Cosecharas tempestades

Donna Leon · Capítulo 11 de 36

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Cosecharas tempestades

Capítulo 9

Después de comer, Brunetti llevaba una hora sentado a la mesa de su despacho cuando oyó un ruido que venía de la puerta; levantó la mirada y vio a su compañera Claudia Griffoni en el umbral.

—¿Tienes un momento, Guido?

—Por supuesto, Claudia. Pasa, por favor.

Ella entró y cerró la puerta. Llevaba vaqueros y una chaqueta de color azul oscuro: cruzada, con cuello mao y tres bandas estrechas doradas en los puños. Un húsar podría haber desfilado con ella sin llamar la atención. No llevaba medallas, aunque por el corte y —tal como vio Brunetti cuando ella se acercó— la tela habrían lucido bien unos cuantos diamantes decorativos en una diagonal pulcra sobre el pecho. A nadie le habrían parecido fuera de lugar.

O era la última moda o se la había robado a la nuera de algún dictador del Este que hubiera pasado la juventud viendo viejas películas de guerra.

Brunetti sabía que si le dedicaba algún tipo de cumplido, ella se miraría la chaqueta, le haría un gesto despectivo con los dedos y preguntaría: «¿Te refieres a esto?».

De todos modos, cuando Griffoni se hubo sentado, Brunetti se interesó por la prenda:

—¿De dónde la has sacado?

Pensó que Chiara se volvería loca por tener una igual.

—¿El qué? ¿Esto?

Griffoni nunca lo decepcionaba.

—Sí.

—Me la compró una prima en una tienda de segunda mano.

—¿Dónde?

—En Taskent, me parece —respondió en serio—. Bueno, en algún sitio donde habían cambiado el gobierno hacía poco.

—Entonces no era Uzbekistán —repuso Brunetti con neutralidad, y añadió—: ¿En qué puedo ayudarte?

Ella sonrió ante la elegancia de su trato.

—Más bien tengo algo que quizá te interese.

—¿Qué es?

—Información sobre Luigi Rubini. Me han dicho que está volviendo a la vida.

Brunetti pensó que, sin duda, a ella se lo había contado alguno de sus informadores.

—Ajá —fue lo único que se permitió decir el commissario.

Eso llevó a Claudia a preguntar:

—¿Te lo esperabas?

—Sí, tarde o temprano.

—¿Por qué?

Brunetti habló sin pensar.

—Pobre necio. Antes de que se dé cuenta, volverá a estar dentro.

—¿Lo dices en serio?

—¿El qué? ¿Que lo encerrarán de nuevo?

—No, lo de que es un pobre necio —contestó ella poniendo énfasis en las dos últimas palabras. Tras un momento de reflexión, añadió—: Pobre cualquier cosa, ya que estamos.

A Brunetti le cambió la expresión y, con algo de retraso, dijo:

—Supongo que he hablado sin pensar.

—Por eso me resulta interesante —dijo Griffoni.

—¿Te refieres a mi empatía?

Ella tardó un poco en hallar la respuesta, pero al final dijo:

—No, a la empatía no, sino a que haya sido una contestación tan impulsiva.

—Es porque me cae bien, Claudia.

—Así es como somos —dijo ella, y sonrió en lugar de encoger los hombros.

¿Los italianos? ¿Los hombres? ¿Los humanos? Brunetti no lo sabía, pero tampoco lo preguntó.

El silencio se alargó y llenó el despacho. Un barco viró desde el Canale di Santa Giustina y, al pasar por delante de la questura a una velocidad no permitida, arrasó con la conversación. Cuando el ruido del barco se hubo reducido, Brunetti dijo:

—Cuéntame, ¿qué has oído?

Griffoni bajó la mirada y se quitó una mota de polvo de la rodilla. Pasó tanto tiempo que Brunetti pensó que no iba a responder. Se fijó en las manos de su compañera: finas y delgadas, con las uñas cortas. Observaba las venas azules que quedaban a la vista en la mano izquierda pero no en la derecha y, de pronto, la habitación se iluminó como si alguien hubiera traído las lámparas de otros despachos y las hubiera encendido todas a la vez.

Griffoni cogió aire de golpe y se volvió hacia la ventana.

—Dios mío, ha vuelto a salir el sol.

Brunetti miró hacia el mismo lugar y vio un cielo que a Tiepolo le habría encantado pintar: nubes corpulentas, fragmentos de firmamento tan azul como las vestiduras de la Virgen. Tan solo faltaban uno o dos ángeles probando las alas por primera vez entre la red de seguridad que ofrecían las nubes. El commissario se regocijó en la imagen e interpretó el cielo como señal de gloria, no como el punto adonde llegaban las brisas que soplaban desde Turín a Venecia y traían consigo el aire más contaminado de Europa.

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