Cosecharas tempestades
Capítulo 23
A fin de retomar el asesinato de Inesh Kavinda, Brunetti sacó el cuaderno, lo abrió y le relató a Griffoni las conversaciones que había mantenido por la mañana, primero con Molin y luego con su esposa.
Hablaba despacio, escuchándose con atención, puesto que sabía, tras años de experiencia, que muchas de sus ideas y opiniones no le quedaban claras hasta que tenía que expresarlas en voz alta, lo que le permitía identificar nuevas posibilidades. Al oírse hablar de Molin se dio cuenta de la antipatía que le despertaba el hombre.
—Molin intentaba mostrarse empático con Inesh. Al fin y al cabo, podría decirse que vivió con ellos durante años. Pero no me transmitió que su muerte o las circunstancias en las que se produjo lo hubieran afectado.
Brunetti se sorprendió pensando que esa distancia emocional era la misma que sentía un patrón por sus trabajadores. En cambio, la esposa de Molin sí lamentaba el fallecimiento de Inesh. Igual que la monja.
Le dijo a Griffoni que Gloria Forcolin sabía mucho más sobre Inesh y su vida, tanto en Italia como en Sri Lanka.
—Bueno, es que es mujer —dijo ella—. Claro que sabía más.
Cuando Brunetti la miró con cara de póquer y de no entender, aclaró:
—Porque ella hace preguntas, Guido.
Entonces, ante su silencio, añadió:
—Es lo que hacemos nosotras cuando hablamos con la gente: les hacemos preguntas y prestamos atención a las respuestas.
—¿No crees que eso es un poco simplista? —preguntó él, más que un poco ofendido por el comentario.
Griffoni tardó un momento en responder y, cuando habló, fue solo para decir:
—Lo que tú digas, Guido.
Brunetti aceptó la ofrenda de paz, miró la última observación que había anotado y dijo:
—Lo único que me dio la sensación de que le interesaba fue cuando mencioné que Inesh tenía artículos y libros sobre terrorismo. En los ochenta.
Claudia lo miró con el ceño fruncido, como si tratase de mantener el horror a raya.
—La estación de tren —dijo en voz baja.
Se refería a la bomba de Bolonia, uno de los peores atentados que se habían producido en aquellos tiempos convulsos.
Brunetti asintió con la cabeza y, sin ser consciente en absoluto de lo que hacían, mantuvieron un largo momento de silencio.
—Me acuerdo del general estadounidense al que secuestraron. Pero eso acabó sin derramamiento de sangre —dijo él, y añadió—: Creo que mataron a uno de nuestros senadores, pero no me acuerdo de cómo se llamaba. —
Con intención de cambiar de tema, pensó en Alvise y en Brandini y preguntó—: ¿Hay noticias de Brandini?
—Siguen patrullando juntos. Dos días más y a ambos les asignarán parejas nuevas.
Se miraron y los dos esperaron a que el otro dijese algo.
Al final, fue Griffoni la que decidió hablar.
—Se han llevado bien. Vianello está en la oficina de los agentes, así que oye lo que dicen y parece que nadie los considera un tema de conversación.
—No lo son —afirmó Brunetti.
Vio que Griffoni entendía la sabiduría comprendida en el comentario.
Ella le preguntó si quería ir a tomar un café; él dijo que no, que tenía que leer informes. Era cierto, sin duda; también lo era que llevaba semanas retrasando el momento de hacerlo. Griffoni dijo que se iba sola y dejó a Brunetti con los documentos.
En la bandeja de entrada había cuatro. Los sacó, los colocó sobre la mesa y se puso a leer. Robo, agresión, estafa y suplantación.
Abrió el último y encontró la típica historia de un auxiliar dental que, tras ver al dentista para el que trabajaba hacer y colocar dentaduras postizas e implantes a cambio de dinero en efectivo, decidió intentarlo por su cuenta.
Así que, con una supervisión aparente mínima, chasqueó los dedos y tres meses después ya atendía a sus pacientes en una consulta privada de Venecia. No lo descubrieron hasta un tiempo después, cuando una antigua paciente del dentista con el que él trabajaba lo reconoció y se tomó la molestia de fotografiar los diplomas y verificarlos con las autoridades pertinentes.
El hecho de que, cuando llegó la policía, la consulta estuviera desierta y todo el equipamiento continuase allí indicaba que alguien de la oficina que verificaba las titulaciones lo había llamado para avisarlo.
A lo largo de los años, siempre que Brunetti iba a la consulta de un doctor que no conocía, se tomaba la molestia de fijarse en los diplomas de la pared, y alguna vez hasta les había hecho fotos con el móvil. En una ocasión, cuando le llegó el turno, le dijeron que el doctor había tenido que irse a atender una urgencia y que si quería cambiar la cita a, por ejemplo, tres meses más tarde.
El informe del robo era aburrido porque era demasiado típico. Al volver de unas vacaciones, los inquilinos de un piso en la cuarta planta de un edificio habían encontrado la vivienda completamente arrasada por una o varias personas que habían roto el tragaluz de la cocina, habían registrado la casa a conciencia y habían encontrado las joyas de la mujer y la colección de monedas del Renacimiento del hombre.
Los dos últimos informes los leyó en un periquete. La agresión era en realidad una pelea de borrachos en un bar entre dos hombres que tenían abundantes antecedentes por el mismo delito. No era probable que encontrasen a un juez que considerase que merecía la pena llevarlos a juicio, así que Brunetti no se molestó en acabar de leer el parte.
Al ver que el caso de estafa se había producido en internet, Brunetti paró de leer antes del segundo párrafo, buscó el nombre de un agente de la Guardia di Finanza de Roma y le reenvió el informe. De pronto decidió que ya se había hartado, así que apagó el ordenador y se marchó de la questura.
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