Cosecharas tempestades

Donna Leon · Capítulo 32 de 36

Páginas del PDF

Cosecharas tempestades

Capítulo 30

A la mañana siguiente, ambos estaban en Campiello de la Cason cuando apareció Brunetti, cosa que le hizo preguntarse si sería buena táctica que los policías llegasen tarde. Seguramente no, decidió. Un hombre como Molin se ofendería si lo hacían esperar y, en cambio, se sentiría halagado por su puntualidad.

Brunetti los condujo hacia el Palazzo Zaffo dei Leoni pasando por delante de la puerta del convento, a la vuelta de la esquina. Al frente vieron algo que se movía en el suelo; resultó ser una gaviota que desgarraba con violencia los restos comestibles de lo que había sido una paloma.

Espantada por su llegada, el ave agarró la comida con el pico, echó a volar y se encaramó al muro que había al final de la calle.

Sin quitarle ojo al pájaro mientras continuaba comiendo, Griffoni comentó:

—Me gustaría saber cómo clasificarán eso los tipos o las máquinas que ven los vídeos.

Sin entender en absoluto de qué hablaba, Brunetti preguntó:

—¿A qué te refieres?

Ella levantó el brazo al instante hacia la gaviota, que aún comía.

—Ha matado a la paloma y ahora se la está comiendo.

Vianello lo entendió antes que Brunetti.

—Es cierto. Ya ni nos fijamos en ellas, ¿verdad?

Brunetti miró la hora, vio que faltaban unos minutos para las nueve y no intentó disimular la irritación.

—¿De qué habláis?

Esa vez fue Vianello el que señaló la gaviota.

—Está delante de la cámara de vigilancia, así que quienquiera que esté supervisando las pantallas, la verá desayunando. —Al cabo de una pausa, añadió—: Qué asco.

Brunetti se acordó de la otra gaviota y de la otra cámara. Sacó el móvil, ya sin preocuparse por la hora, y marcó el número de la signorina Elettra.

Al cabo de dos tonos, la oyó decir:

— Sì, commissario?

No quería perder el tiempo, así que decidió no hablar en clave y le preguntó:

—¿Puede acceder a las cámaras de vigilancia?

—Supongo que sí —respondió ella con calma, reaccionando al humor de Brunetti—. Depende de a cuáles. En gran parte de la ciudad todavía no hay o las han instalado y no están operativas. —Dejó pasar unos instantes y le preguntó—: ¿Cuál es la ubicación de las que usted quiere?

—En Cannaregio, cerca de Campiello de la Cason —dijo Brunetti—.

Hay dos en una farola, en la intersección entre Calle Valmarana y Calle del Traghetto. Una apunta hacia Calle Valmarana.

—Un momento, signore —dijo ella.

Brunetti oyó el familiar clic-clic-clic de sus dedos en el teclado. Se le pasó por la cabeza que así era como debía de sentirse un jugador cuando la bola hacía clic-clic-clic al girar en la ruleta.

Y enseguida volvió y le dijo:

—Funcionan, al menos en esa calle. Pero la cobertura llega hasta el Canale dei Santi Apostoli.

Eso quería decir, según entendía Brunetti, que en el lugar donde habían asesinado a Inesh no funcionaba ninguna cámara.

—Me gustaría saber quién entró o salió por la puerta del palazzo la noche que asesinaron al signor Kavinda.

—¿De qué hora a qué hora, señor?

Vianello le había dado un silbidito alrededor de las once.

—Desde las ocho hasta las once.

—Por supuesto, commissario. ¿Y luego?

—En cuanto lo haya visto, me escribe un mensaje.

—Sí, commissario.

Colgó.

Cuando llegaron a la puerta y llamó al timbre, Brunetti miró la hora.

—Solo seis minutos de retraso.

Griffoni sonrió.

—Por cómo lo dices, parece el típico que, si tuviera que hacernos una factura, incluiría hasta el último segundo.

Vianello se rio, pero no dijo nada.

Transcurrió un minuto y Brunetti resistió la tentación de volver a llamar.

Se inclinó hacia ellos con cuidado de hablar en voz baja y dijo:

—Este retraso en contestar se conoce como la afirmación de la autoridad. Demuestra desde el principio quién está al mando.

—Me acordaré, señor —dijo Vianello.

Griffoni se limitó a enderezar la espalda un poco más.

La puerta se abrió con un ruido sordo. Brunetti la acabó de empujar, permitió que los otros dos entrasen primero, la cerró sin hacer ruido y los guio hacia la puerta del palazzo.

