Cosecharas tempestades

Donna Leon · Capítulo 27 de 36

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Cosecharas tempestades

Capítulo 25

Brunetti esperó a llegar a casa para atreverse a mirar dentro de la bolsa.

La dejó sobre la mesa de la cocina, puesto que el escritorio de Paola estaba cubierto de notas y papeles, libros y revistas. El logo de los supermercados STANDA del lateral de la bolsa le saltó a la vista como un conejo. Lo reconoció de inmediato: rojo chillón. Standa había colaborado con su madre en la crianza de sus hijos. La cadena de supermercados suministraba, en primer lugar, comida y bebida, aunque los niños acostumbraban a beber agua del grifo. Vendía también ropa: los primeros vaqueros que tuvo Brunetti eran de Standa, igual que el primer par de zapatillas deportivas.

Aún recordaba la sensación lujuriosa de meter los pies desnudos en la suavidad de las zapatillas de lona y lo mullidas que eran las suelas.

Cerró los ojos y rememoró no solo una década de ropa interior de algodón blanco, sino también su primer jersey de cachemira, que le regaló su madre cuando acabó el liceo con las notas más altas de la clase y consiguió plaza en la Facultad de Derecho.

El jersey era gris, del mismo color que se le había quedado el pelo a su madre, y tenía el cuello redondo. Era grueso, pero suave y dúctil, y para el joven Brunetti representaba un paso adelante, si bien no sabía en qué dirección. Aún lo conservaba, a pesar de que habían pasado tantos años, y lo llevaba durante las vacaciones, cuando salían a caminar por el campo. Y

a veces se lo ponía en casa, por el simple placer de recordar el momento en el que abrió la caja y lo vio y sintió por primera vez el tacto de la cachemira.

Sin embargo, esa bolsa no contenía ningún jersey de cachemira, sino una carpeta llena de papeles cuya tapa azul estaba desgastada y muy descolorida por el tiempo y la luz. La sacó, la colocó sobre la mesa, dejó la bolsa en el suelo y se sentó. Delante de él había un montón de papeles que, en total, tenían el grosor de una guía de teléfonos. Se preguntó cuánta gente seguía usando eso como unidad de medida. Al parecer, los documentos estaban divididos en tres partes mediante unas gomas elásticas tan viejas que habían muerto, y la separación era susceptible de resurrección solo si se encontraba el trozo de goma marchita metiendo el dedo entre las hojas. Lo hizo y las dividió en tres secciones.

La primera y más gruesa guardaba relación con la bomba de la estación de tren de Bolonia y contenía artículos de revistas y periódicos a partir del primer día y durante un mes, momento en el cual se interrumpían de forma abrupta.

La segunda seguía el legendario secuestro en Verona del general estadounidense Dozier. De nuevo, los artículos eran de diferentes publicaciones y estaban en estricto orden cronológico. Al cabo de un mes también se acababan.

La última cubría la desaparición del professore Loreti y contenía artículos tanto de Il Gazzettino como de los principales periódicos de tirada nacional.

Brunetti se acordaba de algunos de los sucesos que había allí: el professore había impartido una clase, que ese día era acerca de la misteriosa muerte del mariscal del aire y héroe Italo Balbo y las correspondientes repercusiones políticas. Después había comido un sándwich con un compañero, quien no recordaba que Loreti se hubiera comportado de manera extraña o hubiese hecho algún comentario relevante, sino que, según el compañero, había dicho que de allí se iba a casa a seguir escribiendo un artículo que tenía a medias.

El hombre a quien le compraba la prensa le vendió Il Gazzettino e Il Corriere en algún momento después de comer, pero no hablaron. Loreti había regresado a su piso de Castello y, al parecer, había leído y tomado notas de un reciente documento ministerial relacionado con la ley de empleo.

Su vecino de abajo se había encontrado con él en la escalera poco después de la hora de cenar, sobre las nueve, y Loreti le había dicho que había quedado con unos amigos para tomar algo. Y después había desaparecido.

Al día siguiente por la tarde, cuando no se presentó a dar clase, la universidad intentó contactar con él, pero el personal de administración no alertó a su hermana hasta un día después, cuando la llamaron para preguntar si conocía su paradero. Ella no tenía ni idea.

