del rostro.

Tal vez el cuerpo rechoncho o la longitud del pelo hubieran alertado a Brunetti, porque ver la cara del esrilanqués que le había abierto la puerta en el Palazzo Zaffo dei Leoni no lo sorprendió del todo. Aun así, cogió aire de golpe, se acercó a Rizzardi, que seguía arrodillado, y le tocó el hombro.

—Lo conozco —dijo.

—¿Quién es?

—No lo sé.

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