Allí estaba el professore Molin, en el último escalón, con una mano en el pomo de la puerta y la otra en la empuñadura del bastón; se inclinaba hacia la izquierda, como tenía por costumbre. Dado que se sostenía con la ayuda de las manos, nada lo obligaba a estrecharles la mano a los agentes, y se limitó a apartarse un poco para dejarlos pasar.

Cuando ya habían entrado y Brunetti había cerrado la puerta, se volvió hacia Molin y dijo:

— Professore Molin, esta es mi colega, la commissario Griffoni.

Molin asintió con la cabeza.

— Piacere —dijo.

Griffoni repitió la palabra y le añadió «professore» al final.

Brunetti, que se volvió hacia Vianello como si fuera, por ejemplo, un trozo de seto que se le hubiera pegado a la manga de la chaqueta, se limitó a decir:

—El agente Vianello.

Molin miró a Vianello, pero no se molestó en saludarlo con la cabeza.

Dio media vuelta y, haciendo un uso conspicuo del bastón, los condujo por el pasillo central de losas de piedra de la planta baja y, con evidente esfuerzo, hasta el primer piso, por la escalera.

Arriba se detuvo como si necesitase un descanso y Griffoni paseó la vista por las paredes. Cuatro cotas de malla, con señales de desgaste en las partes de cuero y las hebillas, flanqueaban el pasillo; entre ellas colgaban espadas y picas. Había un mapa de Jerusalén que Brunetti sospechaba que era moderno, por lo brillante que era la pintura. Por el lado derecho asomaba un extremo de una considerable grieta horizontal que había en la pared. En la de enfrente había retratos lúgubres de hombres infelices y mujeres que se miraban con sospecha y desaprobación.

Molin se detuvo delante de la tercera puerta de la izquierda y se volvió hacia Griffoni y Vianello, que contemplaban un retrato de un cardenal de especial seriedad, cuya expresión pesimista parecía oscurecerle hasta el color rojo de la sotana.

Al ver que Molin se había parado, Griffoni se dirigió a él y señaló el retrato:

—¿Es uno de sus antepasados, professore?

—Quizá sería mejor llamarlo pariente, Claudia —dijo Brunetti con una pizca de reproche en la voz.

Con cara de confusión, ella asintió con la cabeza.

—Por supuesto —dijo—. A eso me refería, a si era un pariente.

A todos les quedaba claro que la commissario Griffoni no entendía que los antepasados dejaban herederos, mientras que los parientes no tenían esa obligación y, por tanto, antepasado era un término comprometedor, si bien muchas veces correcto, para atribuir a un cardenal.

Tal vez porque ella era la que había preguntado por su familia, Molin la miró cuando contestó.

—Es el cardenal Giovanni Molin. Fue obispo de Brescia desde 1755 y lo hicieron cardenal en 1761.

Griffoni volvió a fijarse en el retrato. Molin prosiguió:

—Lo enterraron allí. Se puede visitar la tumba en el Duomo Nuovo.

Brunetti esperó a que continuase y se preguntó si Molin pensaba que con eso bastaba para satisfacer a su público. Al parecer, no, dado que añadió:

—Mi parte de la familia desciende de un hermano menor suyo.

Griffoni asintió cual alumna dócil, como para indicar que sabía que las familias podían tener diferentes vertientes y que no era posible que un cardenal fuese tu antepasado.

Recuperado gracias a la mención de su familia, Molin dio un paso adelante y abrió la puerta a una habitación que resultó ser la sala de estar; entró renqueante, sujetó la puerta para que entrasen los demás y la cerró sin hacer ruido. Les señaló el sofá donde podían dejar los abrigos, cruzó la sala despacio y se sentó en una silla de madera con reposabrazos y el asiento acolchado. Desde ahí les indicó otras tres sillas de madera de respaldo recto, colocadas formando un semicírculo delante de la suya. El ambiente era aún más lúgubre que en el pasillo y las paredes estaban más cargadas de láminas y cuadros.

Inmunes a ese desaire, los tres agentes tomaron asiento, Griffoni en el centro.

Brunetti sacó el cuaderno, lo abrió y pasó las páginas con el pulgar hasta la primera que encontró en blanco. Cuando ya la tenía, dobló el cuaderno por la espina y se lo puso sobre la pierna derecha. Mientras lo hacía,

Vianello sacaba el móvil de la chaqueta del uniforme y se lo colocaba en el mismo sitio. Lo puso a grabar y se lo acercó a la boca para dictar la fecha, el lugar y el nombre de la persona interrogada, además del nombre y el rango de los policías presentes. Una vez hecho, se dirigió a Brunetti y dijo:

—Puede empezar cuando quiera, commissario.