Después de eso, los acontecimientos se sucedieron tal como habían aprendido a hacer durante los peores años del terrorismo, los años de plomo: los carabinieri entraban en el domicilio de la persona desaparecida para buscarla; si no estaba, informaban a la Squadra Mobile, pero de todas formas la policía científica llevaba a cabo un registro del domicilio de la persona desaparecida. Dependiendo de los resultados, se alertaba a otras agencias gubernamentales o no. Si no había señales de violencia y nadie pedía un rescate, la investigación se trataba como una mera persona desaparecida y se delegaba el caso a la policía local, en cuyas manos permanecería mientras nadie pidiera un rescate.

Dada la posición social que tenía Loreti, la prensa había acudido jadeante, pero la policía los había decepcionado al no encontrar señales de lo que los ingleses llaman «juego sucio», de modo que la investigación se había degradado a un caso de persona desaparecida, momento en el cual los artículos se habían acortado e impreso en páginas cada vez más lejanas de la primera plana. Al cabo de un mes o dos, los artículos se sumieron en la oscuridad, igual que Loreti. Brunetti, que a menudo veía las cosas a través

del filtro de la literatura, pensó en ello con una sonrisa traspuesta. Durante los primeros días, el caso Loreti se comparaba con algún crimen del pasado.

Al cabo de un año, un nuevo crimen se comparó con la desaparición del profesor. Brunetti cayó en que, con el paso de los años y las generaciones, había quedado relegado al pasado distante: de acontecimiento sensacionalista a mera nota a pie de página.

Se puso a leer los recortes de los últimos meses y entre ellos encontró uno que le extrañó por estar fuera de lugar: un artículo sobre los primeros días de la desaparición de Loreti, en el que se afirmaba que la policía era optimista y opinaba que tarde o temprano encontrarían al professore. No se ofrecía ninguna prueba que demostrase esa tesis y no cabía duda de que no se había cumplido.

Medio palmo por debajo del último párrafo, alguien había dibujado una cruz pequeña. No había nada escrito. Brunetti le dio la vuelta a la página, pero no había más que una hoja final en blanco.

Paola lo encontró en la cocina veinte minutos más tarde, al llegar a casa después de una de las tres únicas clases que impartía a la semana, cosa que deleitaba y escandalizaba por igual a toda su familia. La situación llevaba así tanto tiempo que las bromas al respecto ya habían perdido la gracia.

Entró en la cocina, dejó unas bolsas en la encimera, se acercó a ponerle las manos en los hombros y le dio una pequeña sacudida.

—¿Qué haces aquí? Ya sabes que puedes leer en mi estudio: la luz es mucho mejor.

Brunetti encogió los hombros, reacio a contestar que la mesa estaba llena de papeles. Tampoco habría tenido tiempo de decírselo, puesto que Paola había visto la bolsa.

— Oddio, Standa —exclamó, y la cogió por el asa—. No veo una de estas desde... desde hace más de veinte años. —La dejó sobre la mesa y retrocedió para mirarla—. No se lo va a creer nadie.

Sonriente, encantado con su reacción, Brunetti dijo:

—Nadie se va a creer que te haya hecho tanta ilusión.

—Yo adoraba Standa. Tenían de todo. De todo.

Puso la bolsa en el centro de la mesa y después la giró hacia la izquierda, con cuidado de que se viese bien el logo rojo, y luego rodeó la mesa y tomó una foto en la que salía Brunetti con la bolsa.

—Nadie se lo va a creer.

Paola dejó el móvil sobre la mesa y fue a guardar las cosas de la encimera. De espaldas a él, le preguntó:

—¿De dónde la has sacado?

—¿La bolsa?

—Sí.

—La ha usado alguien para traerme unos documentos.

—¿Documentos para ti?

Él asintió y, al ver que ella no decía nada, se dio cuenta de que no lo miraba a él, sino que estaba observando los armarios.

—Sí, para mí —dijo.

—¿Para qué?

—Para lo del hombre de Sri Lanka.

Se volvió hacia él y preguntó:

—¿Al que mataron?

—Sí.

—¿Y la bolsa era suya?

—No, de otra persona que llevaba los documentos dentro.

—Entonces ¿por qué dices que tiene que ver con el de Sri Lanka?

La pregunta se repetía, esa vez en boca de otra persona. Exacto: ¿por qué?, se planteó Brunetti. ¿Qué había pasado para que esos papeles acabasen teniendo algún tipo de relación con el asesinato de Inesh?

¿Y por qué se había interesado tanto el padre de Nesi en aquel secuestro?

Brunetti le tenía alergia a esa palabra; era como un puñetazo en las entrañas

y lo afectaba más que ninguna otra palabra o realidad; la llevaba dentro desde hacía décadas, cuando al principio de su carrera estaba en Cerdeña.

