Cosecharas tempestades
Capítulo 6
El domingo, mientras Brunetti continuaba con el sacrificio de libros, lo acompañaba el recuerdo de las veces que el conte había sido generoso con él. No tenía ni idea de la cantidad de favores a Brunetti que el conte había acumulado en su haber a lo largo de la vida. Con el transcurso de los años, su suegro lo había avisado, le había proporcionado información y halagado, y muchas veces le había allanado el camino gracias a que estaba muy dispuesto a pedirles favores a sus amigos en beneficio del marido de su hija.
Eran muy pocas las ocasiones en las que Brunetti había tenido la oportunidad de devolverle una pequeña parte de lo que, con tanta facilidad, había hecho por él. Gracias a las amistades del conte había conocido, interrogado (e incluso detenido en una ocasión) a hombres cuya fortuna y contactos normalmente los habrían mantenido a salvo de los requerimientos de un mero policía como Guido Brunetti, hijo de un trabajador del puerto, el equivalente urbano de un campesino.
Había transcurrido muy poco desde que el commissario había sido capaz de aceptar que lo que el conte al principio hacía con cierta reticencia después lo había hecho por amor. La capacidad de devolverle aunque fuera una mínima parte de su generosidad habría sido la manera de demostrar su gratitud. Y su amor.
Preguntarle a Gloria si su casa estaba en venta era fácil, pero primero quería saber qué aspecto tenía. Uno de los libros que había salvado del sacrificio era un lujoso tomo ilustrado que contenía fotografías de jardines venecianos de inicios del siglo anterior, pero, del Palazzo Zaffo dei Leoni,
haber no había ninguna. Dio con otro libro publicado en 1973 en el que aparecía una foto en color de la fachada, que se había tomado desde lo que supuso que era la entrada desde la calle. Una puerta grande, dos enormes ventanas a cada lado y más hileras de ventanas hasta el tejado, donde se veían las peculiares chimeneas venecianas con forma de seta.
Hacía mucho tiempo que gran parte de los edificios de dimensiones parecidas se habían dividido en viviendas más pequeñas y las habitaban familias independientes. No se le ocurría ningún otro palazzo de ese tamaño en el que vivieran tan solo dos personas.
El jardín que rodeaba el edificio parecía un jardín formal de hierba bien cortada y cuidada. Colocados con precisión quirúrgica, había parterres rectangulares de flores rebosantes de especies que reconocía, pero no sabía nombrar. Discurrían en paralelo a los laterales de la vivienda y desaparecían por los márgenes de la foto.
Buscó en Google Earth y encontró una imagen reciente del palazzo y del jardín, tomada desde un helicóptero o un dron. Se veían las chimeneas y el tejado y, alrededor de la casa, algo que parecía un ejército de monstruos verdes al acecho. Cuando se acercó más a la pantalla del ordenador, vio que no eran monstruos, sino árboles sin podar y setos o arbustos que habían crecido hasta el punto de enredarse entre sí y dilatarse hasta el muro bajo de piedra que había a mano derecha. Al otro lado de la tapia se extendía un césped tan bien cuidado como el de la foto anterior.
Google mostraba lo cerca que estaba el palazzo del Campo Santi Apostoli, algo que Brunetti no sabía y que lo sorprendió, puesto que conocía la zona, aunque no tenía ni idea de la existencia de una casa de ese tamaño.
Curioso, sacó su ejemplar de Calli, Campielli e Canali y vio que el palazzo estaba a un minuto de distancia de ese campo; el edificio aún más grande y el jardín que había a su lado aparecían como «Convento».
Aquel palazzo oculto con el jardín abandonado le picó la curiosidad.
Además, el convento lo confundía, ya que había otro justo al lado de la iglesia dei Miracoli. ¿Tantas propiedades y terrenos habían retenido las órdenes religiosas?
Entonces le vino a la memoria una exposición fotográfica a la que había asistido, sobre jardines venecianos vistos desde arriba. Había sido hacía más de veinte años, pero aún recordaba lo pasmado que se había quedado al darse cuenta de cuántos espacios abiertos había en Venecia, cuánto verde y cuántos árboles.
Mientras pensaba en bienes inmuebles, Brunetti perdió su parte de policía y se volvió solo veneciano, alguien interesado en metros cuadrados y espacio de almacenamiento y en hasta dónde llegaba el acqua alta. Y en por qué el jardín estaba tan descuidado.
Como a la mayoría de los venecianos, no le hacía falta buscar piso ni tenía ninguno que quisiera vender. A los vecinos de Venecia les bastaba con saber que alguien quería comprar o vender una propiedad para lanzarse a conversar sobre el tema como si llevasen años estudiando el mercado y tuvieran un archivo de fincas en el cajón del despacho de casa.
Así que Brunetti decidió que, a la mañana siguiente, de camino al trabajo, intentaría averiguar si el Palazzo Zaffo dei Leoni estaba en venta.
Aunque era un palazzo, no estaba en el Gran Canal, y el commissario lo sabía porque, cuando era estudiante, lo habían obligado a aprenderse de memoria los nombres de todos los palazzi que lo bordeaban; no obstante, aun sin el canal, podía tener el atractivo suficiente para el hijo desplazado de un veneciano que ansiaba volver a casa.
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