Cosecharas tempestades
Capítulo 10
Le dieron unos instantes a la luz para que les cambiase el humor antes de retomar la conversación sobre Rubini.
—No lo has conocido en persona —empezó Brunetti—, así que no has tenido tiempo de averiguar mucho sobre él.
—¿Como por ejemplo?
Él respondió con una sonrisa de oreja a oreja y sin pensarlo mucho.
—Que, hasta cierto punto, es un poco como nosotros.
Con tono neutro, ella dijo:
—Supongo que te refieres a la policía.
Brunetti asintió con la cabeza.
—Como nosotros, protege sus fuentes con rigor.
—¿Qué significa eso?
—Que nunca ha nombrado a nadie que haya trabajado con él o que lo haya ayudado con alguno de sus... asuntos.
—¿Y eso tengo que considerarlo una virtud? —preguntó aún con tono neutro—. Lo dices como si el hecho de que él no lleve a cabo los robos y nunca se arriesgue a que lo pillen con las manos en la masa lo convirtiese en una clase superior de delincuente.
Hizo una pausa para que Brunetti tuviera la oportunidad de contestar, pero él guardó silencio.
—Incluso hablas de que «trabajan con él» y «lo ayudan» —continuó—, como si tuviera una pasticceria en algún rincón de Castello y esta gente le echase una mano con los panettoni.
Brunetti se adaptó al tono serio de su compañera y le preguntó:
—¿Has leído los informes?
—Sí. Después de que mi... fuente lo mencionase, les eché un vistazo.
—Y...
—Y, sobre el papel, en las transcripciones de los interrogatorios que le han hecho, no estoy segura de si habría mucha gente que empatizase con él.
—Alzó la mano y añadió—: Puede que sea una persona encantadora, pero sobre el papel tiene la sangre bastante fría. —Antes de que Brunetti pudiera preguntar, prosiguió—: He leído tres transcripciones de declaraciones que ha hecho a lo largo de los años y ni una sola vez parece comprender que hay gente que le atribuya un valor estético o incluso emocional a un objeto. A él le da igual que se trate de una pieza de cerámica, un collar, un cuadro o una pieza de cristal de Murano, porque para él un objeto nunca es nada más que un contenedor de dinero. Es un lugar donde el dinero escoge descansar un tiempo. Y si alguien lo pierde... —Griffoni miró a Brunetti para asegurarse de que le prestaba toda la atención antes de continuar—: Así es como él lo llama, perder algo, como si un cuadro se cayese por la ventana o alguien fuese tan descuidado como para dejarse una primera edición de Pinocho que pertenecía a su bisabuela en el autobús.
»O quizá sea porque varias veces se presenta a sí mismo como alguien a quien le sorprende darse cuenta de que ha hecho algo malo y promete no volver a hacerlo. —Griffoni dejó pasar unos segundos y añadió—: Pero vuelve a hacerlo y vuelve a hacerlo y vuelve a hacerlo. —Al final, habiendo perdido el control del tono de voz, dijo—: Escogió la profesión equivocada.
Debería haberse dedicado a la política: ha nacido para eso.
A Brunetti, que siempre había sentido cierta simpatía por Rubini, la ira de Griffoni le resultó una sorpresa. Cuando se hubo calmado un poco, Claudia le preguntó a su compañero:
—¿Tú has leído las transcripciones?
Brunetti recordaba haber interrogado a Rubini en dos ocasiones. En ambos casos no había leído después las transcripciones, sino que se había guiado por las notas que había tomado en su momento.
—Tomé notas —contestó.
Griffoni estiró las piernas y dijo:
—Hace unos días hablé con alguien que trabajaba para él. Dijo que Rubini se quejaba de que las cosas estaban muy paradas.
Confundido, Brunetti preguntó:
—¿Qué significa eso traducido al idioma que hablamos tú y yo?
—Creo que quiere decir, y permíteme que use el lenguaje de los negocios, que a resultas de las grandes alteraciones que produjo la pandemia y lo que los economistas llaman crisis de liquidez, el mercado está estancándose. Además, cambian los gustos y Rubini tiene menos clientes.
Brunetti se frotó una de las sienes, donde el pelo empezaba a clarearle.
No era fácil de distinguir, pero él creía que se lo veía en el espejo cuando se afeitaba.
—O sea, se traduce por: «La gente ya no quiere obras de los viejos maestros y por eso ya no tiene sentido robarlas», ¿no?
—Más o menos —admitió Griffoni—. También parece evidente que los cuadros no son los únicos damnificados; pasa lo mismo con las miniaturas de bronce, y olvídate de la porcelana o del marfil tallado.
Se metió la mano en el bolsillo de la chaqueta, sacó un bloc de notas pequeño y pasó algunas páginas.
