Cosecharas tempestades

Donna Leon · Capítulo 23 de 36

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Cosecharas tempestades

Capítulo 21

Cuando se dirigía hacia la puerta de la calle, a Brunetti se le ocurrió preguntarse cómo accedían las monjas a su jardín. No había visto más puertas en el muro de fuera, aunque quizá estuviese a la vuelta de la esquina. Sin embargo, para buscarla tendría que salir de los terrenos del palazzo sin la posibilidad de volver a entrar. Miró hacia la derecha y dio cuatro o cinco pasos entre los húmedos arbustos, disgustado por tener que apartar algunas de las ramas para sortearlos.

Al final vio una tapia de piedra de un metro de altura y, al otro lado, el orden impuesto por obra y gracia de la regla monástica: la hierba cortada, los árboles recién podados, un huerto protegido del invierno inminente con una capa de hojas y paja. Se acercó y, al otro extremo de la parcela, cerca del canal, vio el distintivo hábito negro y velo blanco de las benedictinas.

La espalda curvada mientras rastrillaba las hojas y ramitas le dio una idea a Brunetti acerca de su edad.

Reacio a invadir su territorio, permaneció en el lado salvaje del jardín y anduvo hacia ella, obligado a no separarse de la tapia. Cuando llegó a unos tres metros de la mujer, se detuvo y la llamó:

— Sorella, sorella.

Ella se volvió de golpe y no pudo disimular el pasmo. Dejó de trabajar, se irguió todo lo que pudo y respondió:

— Sì?

Brunetti levantó ambas manos con las palmas en su dirección y esperó a que la monja se acercase al muro. Permaneció en silencio, satisfecho de

contar con esa separación para hacer hincapié en que se quedaba en su lado y respetaba su propiedad.

Con el rastrillo aún en la mano, ella se acercó al muro, hasta que estuvieron el uno frente al otro, en lados opuestos. Llevaba el babero grande de color blanco, el cuello alto y el velo completo, que le ocultaba un poco la cara. Aun así, él le vio la piel arrugada como la de una manzana que lleva meses almacenada en un sótano. Tenía los ojos marrones y la piel oscura o bronceada por las horas que pasaba al aire libre.

—Buenos días, sorella —dijo para empezar.

Después la felicitó por lo limpio y ordenado que tenían el jardín.

Mientras observaba la línea de árboles que había detrás de ella, apostados contra la pared como si fueran sospechosos, le hizo una pregunta sin poder reprimir la admiración que sentía:

—¿Son albaricoqueros?

La hermana se volvió para ver a cuáles se refería.

—Los cuatro primeros sí. Los dos últimos de la izquierda son melocotoneros.

Tenía la voz aguda, pero no desagradable. A juzgar por su acento, Brunetti supo que no era del Véneto; dudó que fuese italiana.

Ella lo miró y dijo:

—No queda mucha gente que los reconozca.

—¿Cómo? Seguro que sí —insistió él.

—Si son gente del campo sí. Pero los de las ciudades no. —Se había referido al primer grupo con voz cálida y amorosa, aunque no tanto con el segundo. Entonces, añadió un comentario gratuito—: Muy pocos de los niños que van a la escuela han visto una vaca en vivo y en directo.

—Qué pena que no puedan tener una aquí, ¿verdad? —le preguntó, para ver si tenía sentido del humor.

La hermana respondió con una sonrisa triste.

—No se puede tener una sola vaca, no les va bien. Enferman de soledad.

—Como nosotros —dijo Brunetti.

La monja sonrió y se le escaparon los años del rostro. Cambió de tono y le preguntó:

—¿En qué puedo ayudarlo, signore?

—¿Conocía usted al hombre de Sri Lanka que vivía a este lado del muro? —le preguntó.

—¿A Inesh? —dijo ella.

Por primera vez parecía algo nerviosa. Él asintió para afirmar que se refería a él y quiso tranquilizarla con una sonrisa.

—Sí, todas lo conocíamos —contestó ella—. A veces nos ayudaba, si teníamos que mover algo pesado o con cualquier cosa que no pudiéramos hacer.

Brunetti se percató de que había usado el tiempo pasado.

—¿Sabe lo que le ha ocurrido? —preguntó el commissario.

—Sabemos que ha muerto —respondió ella, y añadió con voz funesta—: Y también cómo.

Ambos dejaron pasar unos instantes y la monja apoyó el rastrillo en la tierra, se apuntaló con él y dijo:

—Era un buen hombre.

