Cosecharas tempestades
Capítulo 19
Por suerte, Brunetti ya imaginaba que se retrasaría y había llamado a Paola mientras ella aún estaba en la universidad para avisarla de que no iría a comer a casa. Ella le recordó que sus hijos iban a casa de los abuelos, así que ellos dos podían almorzar juntos a la hora que él llegase. Que ya apañaría cualquier cosa.
Como esa respuesta había eliminado la presión de los horarios, decidió detenerse en la librería de Campo Santa Maria Nova. Al entrar en el campo, vio al propietario en la puerta del local, ataviado con un gorro de lana, a pesar de que ese día el tiempo no lo requería. Carlo lo reconoció y lo saludó inclinando la cabeza y, después, como si acabase de recordar algo, se apresuró al interior de la librería. Al cabo de un momento, salió con un libro en la mano, que levantó y agitó mientras voceaba:
—Tengo el de Pausanias para usted, dottore.
Aunque el librero no era un hombre voluminoso, su voz resonó en todo el campo y más de uno se volvió a mirar.
Brunetti no se habría alegrado más de saber que lo había encontrado ni aun siendo Pausanias un delincuente perseguido. En realidad, Pausanias era un geógrafo griego del siglo II y Brunetti llevaba décadas leyendo referencias a él. A lo largo de los años había ido coleccionando casi toda la traducción de Nibby, salvo por el volumen III, que contenía los libros siete, ocho y nueve, y había decidido no empezar a leerlos hasta tener las obras íntegras, que Carlo por fin había completado con ese último tomo.
El librero se lo entregó y retrocedió un paso para ser testigo de su alegría, de la expresión iluminada por el placer que comparten los amantes de la lectura. Brunetti lo abrió y buscó la portada: «Descrizione della Grecia Volume Tre». Era el que le faltaba. Pasó la página, leyó las palabras impresas y miró a Carlo.
—Es un libro robado —dijo sorprendido.
—¿Cómo? —respondió Carlo con expresión de estupor.
—Mira —dijo Brunetti, y le pasó el libro abierto.
Observó el rostro de Carlo mientras leía la página siguiente a la portada:
«Biblioteca Pública de Nueva York. Fundaciones Astor, Lenox y Tilden».
— Oddio —exclamó Carlo, y añadió con desprecio y rabia—: Lo han robado de una biblioteca.
Brunetti le cogió el libro y lo hojeó sin prisa con intención de darle a Carlo un momento para reponerse de la indignación. Cuando había pasado el tiempo suficiente, levantó la mirada, ya sin asomo de jocosidad.
—Quería hablar contigo de otra cosa.
Inesh era un lector en cuya librería había ejemplares muy leídos: si alguien del barrio lo conocía, tenía que ser la persona que le había vendido los libros.
Carlo reaccionó al tono tanto como a la frase en sí y le preguntó:
—¿Es por el muerto?
—Sí.
—Inesh —dijo el vendedor de libros, como si hiciera falta aclararlo.
—¿Lo conocías?
—Sí.
—¿Podrías hablarme de él?
Carlo miró a las personas que ocupaban uno de los bancos que había de cara a la librería, pero ninguna parecía lista para ayudarlo a responder a esa pregunta.
—No puedo decir gran cosa, commissario. Me compró libros durante años. —Soltó una pequeña risotada—. Se podría decir que el italiano que hablaba era gracias a lo que encontraba aquí.
—¿Las novelas policiacas?
La sorpresa de Carlo era evidente.
—¿Cómo lo sabe?
—Aún tiene unas cuantas —explicó Brunetti.
Dejó que Carlo se diese cuenta de dónde las había visto, pero se percató demasiado tarde de que había utilizado el presente.
—Venía cada pocos meses, me devolvía las novelas que había leído y se llevaba otras tantas —continuó Carlo—. Daba igual cuáles fuesen, él solo quería aprender el vocabulario y la gramática. —Volvió a echar un vistazo a los del banco y añadió—: Al final me convertí en su biblioteca personal.