Después volvió a dejar el móvil sobre el muslo derecho.

Brunetti prescindió de las formalidades y las fórmulas de cortesía y empezó.

— Professore, hemos venido aquí por las dificultades que tiene usted para desplazarse a la questura. No obstante, se trata de un interrogatorio formal y, como ha visto, lo estamos grabando. Nuestra intención es indagar en la muerte de Inesh Kavinda, un esrilanqués que, durante un periodo de unos ocho años, vivió en la casa que hay en el jardín de esta finca, en la parte trasera de su hogar, el Palazzo Zaffo dei Leoni.

»El signor Kavinda fue asesinado y nos gustaría saber todo lo que pueda contarnos sobre el contacto que usted mantuvo con él durante los últimos meses de su vida.

Molin respiró hondo para indicar lo cansado que estaba de que lo importunasen con ese tema.

—Podría considerarse un problema logístico, supongo; mover una cosa de un sitio a otro.

La respuesta los sorprendió a todos. Entonces soltó una risita breve para que supieran que bromeaba y continuó:

—En este caso, la cosa soy yo y el signor Kavinda era la persona que me ayudaba a ir de un lado a otro. En resumen, signori, siempre que yo salía de casa, él venía conmigo y me cogía del brazo cuando lo necesitaba.

—¿Es a consecuencia del ictus que tuvo usted hace un tiempo? —

preguntó Brunetti.

Molin asintió con la cabeza y el commissario dijo:

—Lo siento, professore, pero tiene que responder con palabras. Es por la grabación.

Molin lo miró con sorpresa momentánea, aunque enseguida comprendió y dijo:

—Por supuesto. —Añadió—: Sí, por el ictus. Me debilitó el lado izquierdo y a veces me caigo.

Levantó la mano derecha, como si apartase algo, y después la bajó al regazo y esperó a la siguiente pregunta.

La pregunta llegó.

—¿Se acuerda de lo que hizo la noche en que murió el signor Kavinda?

Molin asintió con la cabeza y dijo:

—Fuimos a dar el paseo de siempre.

—¿Por dónde?

—Fuimos hacia Fondamenta Nuove. Solo hay dos puentes y no suelen darme problemas.

Brunetti cerró los ojos y siguió el trayecto de los dos hombres, que pasaba por delante de la iglesia de los Gesuiti hasta Fondamenta Nuove.

—Es un buen paseo —lo interrumpió Vianello por sorpresa, y se volvió a sonreír a Molin—. Por la distancia, digo —se explicó con evidente admiración.

—Si lo hago todas las noches... —empezó a decir Molin, pero dio un giro—. Ahora me acompaña uno de mis alumnos del doctorado; lo hace todas las tardes y así comentamos su tesina: el sitio de Bari.

—¿Eso ocurrió durante la guerra? —preguntó Griffoni.

La interrupción sobresaltó a Molin. Parecía tan sorprendido que debía de haberse olvidado de ella.

—Los sitios siempre suceden durante alguna guerra —dijo y, después, como el que no consigue resistirse a comerse el último pastelillo de nata que queda en el plato, añadió—, dottoressa.

—Me refería a la última, 1944 —dijo ella, como si hubiera tenido que pensar la fecha.

—No, dottoressa. La de 1068. Duró tres años.

Griffoni cerró la boca, agachó la cabeza y dio la impresión de sentirse avergonzada. Brunetti le echó un vistazo disimulado a la expresión de Molin y vio que se alegraba de haber puesto a esa mujer en su sitio.

El silencio se extendió por toda la sala; desde fuera se oyó lo que parecían gritos de niños, criaturas armando jaleo y dando chillidos de excitación.

A fin de dejar atrás la ignorancia de Griffoni y avanzar con la conversación, Brunetti preguntó:

—¿Todavía da el mismo paseo todas las tardes?

Molin negó con la cabeza.

—No. Vamos a Strada Nuova y llegamos hasta San Felice.

Como para redimirse por haber sido tan necia, Griffoni dijo:

—Creo que es más o menos la misma distancia; en cambio, el puente es mucho más grande.

Victorioso pero cortés, Molin le sonrió y asintió con la cabeza.

El móvil de Brunetti le dio la noticia con un pitido de que le había llegado un mensaje.

OceanofPDF.com