Sintió unos brazos a su alrededor y se dejó abrazar. Paola dijo:

—No digas nada, Guido. Estoy aquí, ya pasó todo. Lo que estés recordando ya pasó. Estás a salvo, nosotros estamos a salvo. Todo el mundo está a salvo.

Entonces dejó el habla de lado y lo arrulló con suavidad. Brunetti continuó tenso; quería decirle que nadie estaba a salvo, pero no era capaz de hablar.

Más tarde, tranquilo después de haber comido con sus hijos, tras los pitorreos y las bromas, gracias a la facilidad con que se comunicaban y a la preocupación tan poco invasiva de Paola, Brunetti fue al estudio de su esposa, donde el escritorio continuaba lleno de montones de papeles. Tal vez Paola sí trabajaba media hora más o menos de vez en cuando, reflexionó. De otro modo, ¿cómo habría publicado un artículo en algo llamado The Henry James Review?

Había dejado el libro de Pausanias en el sofá, así que lo abrió por la página donde había parado de leer: la descripción del Partenón. Mientras leía, Brunetti se maravilló ante la facilidad con la que Pausanias había unido los mitos con los hechos, muchos de los cuales aún podían verse dos mil años más tarde. Pausanias veía el mar desde la Acrópolis y por esas aguas había navegado Teseo como si no existiera diferencia entre la realidad del mármol blanco de los templos y las velas negras imaginarias de la nave de Teseo. Brunetti cerró los ojos un momento para visualizar ese barco y despertó cuando Paola le preguntó con un tono de voz del todo normal si pensaba volver al trabajo por la tarde.

Su intención era ir a la questura y aprovechó el trayecto para pensar qué cosas quería averiguar. El recuerdo de su experiencia en Cerdeña lo había afectado más de lo que pensaba, pero también le había soltado una pieza en el interior del cerebro y, cuantas más vueltas le daba, más interesante le parecía.

Cuando llegó al despacho, no perdió el tiempo, sino que fue directo a la página web del Ministerio del Interior y se sorprendió de saber acceder a los archivos de su empleador sin subterfugios y sin la necesidad de invocar los poderes de la signorina Elettra. Pero, por mucha información que buscase acerca del plan ministerial para la investigación de secuestros, apenas encontró nada. Lo mejor que desenterró fue el anuncio de una muestra de fotografías de personas secuestradas que se había inaugurado cinco años antes en Reggio Calabria.

Repasó la página entera y encontró una lista de crímenes, pero en ningún sitio se mencionaba el «sequestro di persona». Pensó en bajar a preguntarle a la signorina Elettra, pero se dijo que debía persistir y se quedó en su mesa. Al cabo de más o menos un cuarto de hora encontró un documento publicado por una revista cuyo título no reconocía.

Gracias a él, supo que entre 1980 y 1984 en Italia hubo ciento setenta y ocho secuestros. El Véneto fue una de las regiones más afectadas. No encontró ningún dato sobre a cuántas de esas personas habían rescatado con o sin previo pago mediante. Tampoco ninguna referencia a la ley que blinda de inmediato los bienes de los familiares de una persona secuestrada para imposibilitar el pago del rescate.

Se levantó y se acercó a la ventana, a estudiar la fachada de la iglesia de San Lorenzo, que siempre lo reconfortaba y ansiaba la mirada admiradora de Brunetti. Había leído acerca de la vida salaz de las monjas que siglos antes estaban recluidas en el convento contiguo y la destreza con la que lograban escapar al ancho mundo. Buena suerte para ellas, pensó mientras contemplaba el cielo encima de la iglesia.

Reflexionó acerca de la pregunta que le había hecho Nesi; era ingenua pero astuta, y Paola se la había repetido: ¿qué conexión había entre el libro de recortes y la muerte de Inesh? ¿Por qué le interesaba a la persona que había recopilado los documentos la desaparición del professore Loreti? ¿Era Nesi quien los había compilado?

Aún era media tarde, así que tenía tiempo de sobra para volver a hablar con Bocchese. Encontró al jefe de laboratorio trabajando, aunque, en lugar de en algo que guardase la más mínima relación con asuntos policiales, se dedicaba a una miniatura de bronce de un dios o un semidiós muy musculado, armado con una lanza. Al parecer, Bocchese intentaba meter el arma diminuta por el cilindro que era el puño cerrado del dios, mientras sostenía la lanza con unas pinzas con puntas de goma y la giraba con cuidado de un lado a otro a fin de hacer pasar el asta de bronce por el puño, donde parecía haberse quedado atascada. Bocchese apoyaba en la mesa la mano izquierda, la de la lanza, que Brunetti calculaba que medía unos cinco o seis centímetros de largo.