Me pagaba cincuenta céntimos por libro, daba igual cuánto tiempo se los quedase. Luego me los traía todos a la vez, se llevaba otros veinte, me daba diez euros y volvía cuando los había leído. —Su expresión se suavizó y miró a Brunetti—. Cada vez hablaba italiano con más soltura, más fluidez.
—Carlo tensó el gesto, el humor había desaparecido—. Es horrible.
Brunetti sabía que los barrios eran pequeños y que, en una ciudad en la que todo el mundo conocía a casi todo el mundo, en los barrios todos sabían cosas de los demás.
—Sí, lo es.
El commissario hizo una pausa, pero Carlo, cosa que no sorprendió demasiado a Brunetti, no mostró ningún tipo de curiosidad macabra sobre la muerte de su cliente. No hizo más que cerrar los ojos y negar mínimamente con la cabeza. En voz muy baja, dijo:
—Tuvo una buena vida. Espero que a partir de ahora sea incluso mejor.
—Eso suena muy budista —repuso él.
Era evidente que el comentario había sorprendido a Carlo.
—Fui a las monjas hasta los doce años, signore. Ellas me enseñaron a desearles eso a los que fallecen.
—Cómo no —dijo Brunetti.
Según recordaba, las monjas que le habían dado clase durante sus primeros años se enfrentaban a la vida con una estrechez de miras mucho mayor.
Pensó de nuevo en los libros que había en la estantería de Inesh y dijo:
—He visto los libros que tenía y no les encuentro sentido.
—Ninguna colección de libros tiene sentido —respondió Carlo en voz baja—. A menos que sea la de alguien que no lee mucho, en cuyo caso llena las baldas de clásicos y piensa que así engaña a la gente.
Brunetti asintió con la cabeza, puesto que había visto varios ejemplos de eso.
—Los lectores de verdad leen muchos libros sobre cosas diferentes —
dijo Carlo, y le dio un golpecito en el hombro a Brunetti—. Usted, por ejemplo.
—Gracias —contestó el commissario, que se lo había tomado como un halago, por instinto—. ¿Qué leía él?
Carlo sonrió al oír la pregunta.
—Como decía, las novelas policiacas eran para aprender más italiano. La única vez que hizo algún comentario al margen de eso fue que no entendía por qué la gente las leía. —De pronto, sonrió y soltó un resoplido de sorpresa—. Me dijo que había probado con los westerns, pero que eran aún peores.
Brunetti pensó que era muy bonito que Carlo recordase esos detalles. No lo mencionó, sino que le preguntó:
—¿Y los libros sobre terrorismo? ¿Y los panfletos y los artículos de prensa del álbum de recortes?
La expresión de Carlo mostró confusión durante un momento.
—No sé nada de los recortes de prensa. —Pensó unos instantes y después añadió—: El álbum era del padre de un amigo mío; bueno, de mi amigo. Su padre murió hace unos años y lo encontró entre sus documentos.
Eran cosas que su padre había leído y le habían gustado, y sospecho que él mismo había escrito más de una. Mi amigo me lo ofreció todo y se lo compré como favor, la verdad; ni me molesté en mirarlo. Inesh se lo quedó hace unos meses, junto con los libros.
—¿La lucha contra el capitalismo y cosas así? —preguntó Brunetti, y sonrió—. Creo que es lo que estaba de moda hace unos años —añadió al recordar su propio entusiasmo político durante los primeros cursos de la universidad.
—Si eras director de banco, lo dudo —respondió Carlo cortante.
Brunetti tardó un momento en procesarlo y, después, dijo:
—Me pregunto qué será peor: descubrir que tu padre era terrorista, o que podría haberlo sido, o darte cuenta de que tu padre tenía otra esposa y otra familia en Palermo.
—No sé si hay mucha diferencia —dijo Carlo—, pero yo siempre he vivido en el norte.