Cuando dio con lo que buscaba, leyó a partir de una lista:
—El cristal veneciano es demasiado frágil. Nadie lo quiere, a menos que tengan la oportunidad de ir varias veces al lugar donde lo hayan encontrado
—dijo con énfasis en la última palabra— y conseguir grandes cantidades, aunque en general es muy arriesgado. Con la plata ni te molestes.
»Los libros valen, pero solo si son pequeños, tienen al menos cuatrocientos años de antigüedad y se hallan en perfecto estado. —Pasó una página—. Sigue habiendo mercado para camafeos, sobre todo los romanos.
—Entonces, como si hiciera falta dar explicaciones, añadió—: Porque son muy portables. —Hizo una pausa breve—. Oro y diamantes y otras piedras preciosas: parece que ahora son los artículos más populares. —Lo miró y, con voz grave y digna de la radio, dijo—: El mercado del oro y las piedras preciosas siempre es fuerte.
Con eso, acabó el informe.
—Así que los cuadros que cuelgan de las paredes de toda la ciudad están a salvo —repuso Brunetti.
Ella encogió los hombros, como queriendo insinuar que ese era un problema que no la incumbía, cosa que bien podía ser verdad.
—Si son lo suficientemente grandes, sí. —Guardó el bloc de notas y cruzó las piernas—. Creo que estos cambios obligarán a Rubini a adoptar nuevas prácticas de negocio.
—¿A qué te refieres exactamente? —preguntó Brunetti.
Griffoni apoyó los codos en los reposabrazos de la silla, se recostó en el respaldo y entrelazó los dedos de las manos sobre el vientre.
—La gente que antes robaba cuadros y los vendía, o que mandaba a otros a robarlos, tenía que saber qué valía la pena descolgar de la pared o sacar de un marco; si lo ignoraban, recibían instrucciones sobre qué cuadro llevarse y tal vez incluso tuvieran fotos en el móvil. Si llevaban en el negocio desde hacía tiempo, sabían cómo tratar los lienzos para evitar dañarlos. O les habían enseñado a hacerlo.
Según la experiencia de Brunetti, así era como funcionaba.
—Por tanto, tratábamos con personas con cierta... —empezó a decir Griffoni, que buscaba la palabra correcta, y la encontró—: Con cierta cultura.
—¿Y los que trabajan ahora?
—El hombre con el que yo hablé me confesó que le ponía nervioso tratar con los nuevos, que pensaba que eran peligrosos. —Antes de que Brunetti pudiera hacer un comentario o una pregunta, ella dijo—: Si lo piensas, algo tienes que saber para robar el cuadro correcto.
»No puedes cogerlos todos y salir del domicilio con seis retratos debajo del brazo. —Hizo una pausa breve—. En cambio, si no sabes lo que valen los objetos y solo tienes una idea muy general, vas a por lo que encuentres: joyas, piezas con piedras brillantes, las gemas verdes y las rojas. Las metes en una bolsa y te las llevas por la ventana.
Brunetti la interrumpió:
—Hablas de ellos como si fueran bárbaros.
—Es que lo son, ¿no? Les da igual si se les cae algo o si lo pisan y lo aplastan. Aunque los dueños amen un objeto, para ellos no significa nada.
Así que sí, son bárbaros, vándalos.
—¿Y los profesionales que solo roban cuadros buenos? —preguntó, y, como había olvidado cuándo debía parar, añadió—: ¿Los ladrones de la vieja escuela son mejores?
Ambos sabían que Rubini era un ladrón de la vieja escuela.
Ella no consiguió disimular el impacto que le había causado la pregunta.
Apartó la mirada, a Brunetti le pareció que durante mucho tiempo, y después lo miró de nuevo y dijo:
—Acuérdate de aquellos ladrones de Boston. No sé cuándo fue, ¿hará treinta años? Eran de todo menos bárbaros. Tenían una lista de la compra.
Solo lo mejor de lo mejor: Vermeer y un par de cuadros de Rembrandt, algunos dibujos de Degas y más cosas que no recuerdo. Apenas produjeron daños y nunca los pillaron. Redujeron a los vigilantes, pero sin intentar asustarlos ni lastimarlos. —Dejó un tiempo para que Brunetti lo pensara y concluyó—: Eran ladrones, pero no eran bárbaros.
La clave sobre su opinión de esto último estaba en cómo había pronunciado la palabra.
—En Boston —dijo Brunetti, que recordaba haber leído sobre el tema—
desaparecieron quinientos millones de dólares y nadie tiene ni idea de cómo ocurrió.
La respuesta de Griffoni se hizo esperar un tiempo.