El commissario se detuvo a un metro de él; no quería causar ninguna molestia, por pequeña que fuese, y continuó observando. Al cabo de otro minuto, Bocchese dijo:

—Guido, tengo una botella de aceite en el cajón de abajo de la derecha y bastoncillos de algodón. ¿Me untas uno en aceite y lo pasas por la lanza?

Brunetti hizo lo que le pedía y deslizó el algodón impregnado arriba y abajo, a lo largo de la vara, mientras Bocchese la sujetaba.

—Muy bien —dijo el jefe de laboratorio.

Brunetti retrocedió sin apartar la mirada de la lanza y las pinzas.

Bocchese la movió de lado a lado, de lado a lado, y luego arriba y abajo, arriba y abajo, y de pronto la parte inferior pasó a través de la mano del dios hasta tocar la base de metal que había a sus pies.

Bocchese colocó ahora el dios, una vez erguido sobre la base, en el centro de la mesa.

—Qué bonito, ¿no? —dijo sin quitarle ojo.

—Sí que lo es. —Brunetti recordó lo reacio que era Bocchese a desvelar las fuentes de su colección y se limitó a decir—: Debes de estar muy contento de tenerlo.

Bocchese sonrió.

—Sí. Tardé un año en convencer al dueño.

Esa era más información de la que le había ofrecido nunca. Brunetti sonrió, asintió con la cabeza y dijo:

—Vengo a pedirte un favor.

—¿Algo de trabajo? —preguntó Bocchese, y acercó la mano derecha a la estatuilla.

—Sí, es por el trozo de hueso que llevaba el hombre del canal en el bolsillo del chaleco.

—¿Qué quieres saber? —preguntó Bocchese, y relajó la mano.

—¿Lo habéis identificado?

—Rizzardi le echó un vistazo. Puede que haya dejado alguna nota. Yo estaba ocupado —dijo, y levantó la figura un poco.

—¿Podrías mirarlo? —preguntó Brunetti.

Era evidente que eso le causaba un problema a Bocchese. Sin duda, no iba a llevarse la estatuilla al archivo, y tampoco parecía contento con la idea de dejársela a Brunetti. Cogió el teléfono, pulsó un dígito y le pidió a la voz que respondió que se acercase un momento.

Uno de sus ayudantes apareció segundos después de que colgase, cosa que a Brunetti le hizo preguntarse por qué no se lo había dicho de viva voz.

Bocchese le indicó al ayudante lo que debía buscar y dónde, y después se limpió las manos con un paño de ante.

El otro volvió enseguida con una cajita pequeña de joyería, de las que se usan para anillos de compromiso.

—Dáselo al commissario —dijo Bocchese, y siguió limpiándose las manos.

Brunetti le dio las gracias al asistente, que asintió con la cabeza al entregarle la cajita y se marchó. Luego la abrió y vio el pedazo intacto de hueso cilíndrico; tenía unos dos centímetros de largo y era circular como un trozo de penne, aunque la idea de compararlo con la forma de la pasta lo incomodaba.

Lo movió hacia un lado de la caja y luego hacia el otro mientras buscaba cualquier identificación que pudiera haber señalado Rizzardi.

Al verlo, Bocchese cogió el teléfono de nuevo y marcó un dígito. Le contestaron y preguntó:

—¿Qué ha dicho Rizzardi?

Escuchó un momento, le dio las gracias al hombre y colgó.

—Es un segmento de dedo humano. El doctor ha cogido una muestra y lo ha enviado al laboratorio de Padua para identificarlo.

—¿Cuándo mandarán los resultados?

Bocchese alzó las manos como para protegerse de un atracador y dijo:

—Cuando los manden. —Bajó las manos y miró a Brunetti—. Vas a darme la lata con esto, ¿verdad?

—Sí.

—Si prometes no dármela a mí, se la daré yo a ellos y te llamaré en cuanto me digan algo.

—Me parece justo —concedió Brunetti, y dio media vuelta para marcharse—. Diles que es muy urgente.

—Ya me han dicho que están hartos de oírme decir eso.

Brunetti no hizo caso y preguntó:

—¿Hombre o mujer?

Bocchese volvió a marcar el número. Contestó la misma voz y, cuando se lo preguntó, respondió lo suficientemente alto para que Brunetti lo oyese:

—Hombre.

El commissario le dio las gracias a Bocchese, volvió a felicitarlo por la estatuilla y se marchó.

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