De pronto, metió la mano en el hábito (¿en un bolsillo, quizá?) y sacó una ristra de cuentas de madera separadas por nudos diminutos en un cordón muy fino. Se la mostró y él vio los trozos de madera tallada cruzados.

—Me lo hizo él.

—¿Por qué?

—Porque éramos amigos. Nos ayudaba con el jardín y le dábamos toda la fruta que quisiera. De hecho, le dijimos que podía venir a recogerla él mismo, pero se negaba; siempre esperaba a que le diésemos de lo que tuviéramos.

—¿Es usted la jardinera? —se interesó Brunetti.

Ella guardó silencio unos instantes y después dijo con nervios renovados:

—Hace usted muchas preguntas, signore.

—Así es, sorella. Es mi trabajo.

La monja cogió aire de golpe y le preguntó:

—¿Quiere decir que es policía?

—Eso me temo, sorella —dijo Brunetti, y sonrió para suavizar la posible reacción adversa que ella pudiera tener.

Vio que agarraba el mango del rastrillo con más fuerza.

—¿Viene por Sara? —preguntó, esta vez incapaz de disimular los nervios.

Confundido, Brunetti repuso:

—Lo siento, sorella, pero no sé nada de ninguna Sara.

Ella le clavó una mirada breve y después apoyó el rastrillo en el suelo, de manera que parecía que iba a continuar con su trabajo. Sin mirar a Brunetti ni mover el rastrillo, preguntó:

—¿Me dice la verdad?

—Sí. No sé quién es Sara.

Esta vez, ella arrastró el rastrillo hacia sí, paró y habló con la vista clavada en el suelo:

—Es su perra.

Brunetti tardó un poco en comprender. Al final le preguntó:

—¿La perra de Inesh? No sabía que tuviera ninguna.

—Se supone que nadie tenía que saberlo —respondió la monja—. Un día lo siguió hasta casa, pero él no la dejó entrar. Al día siguiente, lo siguió de nuevo, y él la dejó pasar y le dio de comer. Y entonces se escondió entre los arbustos. A partir de ese momento empezó a venir aquí y nosotras también le dábamos de comer. —Levantó la mirada y sonrió—. Nosotras comemos carne. No le gustaba ser vegetariana.

Brunetti no pudo evitar sonreír.

—Es muy considerado por parte de todas ustedes.

Ella miró al suelo y habló en voz baja:

—Quizá no por parte de todas, signore.

—¿A qué se refiere?

—A la madre superiora. Dice que, según la regla, no podemos tener mascotas.

—No sé nada del tema —dijo Brunetti para ganar tiempo.

—Pero no tiene nada de malo, ¿verdad? Si solo hacen el bien —comentó con un tono del todo relajado.

—No, supongo que no —convino él—. Pero ¿qué pasa con la madre superiora?

—Uy, Sara es muy lista. Cuando sabe que viene la madre superiora, porque los perros tienen muy buen olfato, salta la tapia y espera a ese lado.

En el que está usted.

Señaló el palazzo con el rastrillo.

—¿Y cuando se va?

—Vuelve a casa —respondió, y añadió—: Ahora es su casa, ¿no cree?

—Sí, supongo que sí —confirmó Brunetti.

—Está bien tener un hogar —dijo la monja con un tono que le llamó la atención a Brunetti—. Tener un lugar del que vienes.

—¿De qué país es usted? —se atrevió a preguntarle.

—De Filipinas, como algunas de las hermanas del convento.

Volvió a meter la mano en el hábito y la sacó ya sin el rosario. De pronto miró al cielo, como si buscase algo en él, y dijo:

—Si tiene más preguntas, debe hacérmelas ahora, signore. Falta poco para sexta y no quiero llegar tarde a la oración.

Lo dijo como si hablase de llegar tarde a una fiesta.

—Por supuesto, sorella —respondió Brunetti.

Había ido allí por impulso, pero en ese momento tuvo que decidir qué cosas podían ser importantes. Pensó en qué preguntarle.

—¿Trabajaba Inesh en el jardín del palazzo? —le preguntó, y señaló detrás de sí.

—¿Si trabajaba?

—Si cultivaba algo o plantaba árboles o cavaba.

—Sí, todos los años plantaba uno o dos arbustos. Hacia el final de este muro, donde llega la luz desde nuestro lado. Los dueños del palazzo no le prestan atención al jardín, así que podía cultivar lo que quisiera sin que se diesen cuenta.

—¿Plantó alguno este año?