Brunetti sonrió y retomó el tema de los artículos del álbum de recortes.
—Aún no he leído ninguno, solo les he echado un vistazo. ¿Tienes idea de por qué le interesaban a Inesh?
—Lo hablé con él —contestó Carlo—. Me dijo que sentía curiosidad por la gente que tiene tantas libertades como nosotros y tanta riqueza y, sin embargo, piensa de esa manera y quiere destruirlo todo. —Apartó la vista y después volvió a mirar a Brunetti—. ¿Me permite un comentario que tal vez suene estúpido, commissario?
—Cómo no —dijo Brunetti, a pesar de que dudaba de que fuese así.
Había visto los libros que Carlo escogía para leer en la trastienda que hacía las veces de despacho.
—Creo que era porque él era budista —dijo el librero—. De vez en cuando hablábamos de religión y había algo que él pensaba de verdad: no hagas el mal, pórtate bien y busca la iluminación. —Hizo una pausa—. Tal vez tratase de entender el lado opuesto. O algo así.
—¿Esa es tu conclusión? —preguntó Brunetti.
—Sí.
—No me parece estúpida en lo más mínimo.
Pagó el libro, que Carlo metió con cuidado en una bolsa de papel.
Brunetti ya se marchaba cuando Carlo lo llamó.
—Dime —contestó el commissario que se detuvo y se volvió.
—La última vez que lo vi, le pregunté casi en broma si entendía el mal un poco mejor.
—¿Y qué dijo?
—Tardó un rato en contestar y al final dijo que había descubierto que lo tenía mucho más cerca de lo que creía posible, pero que seguía sin encontrarle ningún sentido.
—¿Le preguntaste a qué se refería? —inquirió Brunetti, que nunca había sido muy paciente con lo que él agrupaba bajo la etiqueta «pensamiento oriental».
—No. Sin embargo, mencionó que los panfletos lo mantenían despierto por las noches.
—Qué comentario tan extraño —dijo Brunetti.
Le dio las gracias por buscarle el libro y se fue a casa a comer.
Resultó que lo que Paola había apañado era fusilli con pimiento amarillo y guisantes, seguido de rombo a la plancha cubierto de hortalizas, cosa que le supuso un grandísimo alivio a Brunetti, puesto que había evitado otro mediodía de trabajo con tramezzini como único sustento. Comió un buen
plato de pasta y casi todas las hortalizas, pero le dejó a Paola la porción más grande de rombo, un pescado que ella adoraba.
Durante la comida le habló del asesinato de Inesh y de las conversaciones que había mantenido con Gloria y con Carlo.
—¿Qué clase de hombre te pareció el lunes cuando hablaste con él? —
preguntó Paola mientras mojaba el pan en el aceite de la ensalada.
—Ninguna en especial —dijo Brunetti—. Le hice una pregunta y él respondió con educación.
—Y, sin embargo, es el mismo hombre que le dijo a Carlo que había descubierto... ¿Cómo lo has dicho? ¿Qué tenía «el mal mucho más cerca de lo que pensaba»? —Abandonó el pedazo de pan en el centro del plato y se volvió hacia él para decir—: Lo siento, pero ese análisis me parece más que un poco melodramático, Guido.
Después volvió a prestarle atención al pan.
Pensando en voz alta, Brunetti dijo:
—Podría ser la respuesta a lo que leía: la matanza de los tamiles, todas esas novelas policiacas, incluso la porquería de los panfletos.
Al oírse a sí mismo, entendió con mayor claridad lo que lo incomodaba sobre los libros que había visto en las estanterías: no concordaban a nivel moral con el hombre que le habían descrito Gloria Forcolin y Carlo, y tampoco con la leve idea que se había formado de él durante su brevísimo encuentro.
Al cabo de una pequeña pausa, continuó:
—No entiendo por qué tenía ese material en su casa, en el mismo sitio donde había un pequeño altar a Buda con diminutas flores frescas.