—Conozco a uno de Nápoles que trabaja en robos y estafas de arte —
dijo.
—¿Para nosotros?
Ella negó con la cabeza.
—Para la Interpol. Para ellos, el caso Gardner es como el santo grial, a pesar de que sucedió en Estados Unidos. —Hizo una pausa más extensa y después prosiguió—. Ese robo siempre me ha interesado: la selección era excelente y tuvieron mucho cuidado de no dañar nada.
—Tal como hablas de ellos, parecen marchantes de arte —observó Brunetti.
—Supongo que tienes razón —admitió al cabo de poco—. Conocían a los mejores y parecían cuidadosos y bien formados.
—¿Qué opinaba tu contacto de Rubini?
Griffoni cerró los ojos, como si estuviera harta y resignada, y dijo:
—Pues opinaba bastante como tú, como si respetar las reglas del juego lo excusase de sus actos.
Brunetti decidió no volver a ese tema, pero la interrumpió:
—Si lo dices así, parece que yo piense que Rubini es un querubín de Tiepolo.
—Basta ya, Guido —repuso ella, a pesar de que sonreía.
—Vale —convino él—. Si te prometo que no hago más bromas,
¿escucharás una cosa que quiero decirte sobre Rubini?
Ella asintió y se inclinó hacia delante, como si respondiese a un cambio de tono.
—Tres días después de la última condena, la del robo en Padua, me crucé con su esposa por la calle.
Griffoni se había quedado muy callada y, de manera inconsciente, se tensó en espera de lo que su compañero fuese a decir.
Brunetti habló con calma y absoluta objetividad.
—La saludé, pero no se me ocurría qué más decirle. Yo no había tenido nada que ver con el caso porque había sido fuera de nuestra jurisdicción, pero aun así... Bueno, yo trabajaba para el otro bando.
»Nos quedamos los dos ahí plantados, delante de Mascari. —Y, aunque no tenía nada que ver con el asunto en cuestión, Brunetti añadió—: Paola me había pedido que fuese a por una botella de calvados para algo que estaba guisando. —Dejó que el paso del tiempo se llevase consigo la trivialidad de lo que acababa de decir—: Al final le dije que sentía lo que había sucedido. —Prosiguió sin esperar a que Griffoni reaccionase—: Ella me contó que se había declarado culpable porque le habían dicho que, a menos que lo hiciera, presentarían como prueba las huellas dactilares de su esposa y su hija que habían obtenido de los cuadros. Cosa que las convertía en cómplices. —Guardó silencio unos segundos para que Claudia lo digiriese y después añadió—: Así era más fácil.
»Se declaró culpable, le impusieron una pena corta y no hubo juicio. —
De nuevo hizo una pausa breve—. Quería que supieras por qué me parece un pobre necio, aunque sepa que no lo es.
Griffoni guardó silencio un buen rato y, al final, declaró:
—Rubini le dijo a mi contacto que tenía algunas joyas modernistas y le preguntó si le interesaban.
—¿Si le interesaban? —repuso Brunetti.
—Si quería fotos para enseñárselas a sus clientes —explicó.
—«Clientes» —repitió él—. Me pregunto si lo dicen así para que no suene tanto a delito —especuló.
Ella se encogió de hombros.
—Por lo que dice, no creo que al grupo nuevo con el que trata Rubini le importe mucho a qué suena. Son unos matones que roban lo que les mandan
robar. —Se puso pensativa—. Y son más peligrosos.
—¿Por qué? —preguntó él.
—Porque si alguien los pillase en su casa, no saldrían corriendo. —
Sonrió para darle la razón a Brunetti y añadió—: Por lo que tú dices, supongo que Rubini sí se marcharía.
—Claro que se iría —respondió él—. ¿Y estos? ¿Qué crees que harían?
Ella reflexionó un buen rato antes de decir:
—Lo que hiciese falta para quedarse con lo que hubieran ido a robar.
Brunetti estaba de acuerdo. No entendía por qué motivo la gente, sobre todo los hombres, intentaban resistirse o reducir a los ladrones. Muchos eran matones, y los matones estaban acostumbrados a la violencia: en eso Griffoni tenía razón.
Tal como ocurría a menudo, la conversación se había desviado del tema inicial.
Griffoni parecía haber llegado a la misma conclusión.
—¿Podemos hacer algo en cuanto a Rubini? —preguntó.
—Es un hombre libre, Claudia —contestó Brunetti—. No podemos impedirle que haga nada.
—Aunque empiece a vender joyas robadas —dijo ella.
No era una pregunta, sino una afirmación.
Brunetti se levantó. El silencio se coló en el despacho de la mano de su sirvienta: la vergüenza.
—Vamos abajo a buscar a Vianello y nos tomamos un café.
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