—Me dijo que iba a plantar matas de frutos del bosque; creo que eran grosellas negras, antes de que llegase el invierno. Plantó tres, pero paró, se acercó y me dijo que no necesitaba más de tres, que si quería las dos que había comprado de más.

»Yo pensé en a cuál de las hermanas más jóvenes podría pedirle que hiciera los agujeros. —Lo miró y añadió—: Se me da bien rastrillar, pero ya no cavo muy bien.

Brunetti le sonrió; casi no le llegaba al hombro.

—Él debió de entender lo que yo estaba pensando, porque desapareció un rato, regresó con las dos matas y nos las plantó él. —Se volvió y señaló unos arbustos de ramas finas que había a unos cinco metros de donde estaban—. No se lleve una mala impresión, signore. Sé que están un poco zarrapastrosas —dijo—, pero en primavera se reavivarán y crecerán.

—¿Sabe el sitio exacto donde él plantó las suyas? —preguntó Brunetti.

—Bueno, le hizo falta un tiempo para ir a buscar las que nos regaló, así que podría ser en cualquier parte del jardín. Creo que él era el único que sabía moverse por ahí. —Señaló la jungla que había detrás de Brunetti—.

No creo que yo pudiera encontrarlas —añadió, y con el rastrillo señaló el inicio de un sendero estrecho—. Ese camino no va a ninguna parte.

—Gracias, sorella —dijo Brunetti—. La dejo que vaya a rezar.

—Nada me impediría ir, signore —dijo ella.

Y Brunetti la creyó. Pensó en su madre y en lo contento que se ponía cuando la hacía feliz.

—¿Podría pedirle un favor, sorella?

—Por supuesto —dijo ella—. Es uno de los motivos por los que estamos aquí: para ayudarnos unos a otros.

—¿Rezaría hoy por mi madre?

—¿Reza usted por ella?

—A mi manera, sí.

—Muy bien. Hoy serán dos los que recen por ella.

—Es usted muy amable, sorella —dijo Brunetti con absoluta certeza.

—Como su madre, ¿eh? —preguntó ella, y le sonrió.

Entonces dio media vuelta para apresurarse a la oración.

Brunetti decidió que no quería perderse en el laberinto que era el jardín del palazzo, así que salió a la calle en dirección a Campo Santa Maria Nova. Al entrar en el campo, Carlo estaba sentado a una mesa del bar que había al lado de la librería, hablando con otro hombre que Brunetti creía haber visto antes, aunque no sabía de qué lo conocía. En la mesa había dos tazas con sus correspondientes platillos, además de tres libros. Habían apartado los platillos al otro lado de la mesa y habían abierto uno de los libros delante de ambos. Carlo lo cogió con cuidado, pasó una página y después otra y luego lo abrió por otra de más adelante. Se lo tendió a su compañero, que lo cogió y pasó unas cuantas páginas antes de devolvérselo.

Carlo asintió con la cabeza, lo cerró y lo dejó encima de los otros dos. Se levantó, entró en la tienda y el hombre lo siguió. Al cabo de unos minutos, este salió sin los libros y se dirigió al puente que conducía a I Miracoli.

— Buondì, commissario —dijo Carlo cuando vio que Brunetti se acercaba. Al ver el álbum de recortes, añadió—: Lo ha encontrado.

—He vuelto a por él y ahora me gustaría hacerte unas preguntas.

Carlo le clavó una mirada llena de incertidumbre. Por muy buen cliente que fuese Brunetti, no dejaba de ser policía.

—No te preocupes, Carlo. Lo único que has hecho es vendérselo a Inesh.

Lo que me interesa es el álbum y lo que hay dentro.

Estaba a punto de preguntarle al librero quién era el tipo con el que estaba, pero se le ocurrió que no era la clase de pregunta que podía hacer como si nada, sobre todo en ese momento.

Carlo no dijo nada, así que Brunetti continuó:

—Dices que algunas de las cosas que hay aquí eran del padre de un amigo.

Carlo asintió y sonrió con recelo.

—¿Me dirías cómo se llama?

—¿Mi amigo o su padre? —preguntó el librero para ganar tiempo.

—Solo el padre. El hijo no tiene nada que ver con esto y no voy a intentar averiguar quién es.

—Bueno, comparten apellido, ¿no? —dijo Carlo no con sarcasmo, sino con picardía, como si quisiera decir que la policía podría haber caído en eso.