Al ver que Paola no respondía, Brunetti añadió:
—No tiene sentido alguno. —Entonces le vino otra cosa a la cabeza y dijo—: Y las monjas benedictinas están al otro lado de un muro bajo y cuidan del jardín, cultivan flores, rezan. —En ese momento se acordó de la esencia de la Orden de San Benito. Lo dijo en voz alta—: Ora et labora. —
Estiró la mano y le tocó el brazo a Paola para llamarle la atención—. Ese es el problema: reza y trabaja.
—Perdóname, Guido. Me he perdido.
—Ese es el tipo de libro que debería haber habido en las estanterías o el equivalente budista. Vale, es verdad: podemos excluir las novelas policiacas porque leyéndolas pretendía aprender italiano. Y quizá los libros de historia de Sri Lanka. Pero los panfletos son locura destilada.
—No es lo que pensabas cuando nos conocimos —dijo ella.
Como lo había pillado con la guardia baja y sabía que, con su memoria hermética, Paola recordaría todo lo que él hubiese dicho en la universidad para apoyar las protestas políticas, se defendió diciendo:
—Yo escuchaba a la gente y les hablaba, eso ya lo sabes. Pero también sabes que nunca me convencieron, por mucho que me interesase el tema. La violencia me asustaba incluso entonces.
La observó mientras comprobaba el archivo de recuerdos hasta que al final dijo:
—Sí, eso es verdad. Me acuerdo de que discutiste con Ugo Satta. Si no recuerdo mal, él decía que los trabajadores tenían derecho a destruir las fábricas.
Brunetti se quedó tan pasmado que solo pudo decir:
—Ugo Satta. —Y después repitió—: Ugo Satta.
El sonido de ese nombre lo hizo estallar en carcajadas.
—¿Qué te ha hecho tanta gracia?
Brunetti tardó un momento en parar de reír, pero cuando fue a hablar, tuvo otro ataque de risa. Al final, dijo:
—Da clase de Derecho Comercial en Bocconi. —Se rindió a otro ataque de risa—. Mi padre tenía razón.
Después de eso, fue imposible seguir con la conversación, puesto que, cada vez que Paola intentaba recordarle sus días de estudiantes, que
parecían brillar en su memoria con perfecta claridad, Brunetti se echaba a reír. Al final se señaló el reloj, se puso el abrigo y se marchó a la questura.
Por el camino intentó acordarse de algunos de los estudiantes a los que admiraba siendo un recién llegado a la universidad, cosa que admitía solo para sus adentros. No era solo Ugo Satta, sino también Umbaldo Nucci y Gabriele Cifoni. ¿Y dónde estaban ahora las dos estrellas de su clase? Hacía décadas que se habían caído del olimpo de sus intereses. Creyó recordar que Cifoni se había mudado a algún lugar extraño o donde se hablaba un idioma peculiar: Hungría o Finlandia. ¿Era para gestionar una mina? De pronto se acordó: se había ido a Canadá, a una mina de níquel. ¿Y Nucci? La última vez que Brunetti había sabido de él, lo habían nombrado director de una multinacional que era la principal importadora de carne de la Europa del Este.
Y así era como los estandartes de la igualdad social y la justicia universal se habían mudado a un mundo distinto. Tal como había hecho él mismo, se recordó Brunetti, tal como había hecho él. Así lo había predicho su padre, el idealista desilusionado.
Brunetti encontró los informes de Rizzardi y Bocchese en el ordenador; Griffoni y Vianello habían recibido sus respectivas copias. Empezó con el informe sobre el escenario del crimen y suspiró aliviado cuando leyó que habían recuperado el trozo de dedo que le faltaba a Inesh y que su cadáver volvía a estar entero.