—Ya lo sé, lo sé..., y esta ciudad es pequeña. —Antes de que Carlo pudiera intervenir, Brunetti añadió—: Me ayudaría saber cuántos años tenía cuando hizo esto. —Levantó el álbum.

—Se llamaba Federico Nesi y murió hace dos años, puede que tres.

Tenía unos sesenta. —Carlo miró a Brunetti para ver si con eso bastaba, y después añadió el nombre de la sucursal del banco del que había sido director y dijo—: Murió de un ataque al corazón.

El commissario levantó el álbum; parecía que solo habían buscado huellas dactilares en la cubierta.

—Me gustaría echarle un vistazo contigo.

Brunetti quería asegurarse de que las únicas huellas que había en los documentos del interior eran las suyas, por si acababa siendo un elemento

relevante en el caso.

Carlo asintió con la cabeza y dijo:

—¿Te importa si vamos dentro?

—Por supuesto que no.

Durante los siguientes diez minutos, Brunetti y Carlo estuvieron el uno al lado del otro delante de una mesa, mientras el commissario desplegaba documento tras documento, con cuidado de hacerlo desde la esquina superior derecha.

Contenía lo que él se había imaginado: manifiestos con títulos como

«Libertà» y «La Voce del Popolo», y cada uno sentaba las bases de un futuro mejor para Italia, si no para el mundo entero; explicaciones precisas acerca del «verdadero significado» de acontecimientos políticos recientes; una lista escrita a mano con los nombres de algunos políticos que Brunetti se esforzó por recordar, todos precedidos de una equis grande y negra; un cartel pequeño dirigido a los trabajadores de las petroquímicas de Mestre en el que se les rogaba que tuvieran en cuenta su salud y abandonasen ese empleo. Brunetti levantó la mirada después de leerlo, pensando que era cierto que nadie era profeta en su tierra ni en su tiempo.

Continuaron leyendo los planes y esperanzas y amenazas, todos anticuados, todos dirigidos a un mundo mejor, todos basados en la creencia de que la gente actuaría en su propio beneficio siempre y cuando pudieran hacerles comprender cuál era ese beneficio propio.

De los documentos que había pocos estaban firmados; aparecían muy pocos nombres creíbles debajo de las sugerencias o de las protestas más moderadas. Cualquiera que estuviese familiarizado con los años sesenta y setenta sabría de inmediato que el espíritu de protesta había sido domado y que esos eran los restos, las sobras de la protesta social. Aquiles se había retirado y se había vuelto asustadizo, había dejado de preocuparse por si se le oxidaba la hoja de la espada.

Mientras hojeaban las protestas que, en su momento, habían sido estridentes, había dos nombres o firmas que aparecían con cierta frecuencia: Belisario y Eneas. «Muy bien —pensó Brunetti—, en esa época aún enseñaban a los clásicos.» Belisario había defendido el Imperio bizantino y Eneas había fundado Roma.

Brunetti no solo identificaba un gran amor propio en los textos firmados por ellos dos, sino que pensaba que ambos anhelaban el regreso de un líder fuerte. Daba vergüenza lo fácil que era saber quién pensaba cada uno que era el más indicado para el puesto.

En un momento dado, Brunetti dijo:

—Creo que hemos visto suficiente, ¿no te parece?

—Más que suficiente —convino Carlo.

Entonces, justo cuando Brunetti cerraba el álbum, el más joven de los dos preguntó:

—¿De verdad pensaba así la gente en esa época? Yo ni siquiera iba a la escuela todavía.

—Supongo que sí —admitió Brunetti—. Algunos creíamos que se podía cambiar las cosas o que se podía conseguir que cambiasen. —Se tomó la libertad de darle una palmadita en el brazo a Carlo y dijo—: ¿Podría pedirte otro favor?

Con voz áspera, haciendo una burda parodia del acento giudecchino más cerrado, Carlo replicó:

—Eso es lo que pasa cuando la policía te echa el guante. Te sacuden hasta que confiesas. —Luego, ya con sus modales más suaves, contestó—: Claro que sí.

—¿Te importaría preguntarle a tu amigo si su padre era uno de estos dos?

—Solo si puedo contarle que el que lo quiere saber es policía —repuso Carlo.

Brunetti lo pensó un momento y asintió con la cabeza.

—En ese caso, si está dispuesto a decir cuál es su padre —añadió—, ¿le preguntarías por el otro?

—Me parece que eso es demasiado, commissario.

—Sí, supongo que sí —dijo Brunetti, y decidió que era hora de irse a comer a casa.

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