Levantó la vista al oír un ruido que provenía de la entrada y vio a Griffoni y a Vianello y los invitó a pasar. Claudia se dio la vuelta para cerrar la puerta mientras Vianello acercaba otra silla a la mesa. El ispettore, con unos nervios o una excitación poco característicos de él, se quedó de pie detrás de la silla en lugar de sentarse.
—¿Qué pasa, Lorenzo? —le preguntó.
—Ha vuelto —dijo, y sonrió con aparente alivio.
Brunetti tardó un momento en darse cuenta de quién hablaba.
—¿La signorina Elettra?
—Sí —respondió Griffoni—. Acabamos de verla en el pasillo.
—Pero ha pasado muy poco tiempo —dijo Brunetti, y añadió—: ¿Por qué ha regresado tan pronto?
Griffoni se frotó una ceja.
—Dice que se aburría. Que era todo muy fácil.
—¿En un encuentro internacional sobre spyware? —preguntó Brunetti.
—Eso me ha contado.
—Que Dios nos pille confesados —susurró Vianello.
Al cabo de una pausa larga, Brunetti, que era consciente de que ese no era el momento para reflexionar sobre las capacidades de la signorina Elettra, prosiguió:
—¿Habéis tenido tiempo de leer los informes?
Ambos asintieron con la cabeza.
—Bien —dijo él—. Resulta que conocí a la víctima un día antes de que lo matasen —le dijo a Vianello.
Después explicó por qué había pasado por el palazzo y había llamado al timbre.
—¿Cómo lo viste? —quiso saber Vianello.
—Diría que estaba ocupado. Contestó a mi pregunta, me deseó un buen día y cerró la puerta.
—No podía hacer mucho más —dijo Vianello, que luego preguntó—:
¿Tienes idea de cuánto vale?
Con esa pregunta demostraba que era veneciano de pura cepa.
—Supongo que millones —respondió Brunetti—. No he estado dentro del palazzo, pero alguien me dijo que tenía más de mil metros cuadrados. Y
hay mucho terreno a ambos lados, aunque está completamente descuidado.
Quienquiera que lo compre tendrá que arrancarlo todo y volver a plantar.
Griffoni los miró a ambos como si tratase de evaluar si la enésima conversación sobre temas inmobiliarios venecianos había terminado.
Cuando Brunetti la miró e inclinó la cabeza, dijo:
—He leído el informe de Rizzardi. Es terrible.
Calló, incapaz de decir nada más.
—¿Por lo de las manos? —preguntó Vianello.
Brunetti apretó los puños.
Ella asintió con la cabeza y prefirió no decir nada acerca del dedo, cosa que Brunetti le agradeció en silencio.
Ninguno de los hombres habló. Al cabo de un rato, Griffoni se dirigió a Brunetti:
—¿Qué has averiguado sobre él?
—Esrilanqués. Cincuenta y pocos años. Casado, con dos hijos adultos.
Trabajaba para los propietarios del palazzo. Hablaba bien el italiano, las autoridades no sabían de él...
—¿Significa eso que nunca lo habían detenido? —preguntó Vianello.
—Sí, pero también que no tenía permesso di soggiorno ni de trabajo ni nada.
—¿Cuánto tiempo llevaba aquí? —inquirió Griffoni, y miró su cuaderno.
—Empezó a vivir con ellos hará unos ocho años, pero entonces ya hablaba un italiano decente.
—¿Te refieres a que vivía en el palazzo? —preguntó Griffoni.
—No —contestó Brunetti—. En una casita que hay en el jardín. Al parecer, la reconstruyó casi por completo mientras vivía en ella.
—¿Le pidieron que lo hiciera? —quiso saber Vianello.
—No. Creo que quería vivir en un lugar mejor y no cabe duda de que para los dueños era una ventaja que la adecentase —respondió Brunetti.
—¿Trabajaba en algún sitio? —preguntó Vianello.
—No lo sé. Últimamente no. —Al ver sus expresiones, continuó—: El propietario del palazzo tuvo un ictus hace dos años y necesitaba a alguien
que lo ayudase a desplazarse por la ciudad. Antes de eso, quizá tuviera otros trabajos, pero no lo sé. —Hizo una pausa y después añadió—: Ella me dijo que le pagaba.
—¿Y cómo es que vivía aquí? Me refiero a Venecia y a Italia —dijo Griffoni.
—¿Lo preguntas en serio, Claudia? —quiso saber Brunetti.
Ella sonrió.
—Supongo que no. Su caso era uno entre decenas de miles.
—Como mínimo —convino Vianello, antes de volver a los asuntos prácticos—: Pues habrá que averiguar quién podía conocerlo.
—Y conseguir su historial de llamadas —dijo Griffoni—. ¿Llevaba un móvil encima cuando lo encontraron?
—No —contestó Brunetti—. Al menos, en el informe de la científica no salía.
—Puede que el asesino lo lanzase al canal —sugirió Vianello.
—Cosa que, en mi opinión, demostraría cierta premeditación —añadió Griffoni.
—Mejor que eso se lo dejemos a la fiscalía —dijo Brunetti, y los superó a ambos—. Tenía un ordenador. Está en el laboratorio de Bocchese —
continuó—. Me gustaría esperar a hablar con el hombre que vive en el palazzo, el professore Molin. El fallecido lo ayudaba a moverse a pie por la ciudad. Si alguien tiene alguna idea de qué hacía o quiénes eran sus amigos o enemigos, será él.
Los otros dos le dieron la razón con la cabeza.
—¿Tenemos algún contacto en la comunidad esrilanquesa? —preguntó entonces sin mucha esperanza, y añadió que, al parecer, Anvith era el nombre masculino más común.
Ambos respondieron que no, y Brunetti tampoco conocía a nadie.
—Bueno —dijo—, pues voy a ver si me pongo en contacto con el professore y acuerdo una hora para ir a hablar con él.
Ambos se marcharon a sus respectivos despachos, y Brunetti llamó a Paola, que se las apañó para encontrar la lista de números personales de los miembros del profesorado de la universidad y le dio el del professore Molin.
Años antes, Paola le había leído un fragmento de una novela de Dickens en el que el villano no se cansaba de presentarse como un hombre humilde hasta la saciedad. Brunetti había perfeccionado esa pose a lo largo de los años y no existía persona tan humilde que él no pudiera superar en humildad, como le divertía pensar.
Brunetti llamó a ese número y preguntó con voz humilde si podía hablar con el professore Molin. Cuando el professore se identificó, le explicó que le habían asignado la investigación de un caso delictivo reciente relacionado con alguien que trabajaba en el Palazzo Zaffo dei Leoni y que se preguntaba si podía importunar a il professore y solicitarle si estaba disponible para hablar con él de ese tema, a poder ser en su casa, de modo que no hiciera falta molestar a il professore pidiéndole que acudiera a la questura.
Brunetti se superó a sí mismo con el uso de la palabra professore y dio las gracias con profusión a todas las respuestas del professore, por muy irrelevantes y repetitivas que fuesen.
La aparente humildad de Brunetti debió de calarle hondo al professore, puesto que consintió a que el signor Brunetti pasara por el Palazzo Zaffo dei Leoni a las once de la mañana siguiente. Le explicó que la clase de iconografía de manuscritos del siglo XIV no era hasta las tres, así que podía dedicarle media hora, quizá, a las once.
Brunetti se deshizo en un torrente de agradecimientos, como si fuese la fuente de Campo Santa Margherita, libre de verter su agua fresca a los pies del professore Molin. Le dijo «grazie» al menos tres veces en el proceso de colgar la llamada y se sintió mejor después de cada una.
Su madre le decía a menudo que «nadie se resiste a los halagos», una verdad que lo había acompañado durante su vida adulta. Nunca había tenido el valor suficiente para preguntarle cómo se lo había enseñado la vida a ella.
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